sábado, 9 de agosto de 2014

La visita


A María Targaglia

La conocí una tarde de verano y fue casi un descubrimiento. ¡Buñuelos en diciembre! ¡Y tantos! Lucía había heredado muchos de sus atributos: generosa, alegre, desenfadada.. hermosa, muy hermosa.
- ¿Así que vos sos el amigo de Lucía? Bueno, no te quedés ahí. Servite, estás en tu casa.
Y me lo tomé en serio.

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Después vinieron mis pantalones largos, las invariables visitas a la hora del mate cocido, los consejos después de la primera borrachera y hasta algún celo de Lucía.
- Pero… ¿vos venís por mi o por mi vieja?

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Cuando decidimos que iba a ser abogacía y no medicina como querían mis padres, fue a ella a la primera que se lo dijimos. Nos miró a los ojos, dejó la plancha parada sobre la mesa y esbozó esa sonrisa que consumaba su belleza.
- Bueno, bueno; eso sí que está bueno: dos futuras aves negras. Acuérdense de los pobres, che, que somos los que los vamos a bancar.
Y nos abrazó llorando.

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Santa Rosa estaba cada vez más linda. Lucía se recostaba contra una de las paredes de la casilla de Obras Sanitarias, nuestro castillo de la infancia, y miraba a lo lejos la hilera de frondosos eucaliptos que constituían la frontera entre el centro y la villa.
- Ojalá que nunca, que nunca la cambien.
- ¿Y por qué te quejás cuando se te mete la arena en los zapatos?
- Eso es otra cosa, pavotón. Decime si esta avenida no es más linda que las calles de La Plata.
- Bah, en el fondo esos una romántica incurable. Mucha militancia, mucha militancia, pero a la hora de los bifes..
- Salí, leguleyo hipócrita. Miren quién  habla; el futuro doctor que en el ropero de la pensión guarda las payanas y la navajita que le regalaron cuando salió de sexto. ¡Andá!

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Pero todo cambió. La vida se enfrentó a las tormentosas insolencias de la muerte. Alguna vez, en algún lado, alguien decidió la esterilidad de la esperanza y los propósitos. Todo cambió. Ella, como era previsible, lo supo anticipadamente: existen signos extraños e intrincados cuya lectura resulta dificultosa para muchos…., pero no para ella, acostumbrada a descifrar la realidad desde el pequeño universo de su  morada. Aquella tarde, hurtada a los acontecimientos y a los compromisos, fue breve y comprensiva.
- Vuelvan… por favor, tengan cuidado.
Y me miró severamente.
- Cuidala, es lo único que te pido.
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Ahora, cuando algunos nubarrones comienzan a disiparse y se vislumbra cierta claridad, ya no es bella. Sus ojos han velado hace mucho los ´`ultimos vestigios de aquellos expresivos brillos y sus arrugas contabilizan todo el peso del tiempo y de los años. Está ajada y encorvada y mira a lo lejos sin ver. Tampoco su voz es la misma. Cuesta reconocerla; de esos labios de los que han brotado carcajadas estruendosas, gruesas puteadas y frases generosas, emerge un sonido bajo, entrecortado y distante.
- ¿a qué viniste?
Me estremezco. La decisión tambalea ante esa abrupta comprensión de mi vulnerabilidad. Todo lo que había ensayado durante tantas semanas se me queda en la garganta. Ella se inclina hacia atrás e interrumpe el ademán, conciliatorio, de tocar su brazo con mi mano. Claudico, bajo los ojos y enfilo hacia la pequeña verja de entrada, mientras miles de visiones se me agolpan. Los buñuelos, aquel nudo de corbata para el baile de fin de año, los consejos…
La calle está vacía, sorprendente. Tampoco se hacen presentes todos aquellos sonidos que eran tan reveladores y que tantas veces añoré. El crujido de las hojas de otoño monopoliza mis sentidos y quizás por eso el susurro suena más apagado. ¿Realmente lo sentí o fue sólo mi imaginación? Me doy vuelta lentamente.
-¿Si?
- No te vayas, entrá, que aquí hace frío.

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