jueves, 1 de diciembre de 2016

Otoño en Madrid

 Los muchachos de Senegal despliegan sus lonas en el suelo y las llenan de albricias para peregrinos. Camisetas, bolsos, collares multicolores, baratijas for export. Los chavales van en grupo y se distribuyen en lugares estratégicos, de las puntas de las lonas emergen cuerdas que cada uno anuda en una mano mientras resuelve las transacciones con la otra. Acaso, cuando niños, antes del exilio y sus impiedades, leían con fruición y respeto a Léopold Sédar Senghor o cantaban canciones de Ismaila Sane o Ismaël Lô ilusionados con un destino promisorio. Era posible, vivían en un país maravilloso y gozaban del reconocimiento planetario por habitar en el sitio cúlmine del rally más famoso. La ciudad es cosmopolita, multifacética, heterogénea pero, por alguna circunstancia que se nos escapa, los vendedores ambulantes resultan los más conspicuos. Acaso unieran, como hacen los niños de todas latitudes, las cuatro puntas de sus pañuelos a un hilo sosteniendo algún pedrusco y lo lanzaran al aire jugando a los paracaídas. 
Ahora descienden en el Sol, en los alrededores del Corte Inglés o la Plaza Mayor y las cuerdas en su mano contribuyen al objetivo de convertir en un bulto sus mercancías para huir de la pasma. Cuando todo pasa vuelven y se instalan en otro emplazamiento. Y otro. Así, ad náuseam El viejo juego del gato y el ratón. Su corolario ya es conocido. Siempre gana el gato. 
Lo sabe muy bien Marta, que ha sufridos persecuciones y humillaciones en sus apostadas en El Rastro y otros sitios. Sumando más golpes a su destierro. Marta desgrana sus experiencias entre mate y mate y, una vez más, lamenta no poder ofrecer un último abrazo a su compañera de vicisitudes, La querida, añorada Lili Masaferro, la esposa de Juan Gelman. Marta recuerda y sus pupilas se posan en un punto lejano. Hemos visto esa mirada en otros ojos. Habrá alguien, algún día, que calificará con más enjundia y exactitud esta manera que provisoriamente llamaremos la mirada del exilio. De Colonia Escalante a San Lorenzo. La tienen los muchachos de Dakar, los sirios recién desembarcados, palestinos, nigerianos… los expulsados del mundo que, por alguna extraña razón eligen Madrid par fundar su nueva vida.
 La hemos visto, también, en el rostro de nuestros abuelos.
 Cotidiano y profundo, el dilema, es la inigración. Los poderosos más refractarios fingen generosidades al punto que acceden a la colocación de un cartel en el frente del Ayuntamiento. Un edicto ad hoc. La leyenda está escrita en inglés, “refugees welcome”. El mensaje soslaya el hecho que ese no es el idioma dominante de los refugiados. Manuela Carmena desespera, Le han exigido que baje el cartel. Alguien lo ha cuestionado por razones estéticas y administrativas. Manuela mira a su alredor pidiendo ayuda pero lo que encuentra es el semblante plástico e inmutable de Rajoy o el edificio de la Casa de las Américas con su fantasma que la examina, ominoso, a través de una de sus ventanas. Esa aparición es ya leyenda, pero muy bien podría llamarse Trump. Adjuntando un ingrediente más al panorama incierto hay un robo, y otro. Y otro. Abundan los que de inmediato denuncian: ”son los rumanos”, lo que pone al descubierto que está muy extendida la estructura Pichetta de entender la vida. La formulación reverbera en el espejo del lago de El Retiro, se multiplica y ejecuta una finta al atravesar la Puerta de Alcalá. Ya no hay quien la pare. 
Lo sabe bien el rumano que prodiga sonrisas mientras despliega manjares baratos y apetitosos en la confitería de la terminal de trenes del Esclorial. El muchacho lleva nueve años en la península y recién ahora, en este otoño que termina, viajará a visitar a su familia. No le resultará fácil. La cosa está pesada. Para los ojos latinoamericanos la crisis de Europa es jauja. Para ellos, no. Han decrecido sus poderes adquisitivos y aumentadas la pobreza y la iliquidez. La destrucción de ciento cincuenta mil empleos, tan solo en agosto, no es cosa que se pueda festejar. “Para colmo, esos tipos, los inmigrantes, que vienen a complicar todo”. Madrid cultiva una deliciosa costumbre. No importa el frío o calor sus habitantes se vuelcan en las calles a toda hora. Bulliciosos, amables, pululan por miles en todos lados. Tal como los turistas, se condensan  saturando la plaza del Sol. Otros construyen colas interminables en la Manolita por si algún golpe de suerte.       A la salida del metro se concentran los espectáculos callejeros. Este noviembre crece el predicamento de un grupo de malabares y hip hop. Al terminar cada rutina el líder presenta a los integrantes. Hay aplausos generosos para el chico de Venezuela y otro país de América que se nos escapa. La lista sigue hasta que señala al nativo de Dubai y la platea estalla. Es que Messi está instalado en el corazón de España pero el espectro de Diego, gordo, contestatario, polémico, sigue dando batalla. 
Pareciera que las cosas no cambian. Pero no es así. La globalización y otros fenómenos vienen horadando de manera intangible establecimientos que presumían eternos. Antonio Navarro Santafé se debe estar revolviendo en la tumba ante el nuevo emplazamiento de su estatua. Ni qué hablar de los que formularon algún tipo de exorocismo o juramento ante la baldosa del kilómetro cero. Ahora deberán reiterar sus votos en la acera de enfrente. Quien lo haga no podrá sustraerse a la multiplicación de luminarias anticipando las fiestas y el pregón de las publicidades vaticinando bienaventuranzas virtuales. El Señor del Consumo y los Dioses del Mercado exigen nuevas pleitesías. A partir de vodafón hasta la casa de la manzana. Ofertantes feroces apuntan sus i-phones a jóvenes desprotegidos e inocentes, compelidos por la necesidad de ser y pertenecer. No hay tregua: ante cada vacilación emerge una nueva ofensiva. Los gatos los dómines del mundo, forjan sus negocios a toda costa. No importan los daños colaterales y si las víctimas provienen del fuego amigo. Un 3 de mayo de hace más de dos siglos Goya los retrató con suma precisión. Mucho más acá Picasso hizo lo propio. Quien no lo crea puede verificar estos testimonios en el Reina Sofía o en El Prado. Si no bastare, ahí está, custodiado por las eternas tortugas, el cilindro de Atocha. (Hay otro Atocha, escondido en las inmediaciones de El Rastro. Allí Manuela salvó su vida, hace un cuarto de siglo, cuando asesinaron abogados. . Alejandra lo sabe, ya habrá otro relato) Se nos dirá que son situaciones de épocas distintas, al igual que sus motivaciones. Les objetamos que es la eterna violencia que un siglo hereda de otro.
 Menos mal la calle y otras felicidades. Sigue Bottero engalanando paseos o la Cibeles y sus irradiaciones. La Gran Vía consagrando tesoros y el empedrado de Montera con sus excitaciones. 
 “Huerta cerrada, taberna encendida:
 nadie encarcela sus libres licores. 
Atravesada del hambre y la vida,
 sigue en sus flores” 
 Por allí una muchacha provoca a un arlequín policromático que alegra una encrucijada. Ella amaga un beso, un paso de danza y él le suma una coreografía extravagante. Ella se acerca, lo toma del brazo, le avecina sus pechos. El la sigue e intenta atraparla. Así durante varios minutos. Luego ella enfila sus caderas rutilantes hacia Moncloa y el arlequín congela un abrazo en el aire. En sus lagrimales brota una lámina de sal. ¿Llora? Tal vez lo haga por la moza o también porque un altavoz ha difundido la crónica funesta: ¡Ha muerto Fidel! ay. Los noticieros no abandonan la nueva durante toda la jornada. La TVE, que no escatima esfuerzos para demostrar su neutralidad, repite una y otra vez la imagen de festejos en Miami, amparados en que la diferencia horaria no ha permitido exteriorizaciones en La Habana. Los locutores de diversas cadenas repasan fragmentos de vida y cada tanto entre la presunta asepsia deslizan la palabra “régimen”. No tienen empacho en reiterarla, ellos, que durante cuarenta años han convivido con el Generalísimo. Es que el fantasma de Franco, omnipresente en su atalaya en el Valle de los caídos sigue vigente y controlando todo a través de sus mil ojos de miedo. Todo, desde las rutinas cotidianas hasta los muñecos que los conductores colocan a su lado para simular una utilización racional de sus vehículos. 
 Aesta altura del texto cobra dimensión su precariedad. Menos mal que por doquier resuena en la memoria o vibra en el aire la palabra de Miguel Hernández, Góngora, Blas de Otero, Antonio Machado, Rafael Alberti o Dámaso Alonso. Y si algo faltare, ya lo completará Sabina. Allá, donde se cruzan los caminos… Madrid, inmensa, se convierte en una cuadricula minúscula y luminosa a medida que el avión cobra altura. En la vuelta habrá elementos para extrañar: la limpieza, las flores, el arte, la gente… Otras no. A poco de llegar, tras cruzar la plaza San Martín con rumbo al antiguo Hotel Pampa un chico alto, delgado, moreno, nos ofrece una sonrisa de marfil y un reloj dorado.
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