miércoles, 21 de noviembre de 2012

Momento en sepia




       Desprende con destreza los veintidós botones de la blusa y ofrece el pecho al demonio de cachetes rojos que, en el lecho del brazo arqueado, succiona con avidez. La muchacha acaricia su frente e introduce, en el pañuelo con que se cubre, un mechón rebelde color miel.
       El niño agita sus brazos en el momento en que una gota, como una lágrima, cae sobre su mejilla.
La muchacha eleva la vista al techo de chapas del galpón de ferrocarril. Se distrae un momento siguiendo el itinerario de las gotas de la condensación que van construyendo cráteres diminutos en el piso de tierra que algunas matronas resueltas han barrido y regado por la tarde, para la ocasión.
Las glotonas succiones del niño constituyen la única nota discordante que quiebra la callada tregua que se han impuesto los asistentes.
       Nadie, o casi nadie, ha faltado. ¡Si hasta  los de  la Carlota han venido, polvorientos y apretujados, en la caja de un  camión fuera de punto y de barandas carcomidas! En aquel rincón los Ternovoy. Más acá los Kasper que han llegado a última hora. También los Naunchuk, Betenhauser y los demás...
Desbordados de una nerviosa expectación se ensimisman en el informe que un diligente ofrece, de manera tosca y elocuente, sobre las novedades de la hora.
El hombre estruja la gorra con sus manos a medida que su intervención se introduce en regiones tan delicadas como desalojos o tasas de interés del dieciséis por ciento sobre el resultado de las cosechas. En tanto crece el relato sus hombros van cayendo agobiados por un peso insostenible.
El calor aumenta en el interior del galpón pero afuera hace frío. Ese contraste originó en los inicios del encuentro algunas jocosidades (“cuídate, Ana, que vas a quedar cruda al medio”) pero estas predisposiciones al buen ánimo han sido solo recursos defensivos ante la presunción de algo funesto.
Algunos se recuestan o sientan sobre los fardos de pasto apilados en un costado mientras que otros prefieren seguir las alternativas de la exposición parados con las piernas abiertas. Llaman la atención, se balancean hacia delante y hacia atrás  como si estuvieran sobre una embarcación; es un vaivén acompasado con el que  tal vez estén elaborando una críptica metáfora sobre el tiempo o la vida.
 Un grupo numeroso se apoya contra la estiba de bolsas que resiste, menguada por la humedad, a la espera de mejores precios.
Fuera del corrillo un grupo de niños juega a la payana con empeño y recato. Saben, con esa rara intuición que los adultos añoran en su madurez, que esa noche no habrá sermones por rodillas sucias
Dos perros de raza indefinida olisquean en los rincones en procura de alguna rata distraída. Mientas husmean, no dejan dudas de su presencia en el nuevo territorio orinando sitios estratégicos con rigor y economía.
El que informa tiene la voz opaca y exhibe unos papeles sobre el cajón que oficia de escritorio. Los papeles no dicen mucho pero sí lo suficiente. Y lo que no queda claro en esos papeles se manifiesta con elocuencia en la precaria contabilidad que alguien ha dibujado con una rama sobre la tierra. Trazos torpes que revelan de manera brutal que algo, tal vez una promesa, quizás un sueño, quedará pendiente para un futuro que se hace el distraído.
Algunos puños se cierran. Los que se ubican en la primera fila  bajan las cabezas mirando al suelo. Pero el lenguaje de la tierra resulta demasiado hermético para las urgencias.
La explicación termina y el dueño de la voz opaca estrangula la gorra como si con ese gesto pudiera exorcizar el contenido de sus palabras.
Los niños interrumpen su juego advertidos de las predicciones   del nuevo silencio y sus miradas buscan protección y refugio en los ojos de sus fraternidades. Pero no los encuentran.
Nadie habla y todos se revuelven, impotentes e incómodos, frustrados, ante la incapacidad de alumbrar una reflexión que encienda soluciones. Miradas evasivas para los demás porque hay veces en que el desasosiego es pudoroso.
Uno de los niños de la payana advierte un movimiento y codea a su compañero. Son los primeros en registrar al hombre que se yergue sobre el fardo en que se apoyaba para mostrar toda su humanidad a la mirada, extrañada primero e interesada  después, de los integrantes de la rueda.
El hombre que vino del frío no pide la palabra porque nadie ya, en los estertores de la ilusión, la reclama.
El hombre que vino del frío carraspea y articula un pensamiento en voz alta. Lo hace sosegadamente, dejando que también hablen sus silencios. Expresa lo que aún no se ha dicho en la reunión. Grita lo que quizás haya estado en el inconsciente de todos. Pero es él, y no otro, el que elabora una relación y establece una lógica evitando las complejidades del anatosismo y las trampas de la retórica.
Con voz ronca, que pocos conocen, se despliega en una extensión  inexplorada de la acción y repite, con un énfasis que contagia y galvaniza, dos... tres palabras que vienen desde lejos.
Esgrimiendo esas tres palabras que vienen desde lejos recorre los rostros de todos los presentes, uno a uno, cara a cara con sus dignidades malheridas y les regala un soplo de confianza.
En el instante en que esas verbalizaciones, que vienen desde el frío, se instalan en la razón y en los corazones de los presentes una destilación, una lombriz de sal, cae cristalina sobre la frente del niño que succiona.
(Transcripción del capítulo 27 de "El Hombre del Potemkin"

Los hijos

LOS HIJOS                                                              A Nahuel, Lihué y Rayén Suelen jugar a la pelota por las ...