jueves, 27 de septiembre de 2012

Juan Carlos Bustriazo Ortíz

EL QUE REGRESA




Por algún prodigio antojadizo, cuyo hermetismo nos supera, Juan Carlos Bustriazo Ortiz emerge diáfano y diferente de cada uno de los hombres que ha sido.

Por Puelches, lo vieron. Por el arroyo Los Berros, por Guatraché, acarreando ¡ay! su linterna de ¿cuatro... cinco? elementos, en sus transiciones de linyera nictálope, de flamenco a milodón, de búho insomne a trovador

¡Si hasta dicen que fue piedra!

“He visto un pájaro de anochecido vuelo” (*)

Ponderaciones del peregrino, inventarios azarosos.

Siempre está viniendo, lo que quiere decir que alguna vez se fue.

Partió, el hombre que supo descubrir la belleza de un rostro Polifemo, que olvidó un cisne en la casa de Rayén  Leoncilla y confirmó en un tango a compinches y tocayos. Volvió, el que germinó una rosa entre la niebla y echó a dormir su siesta por la arena.

Cada vez que alzó vuelo, dejó un poema. Un presente mínimo; acaso una chaquira en el collar del tiempo, un papiro amarillo o una piedrita azul... En fin, una manera de decir “no me olviden”

“El viento está del sur, dijo una ninfA” (**)

Nos dejó, cada vez, ensimismados en nuestros misereres y desde entonces fue una fiesta la hora del retorno.

Durante sus ausencias aplicamos la terapéutica que promueve la parábola de Bradbury.

Guy Montag somete al fuego los libros que perturban, que cuestionan, que interrumpen los sosiegos del hombre sometido.

Guy Montag, el quemador. Por estas dilataciones de la soledad lo conocemos bajo otras apariencias, pero con similares corolarios. De manera que cada uno fue Juan Carlos a la hora de procesar redenciones, socorrer atrevimientos e imaginerías.

Catequesis del caldenar: contra el fuego, fuego.

En ese aprendizaje nos transformamos en elegías y poemas puelches. Voces de contramuerte, en noches de Temple y vino negro. Coplas del crepúsculo vagando por el monte o callecitas floridas. Confirmaciones de que la vida es vida si vence la memoria y sus deberes.

Ahora, Juan Carlos Bustriazo Ortiz re-luce al cabo de una nueva travesía, con sus incógnitas y sus silencios. Quizás tan solo musite ¡Brujalabra!, en la cúspide de un exorcismo lírico.

Será bastante.

Afuera, cantan albricias las calandrias y el gozo se amplifica en clave de cuatro.

¡Cuatro!, buen número para reanudar el compromiso.

Porque para eso están hechos sus poemas.

Para que se nos encarnen.



Juan Carlos Pumilla

Marzo 2006

        (* Ricardo Vaquer,”¿Duermen todos los pájaros de noche?”,1979

        (**) JCBO, Inalén Cuyén, 1988Foto Fabián Muñoz (fotograma del video "El Encuentro"-ver en Youtube)







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