viernes, 1 de marzo de 2013

Oscar Di Dío



DEBERES DE LA MEMORIA

Ricaro(fallecido en febrero de 2013), Juana, la amdre de ambos y Oscar Di Dío.



            El que puede haber sido el primer vecino de Victorica, Martín López, residente de “Echohué” le escribe al Padre Donati en 1872 para imponerlo de sus preocupaciones por las consecuencias de la violación, por parte del gobierno nacional, de los acuerdos de paz firmados en el período.
            Hay antecedentes en otros puntos del territorio, pero el descrito es probablemente el primero que ubica a la localidad como escenario de una iniquidad.
            Luego vendrían, claro, los pormenores de la masacre, (que la historia oficial se empeña en caracterizarlo como combate), de Cochicó o las encendidas proclamas de Carmen Orozco intentando hacer valer sus derechos.
            Ni que hablar de las campañas de exterminio étnico que con tanto fervor reivindicó Leopoldo Fortunato Galtieri en el marco del lanzamiento del partido que habría de servir como fachada y continuador del proceso militar.
            Los fastos del centenario no alcanzaron a desalojar de la memoria colectiva un secuestro extorsivo perpetrado en perjuicio de un conocido de la zona y el secuestro y desaparición de un joven abnegado que luchó hasta las últimas consecuencias para legarnos un país distinto y mejor.
            Es ocioso aclarar que nos referimos a Oscar Di Dio, que referencia nuevamente a Victorica en la dilatada lista de víctimas del Terrorismo de Estado.
            Hace algún tiempo,  desconocidos dispararon contra la placa que perpetúa su nombre. Quienes quieran ubicar a esta acción dentro de la amplia gama del vandalismo urbano se equivocan.
            Los que abrieron fuego sobre la placa de Oscar lo hicieron para asesinar su memoria y así también para infundir al resto del cuerpo social las sensaciones que se derivan del pleno ejercicio de la impunidad y el terror.
            Al conmemorarse los treinta años del acceso a la práctica terrorista institucionalizada no estará demás repasar nuestros deberes (“deberes de la inteligencia”, al decir de Aníbal Ponce) e imprimir a las efemérides un rasgo imprescindible para avanzar hacia el futuro:  el de la acción concreta.
            La proclama de la memoria sólo tendrá vigor y templanza si a los discursos principistas y gestos simbólicos, se le suma la vocación por avanzar hasta las últimas consecuencias en procura de la verdad.  Esto es, conocer cada intersticio por donde la represión ha pasado, denunciarlo y procurar justicia.
            Hasta que no lo hagamos prevalecerá el discurso de los asesinos (“Los desaparecidos no están, no existen”, Videla dixit) y la sociedad no podrá consumarse en sus horizontes democráticos.
            La verdad, para el caso de Oscar Di Dio es establecer  quiénes fueron  los responsables políticos  de su desaparición, quiénes los ejecutores del secuestro..  Es recuperar su cuerpo para que descanse en su lugar de origen. Es, en definitiva no cejar hasta que lo responsables sean juzgados y castigados.
             Verdad es determinar la identidad de quienes devastan en las sombras para herirnos en lo más íntimo.
            Hasta que eso no suceda la sociedad tendrá una deuda pendiente y su futuro comprometido.
            Si Martín López hubiera triunfado en su demanda y las generaciones venideras no hubieran olvidado lo que sucedió, la fecha de hoy sería una fiesta.

                                                            
10.3.2006

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