No sabía
aquel ignoto colocador de carteles que su acción despertaría,
treinta... cuarenta años más tarde, la excitación de un grupo de vecinos
que, ante la visión del cartel, darían rienda suelta a la imaginación.
Por épocas,
cuando la negra infusión insinuaba alguna amenaza hepática o su precio conmovía
los bolsillos, los participantes del encuentro se trasladaban hasta uno de los bancos
de la plaza para proseguir con sus cavilaciones. No eran pocas: el prometedor anuncio incitaba a
introducirse en las costumbres de una ciudad tempranera, de calles
arenosas y publicidades menos agresivas, cuasi inocentes.
El cartel de
emulsión Scott desafiaba al pensamiento. ¿Cuántos santarroseños habrían apelado
a los beneficios del compuesto? ¿Qué adhesión concitaba aquella vieja farmacopea a
la luz de las posteriores trapisondas de las multinacionales?; pero,
fundamentalmente, ¿qué había sido de aquella generación (la de nuestros padres, de los
abuelos) frecuentadora del BASE Club, la Cirulaxia, o la
brillantina. Devotos del Glostora
Tango Club y la Revista Dislocada, de
Caras y Caretas y, de la vuelta del perro los domingos por la tarde
mientras “Piquito de Oro” propalaba la nueva cinta de Lana Turner, el
deceso de Tyrone Power, las secuelas de la guerra o los actos
pueblerinos...
La ciudad,
enseña ítalo Calvino, no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una
mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en
los pasamanos de las escaleras, surcado a su vez cada
segmento por raspaduras, muescas, incisiones,..
Quizá,
también, pueda leerse a través de estos indicios colocados en lo alto
de un edificio de la calle Irigoyen. No seria extraño que la sorprendente
logia de los Adoradores del Cartel de Emulsión Scott fueran concientes, o
tan sólo sospecharan, que sus descabelladas lucubraciones se
inscribían en una mágica cruzada. Recobrar, por ejemplo, un segmento del
pasado donde, probablemente, la felicidad fuera un suceso
cotidiano.
Muchas
veces, en un alarde de logística, delinearon aventuras nocturnas tras
la solapada intención de apropiarse del cartel.
Tantas veces como lo pensaron desdeñaron la idea; en algunas
ocasiones por falta de coraje; en otras, porque el egoísmo no se impuso
a la suave comprensión de que el cartel -en su lugar de origen- constituía un
estandarte de permanente apelación a la memoria e imaginación colectivas.
Momentos de
zozobra fueron vividos a lo largo de estos años. Preocupados,
los amigos corrieron presurosos al café cuando el diario anunció
que el edificio contiguo sería demolido. La tranquilidad retornó cuando
la piqueta se detuvo en el segundo piso, quitando al futuro la
contemplación de un estilo arquitectónico singular.
El grupo
también transpiró gruesas gotas de sudor cuando desapareció el majestuoso
águila que coronaba enfrente de la confitería del mismo
nombre. La depredación llenó de congoja a los contertulios, quienes
renovaron sus encuentros para controlar la perdurabilidad espacial del
cartel de emulsión Scott.
Hace unos
cuantos días algunos miembros del grupo derramaron ante nosotros lágrimas de
tristeza. Alguien, que nunca figurará en las crónicas policiales por hurto
calificado, se había llevado el cartel. Los amigos, aseguraron, seguirían
reuniéndose- esta vez definitivamente en el banco de la plaza- par diseñar planes
de recuperación y laboriosas pesquisas.
A medida que
pasan los días crecen los signos de una memoria ofendida. Obstinados, los amigos
piensan en ofrecer una jugosa recompensa a quienes aporten datos sobre el
paradero del cartel de Emulsión Scott.
El esfuerzo,
se nos ocurre, vale la pena. Tan sólo un aspecto de esta pasión –el ejercicio
de soñar- justifica el intento.
.........
1990-Tex to paara el ciclo de tv"Un pco de cultura"


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