jueves, 29 de mayo de 2014

Duelo



-Luego, cuando claree y proceda la ceremonia del abrazo, habrá un brindis por la memoria. Así lo hacíamos allá, cuando algo bueno y lindo estaba por terminar. Es ella, nos enseñaban los abuelos, la que nos ayuda a  medir   cuánto nos falta.
-Pero... ¿no brindaban, además, por la imaginación?
-Claro, porque es un ejercicio que nos permite establecer cómo será el futuro.
La perspectiva del retorno apresura los intercambios de recetas sobre las mil maneras de presentar los varénikes o amasar el strudel. No debes abusar con la grasa para el hojaldre, Sara... y no olvides que las manzanas verdes son más deliciosas. Los varénikes, ay,  sólo deben estar un momento sumergidos en agua hirviendo. Pero es inexcusable servirlos con una salsa de cebolla. Si no hay cebolla, Olga, podrán llamarse como se te venga en mente, pero nunca varénikes.
La jornada transcurre apacible y grata. Las brasas de las parrillas todavía humean y desde algún lugar los firuletes  de una verdulera se filtran contagiosos y alegres por entre las conversaciones. 
La palanca, que un muchacho granujiento y cabellos de trigo hunde en la espigadora, zafa. El muchacho granujiento vomita  una palabrota  que escandaliza a las comadres y comienza  a rodar alocadamente  por la llanura hasta chocar con las estribaciones andinas.
La maldición se introduce  en las quebradas, ondea por las alturas del Machu Pichu y prosigue su marcha en los llanos  venezolanos para ascender, sin descanso por las estrangulaciones de América. No se detiene: reverbera en las paredes del Cañón del Colorado y tuerce hacia el Este hasta enrojecer las orejas de mister Mc Cormick.
El muchacho mira con rencor la palanca y chupa el dedo machucado.
Más allá, bajo la  protección de un gualeguay, un grupo de hombres macizos se apretuja en un corrillo para no perder detalles de una de las contiendas más apreciadas del encuentro
Vladimiro Ivanoff repasa la palma de sus manos contra el mameluco y extrae de su bolsillo trasero una navaja con la que procede a cortar sus uñas. El filo de la solingen corta las desprolijidades como si fuera manteca. Ivanoff, en un gesto que puede dar lugar a mil conjeturas, pliega sus dedos y contempla la eficacia   de la manicura. Todos lo aguardan impacientes y alguna suspicacia pugna por salir, pero no sale porque con Vladimiro no se bromea. Se escucha un carraspeo y todos vuelven sus ojos inquisitivos hacia Eugenio  Piatti, que permanece a un costado con un semblante encendido que preanuncia dificultades.
Ivanoff  lo ignora y remanga la camisa hasta los bíceps. Mide con fiereza la pieza de metal de doscientos cincuenta kilogramos que soporta un tronco cortado a medio metro de altura. Infla sus mejillas  y toma la bigornia por las astas para proceder a levantarla.
Sus puños se tornan cenicientos mientras eleva la bigornia hasta la altura del ombligo. La sostiene unos segundos que parecen una eternidad  y la vuelve  a colocar en el pedestal entre los aplausos admirados de los concurrentes.
Vladimiro resopla, una vez más  vuelve sus ojos desafiantes al gringo que se acerca hasta el centro del corrillo para tomar posición.
Todos callan. Hasta las moscas de marzo parecen haberse dado un respiro.
Piatti abre sus piernas, apoya las manos en la superficie  y se queda allí, arqueado y tenso sin hacer movimiento alguno. Las miradas de los concurrentes se cruzan formulando preguntas que no tienen respuestas. Ivanoff está dos pasos atrás con los brazos cruzados en el pecho mientras una gruesa capa de sudor cubre su cuello y empapa la camisa.
La atención  de los demás se vuelve exclamación: el gringo Piatti  repentinamente se contrae,  llena sus pulmones de aire y alza la bigornia hasta despegarla de su pedestal.
La base de la pesada pieza se separa centímetro a centímetro del tronco y todos siguen hipnotizados el ascenso. Piatti enrojece aún más y con un gruñido gutural eleva el metal hasta la cintura. Un tic nervioso se registra en la comisura de Vladimiro. La bigornia atrae toda la atención y parece levitar. Sube, laboriosamente hasta que llega a la altura del pecho. Todos contienen la respiración y es como si el tiempo se paralizara.
 Las venas del cuello del gringo Piatti se marcan como sogas y su boca se convierte en una delgada línea contraída. Lanza un alarido que eriza la piel y levanta la bigornia por encima de su cabeza; la sostiene como un trofeo algunos segundos para dejarla caer sordamente. El tronco se sacude y el temblor se transmite al suelo y al estado de ánimo general. 
Nadie se atreve a ejecutar ademán  alguno, aunque es imposible evitar suspiros  de  expresiva  admiración. 
La verdulera ahoga  una mazurca.
En el suelo queda, acostado y vencido, el acero inglés de dos-cientos cincuenta kilogramos.
Piatti mira a sus compañeros con aire triunfal y facciones congestionadas. Sus ojos amenazan con salir de sus órbitas. Permanece  con los brazos en alto y de esta manera, como un Mesías liberado, vuelve su cuerpo hacia el descampado con la mirada extraviada.
Una nube solitaria choca contra el horizonte.
 Arrastrando los pies atraviesa trabajosamente el círculo de atónitos espectadores que respetuosamente se apartan. Avanza, trastabilla y sigue, uno, dos, tres pasos hasta llegar al rastrojo. Uno, dos... diez surcos hasta internarse en las profundidades del cañaveral que marca el linde de esa hectárea.
Al cabo de unos minutos los niños corren tras él con gritos de festejo en tanto los labriegos procuran reponerse del asombro ante la hazaña.
Los niños se hunden en el corazón del bosquecillo y cantan y chillan festivos, como pájaros, hasta que sus voces se vuelven inaudibles.
El coro de festejantes se amplía con los curiosos que han acudido atraídos por la gritería. Los comentarios embrionarios de la proeza dejan lugar a la impaciencia. No se percibe  actividad y los niños no retornan. Tampoco el gringo. Ivanoff intenta desviar la vista del lugar pero no lo logra y el interés de los presentes es monopolizado por las varas que se mecen por efectos de  una brisa suave y reparadora. Anidan, en esos ojos claros que se entrecierran, mil emociones.
Alguien tose incómodo porque la espera se torna insoportable. Una mujer de prendas negras se quita el sombrero de paja y cubre su pecho como si colocara una coraza. Todos quisieran adoptar  alguna iniciativa pero están paralizados. El anciano calvo y de grandes bigotes, que desde el principio ha permanecido callado, separa su espalda del gualeguay y abre los labios para decir algo que queda en su garganta porque las cañas se han movido y por el centro aparece el mayor de los Schlaps. Él es, lo aseguran  todos sus amigos, el más ligero para correr y el más certero, cuando de cazar se trata, empleando  bolitas  de  paraíso como proyectiles 
 Corre, el hijo de Gotlieb, como si jugara la más importante  de las competencias. Salta entre el rastrojo como una liebre, con su gomera al cuello, gritando algo que nadie entiende porque  la distancia lo impide. 


(El hombre del Potemkin, capítulo 14)

Un café en los tiempos de Macri

(RafaelGuardia.-Foto Dagna _Faidutti) días de juicio ......................... os cuatro dejan enfriar un cortado en la esquina de...