sábado, 30 de julio de 2016

"Un médico ahí.."

Emannuel Blain
Llegó a casa avanzada la madrugada. El doctor Jean Francois Emannuel Blain se sorprendió al recibir la orden amarilla a domicilio. Sobreviene de otras batallas. Están ausentes en las farmacias y probablemente el organismo regulador ya no las imprima seguramente debido a que la comunidad asistencial, que desprecia las poblaciones pequeñas, sostiene un gran rigor por los horarios de oficina y las guardias desde el quincho, ya ha dejado de leer las Memorias de un médico rural.
-Doctor, está esperando Hipócrates, malherido.
-Dale un turno para el mes que viene.
-Y a San Pantaleón?
-Decile que tuve una urgencia.
Blain, en cambio, ha leído La Ciudadela. Estudia constantemente, habla con sus enfermos, les explica. Los toca.
Lo conocemos desde recién llegado del primer país emancipado del hemisferio. Recaló con su título, a una de las casitas del flamante Barrio Fénix. El tiempo, y el aumento de su familia, lo llevaron a adquirir otra. A cuatro cuadras de distancia, como para no abandonar el pago.
Llegó a la Argentina con la misma obstinación, capacidad de trabajo y dedicación al arte de curar que exhibió la otra noche. Migró, acaso hastiado de tanta recurrencia duvalierista, buscando sosiegos y una formación de excelencia que le era negada o restringida en su país de origen. No vino a “hacerse” la América. Vino a fortalecerla.
Cuando la tiniebla de los setenta comenzó a extenderse la corporación diseñó un correctivo ejemplar para el que no aceptaba cobrar adicionarles – el plus, bah- a sus pacientes.
De manera que el SEMPRE emprendió medidas que incluyeron edictos admonitorios a sus enrolados. El resultado fue sorprendente, ejemplificador y estimulante: los vecinos, convocados o no, asistieron en masa para ratificar que esas prescripciones, rubricadas en días y horarios insólitos, eran legítimas.
Así se fue consumando parte de la leyenda. A principios de los noventa un sinnúmero de entidades sociales, ente ellas la CPE, patrocinaron una campaña pública en búsqueda de personas ejemplares. Allí, nuevamente, el voto ratificó una ponderación transversal a las décadas.
Inicia sus jornadas al clarear y las agota en el crepúsculo. Las comadres se preguntan “pero ese muchacho cuándo descansa”. Los hombres tienen otros cuestionarios.
La noche de la orden amarilla anticipó su inminente jubilación y su voluntad de seguir asistiendo. Tal vez obtenga un plus de tiempo que le permita tocar el piano y jugar con sus nietos.
Para ese momento tendrá edad suficiente para aspirar al Premio Testimonio que la Provincia otorga cada dos años a ciudadanos destacados.
Tal vez a alguna institución se le ocurra proponerlo. Si fuera así ahí van estas líneas empujadas por los residuos de una fiebre feroz. Estamos seguros que habrá centenares, miles, de lectores que sabrán dilatarla, enriquecerla, auscultarle el pulso exacto que permita expresar el nivel del afecto asociado a la memoria colectiva.

Los hijos

LOS HIJOS                                                              A Nahuel, Lihué y Rayén Suelen jugar a la pelota por las ...