lunes, 10 de noviembre de 2025

¿Cuánto cobrás, Feiinman?

Ante la posibilidad de responder o guardar silencio, el interpelado reaccionó con furia:
—¡¿Y a usted qué carajo le importa cuánto cobro?!
Importa, Feinman. Concierne porque tanto el médico del Hospital Garraghan como usted, periodista, se presentan como actores del espacio público. Y en esa parcela, la transparencia no es un capricho: es una exigencia ética.
Su negativa revela una contradicción profunda. Exige transparencia a los demás, pero se ampara en la privacidad cuando se trata de sí mismo. Invoca el derecho a lo privado mientras se arroga el rol de defensor del interés público. Esa doble vara erosiona la legitimidad de sus demandas y abre la puerta a críticas fundadas sobre su coherencia moral.
Pero hay más. ¿Con qué autoridad y decoro increpa a un hospitalario que reclama un ingreso digno, mientras lo hace cómodamente sentado en un sillón cuyo valor duplica la suma el de una jubilación mínima?
Ese médico, al que se le exige transparencia y se le cuestionan sus necesidades, salva vidas.
¿Cuántas vidas ha salvado usted, Feinman?
¿Alguna vez sintió la punzada del hambre en el estómago?
Y si nos apuramos, podríamos inquirir cuántas veces sus diatribas han empujado a un ciudadano a la desesperanza, a la depresión, acaso a la muerte.
Buena pregunta para usted, señora ADEPA.
Desde el punto de vista normativo, lo público está obligado a rendir cuentas. Lo privado, en cambio, goza de protección por razones de privacidad. Pero si aceptamos esa distinción, también debemos reconocer que los medios en los que usted se desempeña reciben pauta oficial. Y buena parte de sus ingresos proviene de publicidad —a menudo encubierta— de empresas y organismos estatales.
Entonces, ¿qué parte de su sueldo está realmente protegida por la privacidad? ¿Incluso si proviniera de un sobre, del narcotráfico, de la trata o de la especulación financiera?
Feinman —y todos los voceros del régimen— están obligados a transparentar sus ingresos, al menos en lo que respecta a fondos públicos. En esa lógica, la interpelación del médico no solo es legítima: es necesaria.
Porque mientras usted se escuda en desplantes y humillaciones, ese galeno seguirá salvando vidas.
¿Dirá alguna vez cuánto gana, Feinman?
Se ha disculpado ante su audiencia por el exabrupto. Pero aún no lo ha hecho a quienes fueron blanco de su enojo.

 

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