martes, 30 de mayo de 2017

Carmen Antenau


  En el país de los que se miran el ombligo la realidad es una pelusa. Es buena, es una buena reflexión, pensó y abrió el cartapacio que ocupaba la mayor parte del escritorio. Hundió la lapicera en el tintero ovalado y cuidadosamente despojó  el sobrante acariciando la cucharita por sobre el borde. Anotó el pensamiento junto con un recordatorio que en prolija caligrafía le indicaba un compromiso para las fiestas patronales, la compra de brillantina  y la inminencia de una sentencia  que venía demorada.  Luego se recostó en el sillón y registró el recorrido del haz de luz que la banderola de la alta puerta de la habitación, cuyos vidrios de todos colores le daban la ilusión de trabajar junto al arco iris.   Pedro Pico se permitió su segundo descanso en la agitada mañana del lunes y acarició con la mirada sus objetos más  queridos. El Martín Fierro encuadernado en cuero por un estibador del sur, una boleadora perfecta que oficiaba de pisapapeles, el retrato familiar y la flamante Wnderwood que descansaba reluciente en la mesita caoba. Un pensamiento pícaro se transmitió a su semblante. ¡Una máquina así hasta sería la envidia del Burro Molas!    Estaba feliz. Satisfecho de la vida y de sus decisiones. Santa Rosa era un poblado tempranero que se desperezaba hacia la laguna. Trajín de cacerolas  denunciaban tareas caseras el tomillo y la albahaca aromaban el aire.  Sí, fue cosa buena venirse para estos pagos.   La pequeña aldaba de la puerta de entrada produjo un sonido seco que reverberó por el largo pasillo sacándolo  de sus abstracciones.  En el rellano ,Carmen Antenau abría y cerraba con dedos nerviosos el nudo de su mantilla mientras   aguardaba. Morena y espigada, su rostro constelado de infinitas y delgadas arrugas no alcanzaba a proclamar su edad.    
 -¡Carmen, no te esperábamos hasta mañana. Todavía no recogimos la ropa para planchar.  
-No.., no es eso. Vengo por otra cosa.
  -Bueno, pasá, contame. Los ojos de Carmen eran negros. De obsidiana, pensó Pico, pero de obsidiana refulgente. Son ojos con sol, concluyó, y reprimió un ademán para abrir el cartapacio. Carmen interrumpió el examen. 
 -Vea doctor ando con un..Con un problema. 
 -Te escucho.  
-Bueno, resulta que a la beba de la casa donde trabajo...  
-¿La señora de Carrozo? 
 -Si, esa. A la niña le desapareció una pulserita de oro y la señora me acusa a mi.  
-¡Pero, cómo te va a acusar si todos te conocemos. Vamos Carmen, habrás entendido mal! 
 -Don Pedro, yo no se leer pero se escuchar. No, no entendí mal.  
-¿Y que querés que yo haga?. Si te parece la veo y le digo que vos sos incapaz de robar nada.  
-Es inútil. Ya le dije todo eso pero ella no quiere escuchar razones. Yo pensaba que usted, bueno...que usted...  
-Vamos, decí.   -Yo pensaba que usted podía venir conmigo a la casa a investigar ahora que la señora no está. 
 -¡Qué. Estás loca!. Yo no soy el doctor Watson, soy Pico.  
-¿Quién?  
-Nada, olvidalo. Carmen ¿ te das cuenta de lo que me estás pidiendo?  Eso es invasión de domicilio.   -    
.¿Y lo de ella qué es?. Ella se metió conmigo, me invadió, me humilló. Se aprovechó de que es rica y yo pobre. Amenazó con echarme, me... 
 -Bueno Carmen, una mujer como vos siempre va a encontrar trabajo. 
 -Que inocente que es usted. Dígame, cuántos habitantes tiene Santa Rosa.   –
Y..Unos diez, quince  mil habitantes.  
-Eso representa un  puñado de  familias. ¿Cuántas cree que están en condiciones de tomar sirvientas?   -Cuarenta, quizás cincuenta.   -¿Se da cuenta?. Si   a esta señora se le ocurre acusarme esas cuarenta se enteran en un santiamén y yo qué hago.    
-Es razonable, es muy atinado lo que me decís.    
-¿Desde cuándo los analfabetos tienen que ser tontos?  
El abogado quedó pensativo mientras la luz de la banderola lo iluminaba. En el país de los de arriba uno se asoma a la ventana y mira pero en cambio en el país de abajo otro mira hacia arriba y ve. Carmen la fregona, la comemierda, la limpiaculos, la que siempre debe inclinar la cabeza no tiene chance ante una pulserita de oro desaparecida. 
 -Te entiendo. ¿Y si vas a la policía?.  
-Ya fui, por eso vine a verlo.  En la policía me preguntaron donde la había guardado. La vieja historia, desde hace siglos:  los ricos nos sacan el oro pero siempre los ladrones somos nosotros ¡Ja! a la Carmen Antenau le ha desaparecido la risa que tiene la señora de Carrozo, pero  nadie se hace cargo de esta denuncia. Por eso vengo aquí, porque usted es un hombre bueno y sabe como son esas cosas.     

Los que se van no miran hacia atrás. Dejan el lugar en donde el sol se pone tras la ilusión del agua y de la gleba. Delgadas columnas de humo se elevan hacia el cielo y el viento de otoño  las hace ondular como si fueran abrazos, o quizás referencias para los arrepentidos, señales para volver al lugar donde alguna vez la felicidad se conjugó en plural. Pero no habrá regresos, los pasos se entremezclan con otros pasos, la caravana se adelgaza en el horizonte y uno en uno, lentamente, atraviesan el siglo. La diáspora ha empezado. Los que se van no tienen retorno y tan solo los acompañan los recuerdos, memoria viva de cantos desangrados . Atrás, en el rescoldo de los sueños, queda la historia que otros les escriben. Hay risas, son los niños que avanzan a la luz. Allí el pequeño Carriqueo, más acá Pichileufú y aquí la niña que va leyendo el mensaje de los pájaros con una flor de cardo entre sus manos, Carmen Antenau.  Llegan, el humo de fogones pronuncia un nuevo abrazo. El salitral espera y se apresta a recibir a los primeros. El que los ve murmura: bienvenidos, ustedes han llegado a ninguna parte.         

-Doctor, doctor, no me está escuchando.         
-Perdoná, me distraje.        
-Bueno, qué piensa de todo este asunto.                   
-Es que esto es tan... cómo decirlo.  
-Dígalo con todas las letras doctor: Esto es una chanchada. Si estuviera acá su amigo, ese González Pacheco sabría qué hacer. Ese sí que parece tener agallas.¡Ayudemé, estoy desesperada. Yo me conozco y...! 
 -Bueno Carmen, no te pongas así. Quizás si habláramos con la señora entre en razones.   –-       Doctor, no se engañe. A ella lo único que le interesa es la pulsera, el oro, todo lo que reluce. ¿Sabe como me llama cuando está con sus amigas?. Antenó, me dice Antenó, porque suena a francés. Se da cuenta todo lo que ella me roba todos los días, me roba este apellido que vine de lejos, que viene desde tan lejos y que tiene más historia que los Carrozo, los Menéndez y toda esa alcurnia de morondanga. Esto no es justo don Pedro, debe acabar, algún día debe acabar.
 El arco iris se posó en el corazón de Carmen.   Pedro Pico se levantó lentamente, tomó el saco del respaldar del sillón y musitó   -Vamos Carmen, vamos a encontrar esa maldita pulsera. 
 Las vidrieras de Casa Arteta los reflejaron caminando a paso vivo, sin intercambiar palabras. Don Pedro no contestó el saludo que le hizo el agente de la garita de la plaza  y Carmen ignoró las miradas intrigadas de las mujeres que salían de la catedral. Casi en el umbral de los Carrozo la dueña de casa los sorprendió  cuando acababa de bajar las escalinatas.  
-¡Don Pedro! ¿Qué lo trae por aquí?. Dichosos  los ojos que lo ven.-y dirigiéndose a Carmen con voz grave-. ¿Sabés una cosa Carmencita? Acabo de encontrar la pulserita de la nena. Estaba enganchada en el voladito de la cuna. Andá, andá para adentro que tenemos tanto que hacer.   El rostro de Pico se congestionó.  
-Señora, sabe...sabe lo que pienso de usted. Que usted es una hi...   Carmen  impidió el resto e la frase tocando el brazo de Don Pedro que aún así insistió:
-Usted...usted, usted es de las que viven en el país de los que se miran el ombligo y solo ven pelusas.   Los ojos asombrados de la señora de Carrozo persiguieron la espalda del airado Pedro Pico hasta que éste se perdió a la vuelta de la esquina. Luego, lentamente, giraron hacia Carmen..

El sol los acompaña en sus espaldas desde el principio de su larga singladura de vientos, sal, miserias y desprecio. El sol marca el camino. Allá, en el corazón de la llanura,  leuda  la esperanza entre olores a pan recién horneado y  el brote germinal de un nuevo desafío. Los que vienen ponen sus ojos al poniente y los pasos se apresuran ansiosos de destino. Llegan y la niña de ojos oscuros  corre a abrazarse con quienes los esperan.       
                                            
Don Pedro hundió su índice en la cazuela de la pipa y suspiró sin importarle las hebras de tabaco que salpicaban su chaleco .La promisoria jornada que auguraba la mañana había trocado en una inquietud indescifrable. La penumbra de la habitación se asociaba a su estado de ánimo  y musitó una maldición a modo de exorcismo.
         Cuando la aldaba de la puerta de entrada resonó con insistencia un  estremecimiento recorrió su cuerpo.                                                                                                 


Pedro Pico

jueves, 25 de mayo de 2017

El adiós


Guadalupe y Mariano

El capitán extiende el brazo. El utensilio inicia su recorrido terminal hacia el enfermo que imagina las mejillas de María Guadalupe Cuenca, luminosas de marzo. La niña de Chuquisaca se sobrepone, como una transparencia, con la tez curtida de este marino de apellido imposible que baja los párpados, incómodo. El barco prosigue su derrota y la penumbra deja vislumbrar una advertencia funesta en esa mano que se aproxima. El portador de los entorchados se estremece por una súbita revelación que vuelve todo inútil: en ese cuerpo desvalido germina, implacable, la promesa ominosa de la palingenesia. Lupe quita una mota de pelo de sus ojos para ver a través del mar. En el lecho, un relámpago fugaz alumbra memorias que inquieren. Una a una , por todas las rugosidades de América. Recorre los socavones de Potosí y las quebradas de Tilcara; la crispada soledad de las galeras y las cicatrices de las rastrilladas que el llano desplaza proa al oeste. Rastrea entre los gritos paceños que el viento reverbera y en las endechas del miserere de Cabeza de Tigre. Busca. En tanto el recipiente, acarreando razones inconfesables, prosigue su migración rumbo los agrietados labios del hombre postrado que, mirando más allá de su vida, busca. Hasta encontrarla.

(de la serie “Cartas de Amor a Moreno”)

sábado, 20 de mayo de 2017

La sociedad y los poetas muertos


fotos de JimiR odríguez,revista Orsai y documental sobre Sena


Otoño, junto con las hojas caen las revelaciones. Malos presagios. Voces de la palabra escrita, amigos, lectores, vienen alertando acerca de una constante de esta etapa: la pavorosa  –y eficaz- agresión contra los bienes simbólicos. Además de los concretos, claro.        
         Tanto en General Pico como en Santa Rosa  y otros puntos del territorio la proclama se alza  por  las incertidumbres sobre los restos de Juan José Sena y  el desamparo del sepulcro de Juan Carlos Bustriazo Ortiz.
         No suenan extrañas estas situaciones en un país donde  desde el mismísimo corazón del poder se niega, desprecia  o banaliza la monumental llaga de los treintamil.
         Pareciera un designio de la historia, Acaso lo fuere: habitamos esta parcela  del tiempo que aun desconoce dónde se encuentran   los despojos  de Narciso de Laprida ¿Acaso el mismo destino asignado a los de  Juana Azurduy?
         Ni que hablar de Moreno, el primer desaparecido. O Martín Thompson, el segundo. Ambos devorados por él atlántico y la ferocidad de una época  sin tregua.
 Por ahí deambulan, lóbregas, las endechas de María Remedios del Valle, la ignorada Madre de la Patria.
         Los desaparecidos no desaparecen, los desaparecen.
A esta altura nadie desconoce  que no hay muralla contra la muerte. Pero obra en nuestro poder  el antídoto contra el aciago espectro de la exclusión
         En los inaugurales años setenta muere otro poeta, Jacobo Fijman,  condenado al abandono desde mucho antes  (“fui un  desaparecido,  el más ausente…”) Habrá de ser otro escritor, el querido y respetado Vicente Zito Lema, quien rescate sus restos condenados  a la fosa común.
         Vicente elaboró una operación clandestina y nocturna para evitar que su “poeta en el hospicio” muriera de olvido.
         Ahí está la razón de esta exigua  elegía: subrayar un plan de acción, en las coordenadas de lo subrepticio o moral, orientado  a impedir  que nuestra propia memoria quede  sin aliento o nos juegue una mala pasada.
Al soslayo o al amparo de discursos y edictos de ocasión.
Hacer las cosas, como sea, hasta extremar el colmo de nuestra imaginación o  capacidad,  tal vez porque  la  injusticia   es grande y la vida, corta. 
Ciertamente, intimaría  el propio Fijman porque, el arte tiene que volver a ser una forma de sinceridad.
        
        
        
        


martes, 16 de mayo de 2017

Del adiós

La mujer, que se deslizó
de una relación crepuscular,
sin jactancias ni rencores,
pinta sus labios y el sucio
vidrio del vagón le devuelve
un rostro cansado y ese rictus
de fastidio por la espera.
Porque el convoy no avanza
por un hombre que divide
su corazón entre los rieles
dilatando  su retorno

a la esperanza.

sábado, 29 de abril de 2017

Poema del regreso


                                       A Raquel

        El gris echó a rodar un lunes sin más señas.
        Una esquina cualquiera doblé como al descuido
        y me encontré muy solo buscando una respuesta,
        un mínimo gesto, una razón para la ausencia.
         Vuelvo.
        Recuerdo una retama trepando por la siesta
        y un perfume a lavanda aromando  la almohada.
        Todo está en la paciencia, sostienen nuestros viejos,
        se hace lento el camino para los que regresan.
        Esas risas alegres como si fueran pájaros
        ¿son esas voces niñas que alegraron el alma?
        ¿Y ese grito feroz y el miedo en las entrañas?
        ¡y un poema , una flor, en una barricada?
        Atesoro memorias de leños encendidos
        y sones de guitarra enamorando el alba
        Vuelvo.
        Aspiro los olores como un ciego en la calle
        y me guían tus óleos  como lo haría un faro.
        Mira lo que encontré   desandando mis pasos:
        una piedrita azul esta moneda rara,
        una escalera larga para tocar el cielo
        y unas ganas enormes de besar tus pestañas.
        Ahora, si en un cruce de esquinas otro lunes se asoma 
        despliego tus colores y empuño las palabras:
        escribo que te quiero
        y me crecen las alas



jueves, 23 de marzo de 2017

Las cosas que no olvido



a Raquel, Rubén,  Jorge y Gringo,
burladores de los Guy Montag) de siempre


Al  segundo envoltorio lo inhumé un atardecer de noviembre bajo del duraznero .sordos ruidos, repicaban, a lo lejos. El anterior resultó  un fracaso: quedó alojado en el corazón de un caldén seco en el  baldío del olivar  junto al  barrio renacido  y al cabo de la primera verificación ya  no estaba. Nunca nadie, vecino, alguno dejó indicios de su hallazgo y menos, de su destino. Para reír, o llorar.
            En  esas ocasiones, nos consentíamos  un recreo para la distensión. Lo reiteramos cuando Marta y Roberto confesaron que ubicaron el suyo en el lugar donde luego se emplazó  una cabina de gas y más tarde, la casa. Cuatro décadas, aun no se resignan.
Otra caja asumió  Pablo De Pian, sin preámbulos, un crepúsculo   plagado de silencios. Se la llevó a Mar del Plata y permaneció allí, hasta su reintegro. Hubo además la bolsa que aceptó  JR, La simplificación del  nombre quedó de herencia del malo de la serie Dallas. Pero él es un bueno: JR, Jorge Oscar Rojas., que la paseó por tres mudanzas, su matrimonio y el primer hijo, sin decir nunca ni mu.
Raquel defendió  todo lo demás, ya se sabe. Veló por tres  tesoros, tres secretos, un concepto.
 Rubén Outerelo se hizo cargo del resto, paciente, hasta mi regreso. Rubén, el niño que salió  del Rayo Rojo y tanto fue  Hopalong Cassidy como Gerónimo, siempre justiciero.


(El único resguardo
Que Raulito me confió
con tanto esmero
fue a caer a manos
de un conjetural aliado
traicionero)

 Están de vuelta. Vienen del destierro,  ajados, corroídos, fragmentos salpicados por la sal del tiempo y tantos entierros. Allí, en el anaquel de los incunables la argumentación que alguna vez persuadió  a Sartre  haciendo compañía  al que nos aleccionó sobre los infantilismos. En otro, las tesis de un mes de otoño y la colosal refutación a Kautzky sostenido  por una piedra pintada ,nueva, y un Quijote de bronce, viejo. Más acá, junto a la cerámica del Eternauta . los poemas del anciano  maestro Ho  traducidos por Emilio Jáuregui. Cerrando la última fila el anuncio de la presencia del pie del verdugo en el umbral.   Todos están, todos. No hace falta  decirlos, ni siquiera sus títulos, los lectores lo saben y sabrán elegirlos.
            Hay otros, docenas de ellos,  alineados por tema o por premuras, por hedonismo o estudio .Líneas de bancarrota o de poesía, exorcismos lanzados al futuro tras un no pasarán que requiere de algo más que su formulación... Textos precursores  de extremada sabiduría, líneas portentosas, almacenes de ideas, nunca subyugadas. Como un milagro de la palingenesia, cada tanto emerge uno, desde el interior de una revista doblada o un hule desvaído. Asoman para decirnos aquí estoy, nunca me olvides…
Cada tanto los miramos sin verlos. Sabemos que están allí, estoicos, desobedientes, aguardando una  atención   piadosa que los justifique nuevamente., De vez en cuanto, cada vez en espacios de tiempo más dilatados, los dedos recorren, en un prolijo inventario de supervivencia, la costra de los lomos, sus nervaduras…así las manos, en un ejercicio de clarividencia, los adivinan en tanto articulan  una elegía en el pensamiento, una ponderación de la época, bendiciendo   contenidos que comparecen desde tan lejos Tan viejos,  tan actuales.
 Acaso alguna vez, si un brote de inspiración fuera posible, geminará  una lisonja para todos y cada uno de ellos y para todos y cada uno de las fraternidades  que se impusieron, gallardos, al ominoso espectro de un estante vacío.
Tal vez sea en otro equinoccio  de memoria amanecida. Una consideración  cabal y justiciera, para aquellos amigos que, al igual que los libros, prorrogan nuestra vida.



Marzo 2017


martes, 7 de febrero de 2017

Jinetes del crepúsuculo


Foto: Ana María Zorzi

Edgar Morisoli
La pampa se dilata  en el poema. El perfil crepuscular de los jinetes inventa fantasmagorías en el horizonte y sus siluetas parecen brotar en el llano como estalagmitas pardas   que el resplandor adelgaza y prolonga hacia el oeste. Los versos crecen y entusiasman mientras un trote pasuco repica hacia el amor o el desaliento... Cabalgan,  se internan en la desmesura del viento o el jornal. Allá van, despacio y sin premuras porque este es un territorio para viajar sin prisas, para querer de a poco. Es gente de este y otros pagos, paisanos, desnudos de mayores alegrías, austeros en su andar como el paisaje que andan. Un triste  fulgor  empuja sus espaldas hasta el punto final que cierra la historia e inaugura razones para indagar destinos o tal vez, simplemente, para  repensarnos. Los jinetes avanzan hacia algún sitio, cierto remanso de la luz que algunos sospechan o quizás conozcan. Luego,  se apean para desaparecer en el interior de la carpeta que Edgar Morisoli  cierra espaciosamente ante un auditorio que se crispa y sacude. El poeta  despliega una amplia  mirada por encima de sus lentes y   queda  callado.



martes, 17 de enero de 2017

La muerte obscena

Foto Pablo De Pian

En la penumbra biliosa  de una casa de inquilinatos la mujer  tapa todas las hendijas. Lo hace lenta y cuidadosamente, como si fuera dueña del reloj  del mundo. Luego, raspa sus manos contra las mejillas y cuenta sus arrugas. Una a una, hasta que las yemas claudican,  exhaustas.

          En el país de los olvidos el rey es el silencio.

          La reina es una noche sin estrellas que bebe sombras en el altar de los sedientos. Danza. Con gesto pródigo regala un niño a un umbral desnudo y lo bendice con dos gotitas de cólera. Ejecuta una coreografía voluptuosa y definitiva. Gira y gira hasta dominar al viento. Vuela. Vomita tormentas en las rondas de los ancianos.

Ellos están allí, dando vueltas y vueltas, como madres, en la plaza de los jueves.

Rondas de un molinete sin retorno.

Círculos, hasta llegar al séptimo.

Piden pan con ademán de niños. Piden pan mientras  un altavoz anuncia que los últimos quedarán.

     Lejos, en la desmesura del monte bajo que queda poco más allá de Carro Quemado el anciano busca un claro alfombrado de pasto puna. Inclina su cabeza contra el cuero  de un caldén y se deja caer hasta quedar sentado. Cierra los ojos y aparecen las imágenes sepias de toda su vida, cuadro por cuadro, vuelta por vuelta. Cuando concluye con la ceremonia del recuerdo alza la vista y se detiene en el ascenso  de las águilas que parten hacia la luz. Musita una oración de despedida... De nadie, porque en las últimas evocaciones ha quedado solo. La soledad, ya se sabe, es una compañera que suele ser preñada  por la  tristeza.

     Una llovizna voluble humedece  el  semblante mustio. Las gotas, exiguas como lágrimas de viejo, forman lagunitas en el cuenco de sus manos que han quedado hacia arriba, como reclamando al cielo.

 


viernes, 23 de diciembre de 2016

Un hadish por AndrésRivera


Hace unos minutos nomás, antes que la red desplegara su letanía de iniquidades cotidianas, el buen amigo Fernando Ojeda notificó sobre la muerte deAndrésRivera.
Ay.
Tan solo cuatro veces hablamos con el. En los prolegómenos del Encuentro de las Letras deGuatraché , en el interior de una de las salas del Instituto Alberdi y en el respiro de una jornada intensa en el aula magna de la UNLPam en que encendió una honra porCastelli y constituyó una abominación de los neutrales.
Hubo algo, acaso una especie de hilo rojo, que amortiguó su proverbial adustez .Probablemente el recuerdo de Emilio Jáuregui, presente en la tapa de Ajuste de Cuentas, cuya dedicatoria nos gratifica.
Emilio habita en una línea inconmensurable de El Verdugo en el Umbral, flameando su camisa blanca entre los fusiles de Onganía, en recuerdos mutuos, en los poemas traducidos de Ho chi Minh y retornó, omnipresente, en el relato de un viaje a Vietnam que hizo historia.
Es ocioso detenerse en cuánto lo admiramos.
Abundan, y habrá más, referencias certeras y justificadas, y retazos biográficos que tornan prescindible este texto de despedida.
Está el llanto de Falkner,Melville, Brecht y tantos otros humedeciendo estas líneas consagradas al militante que dio carnadura, como pocos, a los jacobinos de mayo.
Un momento del Primer Encuentro de las Letras enGuatrché.Basko Inchaurraga, Atilio Germani, AndrésRivera, Hamlet Lima Quintana, Juan Carlos Pumilla, Edgar Morisoli, Raquel Pumilla..Sala del Instituto Alberdi.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Otoño en Madrid

 Los muchachos de Senegal despliegan sus lonas en el suelo y las llenan de albricias para peregrinos. Camisetas, bolsos, collares multicolores, baratijas for export. Los chavales van en grupo y se distribuyen en lugares estratégicos, de las puntas de las lonas emergen cuerdas que cada uno anuda en una mano mientras resuelve las transacciones con la otra. Acaso, cuando niños, antes del exilio y sus impiedades, leían con fruición y respeto a Léopold Sédar Senghor o cantaban canciones de Ismaila Sane o Ismaël Lô ilusionados con un destino promisorio. Era posible, vivían en un país maravilloso y gozaban del reconocimiento planetario por habitar en el sitio cúlmine del rally más famoso. La ciudad es cosmopolita, multifacética, heterogénea pero, por alguna circunstancia que se nos escapa, los vendedores ambulantes resultan los más conspicuos. Acaso unieran, como hacen los niños de todas latitudes, las cuatro puntas de sus pañuelos a un hilo sosteniendo algún pedrusco y lo lanzaran al aire jugando a los paracaídas. 
Ahora descienden en el Sol, en los alrededores del Corte Inglés o la Plaza Mayor y las cuerdas en su mano contribuyen al objetivo de convertir en un bulto sus mercancías para huir de la pasma. Cuando todo pasa vuelven y se instalan en otro emplazamiento. Y otro. Así, ad náuseam El viejo juego del gato y el ratón. Su corolario ya es conocido. Siempre gana el gato. 
Lo sabe muy bien Marta, que ha sufridos persecuciones y humillaciones en sus apostadas en El Rastro y otros sitios. Sumando más golpes a su destierro. Marta desgrana sus experiencias entre mate y mate y, una vez más, lamenta no poder ofrecer un último abrazo a su compañera de vicisitudes, La querida, añorada Lili Masaferro, la esposa de Juan Gelman. Marta recuerda y sus pupilas se posan en un punto lejano. Hemos visto esa mirada en otros ojos. Habrá alguien, algún día, que calificará con más enjundia y exactitud esta manera que provisoriamente llamaremos la mirada del exilio. De Colonia Escalante a San Lorenzo. La tienen los muchachos de Dakar, los sirios recién desembarcados, palestinos, nigerianos… los expulsados del mundo que, por alguna extraña razón eligen Madrid par fundar su nueva vida.
 La hemos visto, también, en el rostro de nuestros abuelos.
 Cotidiano y profundo, el dilema, es la inigración. Los poderosos más refractarios fingen generosidades al punto que acceden a la colocación de un cartel en el frente del Ayuntamiento. Un edicto ad hoc. La leyenda está escrita en inglés, “refugees welcome”. El mensaje soslaya el hecho que ese no es el idioma dominante de los refugiados. Manuela Carmena desespera, Le han exigido que baje el cartel. Alguien lo ha cuestionado por razones estéticas y administrativas. Manuela mira a su alredor pidiendo ayuda pero lo que encuentra es el semblante plástico e inmutable de Rajoy o el edificio de la Casa de las Américas con su fantasma que la examina, ominoso, a través de una de sus ventanas. Esa aparición es ya leyenda, pero muy bien podría llamarse Trump. Adjuntando un ingrediente más al panorama incierto hay un robo, y otro. Y otro. Abundan los que de inmediato denuncian: ”son los rumanos”, lo que pone al descubierto que está muy extendida la estructura Pichetta de entender la vida. La formulación reverbera en el espejo del lago de El Retiro, se multiplica y ejecuta una finta al atravesar la Puerta de Alcalá. Ya no hay quien la pare. 
Lo sabe bien el rumano que prodiga sonrisas mientras despliega manjares baratos y apetitosos en la confitería de la terminal de trenes del Esclorial. El muchacho lleva nueve años en la península y recién ahora, en este otoño que termina, viajará a visitar a su familia. No le resultará fácil. La cosa está pesada. Para los ojos latinoamericanos la crisis de Europa es jauja. Para ellos, no. Han decrecido sus poderes adquisitivos y aumentadas la pobreza y la iliquidez. La destrucción de ciento cincuenta mil empleos, tan solo en agosto, no es cosa que se pueda festejar. “Para colmo, esos tipos, los inmigrantes, que vienen a complicar todo”. Madrid cultiva una deliciosa costumbre. No importa el frío o calor sus habitantes se vuelcan en las calles a toda hora. Bulliciosos, amables, pululan por miles en todos lados. Tal como los turistas, se condensan  saturando la plaza del Sol. Otros construyen colas interminables en la Manolita por si algún golpe de suerte.       A la salida del metro se concentran los espectáculos callejeros. Este noviembre crece el predicamento de un grupo de malabares y hip hop. Al terminar cada rutina el líder presenta a los integrantes. Hay aplausos generosos para el chico de Venezuela y otro país de América que se nos escapa. La lista sigue hasta que señala al nativo de Dubai y la platea estalla. Es que Messi está instalado en el corazón de España pero el espectro de Diego, gordo, contestatario, polémico, sigue dando batalla. 
Pareciera que las cosas no cambian. Pero no es así. La globalización y otros fenómenos vienen horadando de manera intangible establecimientos que presumían eternos. Antonio Navarro Santafé se debe estar revolviendo en la tumba ante el nuevo emplazamiento de su estatua. Ni qué hablar de los que formularon algún tipo de exorocismo o juramento ante la baldosa del kilómetro cero. Ahora deberán reiterar sus votos en la acera de enfrente. Quien lo haga no podrá sustraerse a la multiplicación de luminarias anticipando las fiestas y el pregón de las publicidades vaticinando bienaventuranzas virtuales. El Señor del Consumo y los Dioses del Mercado exigen nuevas pleitesías. A partir de vodafón hasta la casa de la manzana. Ofertantes feroces apuntan sus i-phones a jóvenes desprotegidos e inocentes, compelidos por la necesidad de ser y pertenecer. No hay tregua: ante cada vacilación emerge una nueva ofensiva. Los gatos los dómines del mundo, forjan sus negocios a toda costa. No importan los daños colaterales y si las víctimas provienen del fuego amigo. Un 3 de mayo de hace más de dos siglos Goya los retrató con suma precisión. Mucho más acá Picasso hizo lo propio. Quien no lo crea puede verificar estos testimonios en el Reina Sofía o en El Prado. Si no bastare, ahí está, custodiado por las eternas tortugas, el cilindro de Atocha. (Hay otro Atocha, escondido en las inmediaciones de El Rastro. Allí Manuela salvó su vida, hace un cuarto de siglo, cuando asesinaron abogados. . Alejandra lo sabe, ya habrá otro relato) Se nos dirá que son situaciones de épocas distintas, al igual que sus motivaciones. Les objetamos que es la eterna violencia que un siglo hereda de otro.
 Menos mal la calle y otras felicidades. Sigue Bottero engalanando paseos o la Cibeles y sus irradiaciones. La Gran Vía consagrando tesoros y el empedrado de Montera con sus excitaciones. 
 “Huerta cerrada, taberna encendida:
 nadie encarcela sus libres licores. 
Atravesada del hambre y la vida,
 sigue en sus flores” 
 Por allí una muchacha provoca a un arlequín policromático que alegra una encrucijada. Ella amaga un beso, un paso de danza y él le suma una coreografía extravagante. Ella se acerca, lo toma del brazo, le avecina sus pechos. El la sigue e intenta atraparla. Así durante varios minutos. Luego ella enfila sus caderas rutilantes hacia Moncloa y el arlequín congela un abrazo en el aire. En sus lagrimales brota una lámina de sal. ¿Llora? Tal vez lo haga por la moza o también porque un altavoz ha difundido la crónica funesta: ¡Ha muerto Fidel! ay. Los noticieros no abandonan la nueva durante toda la jornada. La TVE, que no escatima esfuerzos para demostrar su neutralidad, repite una y otra vez la imagen de festejos en Miami, amparados en que la diferencia horaria no ha permitido exteriorizaciones en La Habana. Los locutores de diversas cadenas repasan fragmentos de vida y cada tanto entre la presunta asepsia deslizan la palabra “régimen”. No tienen empacho en reiterarla, ellos, que durante cuarenta años han convivido con el Generalísimo. Es que el fantasma de Franco, omnipresente en su atalaya en el Valle de los caídos sigue vigente y controlando todo a través de sus mil ojos de miedo. Todo, desde las rutinas cotidianas hasta los muñecos que los conductores colocan a su lado para simular una utilización racional de sus vehículos. 
 Aesta altura del texto cobra dimensión su precariedad. Menos mal que por doquier resuena en la memoria o vibra en el aire la palabra de Miguel Hernández, Góngora, Blas de Otero, Antonio Machado, Rafael Alberti o Dámaso Alonso. Y si algo faltare, ya lo completará Sabina. Allá, donde se cruzan los caminos… Madrid, inmensa, se convierte en una cuadricula minúscula y luminosa a medida que el avión cobra altura. En la vuelta habrá elementos para extrañar: la limpieza, las flores, el arte, la gente… Otras no. A poco de llegar, tras cruzar la plaza San Martín con rumbo al antiguo Hotel Pampa un chico alto, delgado, moreno, nos ofrece una sonrisa de marfil y un reloj dorado.

ABRAZO, AHÍ

Hoy Pablo Grillo cumple años, y su nombre se vuelve más que un recuerdo: es presencia viva. Su mirada —esa que alerta y sostiene— atraviesa ...