viernes, 22 de diciembre de 2017

Por qué cantamos

Días de juicio
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POR QUÉ CANTAMOS

Mordiendo   las palabras, con una matriz de sal en sus pupilas, Cristina Ércoli pormenorizó que en sus días de cautiverio  en las antesalas del tormento en la Seccional Primera de Santa Rosa, las detenidas cantaban. Lo hacían para homologar que estaban vivas, para reconocerse. La que se ausentaba del coro que armonizaba “una que sabían todas” –Zamba de mi Esperanza- presagiaba funestas novedades, ausencias, traslados. Por  imperio de las  leyes de la simetría, si la  vocalización  acrecentaba sus cuerdas, la desazón era la misma.
Inventarios del canto.
Recuentos en clave de Sol.
Cristina deslizó la anécdota hace apenas tres semanas, en la bisagra de un relato tan emotivo como estremecedor.
Hoy por la mañana, la significación de ese recuerdo se prorrogó   en la sala de audiencias de  la última sesión del año  del juicio Subzona 1.4.
Le tocó a Mario Lóriga detallar las consecuencias de las germinaciones del  terrorismo de Estado en estas latitudes apenas iniciado 1975.
Mario, periodista, poeta, que para ese momento ya había convivido  con el espectro de la muerte y las  persecuciones, pormenorizó que uno a uno fueron ingresando en las inconclusas instalaciones de la flamante Seccional. Él, su compañera y una treintena de militantes a quienes su compromiso social los había introducido tempranamente en los pormenores de la incertidumbre y el desasosiego.
Didáctica del terror en la edad de plomo.
Teníamos miedo, confesó sin rubores y sin transición describió su  antídoto:
Cantamos, dijo, e inauguró una pausa profunda que se hundió en el corazón de la audiencia.
Cantaron para vencer al miedo.
Para confirmarse.
Para proclamar dónde estaban y atestiguar sobrevivencias.
Eso, nada más. Un episodio mínimo en el universo del espanto.
Y un denominador común: el canto para expresarse, defenderse, proteger  la vida.
Luego, Mario se ensimismó  en una indagación de sus  recuerdos para evadir  las celadas  del olvido  y ratificó su oficio de juglar con un breve texto, tan significativo como elocuente.
Aquí va, no tiene título. No hace falta más para consolar una despedida hasta que alumbre el nuevo año:
entonces
la vida se asombra de uno mismo
se dice
no sabía que esa roca estuviera allí
y que esa roca fuera
fuerza y debilidad
se asombra la vida
de que hayamos trepado esos muros
de que hayamos salido de esos pozos
y al revés
de que nos hayamos empantanado
en charquitos
de que hayamos llorado por inutilidades
se asombra la vida y se abre al sol
y el sol
amablemente
entibia los rincones helados
e ilumina los agujeros oscuros
en los que se atranca la alegría
la vida se asombra
y se reconforta
de que hayamos llegado
a pesar de todo
hasta estas
orillas . . .

MARIO LORIGA

13 de diciembre de 2016 a las 23:07 •
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