jueves, 6 de julio de 2017

La noche de la memoria



Quién sigue tus pasos, general. Te escoltan tus guerreros, espectro que vagan por las noches en busca de la luz. Allí están tus glorias, general, trocadas en el bronce al que el viento de agosto va cubriendo de herrumbre. ¿Te escoltan los recuerdos, general, pero no son los recuerdos los que quedaron sobre el mar para albricias de los nietos?. ¿Y tus cuitas, tus lunas, los misterios, tus dolores, soledades y miserias? Todos están allí, integrando el cortejo. Pero…¿quién sigue tus pasos, general?.. La respuesta está en la lava y en el trueno, en el fulgor azul que eleva una torcaza, en el fragor de mayo y en el reloj del pueblo que avanza, lentamente, paso a paso.



LA NOCHE DE LA MEMORIA
¿Suena una bocina?
      Rosa Campuzano abre los ojos y la mañana limeña pronuncia un respingo hacia el mediodía. Una constelación de pájaros vuela en torno a las torres del campanario y las angostas callecitas se llenan de olores mientras los niños regresan de la escuela. Más tarde él vendrá y ella calmará su sed y alisará sus incipientes arrugas mientras las manos urgentes del general desciendan por sus valles en procura de la paz que nunca obtiene.
      En la penumbra de su despacho el hombre de la espada despierta a Segismundo, porque la vida sólo es sueño y los sueños, sueños son. Lenta y pensativamente cierra el libro y lo deposita en el baúl donde aguardan sus queridos, sus compañeros, sus indispensables textos que, ahora, dejará a la Biblioteca Nacional.. Y los sueños, sueños son, repite, mientras se detiene en el adiós que Rosa aún no conoce.
      ¿Acaso suena una bocina?
      Su mente vaga por los cielos de América y se posa en aquel agobiante verano se hace siete años cuando su amigo, el otro general, marcó su destino de Norte, gloria y soledad. ¡Ay, como te extraño general! ¿Sabrá curar Dolores tus heridas abiertas? ¿Será capaz Dolores Helguero devolverte a tus libros después de tanta guerra?
      Rosa inaugura la ronda de alegría y su risa contagia las flores del patio. ¡El Perú está de fiesta. Aquí está el futuro, desde aquí comenzaremos a trepar hacia el cielo, acariciarlo con las manos, más alto, cada vez más alto, hasta tocar los siglos venideros!.
      El Vehículo se mueve pesado y tosco por la avenida principal y sus faros se hunden en la niebla que circunda la plaza. Uno de sus ocupantes desciende y va al encuentro del general que trabajosamente se apea de su fría y eterna cabalgadura para introducirse en el camión de los recolectores que lo aguarda. Al volante un niño de rizos dorados y ojos tan grandes como las baobabs de su asteroide le ofrece una silenciosa bienvenida. Parten.
      El rodado avanza rugiente como una carga de caballería y sus tripulantes se convierten en fantasmas naranjas que recogen los vestigios de una realidad atormentada. Siguen por Moreno y  al llegar a Uruguay doblan con rumbo al colegio en cuya puerta los espera Belgrano recostado contra su bronce con una amplia sonrisa en el rostro y un mate en la mano. Frente a frente, el hombre que sacó a la revolución de la literatura y el hombre que fue a la revolución desde la literatura, se abrazan. Desde el interior del camión los despiden y se alejan penetrando en la noche de los barrios.
Eligen el aula más pequeña y lentamente, como la verdad, se sumergen en los recuerdos. Fragmentos, retazos, ilusiones para completar el largo itinerario desde los arrabales de la memoria hasta donde habita la aurora de los tiempos.
      En lo alto, el retrato aburrido de Rivadavia los contempla sin entender. Uno hace gestos con las manos y otro ría a carcajadas. Cada tanto, la perplejidad asoma ante el mapa de América y una lágrima se escurre ante tantos misterios. ¡Ah, mi general, como duele la patria que amamos!. Afuera, la noche se apodera de todos los resquicios.
      El papel y el acero. ¿Pero cuál corresponde a cada cuál? Una espada se introduce en el centro del corazón y esto es nada más que una metáfora del pensamiento. El mismo, el viejo tema, como en aquella morosa siesta de Metán hace ya… tanto tiempo.
      Hay un grito en la calle, estridente como un clarín, potente como un buey. Suena imperativo y hasta amenazante, como suelen sonar los gritos de la guerra. Los amigos se miran a los ojos y en silencio. Luego, uno se calza apresuradamente las botas de montar mientras el otro descorre la cortina para observar lo que sucede tras la ventana.
      Invadiendo la madrugada sordos ruidos rasgan su silencio. Extraños carruajes con hirientes luces y ominosos atavíos rodean la manzana. De sus entrañas aparecen tropas, hombres sin rostros ingresan al edificio a paso redoblado. La horda irrumpe en la humilde sala y es asaltada por la vacilación ante la decidida e inquietante presencia de las dos figuras a las que no alcanza a comprender. Otra voz, tan seca y dominante como la primera, ahuyentaba la duda y decide la andanada que habrá de hacer blanco en el centro exacto de los corazones, sórdida descarga que insolenta la noche y la cubre de sangre.
      Lenta y perezosamente los espectro de la oscuridad dejan entrar la luz y nace el nuevo día. Cuando la ciudad amanece para los niños que van a sus escuelas, uno de ellos descubre una espuela semioculta entre el verdor de la gramilla. Su imaginación infructuosamente busca respuestas al hallazgo mientras desde la calle el camión de los recolectores toca insistentemente la bocina sin que nadie acuda.

      Un delgado filamento tornasol penetra subrepticio en la habitación y el general advierte que ha llegado la hora del adiós. Más allá, en el borde de la ciudad, una mujer espera.
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