viernes, 7 de marzo de 2014

Rimas


Rimas



Juan José Alvarez recorrió con unción las salas de la casa de Neruda en Isla Negra y se abismó en la contemplación del mascarón de proa que desde un rincón contaba su historia en el filamento de sus grietas y en las vetas de la noble madera lacerada por vientos  impiadosos. Cuando Juan se alejó, en el crepúsculo de una jornada  fugaz, quedó en sus retinas la imagen del mascarón  de proa, solitario y triste. Juan jura que imaginó una lágrima en las  mejillas descascaradas y, atrapado por una excitación inefable, elaboró una proclama cuya fragilidad advirtió de inmediato. Una semana más tarde, por esos azares de la vida, la fortuna lo llevó a Italia donde el mascarón lo aguardaba, con las emociones con que se espera a los amigos, en el hall de la soleada exposición romana recién inaugurada en honor al poeta  que alguna vez escribió sobre las revanchas.

  El padre de Rayén  contribuyó con  un poema al festival de la memoria que  formó parte de las actividades organizadas en Santa Rosa  ante  un nuevo aniversario de La Noche de los Lápices. El poema fue impreso y ese 16 de setiembre anduvo de mano en mano y de boca en boca. Algunos lo leyeron, otros lo hicieron un bollito y  los restantes quedaron en el pavimento, desempleados de emociones.  A seiscientos kilómetros de allí, en Buenos Aires,    media mañana del día siguiente Rayén fue a fotocopiar algunos apuntes y un papel pegado en una pizarra de la librería llamó su atención. ¡Era el poema! Rayen se pregunta, aún hoy, qué extraños y acelerados itinerarios recorrieron esos versos. Se pregunta más: cómo su padre, que a menudo desata sus furias, fue capaz de cautivar al desconocido  portador de ese papel náufrago que tan lejos de su destino encontró, al fin, un puerto.


Mauricio  cursa los últimos grados de la escuela numero 37 y corre por el patio flanqueado por celosos compañeros que lo cuidan y lo alientan. En las paredes  del establecimiento todavía resuena, grata,  y chispeante la voz de Marcelino Catrón desgranando historias de  brújulas y destinos. Mauri es ciego pero ya pocos advierten sus dificultades cuando lo contemplan, desgreñado y feliz,  conquistando su meta. No nació ciego, sólo seismesino. Un descuido hizo que permaneciera más de lo debido en la incubadora hasta que su luz apagó. En los recreos se comenta que el responsable de la impericia acaba de tener un niño, ciego.


El día en que Hamlet Lima Quintana dijo lo que dijo, Raquel Pumilla pensó que hay datos insondables, simetrías,  rimas del universo, que intervienen y acaso ordenan, quizás con un toque de poesía, nuestras vidas. Hamlet tomó en sus manos el grabado que Raquel le  había regalado, feliz de conocer al poeta. Se trataba de un tiraje de autor de tan sólo dos copias impresas en tintas pardas sobre papel elaborado a mano con fibras de  pasto puna. Hamlet  se demoró una eternidad en lo finos trazos  y alzó la vista para detenerse en los expectantes ojos oscuros de Raquel. La luz del atardecer se recostaba  sobre  aquella mesa de bar de Guatraché que visitaba por vez primera. Luego le contó, con su voz grave y enternecida, lo que había experimentado, una semanas atrás, en Cuba, cuando contempló la copia restante de ese grabado en una pared de La Habana vieja.


Santiago Covella  es un hombre grande, de cuerpo y alma. Esos dos atributos lo convirtieron en el blanco de la saña de quienes lo martirizaron  durante meses en aquellas noches interminables en que la patria descendió a los  infiernos. Santiago no guarda odios ni rencores y por eso, se sabe,  tan sólo experimentó conmiseración cuando, en una dependencia de la casa de gobierno, se topó con uno, quizás el más cruel, de sus torturadores. El sujeto lo reconoció de inmediato y vaciló, receloso. Con la incomodidad en el semblante,  sólo atinó a enjugar el sudor de la frente con  el revés del único brazo que le queda.


Los dos hombres cenan frugalmente e inauguran una charla circunstancial. Uno es el gomero de La Adela y el otro un camionero que durante cinco años ha pasado por el lugar sin detenerse hasta que un percance lo obliga a  hacer noche. Viene desde el sur, Caleta Olivia, y  falta mucho trayecto hasta llegar a Jujuy. De manera que resulta providencial  la hospitalidad. A medida que se internan  en la noche  la conversación toma otros carriles, más profundos, acaso intrincados.  Cuenta Angel Aimetta que su amigo gomero es hombre laborioso y sufrido. De muy niño perdió su familia y nunca supo del destino de su hermano, de manera que resulta  una bendición la compañía de alguien atento y bien dispuesto a compartir cuitas y la vigilia en estas soledades Los ojos le brillan a Angel cuando cuenta la historia. Al camionero también lo separaron de su hermano y en esta madrugada de La Pampa descubre que lo tiene frente a él.

A la desgracia por la muerte del abuelo de Muruma Lucero sobrevino el robo de sus tesoros: todos los aperos  que durante años atesoró con amor, producto de su  pasión por los caballos. Su familia, en medio del dolor, juró recuperarlos. Muruma sostiene, mientras sorbe un café que se enfría en una mesa de La Recova, que uno de sus tíos nunca pudo explicar qué extraña motivación lo convocó, treinta años después, a penetrar en un viejo corralón de González Chávez donde los avíos colgaban, relucientes, en un gancho de la pared del fondo.



Juan Manuel avanza y al hacerlo recuerda. Su padre ha muerto en 2000, un 28 de febrero, día del cumpleaños de su otra hija. Sucedió unos minutos después de que Juan llegara del trabajo. Apenas hubo tiempo para un beso y sobraron las lágrimas.  Tiempo después, en los días previos a la boda de la hermana, buscan con afán él y su madre, la pieza de Borelly Serenata para dos Amores. Otro trompetista, Alejandro Mecca, la interpretará a modo de ofrenda y alegoría. La partitura  finalmente aparece  dos días antes gracias al aporte generoso de  Manuel Neveu, reconocido músico del medio. Repasando las páginas, amarillas y quebradizas, la mamá de Juan -pianista ella- descubre en la margen inferior de la segunda una firma y un sello: “Carlos Hugo Schulz, gerente de Banca Individual del Banco Pampa”. Carlos Hugo Schulz es su padre y aún hoy toda la familia se interroga acerca del maravilloso itinerario de esas hojas. Mágicos legados fecundando vibraciones que colman el templo, guían y redoblan la intensidad del abrazo de la contrayente con quien -en el nombre del padre- la conduce hasta el altar.



Esterina Bértoli fue, lo que se dice, una dama fatal. Nacida en Suiza y radicada en Bulnes, edificó una familia que se preserva  y aumenta aquí en La Pampa. Su primera muerte, en consecuencia, fue motivo de la congoja general. Cuenta su biznieto Daniel Bilbao que la “Nona” Esterina era vital y jocunda, seguidora hasta el fanatismo de Boca Juniors. Cuando frustró la tarea del sepulturero su nombre se hizo leyenda en el sur de Córdoba. Y esa leyenda se acrecentó a límites increíbles cuando murió  y revivió por segunda vez para delicia y extrañeza de galenos y comadres. La nona perseveró en sus rutinas con el mismo empeño y alegría  que siempre  y esa circunstancia redobló el pesar cuando murió por tercera vez, a los 96 años de edad. No fue de muerte natural, fue de accidente: fregaba los pisos cuando tropezó y cayó infortunadamente. Comenta  Daniel que cada vez que Riquelme ejecuta alguna maravilla no puede reprimir el gesto de mirar por sobre su hombro.


Los gemelos Piatti fueron, con igual intensidad, desvelo y encanto de maestros y conocidos. Siempre fue azaroso identificarlos y ellos  padecieron o se solazaron  con esa circunstancia. De tan gemelos emprendían acciones al unísono: a menudo  comenzaban, por ejemplo,  a silbar la misma melodía sin previo acuerdo. Uno de ellos, Eduardo, que vino a La Pampa hace décadas y quedó atrapado en ella, evoca que alguna vez recibió dos veces el mismo coscorrón por parte de su madre. Sus tíos, por temor al equívoco, rehusaban  llamarlos por sus nombres  y conforma un capítulo aparte la feliz adolescencia. Algunas veces Eduardo es invadido por la nostalgia. Entonces, silba.


Un ejemplar de Ginkgobiloba, la especie milenaria que sobrevivió al horror de Hiroshima, ganando con justicia la denominación de “árbol de la vida”, crece lentamente en el jardín de Camilo y Claudia. Su dueño lo plantó hace algunos años para honrar una memoria que tiene su vértice en mayo. Los viajeros, que en este otoño se deslumbraron ante los portentos del algarrobo que naciera diez siglos antes de que a su alrededor jugaran los niños comechigones del macizo serrano de Merlo, no vacilaron en asociar al algarrobo con el ginkgo, una relación que no hubiera disgustado a Antonio Esteban Agüero. La “catedral de pájaros, musa del poeta, y el árbol de Japón fueron el tema de conversación en el viaje de regreso en la que abundaron menciones a Camilo a quien no ven desde hace años. Hasta ayer, en que al llegar de su ronda serrana, se encontraron con el rostro bueno y emocionado de Camilo que les traía de regalo, porque sí, o acaso mayo, o por una fraternidad que los mantiene vivos y vence al tiempo, un pequeño retoño de Ginkgobiloba
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Termina de contarle a Daniel  la historia del Ginkgobiloba y éste  contesta para coincidir en que hay algo, un no sé qué dice, ,hilos invisibles, vibraciones, ondas que se conectan y establecen un circuito, dendritas de la poesía_  Homologa su dicho apelando a  una historia que no se cansa de reiterar y que es necesario reproducir  en su propia cuerda: “Me lo contó Haag "Ajito", el ruso que me atendía el Polara hace muchos años. Le hice una nota sobre su historia familiar que se publicó en el boletín de la CPE. Él se vino con parte de la familia para Argentina desde Rusia o Alemania, no me acuerdo. Llegaron a Santa Rosa y se quedaron. Pasaron muchos años y jamás se escribieron con la familia. Un hermano de su padre, sin saber en qué lugar del mundo se habían radicado sus parientes, también emigró hacia Argentina. Terminó en una estación de ferrocarril sin saber adónde ir. Se paró delante de la boletería, miró y dijo "a tal lado". Llegó así a Santa Rosa de Toay.  Ese día, el padre de Ajito fue a la estación a ver llegar el tren. Poco a poco se iban deteniendo los vagones. El que venía en el tren acomodó con tiempo sus bártulos en la puerta para descender, mientras veía desfilar las caras de la gente que estaban en la estación. Cuando el tren se clavó y no se movió más, el tipo estaba en la escalerilla y enfrente suyo, mirándolo para ver quién bajaba, estaba su hermano”



¿Logrará el joven Guillermo Herzel a reprimir el impulso de huir o permanecerá para que los dioses decidan su destino? Ha llegado hasta la casa de una amiga del alma de Mirta, la muchacha que quiere conquistar, portando dos, tres, quizás cuatro discos de 45 rpm con los hits del momento. Se los ha llevado de un “asalto” a modo de resarcimiento por lo que consideró una arbitrariedad de los organizadores; de esto ha pasado mucho, mucho tiempo y es un episodio olvidado. Mirta lo recibe sonrojada en la puerta sin saber que este muchacho rubio, alto, algo cohibido, se convertirá un día en el padre de sus tres hijos. Guillermo luce un tanto incómodo en el papel de visitante pero confiado en que sus tesoros (¿Paul Anka, Salvatore Adamo,… acaso Los Estudiantes Holandeses?) serán generadores de la admiración y embeleso de la chica de sus sueños. Lo cierto es que la sonrisa se le congela cuando escucha el nombre de la amiga: Cecilia, el mismo que figura en las etiquetas de los discos que en estos momentos marchaban rumbo a la plataforma del Winco en manos de las dos entusiasmadas anfitrionas.

Delfor Sombra hunde su diapasón en las inmensidades   de Chiapas e instala una milonga baya a modo de presentación. Hace un tiempo que sobrevive  en México huyendo de los chaffes que lo acosan en el país del monte. En una pequeña escuelita que prologa los misterios de LaCandona Delfor desgrana historias del medanal y el desarraigo. Dice y canta quien es con la sexta en Re .Cuando concluye escucha azorado que el director y los alumnos le dicen que ellos aman a un pedagogo pampeano cuyos libros enriquecen y honran su biblioteca. Delfor no sabe cómo explicarles que ese pedagogo, Ricardo Nervi, impulsado por las mismas razones de su exilio vive precisamente en el piso superior del edificio donde ambos se alojan .



Rimas del alma. Edgar Morisoli atraviesa una situación tensa. Es una circunstancia ingrata que lo  conmueve  y exige. No es la primera ni será la última en su vida de hombre sensible y poeta comprometido. No puede evitar lo que pugna por salir y comprime su corazón. En ese momento, lejos de allí, su amigo Guillermo Mareque deja de acariciar la guitarra, queda pensativo y dice a su compañera en un susurro: Edgar... está llorando.



Transcurre el juicio a los represores pampeanos. Es agosto y hace frío pero el cronista queda atrapado en la portería de la Cooperativa Popular de electricidad por el relato de Juan Gonzalía., visiblemente, indignado por la infinita galería de vilezas que desenmascaran las audiencias.  Con gracia y precisión rememora un puñado de acontecidos en los que intervinieran policías corruptos. Uno de ellos es heredado en su juventud de boca de su padre. Ocurrió en el sur, una patota de policías atracó a un hombre de campo, Sebastián Calfuán,  para despojarlo del dinero que llevaba. “Vamos a tener que matarte” le dijo uno de ellos a lo que el asaltado respondió:” miren que tengo testigos, señalando a los teros que sobrevolaban   la escena.  Hubo risas y un disparo. El crimen quedó impune por varios años hasta que uno de los asesinos –acaso inspirado por las libaciones y la presencia de una ocasional bandada de teros- articuló una frase desafortunada frente a un investigador perseverante y memorioso : “miren, allá van los testigos de Calfuán…”


Teófilo Ivanowsky deserta de la milicia y se transforma en linyera. Allá, en Montevideo, renuncia  a una historia e inmigrantes junto a sus documentos .Se introduce luego  en  los caminos  del país vecino que tropieza  en las incertidumbres de su organización. Teófilo trajina, sin prisa y sin pausa, huellas y años hasta que recala en los andenes de una estación que lleva su nombre. Nunca imaginó (él, que hizo de la imaginación una religión) que aquellos documentos abandonados en Montevideo  convertirán a otro  don nadie en  un guerrero, un héroe del proceso nacional que a su muerte sería honrado con un decreto de denominación de un pueblito ignoto de la Pampa Central.  El nombre de Karl Reichert quedó extinguido en una leva de los pagos  de Azul, engrosando  las infinitas sepulturas de la historia. Edgar Morisoli hace justicia con ambos en un relato donde la poesía también honra estas bisectrices de la vida, estas coincidencias cósmicas, estas armonías de la existencia que uno-por insondables imperativos  de la síntesis -  titula, simplemente, “rimas”.

Rosa Dietrich, pionera e hija de pioneros de Alpachiri, está por celebrar  sus noventa y cinco años de existencia y luce  feliz por recibir en su casa a hijos, nietos y biznietos que la acosan con preguntas. Carola Gigena no resiste la tentación y le inquiere  por qué razón no lleva su anillo de compromiso en el dedo anular sino en el otro ganado por la atrofia. Rosa acaricia el delgado filamento en que se ha convertido la alianza,  entorna los párpados y le explica  con voz pausada  que lo lleva en el dedo corvo para  no volver a perderlo. Hace mucho tiempo, en épocas de fuentones y tablas de lavar arrojó el agua jabonosa sin advertir el fuga del anillo.  Ese mismo día comenzó a buscarlo centímetro a centímetro.  La tarea resultó infructuosa pero Rosa no se dio por vencida y durante diez años –ni uno menos- sus familiares y vecinos la vieron encorvada hundiendo sus dedos en la hierba con una obstinación que acaso explique tenacidades de la descendencia   Rosa deja el relato en suspenso y abre paso a una sonrisa encantadora sabedora de que ha acuñado una metáfora vinculada a la perdurabilidad de las cosas intangibles. Carola se asocia al silencio mientras cavila sobre los fundamentos   de un axioma que resuena en su casa desde la cuna:  el que busca, encuentra.

Transcurre el juicio a los represores pampeanos. Es agosto y hace frío pero el cronista queda atrapado en la portería de la Cooperativa Popular de electricidad por el relato de Juan Gonzalía., visiblemente, indignado por la infinita galería de vilezas que desenmascaran las audiencias.  Con gracia y precisión rememora un puñado de acontecidos en los que intervinieran policías corruptos. Uno de ellos es heredado en su juventud de boca de su padre. Ocurrió en el sur, una patota de policías atracó a un hombre de campo, Sebastián Calfuán,  para despojarlo del dinero que llevaba. “Vamos a tener que matarte” le dijo uno de ellos a lo que el asaltado respondió:” miren que tengo testigos, señalando a los teros que sobrevolaban   la escena.  Hubo risas y un disparo. El crimen quedó impune por varios años hasta que uno de los asesinos –acaso inspirado por las libaciones y la presencia de una ocasional bandada de teros- articuló una frase desafortunada frente a un investigador perseverante y memorioso: “miren, allá van los testigos de Calfuán…”



Juan Carlos Pumilla
(Selección de textos)





Los hijos

LOS HIJOS                                                              A Nahuel, Lihué y Rayén Suelen jugar a la pelota por las ...