viernes, 21 de noviembre de 2014

Amelia


Amelia Ramírez de Pumilla



            Amelia Ramírez  llora y las lágrimas construyen diminutos cráteres sobre la reseca tierra de la  tumba de su esposo. El compañero de tantos años al que ha contagiado la tuberculosis. Llora. La ceremonia del adiós es triste y solitaria. Luego, distribuye a sus  tres pequeños hijos antes de que la enfermedad, que estigmatiza y mata, la alcance. Los años treinta encienden el miedo o la vergüenza y el viento  disipa las cenizas en que se convierten sus muebles y demás afectos. Nada queda de ella. Nada debe quedar de ella, salvo  silencio y  olvido, dos surcos del arrabal de las  miserias.  Muy lejos de allí, en este atardecer de la llanura, acaba de nacer el primer tataranieto de esa mujer que supo escribir en Caras y Caretas y fue valiente hasta el final. El niño crecerá conociendo todo lo que de Amelia pudo ser reconstruido con paciencia y empeño, para que se haga grande sabiendo que la memoria vence al fuego.

Un café en los tiempos de Macri

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