sábado, 12 de octubre de 2013

Juancito del monte


No he vuelto a Telén. No sé si lo haré alguna vez. Debe ser por cobardía, que se yo; quizás por rabia. O porque asumo que soy un sobreviviente y no tengo ni las ganas ni la fuerza para comportarme como tal.
          Si hasta he pedido a la Compañía que me cambie el recorrido. Pensar que antes me gustaba andar por esos caminos solitarios plagados de silencios. Podía pensar, me gustaba hacerlo. Ya no.
          De todos modos tengo algo que agradecerle a mis muchas heridas cotidianas. Van cicatrizando todas juntas y la costra no permite la individualización de una u otra.
          Pero todavía me acuerdo de aquel viaje a Telén. Mañana fresca, la calle principal completamente vacía, tan solo algunos grupitos charlando bajo en la frondosa arboleda que suplantó el segundo refugio de Capdeville.
          Entré contento al boliche, aunque algo extrañado. Y fue Don José, arrastrando las palabras con esa parsimonia de paisano acostumbrado a mirar correr la vida sin premura, el que me contó la historia.
          Siempre prefiero los mates a la ginebra, pero confieso que no me costó demasiado acompañar al viejo en su trago mañanero.
          ¿Se acuerda de Juancito? Me dijo. Y como no me iba a acordar. Juancito, el arisco y dulce, el pedigüeño de revistas de la capital y el lector ensimismado de muchas horas bajo la sombra de aquel caldén que, me han contado, todavía existe.
          Juancito. Que lindo tipo.
          Don José no me lo dijo todo el golpe. Así que, acostumbrado a sus preámbulos, me dediqué a evocar a Juancito, el muchachón del monte, el mediano de los Carripilún que un día no hace muchos años (tendría ocho o nueve), se perdió en la espesura y lo encontraron a la semana medio muerto de frío, las ropas deshilachadas aterrando la honda con que había salido a cazar las liebres que esa noche cocinaría su madre.
          No escarmentó. Volvió al monte una y otra vez. Ya grande cuando cambió el hacha por la cuchara de albañil y la enramada por la piecita de atrás de los Anchorena convirtió al caldén de El Alto como refugio para sus penas o lecturas. Esas que de tanto en tanto, pasaban de las manos de mis hijos a las suyas.
          Me estaba acordando de cuando me dijo que se quería ir para Bahía, que si no lo llevaba. Y yo entusiasmado como el que le ofrecí mi casa y todos los manuales que necesitara para terminar la secundaria.
          Fue en ese momento del recuerdo en que algo me advirtió que el tono de don José se había vuelto grave, más vacilante.
          Así que cuando preste atención justo el viejo me estaba anunciando que Juancito, el mediano de los Carripilún, se había muerto.

          Lo enterraron ayer. No se imagina el dolor de la madre. Acá todos los queríamos, sabe. Viera que funeral. Si hasta vino el intendente de Victorica. Cómo sería que el ministro mismo dijo que iba a estar presente; pero, claro, tenía  tantas cosas que hacer. Nadie lo pudo ver, el cajón ya vino cerrado. Pensar que cuando se fue estaba loco de alegría. Nos prometió a todos que iba a terminar la secundaria y seguirla estudiando, para hacerse hombre de provecho. Alcanzó a escribir dos cartas pero nunca las envió. Parece que las tenía entre sus ropas cuando lo encontraron. Tan solo a la madre se las dejaron ver. Le gustaba tanto el monte y tener que venir a morirse de frío en uno. ¿Cómo, no se lo dije? Si, fue lejos. En el Monte Kent, dijeron.

1982

Los hijos

LOS HIJOS                                                              A Nahuel, Lihué y Rayén Suelen jugar a la pelota por las ...