martes, 30 de mayo de 2017

Carmen Antenau


  En el país de los que se miran el ombligo la realidad es una pelusa. Es buena, es una buena reflexión, pensó y abrió el cartapacio que ocupaba la mayor parte del escritorio. Hundió la lapicera en el tintero ovalado y cuidadosamente despojó  el sobrante acariciando la cucharita por sobre el borde. Anotó el pensamiento junto con un recordatorio que en prolija caligrafía le indicaba un compromiso para las fiestas patronales, la compra de brillantina  y la inminencia de una sentencia  que venía demorada.  Luego se recostó en el sillón y registró el recorrido del haz de luz que la banderola de la alta puerta de la habitación, cuyos vidrios de todos colores le daban la ilusión de trabajar junto al arco iris.   Pedro Pico se permitió su segundo descanso en la agitada mañana del lunes y acarició con la mirada sus objetos más  queridos. El Martín Fierro encuadernado en cuero por un estibador del sur, una boleadora perfecta que oficiaba de pisapapeles, el retrato familiar y la flamante Wnderwood que descansaba reluciente en la mesita caoba. Un pensamiento pícaro se transmitió a su semblante. ¡Una máquina así hasta sería la envidia del Burro Molas!    Estaba feliz. Satisfecho de la vida y de sus decisiones. Santa Rosa era un poblado tempranero que se desperezaba hacia la laguna. Trajín de cacerolas  denunciaban tareas caseras el tomillo y la albahaca aromaban el aire.  Sí, fue cosa buena venirse para estos pagos.   La pequeña aldaba de la puerta de entrada produjo un sonido seco que reverberó por el largo pasillo sacándolo  de sus abstracciones.  En el rellano ,Carmen Antenau abría y cerraba con dedos nerviosos el nudo de su mantilla mientras   aguardaba. Morena y espigada, su rostro constelado de infinitas y delgadas arrugas no alcanzaba a proclamar su edad.    
 -¡Carmen, no te esperábamos hasta mañana. Todavía no recogimos la ropa para planchar.  
-No.., no es eso. Vengo por otra cosa.
  -Bueno, pasá, contame. Los ojos de Carmen eran negros. De obsidiana, pensó Pico, pero de obsidiana refulgente. Son ojos con sol, concluyó, y reprimió un ademán para abrir el cartapacio. Carmen interrumpió el examen. 
 -Vea doctor ando con un..Con un problema. 
 -Te escucho.  
-Bueno, resulta que a la beba de la casa donde trabajo...  
-¿La señora de Carrozo? 
 -Si, esa. A la niña le desapareció una pulserita de oro y la señora me acusa a mi.  
-¡Pero, cómo te va a acusar si todos te conocemos. Vamos Carmen, habrás entendido mal! 
 -Don Pedro, yo no se leer pero se escuchar. No, no entendí mal.  
-¿Y que querés que yo haga?. Si te parece la veo y le digo que vos sos incapaz de robar nada.  
-Es inútil. Ya le dije todo eso pero ella no quiere escuchar razones. Yo pensaba que usted, bueno...que usted...  
-Vamos, decí.   -Yo pensaba que usted podía venir conmigo a la casa a investigar ahora que la señora no está. 
 -¡Qué. Estás loca!. Yo no soy el doctor Watson, soy Pico.  
-¿Quién?  
-Nada, olvidalo. Carmen ¿ te das cuenta de lo que me estás pidiendo?  Eso es invasión de domicilio.   -    
.¿Y lo de ella qué es?. Ella se metió conmigo, me invadió, me humilló. Se aprovechó de que es rica y yo pobre. Amenazó con echarme, me... 
 -Bueno Carmen, una mujer como vos siempre va a encontrar trabajo. 
 -Que inocente que es usted. Dígame, cuántos habitantes tiene Santa Rosa.   –
Y..Unos diez, quince  mil habitantes.  
-Eso representa un  puñado de  familias. ¿Cuántas cree que están en condiciones de tomar sirvientas?   -Cuarenta, quizás cincuenta.   -¿Se da cuenta?. Si   a esta señora se le ocurre acusarme esas cuarenta se enteran en un santiamén y yo qué hago.    
-Es razonable, es muy atinado lo que me decís.    
-¿Desde cuándo los analfabetos tienen que ser tontos?  
El abogado quedó pensativo mientras la luz de la banderola lo iluminaba. En el país de los de arriba uno se asoma a la ventana y mira pero en cambio en el país de abajo otro mira hacia arriba y ve. Carmen la fregona, la comemierda, la limpiaculos, la que siempre debe inclinar la cabeza no tiene chance ante una pulserita de oro desaparecida. 
 -Te entiendo. ¿Y si vas a la policía?.  
-Ya fui, por eso vine a verlo.  En la policía me preguntaron donde la había guardado. La vieja historia, desde hace siglos:  los ricos nos sacan el oro pero siempre los ladrones somos nosotros ¡Ja! a la Carmen Antenau le ha desaparecido la risa que tiene la señora de Carrozo, pero  nadie se hace cargo de esta denuncia. Por eso vengo aquí, porque usted es un hombre bueno y sabe como son esas cosas.     

Los que se van no miran hacia atrás. Dejan el lugar en donde el sol se pone tras la ilusión del agua y de la gleba. Delgadas columnas de humo se elevan hacia el cielo y el viento de otoño  las hace ondular como si fueran abrazos, o quizás referencias para los arrepentidos, señales para volver al lugar donde alguna vez la felicidad se conjugó en plural. Pero no habrá regresos, los pasos se entremezclan con otros pasos, la caravana se adelgaza en el horizonte y uno en uno, lentamente, atraviesan el siglo. La diáspora ha empezado. Los que se van no tienen retorno y tan solo los acompañan los recuerdos, memoria viva de cantos desangrados . Atrás, en el rescoldo de los sueños, queda la historia que otros les escriben. Hay risas, son los niños que avanzan a la luz. Allí el pequeño Carriqueo, más acá Pichileufú y aquí la niña que va leyendo el mensaje de los pájaros con una flor de cardo entre sus manos, Carmen Antenau.  Llegan, el humo de fogones pronuncia un nuevo abrazo. El salitral espera y se apresta a recibir a los primeros. El que los ve murmura: bienvenidos, ustedes han llegado a ninguna parte.         

-Doctor, doctor, no me está escuchando.         
-Perdoná, me distraje.        
-Bueno, qué piensa de todo este asunto.                   
-Es que esto es tan... cómo decirlo.  
-Dígalo con todas las letras doctor: Esto es una chanchada. Si estuviera acá su amigo, ese González Pacheco sabría qué hacer. Ese sí que parece tener agallas.¡Ayudemé, estoy desesperada. Yo me conozco y...! 
 -Bueno Carmen, no te pongas así. Quizás si habláramos con la señora entre en razones.   –-       Doctor, no se engañe. A ella lo único que le interesa es la pulsera, el oro, todo lo que reluce. ¿Sabe como me llama cuando está con sus amigas?. Antenó, me dice Antenó, porque suena a francés. Se da cuenta todo lo que ella me roba todos los días, me roba este apellido que vine de lejos, que viene desde tan lejos y que tiene más historia que los Carrozo, los Menéndez y toda esa alcurnia de morondanga. Esto no es justo don Pedro, debe acabar, algún día debe acabar.
 El arco iris se posó en el corazón de Carmen.   Pedro Pico se levantó lentamente, tomó el saco del respaldar del sillón y musitó   -Vamos Carmen, vamos a encontrar esa maldita pulsera. 
 Las vidrieras de Casa Arteta los reflejaron caminando a paso vivo, sin intercambiar palabras. Don Pedro no contestó el saludo que le hizo el agente de la garita de la plaza  y Carmen ignoró las miradas intrigadas de las mujeres que salían de la catedral. Casi en el umbral de los Carrozo la dueña de casa los sorprendió  cuando acababa de bajar las escalinatas.  
-¡Don Pedro! ¿Qué lo trae por aquí?. Dichosos  los ojos que lo ven.-y dirigiéndose a Carmen con voz grave-. ¿Sabés una cosa Carmencita? Acabo de encontrar la pulserita de la nena. Estaba enganchada en el voladito de la cuna. Andá, andá para adentro que tenemos tanto que hacer.   El rostro de Pico se congestionó.  
-Señora, sabe...sabe lo que pienso de usted. Que usted es una hi...   Carmen  impidió el resto e la frase tocando el brazo de Don Pedro que aún así insistió:
-Usted...usted, usted es de las que viven en el país de los que se miran el ombligo y solo ven pelusas.   Los ojos asombrados de la señora de Carrozo persiguieron la espalda del airado Pedro Pico hasta que éste se perdió a la vuelta de la esquina. Luego, lentamente, giraron hacia Carmen..

El sol los acompaña en sus espaldas desde el principio de su larga singladura de vientos, sal, miserias y desprecio. El sol marca el camino. Allá, en el corazón de la llanura,  leuda  la esperanza entre olores a pan recién horneado y  el brote germinal de un nuevo desafío. Los que vienen ponen sus ojos al poniente y los pasos se apresuran ansiosos de destino. Llegan y la niña de ojos oscuros  corre a abrazarse con quienes los esperan.       
                                            
Don Pedro hundió su índice en la cazuela de la pipa y suspiró sin importarle las hebras de tabaco que salpicaban su chaleco .La promisoria jornada que auguraba la mañana había trocado en una inquietud indescifrable. La penumbra de la habitación se asociaba a su estado de ánimo  y musitó una maldición a modo de exorcismo.
         Cuando la aldaba de la puerta de entrada resonó con insistencia un  estremecimiento recorrió su cuerpo.                                                                                                 


Pedro Pico
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