jueves, 29 de noviembre de 2012

¿Por quién doblan las campanas?



         Cuando aún no se han disipado los ecos del debate que origina el pedido de cambio de denominación del sector Oeste de nuestra avenida central, por remitir al artífice del exterminio aborigen, un cura párroco  ha pronunciado  una  fervorosa reivindicación del terrorismo de Estado. La exégesis reavivó  la consideración no sólo sobre el papel de la iglesia durante la autoproclamada Conquista del Desierto sino también la  participación de la  institución en la implementación y respaldo  del plan genocida  al que el cura Jorge Hidalgo adhiere y legitima.
         El agradecimiento sacerdotal a la faena de Videla remite a otras de idéntico tono:
Dios en su infinita misericordia ha proporcionado a estos indios un medio eficacísimo para redimirse de la barbarie y salvar sus almas: el trabajo; y sobre todo la religión, que los saca del embrutecimiento en que se encontraban.”
         Este sentimiento de gratitud fue expresado por monseñor José Fagnano  en la culminación  de la incursión punitiva de otro general, Julio Argentino Roca.
         Fagnano acompañó las tropas del Ejército argentino en representación de los salesianos, cuya presencia en el escenario de combate fue auspiciada por el propio gobierno en la convicción de que Iglesia y Estado compartían el mismo objetivo: liberar y homogeneizar culturalmente al país en el proyecto civilizador. A este propósito contribuiría, centralmente, por un lado la ley de Educación Común y, por otro, el Evangelio.
         La cruz y la espada, del brazo y a los codazos en la edificación de un aparato ideológico destinado a dominar, tal como lo describiera Gramsci.
         Hidalgo no es Fagnano. Le falta  edad, protagonismo y sustancia.
         Por ello resulta interesante y hasta conlleva un desafío , introducirse  en  la indagación acerca de    los potenciales orígenes de una cuajada  formación  metafísica  que lleva a un joven de 31 años, nacido al borde de la democracia,  a sostener lo que sostuvo.
         En esa franja etaria, la mitad de la cual fue consumida en el seminario, es admisible  concluir  que el apologista del crimen colectivo moderno incorporó estos contenidos en el seno de  la propia Iglesia.
         Hay indicios que tornan razonable este presupuesto.
         Hagamos memoria.
         No está lejana  la prédica del capellán de la unidad militar de Toay, Alberto Espinal que invocaba  tal carácter para  interrogar  a Ana María Martínez  condenando sus opciones ideológicas e instándola a la delación.
         Espinal fue denunciado  en el reciente juicio a la Subzona 1.4 y en su actual retiro en Casa Inspectorial "Nuestra Señora de Luján" del barrio porteño de Almagro apela a la desmemoria aunque no titubea en acentuar  su fraternidad  con Ramón  Camps.
         Espinal, salesiano, desempeñó su capellanía durante el obispado  de Adolfo Arana, el monseñor que poseía  las llaves y el discernimiento sobre todo lo que acontecía durante el reinado de la tortura.
         Como una competencia de postas resulta inevitable enlazar las conductas  de Arana con  las  sentencias  de su antecesor en la diócesis  pampeana, monseñor Jorge Mayer, a quien se recuerda en Bahía Blanca por sostener en 1976 que “La guerrilla subversiva quiere arrebatar la cruz, símbolo de todos los cristianos, para aplastar y dividir a los argentinos mediante la hoz y el martillo”
         No extrañan, no debieran extrañar estas enunciaciones en hombres provenientes de una iglesia  que en 1904 produce una  señal anticipatoria de lo que hoy nos ocupa.  En el curso de una ceremonia signada por la gratitud emplaza,  en la torrecilla de la por entonces casa parroquial,  una campana proveniente de la fundición de cañones de la  cercanamente consumada “guerra”  del desierto. Circundando esa pieza de bronce refulgía la  leyenda  “Gloria a los soldados argentinos que conquistaron la Pampa a la civilización”
         Palabras más, palabras menos…


JCP



        
        


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