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| Pedro Pico |
La memoria es un tatuaje del alma. Se lleva en la conciencia y obedece a sus dictados. Indeleble, eterno, nos dice quiénes fuimos y revela lo que somos. Testimonio para presentir destinos y decidir qué haremos
martes, 30 de mayo de 2017
Carmen Antenau
En el país de los que se miran el ombligo la realidad es una pelusa. Es
buena, es una buena reflexión, pensó y abrió el cartapacio que ocupaba la mayor
parte del escritorio. Hundió la lapicera en el tintero ovalado y cuidadosamente
despojó el sobrante acariciando la
cucharita por sobre el borde. Anotó el pensamiento junto con un recordatorio
que en prolija caligrafía le indicaba un compromiso para las fiestas
patronales, la compra de brillantina y
la inminencia de una sentencia que venía
demorada. Luego se recostó en el sillón
y registró el recorrido del haz de luz que la banderola de la alta puerta de la
habitación, cuyos vidrios de todos colores le daban la ilusión de trabajar
junto al arco iris. Pedro Pico se
permitió su segundo descanso en la agitada mañana del lunes y acarició con la
mirada sus objetos más queridos. El
Martín Fierro encuadernado en cuero por un estibador del sur, una boleadora
perfecta que oficiaba de pisapapeles, el retrato familiar y la flamante
Wnderwood que descansaba reluciente en la mesita caoba. Un pensamiento pícaro
se transmitió a su semblante. ¡Una máquina así hasta sería la envidia del Burro
Molas! Estaba feliz. Satisfecho de la
vida y de sus decisiones. Santa Rosa era un poblado tempranero que se
desperezaba hacia la laguna. Trajín de cacerolas denunciaban tareas caseras el tomillo y la
albahaca aromaban el aire. Sí, fue cosa
buena venirse para estos pagos. La
pequeña aldaba de la puerta de entrada produjo un sonido seco que reverberó por
el largo pasillo sacándolo de sus
abstracciones. En el rellano ,Carmen
Antenau abría y cerraba con dedos nerviosos el nudo de su mantilla
mientras aguardaba. Morena y espigada,
su rostro constelado de infinitas y delgadas arrugas no alcanzaba a proclamar
su edad.
-¡Carmen, no te esperábamos hasta mañana.
Todavía no recogimos la ropa para planchar.
-No.., no es eso. Vengo por otra
cosa.
-Bueno, pasá, contame. Los ojos de Carmen eran negros. De obsidiana,
pensó Pico, pero de obsidiana refulgente. Son ojos con sol, concluyó, y
reprimió un ademán para abrir el cartapacio. Carmen interrumpió el examen.
-Vea doctor ando con un..Con un problema.
-Te escucho.
-Bueno, resulta que a la beba de la
casa donde trabajo...
-¿La señora de Carrozo?
-Si, esa. A la niña le desapareció una
pulserita de oro y la señora me acusa a mi.
-¡Pero, cómo te va a acusar si todos
te conocemos. Vamos Carmen, habrás entendido mal!
-Don Pedro, yo no se leer pero se escuchar.
No, no entendí mal.
-¿Y que querés que yo haga?. Si te
parece la veo y le digo que vos sos incapaz de robar nada.
-Es inútil. Ya le dije todo eso pero
ella no quiere escuchar razones. Yo pensaba que usted, bueno...que
usted...
-Vamos, decí. -Yo pensaba que usted podía venir conmigo a
la casa a investigar ahora que la señora no está.
-¡Qué. Estás loca!. Yo no soy el doctor
Watson, soy Pico.
-¿Quién?
-Nada, olvidalo. Carmen ¿ te das
cuenta de lo que me estás pidiendo? Eso
es invasión de domicilio. -
.¿Y lo de ella qué es?. Ella se
metió conmigo, me invadió, me humilló. Se aprovechó de que es rica y yo pobre.
Amenazó con echarme, me...
-Bueno Carmen, una mujer como vos siempre va a
encontrar trabajo.
-Que inocente que es usted. Dígame, cuántos
habitantes tiene Santa Rosa. –
Y..Unos diez, quince mil habitantes.
-Eso representa un puñado de familias. ¿Cuántas cree que están en
condiciones de tomar sirvientas?
-Cuarenta, quizás cincuenta.
-¿Se da cuenta?. Si a esta
señora se le ocurre acusarme esas cuarenta se enteran en un santiamén y yo qué
hago.
-Es razonable, es muy
atinado lo que me decís.
-¿Desde cuándo los
analfabetos tienen que ser tontos?
El abogado quedó
pensativo mientras la luz de la banderola lo iluminaba. En el país de los de
arriba uno se asoma a la ventana y mira pero en cambio en el país de abajo otro
mira hacia arriba y ve. Carmen la fregona, la comemierda, la limpiaculos, la
que siempre debe inclinar la cabeza no tiene chance ante una pulserita de oro
desaparecida.
-Te entiendo. ¿Y si vas a la policía?.
-Ya fui, por eso vine
a verlo. En la policía me preguntaron
donde la había guardado. La vieja historia, desde hace siglos: los ricos nos sacan el oro pero siempre los
ladrones somos nosotros ¡Ja! a la Carmen Antenau le ha desaparecido la risa que
tiene la señora de Carrozo, pero nadie
se hace cargo de esta denuncia. Por eso vengo aquí, porque usted es un hombre
bueno y sabe como son esas cosas.
Los que se van no miran hacia atrás. Dejan el
lugar en donde el sol se pone tras la ilusión del agua y de la gleba. Delgadas
columnas de humo se elevan hacia el cielo y el viento de otoño las hace ondular como si fueran abrazos, o
quizás referencias para los arrepentidos, señales para volver al lugar donde
alguna vez la felicidad se conjugó en plural. Pero no habrá regresos, los pasos
se entremezclan con otros pasos, la caravana se adelgaza en el horizonte y uno
en uno, lentamente, atraviesan el siglo. La diáspora ha empezado. Los que se
van no tienen retorno y tan solo los acompañan los recuerdos, memoria viva de
cantos desangrados . Atrás, en el rescoldo de los sueños, queda la historia que
otros les escriben. Hay risas, son los niños que avanzan a la luz. Allí el
pequeño Carriqueo, más acá Pichileufú y aquí la niña que va leyendo el mensaje
de los pájaros con una flor de cardo entre sus manos, Carmen Antenau. Llegan, el humo de fogones pronuncia un nuevo
abrazo. El salitral espera y se apresta a recibir a los primeros. El que los ve
murmura: bienvenidos, ustedes han llegado a ninguna parte.
-Doctor, doctor, no
me está escuchando.
-Perdoná, me
distraje.
-Bueno, qué piensa de
todo este asunto.
-Es que esto es tan...
cómo decirlo.
-Dígalo con todas las
letras doctor: Esto es una chanchada. Si estuviera acá su amigo, ese González
Pacheco sabría qué hacer. Ese sí que parece tener agallas.¡Ayudemé, estoy
desesperada. Yo me conozco y...!
-Bueno Carmen, no te pongas así. Quizás si
habláramos con la señora entre en razones.
–- Doctor, no se engañe. A
ella lo único que le interesa es la pulsera, el oro, todo lo que reluce. ¿Sabe
como me llama cuando está con sus amigas?. Antenó, me dice Antenó, porque suena
a francés. Se da cuenta todo lo que ella me roba todos los días, me roba este
apellido que vine de lejos, que viene desde tan lejos y que tiene más historia
que los Carrozo, los Menéndez y toda esa alcurnia de morondanga. Esto no es
justo don Pedro, debe acabar, algún día debe acabar.
El arco iris se posó en el corazón de
Carmen. Pedro Pico se levantó
lentamente, tomó el saco del respaldar del sillón y musitó -Vamos Carmen, vamos a encontrar esa maldita
pulsera.
Las vidrieras de Casa Arteta los reflejaron
caminando a paso vivo, sin intercambiar palabras. Don Pedro no contestó el
saludo que le hizo el agente de la garita de la plaza y Carmen ignoró las miradas intrigadas de las
mujeres que salían de la catedral. Casi en el umbral de los Carrozo la dueña de
casa los sorprendió cuando acababa de
bajar las escalinatas.
-¡Don Pedro! ¿Qué lo
trae por aquí?. Dichosos los ojos que lo
ven.-y dirigiéndose a Carmen con voz grave-. ¿Sabés una cosa Carmencita? Acabo
de encontrar la pulserita de la nena. Estaba enganchada en el voladito de la
cuna. Andá, andá para adentro que tenemos tanto que hacer. El rostro de Pico se congestionó.
-Señora, sabe...sabe
lo que pienso de usted. Que usted es una hi...
Carmen impidió el resto e la
frase tocando el brazo de Don Pedro que aún así insistió:
-Usted...usted, usted
es de las que viven en el país de los que se miran el ombligo y solo ven
pelusas. Los ojos asombrados de la
señora de Carrozo persiguieron la espalda del airado Pedro Pico hasta que éste
se perdió a la vuelta de la esquina. Luego, lentamente, giraron hacia Carmen..
El sol los acompaña en sus espaldas desde el
principio de su larga singladura de vientos, sal, miserias y desprecio. El sol
marca el camino. Allá, en el corazón de la llanura, leuda
la esperanza entre olores a pan recién horneado y el brote germinal de un nuevo desafío. Los
que vienen ponen sus ojos al poniente y los pasos se apresuran ansiosos de
destino. Llegan y la niña de ojos oscuros
corre a abrazarse con quienes los esperan.
Don Pedro hundió su
índice en la cazuela de la pipa y suspiró sin importarle las hebras de tabaco
que salpicaban su chaleco .La promisoria jornada que auguraba la mañana había
trocado en una inquietud indescifrable. La penumbra de la habitación se
asociaba a su estado de ánimo y musitó
una maldición a modo de exorcismo.
Cuando la aldaba de la puerta de
entrada resonó con insistencia un
estremecimiento recorrió su cuerpo.
jueves, 25 de mayo de 2017
El adiós
Guadalupe y Mariano
El capitán extiende el brazo. El utensilio inicia su recorrido terminal hacia el enfermo que imagina las mejillas de María Guadalupe Cuenca, luminosas de marzo. La niña de Chuquisaca se sobrepone, como una transparencia, con la tez curtida de este marino de apellido imposible que baja los párpados, incómodo. El barco prosigue su derrota y la penumbra deja vislumbrar una advertencia funesta en esa mano que se aproxima. El portador de los entorchados se estremece por una súbita revelación que vuelve todo inútil: en ese cuerpo desvalido germina, implacable, la promesa ominosa de la palingenesia. Lupe quita una mota de pelo de sus ojos para ver a través del mar. En el lecho, un relámpago fugaz alumbra memorias que inquieren. Una a una , por todas las rugosidades de América. Recorre los socavones de Potosí y las quebradas de Tilcara; la crispada soledad de las galeras y las cicatrices de las rastrilladas que el llano desplaza proa al oeste. Rastrea entre los gritos paceños que el viento reverbera y en las endechas del miserere de Cabeza de Tigre. Busca. En tanto el recipiente, acarreando razones inconfesables, prosigue su migración rumbo los agrietados labios del hombre postrado que, mirando más allá de su vida, busca. Hasta encontrarla.
(de la serie “Cartas de Amor a Moreno”)
sábado, 20 de mayo de 2017
La sociedad y los poetas muertos
![]() |
fotos de JimiR odríguez,revista Orsai y documental sobre Sena
Otoño, junto
con las hojas caen las revelaciones. Malos presagios. Voces de la palabra
escrita, amigos, lectores, vienen alertando acerca de una constante de esta
etapa: la pavorosa –y eficaz- agresión
contra los bienes simbólicos. Además de los concretos, claro.
Tanto
en General Pico como en Santa Rosa y
otros puntos del territorio la proclama se alza
por las incertidumbres sobre los
restos de Juan José Sena y el desamparo
del sepulcro de Juan Carlos Bustriazo Ortiz.
No
suenan extrañas estas situaciones en un país donde desde el mismísimo corazón del poder se
niega, desprecia o banaliza la monumental llaga de los treintamil.
Pareciera
un designio de la historia, Acaso lo fuere: habitamos esta parcela del tiempo que aun desconoce dónde se
encuentran los despojos de Narciso de Laprida ¿Acaso el mismo destino
asignado a los de Juana Azurduy?
Ni
que hablar de Moreno, el primer desaparecido. O Martín Thompson, el segundo.
Ambos devorados por él atlántico y la ferocidad de una época sin tregua.
Por ahí deambulan, lóbregas, las endechas de
María Remedios del Valle, la ignorada Madre de la Patria.
Los
desaparecidos no desaparecen, los desaparecen.
A esta altura
nadie desconoce que no hay muralla contra la muerte. Pero obra en nuestro
poder el antídoto contra el aciago
espectro de la exclusión
En
los inaugurales años setenta muere otro poeta, Jacobo Fijman, condenado al abandono desde mucho antes (“fui un desaparecido,
el más ausente…”) Habrá de ser otro escritor, el querido y respetado
Vicente Zito Lema, quien rescate sus restos condenados a la fosa común.
Vicente
elaboró una operación clandestina y nocturna para evitar que su “poeta en el
hospicio” muriera de olvido.
Ahí
está la razón de esta exigua elegía:
subrayar un plan de acción, en las coordenadas de lo subrepticio o moral, orientado
a impedir que nuestra propia memoria quede sin aliento o nos juegue una mala pasada.
Al soslayo o
al amparo de discursos y edictos de ocasión.
Hacer las
cosas, como sea, hasta extremar el colmo de nuestra imaginación o capacidad, tal vez porque
la injusticia es
grande y la vida, corta.
Ciertamente,
intimaría el propio Fijman porque, el
arte tiene que volver a ser una forma de sinceridad.
martes, 16 de mayo de 2017
Del adiós
La mujer, que se deslizó
de una relación crepuscular,
sin jactancias ni rencores,
pinta sus labios y el sucio
vidrio del vagón le devuelve
un rostro cansado y ese rictus
de fastidio por la espera.
Porque el convoy no avanza
por un hombre que divide
su corazón entre los rieles
dilatando su retorno
a la esperanza.
sábado, 29 de abril de 2017
Poema del regreso
A Raquel
El gris echó a rodar un lunes sin más
señas.
Una esquina cualquiera doblé como al
descuido
y me encontré muy solo buscando una
respuesta,
un mínimo gesto, una razón para la
ausencia.
Vuelvo.
Recuerdo una retama trepando por la
siesta
y un perfume a lavanda aromando la almohada.
Todo está en la paciencia, sostienen
nuestros viejos,
se hace lento el camino para los que
regresan.
Esas risas alegres como si fueran
pájaros
¿son esas voces niñas que alegraron el
alma?
¿Y ese grito feroz y el miedo en las
entrañas?
¡y un poema , una flor, en una
barricada?
Atesoro memorias de leños encendidos
y sones de guitarra enamorando el alba
Vuelvo.
Aspiro los olores como un ciego en la
calle
y me guían tus óleos como lo haría un faro.
Mira lo que encontré desandando mis pasos:
una piedrita azul esta moneda rara,
una escalera larga para tocar el cielo
y unas ganas enormes de besar tus
pestañas.
Ahora, si en un cruce de esquinas otro
lunes se asoma
despliego tus colores y empuño las
palabras:
escribo que te quiero
y me crecen las alas
jueves, 23 de marzo de 2017
Las cosas que no olvido
a Raquel, Rubén, Jorge y Gringo,
burladores de los Guy Montag)
de siempre
Al segundo envoltorio lo inhumé un atardecer de noviembre
bajo del duraznero .sordos ruidos, repicaban, a lo lejos. El anterior resultó un fracaso: quedó alojado en el corazón de un
caldén seco en el baldío del olivar junto al barrio renacido y al cabo de la primera verificación ya no estaba. Nunca nadie, vecino, alguno dejó
indicios de su hallazgo y menos, de su destino. Para reír, o llorar.
En esas ocasiones,
nos consentíamos un recreo para la distensión.
Lo reiteramos cuando Marta y Roberto confesaron que ubicaron el suyo en el
lugar donde luego se emplazó una cabina
de gas y más tarde, la casa. Cuatro décadas, aun no se resignan.
Otra caja asumió Pablo De Pian, sin preámbulos, un crepúsculo plagado de silencios. Se la llevó a Mar del
Plata y permaneció allí, hasta su reintegro. Hubo además la bolsa que
aceptó JR, La simplificación del nombre quedó de herencia del malo de la serie
Dallas. Pero él es un bueno: JR, Jorge Oscar Rojas., que la paseó por tres
mudanzas, su matrimonio y el primer hijo, sin decir nunca ni mu.
Raquel defendió todo lo demás, ya se sabe. Veló por tres tesoros, tres secretos, un concepto.
Rubén Outerelo se hizo cargo del resto,
paciente, hasta mi regreso. Rubén, el niño que salió del Rayo Rojo y tanto fue Hopalong Cassidy como Gerónimo, siempre
justiciero.
(El
único resguardo
Que
Raulito me confió
con
tanto esmero
fue a
caer a manos
de un
conjetural aliado
traicionero)
Están de vuelta. Vienen del destierro, ajados, corroídos, fragmentos salpicados por
la sal del tiempo y tantos entierros. Allí, en el anaquel de los incunables la
argumentación que alguna vez persuadió a
Sartre haciendo compañía al que nos aleccionó sobre los infantilismos.
En otro, las tesis de un mes de otoño y la colosal refutación a Kautzky
sostenido por una piedra pintada ,nueva,
y un Quijote de bronce, viejo. Más acá, junto a la cerámica del Eternauta . los
poemas del anciano maestro Ho traducidos por Emilio Jáuregui. Cerrando la
última fila el anuncio de la presencia del pie del verdugo en el umbral. Todos están, todos. No hace falta decirlos, ni siquiera sus títulos, los
lectores lo saben y sabrán elegirlos.
Hay otros, docenas de ellos, alineados por tema o por premuras, por
hedonismo o estudio .Líneas de bancarrota o de poesía, exorcismos lanzados al
futuro tras un no pasarán que requiere de algo más que su formulación... Textos
precursores de extremada sabiduría,
líneas portentosas, almacenes de ideas, nunca subyugadas. Como un milagro de la
palingenesia, cada tanto emerge uno, desde el interior de una revista doblada o
un hule desvaído. Asoman para decirnos aquí estoy, nunca me olvides…
Cada tanto los
miramos sin verlos. Sabemos que están allí, estoicos, desobedientes, aguardando
una atención piadosa que los justifique nuevamente., De
vez en cuanto, cada vez en espacios de tiempo más dilatados, los dedos
recorren, en un prolijo inventario de supervivencia, la costra de los lomos,
sus nervaduras…así las manos, en un ejercicio de clarividencia, los adivinan en
tanto articulan una elegía en el pensamiento,
una ponderación de la época, bendiciendo contenidos que comparecen desde tan lejos Tan
viejos, tan actuales.
Acaso alguna vez, si un brote de inspiración fuera
posible, geminará una lisonja para todos
y cada uno de ellos y para todos y cada uno de las fraternidades que se impusieron, gallardos, al ominoso
espectro de un estante vacío.
Tal vez sea en otro
equinoccio de memoria amanecida. Una consideración
cabal y justiciera, para aquellos amigos
que, al igual que los libros, prorrogan nuestra vida.
Marzo 2017
martes, 7 de febrero de 2017
Jinetes del crepúsuculo
martes, 17 de enero de 2017
La muerte obscena
viernes, 23 de diciembre de 2016
Un hadish por AndrésRivera
Hace unos minutos nomás, antes que la red desplegara su letanía de iniquidades cotidianas, el buen amigo Fernando Ojeda notificó sobre la muerte deAndrésRivera.
Ay.
Tan solo cuatro veces hablamos con el. En los prolegómenos del Encuentro de las Letras deGuatraché , en el interior de una de las salas del Instituto Alberdi y en el respiro de una jornada intensa en el aula magna de la UNLPam en que encendió una honra porCastelli y constituyó una abominación de los neutrales.
Hubo algo, acaso una especie de hilo rojo, que amortiguó su proverbial adustez .Probablemente el recuerdo de Emilio Jáuregui, presente en la tapa de Ajuste de Cuentas, cuya dedicatoria nos gratifica.
Emilio habita en una línea inconmensurable de El Verdugo en el Umbral, flameando su camisa blanca entre los fusiles de Onganía, en recuerdos mutuos, en los poemas traducidos de Ho chi Minh y retornó, omnipresente, en el relato de un viaje a Vietnam que hizo historia.
Es ocioso detenerse en cuánto lo admiramos.
Abundan, y habrá más, referencias certeras y justificadas, y retazos biográficos que tornan prescindible este texto de despedida.
Está el llanto de Falkner,Melville, Brecht y tantos otros humedeciendo estas líneas consagradas al militante que dio carnadura, como pocos, a los jacobinos de mayo.
Ay.
Tan solo cuatro veces hablamos con el. En los prolegómenos del Encuentro de las Letras deGuatraché , en el interior de una de las salas del Instituto Alberdi y en el respiro de una jornada intensa en el aula magna de la UNLPam en que encendió una honra porCastelli y constituyó una abominación de los neutrales.
Hubo algo, acaso una especie de hilo rojo, que amortiguó su proverbial adustez .Probablemente el recuerdo de Emilio Jáuregui, presente en la tapa de Ajuste de Cuentas, cuya dedicatoria nos gratifica.
Emilio habita en una línea inconmensurable de El Verdugo en el Umbral, flameando su camisa blanca entre los fusiles de Onganía, en recuerdos mutuos, en los poemas traducidos de Ho chi Minh y retornó, omnipresente, en el relato de un viaje a Vietnam que hizo historia.
Es ocioso detenerse en cuánto lo admiramos.
Abundan, y habrá más, referencias certeras y justificadas, y retazos biográficos que tornan prescindible este texto de despedida.
Está el llanto de Falkner,Melville, Brecht y tantos otros humedeciendo estas líneas consagradas al militante que dio carnadura, como pocos, a los jacobinos de mayo.
jueves, 1 de diciembre de 2016
Otoño en Madrid
Los muchachos de Senegal despliegan sus lonas en el suelo y las llenan de albricias para peregrinos. Camisetas, bolsos, collares multicolores, baratijas for export. Los chavales van en grupo y se distribuyen en lugares estratégicos, de las puntas de las lonas emergen cuerdas que cada uno anuda en una mano mientras resuelve las transacciones con la otra.
Acaso, cuando niños, antes del exilio y sus impiedades, leían con fruición y respeto a Léopold Sédar Senghor o cantaban canciones de Ismaila Sane o Ismaël Lô ilusionados con un destino promisorio.
Era posible, vivían en un país maravilloso y gozaban del reconocimiento planetario por habitar en el sitio cúlmine del rally más famoso.
La ciudad es cosmopolita, multifacética, heterogénea pero, por alguna circunstancia que se nos escapa, los vendedores ambulantes resultan los más conspicuos.
Acaso unieran, como hacen los niños de todas latitudes, las cuatro puntas de sus pañuelos a un hilo sosteniendo algún pedrusco y lo lanzaran al aire jugando a los paracaídas.
Ahora descienden en el Sol, en los alrededores del Corte Inglés o la Plaza Mayor y las cuerdas en su mano contribuyen al objetivo de convertir en un bulto sus mercancías para huir de la pasma. Cuando todo pasa vuelven y se instalan en otro emplazamiento. Y otro. Así, ad náuseam
El viejo juego del gato y el ratón. Su corolario ya es conocido. Siempre gana el gato.
Lo sabe muy bien Marta, que ha sufridos persecuciones y humillaciones en sus apostadas en El Rastro y otros sitios. Sumando más golpes a su destierro. Marta desgrana sus experiencias entre mate y mate y, una vez más, lamenta no poder ofrecer un último abrazo a su compañera de vicisitudes, La querida, añorada Lili Masaferro, la esposa de Juan Gelman.
Marta recuerda y sus pupilas se posan en un punto lejano. Hemos visto esa mirada en otros ojos. Habrá alguien, algún día, que calificará con más enjundia y exactitud esta manera que provisoriamente llamaremos la mirada del exilio.
De Colonia Escalante a San Lorenzo.
La tienen los muchachos de Dakar, los sirios recién desembarcados, palestinos, nigerianos… los expulsados del mundo que, por alguna extraña razón eligen Madrid par fundar su nueva vida.
La hemos visto, también, en el rostro de nuestros abuelos.
Cotidiano y profundo, el dilema, es la inigración. Los poderosos más refractarios fingen generosidades al punto que acceden a la colocación de un cartel en el frente del Ayuntamiento. Un edicto ad hoc. La leyenda está escrita en inglés, “refugees welcome”. El mensaje soslaya el hecho que ese no es el idioma dominante de los refugiados.
Manuela Carmena desespera, Le han exigido que baje el cartel. Alguien lo ha cuestionado por razones estéticas y administrativas.
Manuela mira a su alredor pidiendo ayuda pero lo que encuentra es el semblante plástico e inmutable de Rajoy o el edificio de la Casa de las Américas con su fantasma que la examina, ominoso, a través de una de sus ventanas. Esa aparición es ya leyenda, pero muy bien podría llamarse Trump.
Adjuntando un ingrediente más al panorama incierto hay un robo, y otro. Y otro.
Abundan los que de inmediato denuncian: ”son los rumanos”, lo que pone al descubierto que está muy extendida la estructura Pichetta de entender la vida.
La formulación reverbera en el espejo del lago de El Retiro, se multiplica y ejecuta una finta al atravesar la Puerta de Alcalá. Ya no hay quien la pare.
Lo sabe bien el rumano que prodiga sonrisas mientras despliega manjares baratos y apetitosos en la confitería de la terminal de trenes del Esclorial. El muchacho lleva nueve años en la península y recién ahora, en este otoño que termina, viajará a visitar a su familia.
No le resultará fácil. La cosa está pesada. Para los ojos latinoamericanos la crisis de Europa es jauja. Para ellos, no. Han decrecido sus poderes adquisitivos y aumentadas la pobreza y la iliquidez. La destrucción de ciento cincuenta mil empleos, tan solo en agosto, no es cosa que se pueda festejar.
“Para colmo, esos tipos, los inmigrantes, que vienen a complicar todo”.
Madrid cultiva una deliciosa costumbre. No importa el frío o calor sus habitantes se vuelcan en las calles a toda hora. Bulliciosos, amables, pululan por miles en todos lados. Tal como los turistas, se condensan saturando la plaza del Sol. Otros construyen colas interminables en la Manolita por si algún golpe de suerte. A la salida del metro se concentran los espectáculos callejeros. Este noviembre crece el predicamento de un grupo de malabares y hip hop. Al terminar cada rutina el líder presenta a los integrantes. Hay aplausos generosos para el chico de Venezuela y otro país de América que se nos escapa. La lista sigue hasta que señala al nativo de Dubai y la platea estalla. Es que Messi está instalado en el corazón de España pero el espectro de Diego, gordo, contestatario, polémico, sigue dando batalla.
Pareciera que las cosas no cambian. Pero no es así. La globalización y otros fenómenos vienen horadando de manera intangible establecimientos que presumían eternos. Antonio Navarro Santafé se debe estar revolviendo en la tumba ante el nuevo emplazamiento de su estatua. Ni qué hablar de los que formularon algún tipo de exorocismo o juramento ante la baldosa del kilómetro cero. Ahora deberán reiterar sus votos en la acera de enfrente.
Quien lo haga no podrá sustraerse a la multiplicación de luminarias anticipando las fiestas y el pregón de las publicidades vaticinando bienaventuranzas virtuales. El Señor del Consumo y los Dioses del Mercado exigen nuevas pleitesías. A partir de vodafón hasta la casa de la manzana.
Ofertantes feroces apuntan sus i-phones a jóvenes desprotegidos e inocentes, compelidos por la necesidad de ser y pertenecer. No hay tregua: ante cada vacilación emerge una nueva ofensiva.
Los gatos los dómines del mundo, forjan sus negocios a toda costa. No importan los daños colaterales y si las víctimas provienen del fuego amigo.
Un 3 de mayo de hace más de dos siglos Goya los retrató con suma precisión. Mucho más acá Picasso hizo lo propio. Quien no lo crea puede verificar estos testimonios en el Reina Sofía o en El Prado.
Si no bastare, ahí está, custodiado por las eternas tortugas, el cilindro de Atocha.
(Hay otro Atocha, escondido en las inmediaciones de El Rastro. Allí Manuela salvó su vida, hace un cuarto de siglo, cuando asesinaron abogados. . Alejandra lo sabe, ya habrá otro relato)
Se nos dirá que son situaciones de épocas distintas, al igual que sus motivaciones. Les objetamos que es la eterna violencia que un siglo hereda de otro.
Menos mal la calle y otras felicidades. Sigue Bottero engalanando paseos o la Cibeles y sus irradiaciones. La Gran Vía consagrando tesoros y el empedrado de Montera con sus excitaciones.
“Huerta cerrada, taberna encendida:
nadie encarcela sus libres licores.
Atravesada del hambre y la vida,
sigue en sus flores”
Por allí una muchacha provoca a un arlequín policromático que alegra una encrucijada. Ella amaga un beso, un paso de danza y él le suma una coreografía extravagante. Ella se acerca, lo toma del brazo, le avecina sus pechos. El la sigue e intenta atraparla. Así durante varios minutos. Luego ella enfila sus caderas rutilantes hacia Moncloa y el arlequín congela un abrazo en el aire. En sus lagrimales brota una lámina de sal.
¿Llora? Tal vez lo haga por la moza o también porque un altavoz ha difundido la crónica funesta: ¡Ha muerto Fidel! ay. Los noticieros no abandonan la nueva durante toda la jornada. La TVE, que no escatima esfuerzos para demostrar su neutralidad, repite una y otra vez la imagen de festejos en Miami, amparados en que la diferencia horaria no ha permitido exteriorizaciones en La Habana. Los locutores de diversas cadenas repasan fragmentos de vida y cada tanto entre la presunta asepsia deslizan la palabra “régimen”. No tienen empacho en reiterarla, ellos, que durante cuarenta años han convivido con el Generalísimo. Es que el fantasma de Franco, omnipresente en su atalaya en el Valle de los caídos sigue vigente y controlando todo a través de sus mil ojos de miedo. Todo, desde las rutinas cotidianas hasta los muñecos que los conductores colocan a su lado para simular una utilización racional de sus vehículos.
Aesta altura del texto cobra dimensión su precariedad.
Menos mal que por doquier resuena en la memoria o vibra en el aire la palabra de Miguel Hernández, Góngora, Blas de Otero, Antonio Machado, Rafael Alberti o Dámaso Alonso. Y si algo faltare, ya lo completará Sabina. Allá, donde se cruzan los caminos…
Madrid, inmensa, se convierte en una cuadricula minúscula y luminosa a medida que el avión cobra altura. En la vuelta habrá elementos para extrañar: la limpieza, las flores, el arte, la gente…
Otras no. A poco de llegar, tras cruzar la plaza San Martín con rumbo al antiguo Hotel Pampa un chico alto, delgado, moreno, nos ofrece una sonrisa de marfil y un reloj dorado.
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