La memoria es un tatuaje del alma. Se lleva en la conciencia y obedece a sus dictados. Indeleble, eterno, nos dice quiénes fuimos y revela lo que somos. Testimonio para presentir destinos y decidir qué haremos
martes, 17 de enero de 2017
viernes, 23 de diciembre de 2016
Un hadish por AndrésRivera
Hace unos minutos nomás, antes que la red desplegara su letanía de iniquidades cotidianas, el buen amigo Fernando Ojeda notificó sobre la muerte deAndrésRivera.
Ay.
Tan solo cuatro veces hablamos con el. En los prolegómenos del Encuentro de las Letras deGuatraché , en el interior de una de las salas del Instituto Alberdi y en el respiro de una jornada intensa en el aula magna de la UNLPam en que encendió una honra porCastelli y constituyó una abominación de los neutrales.
Hubo algo, acaso una especie de hilo rojo, que amortiguó su proverbial adustez .Probablemente el recuerdo de Emilio Jáuregui, presente en la tapa de Ajuste de Cuentas, cuya dedicatoria nos gratifica.
Emilio habita en una línea inconmensurable de El Verdugo en el Umbral, flameando su camisa blanca entre los fusiles de Onganía, en recuerdos mutuos, en los poemas traducidos de Ho chi Minh y retornó, omnipresente, en el relato de un viaje a Vietnam que hizo historia.
Es ocioso detenerse en cuánto lo admiramos.
Abundan, y habrá más, referencias certeras y justificadas, y retazos biográficos que tornan prescindible este texto de despedida.
Está el llanto de Falkner,Melville, Brecht y tantos otros humedeciendo estas líneas consagradas al militante que dio carnadura, como pocos, a los jacobinos de mayo.
Ay.
Tan solo cuatro veces hablamos con el. En los prolegómenos del Encuentro de las Letras deGuatraché , en el interior de una de las salas del Instituto Alberdi y en el respiro de una jornada intensa en el aula magna de la UNLPam en que encendió una honra porCastelli y constituyó una abominación de los neutrales.
Hubo algo, acaso una especie de hilo rojo, que amortiguó su proverbial adustez .Probablemente el recuerdo de Emilio Jáuregui, presente en la tapa de Ajuste de Cuentas, cuya dedicatoria nos gratifica.
Emilio habita en una línea inconmensurable de El Verdugo en el Umbral, flameando su camisa blanca entre los fusiles de Onganía, en recuerdos mutuos, en los poemas traducidos de Ho chi Minh y retornó, omnipresente, en el relato de un viaje a Vietnam que hizo historia.
Es ocioso detenerse en cuánto lo admiramos.
Abundan, y habrá más, referencias certeras y justificadas, y retazos biográficos que tornan prescindible este texto de despedida.
Está el llanto de Falkner,Melville, Brecht y tantos otros humedeciendo estas líneas consagradas al militante que dio carnadura, como pocos, a los jacobinos de mayo.
jueves, 1 de diciembre de 2016
Otoño en Madrid
Los muchachos de Senegal despliegan sus lonas en el suelo y las llenan de albricias para peregrinos. Camisetas, bolsos, collares multicolores, baratijas for export. Los chavales van en grupo y se distribuyen en lugares estratégicos, de las puntas de las lonas emergen cuerdas que cada uno anuda en una mano mientras resuelve las transacciones con la otra.
Acaso, cuando niños, antes del exilio y sus impiedades, leían con fruición y respeto a Léopold Sédar Senghor o cantaban canciones de Ismaila Sane o Ismaël Lô ilusionados con un destino promisorio.
Era posible, vivían en un país maravilloso y gozaban del reconocimiento planetario por habitar en el sitio cúlmine del rally más famoso.
La ciudad es cosmopolita, multifacética, heterogénea pero, por alguna circunstancia que se nos escapa, los vendedores ambulantes resultan los más conspicuos.
Acaso unieran, como hacen los niños de todas latitudes, las cuatro puntas de sus pañuelos a un hilo sosteniendo algún pedrusco y lo lanzaran al aire jugando a los paracaídas.
Ahora descienden en el Sol, en los alrededores del Corte Inglés o la Plaza Mayor y las cuerdas en su mano contribuyen al objetivo de convertir en un bulto sus mercancías para huir de la pasma. Cuando todo pasa vuelven y se instalan en otro emplazamiento. Y otro. Así, ad náuseam
El viejo juego del gato y el ratón. Su corolario ya es conocido. Siempre gana el gato.
Lo sabe muy bien Marta, que ha sufridos persecuciones y humillaciones en sus apostadas en El Rastro y otros sitios. Sumando más golpes a su destierro. Marta desgrana sus experiencias entre mate y mate y, una vez más, lamenta no poder ofrecer un último abrazo a su compañera de vicisitudes, La querida, añorada Lili Masaferro, la esposa de Juan Gelman.
Marta recuerda y sus pupilas se posan en un punto lejano. Hemos visto esa mirada en otros ojos. Habrá alguien, algún día, que calificará con más enjundia y exactitud esta manera que provisoriamente llamaremos la mirada del exilio.
De Colonia Escalante a San Lorenzo.
La tienen los muchachos de Dakar, los sirios recién desembarcados, palestinos, nigerianos… los expulsados del mundo que, por alguna extraña razón eligen Madrid par fundar su nueva vida.
La hemos visto, también, en el rostro de nuestros abuelos.
Cotidiano y profundo, el dilema, es la inigración. Los poderosos más refractarios fingen generosidades al punto que acceden a la colocación de un cartel en el frente del Ayuntamiento. Un edicto ad hoc. La leyenda está escrita en inglés, “refugees welcome”. El mensaje soslaya el hecho que ese no es el idioma dominante de los refugiados.
Manuela Carmena desespera, Le han exigido que baje el cartel. Alguien lo ha cuestionado por razones estéticas y administrativas.
Manuela mira a su alredor pidiendo ayuda pero lo que encuentra es el semblante plástico e inmutable de Rajoy o el edificio de la Casa de las Américas con su fantasma que la examina, ominoso, a través de una de sus ventanas. Esa aparición es ya leyenda, pero muy bien podría llamarse Trump.
Adjuntando un ingrediente más al panorama incierto hay un robo, y otro. Y otro.
Abundan los que de inmediato denuncian: ”son los rumanos”, lo que pone al descubierto que está muy extendida la estructura Pichetta de entender la vida.
La formulación reverbera en el espejo del lago de El Retiro, se multiplica y ejecuta una finta al atravesar la Puerta de Alcalá. Ya no hay quien la pare.
Lo sabe bien el rumano que prodiga sonrisas mientras despliega manjares baratos y apetitosos en la confitería de la terminal de trenes del Esclorial. El muchacho lleva nueve años en la península y recién ahora, en este otoño que termina, viajará a visitar a su familia.
No le resultará fácil. La cosa está pesada. Para los ojos latinoamericanos la crisis de Europa es jauja. Para ellos, no. Han decrecido sus poderes adquisitivos y aumentadas la pobreza y la iliquidez. La destrucción de ciento cincuenta mil empleos, tan solo en agosto, no es cosa que se pueda festejar.
“Para colmo, esos tipos, los inmigrantes, que vienen a complicar todo”.
Madrid cultiva una deliciosa costumbre. No importa el frío o calor sus habitantes se vuelcan en las calles a toda hora. Bulliciosos, amables, pululan por miles en todos lados. Tal como los turistas, se condensan saturando la plaza del Sol. Otros construyen colas interminables en la Manolita por si algún golpe de suerte. A la salida del metro se concentran los espectáculos callejeros. Este noviembre crece el predicamento de un grupo de malabares y hip hop. Al terminar cada rutina el líder presenta a los integrantes. Hay aplausos generosos para el chico de Venezuela y otro país de América que se nos escapa. La lista sigue hasta que señala al nativo de Dubai y la platea estalla. Es que Messi está instalado en el corazón de España pero el espectro de Diego, gordo, contestatario, polémico, sigue dando batalla.
Pareciera que las cosas no cambian. Pero no es así. La globalización y otros fenómenos vienen horadando de manera intangible establecimientos que presumían eternos. Antonio Navarro Santafé se debe estar revolviendo en la tumba ante el nuevo emplazamiento de su estatua. Ni qué hablar de los que formularon algún tipo de exorocismo o juramento ante la baldosa del kilómetro cero. Ahora deberán reiterar sus votos en la acera de enfrente.
Quien lo haga no podrá sustraerse a la multiplicación de luminarias anticipando las fiestas y el pregón de las publicidades vaticinando bienaventuranzas virtuales. El Señor del Consumo y los Dioses del Mercado exigen nuevas pleitesías. A partir de vodafón hasta la casa de la manzana.
Ofertantes feroces apuntan sus i-phones a jóvenes desprotegidos e inocentes, compelidos por la necesidad de ser y pertenecer. No hay tregua: ante cada vacilación emerge una nueva ofensiva.
Los gatos los dómines del mundo, forjan sus negocios a toda costa. No importan los daños colaterales y si las víctimas provienen del fuego amigo.
Un 3 de mayo de hace más de dos siglos Goya los retrató con suma precisión. Mucho más acá Picasso hizo lo propio. Quien no lo crea puede verificar estos testimonios en el Reina Sofía o en El Prado.
Si no bastare, ahí está, custodiado por las eternas tortugas, el cilindro de Atocha.
(Hay otro Atocha, escondido en las inmediaciones de El Rastro. Allí Manuela salvó su vida, hace un cuarto de siglo, cuando asesinaron abogados. . Alejandra lo sabe, ya habrá otro relato)
Se nos dirá que son situaciones de épocas distintas, al igual que sus motivaciones. Les objetamos que es la eterna violencia que un siglo hereda de otro.
Menos mal la calle y otras felicidades. Sigue Bottero engalanando paseos o la Cibeles y sus irradiaciones. La Gran Vía consagrando tesoros y el empedrado de Montera con sus excitaciones.
“Huerta cerrada, taberna encendida:
nadie encarcela sus libres licores.
Atravesada del hambre y la vida,
sigue en sus flores”
Por allí una muchacha provoca a un arlequín policromático que alegra una encrucijada. Ella amaga un beso, un paso de danza y él le suma una coreografía extravagante. Ella se acerca, lo toma del brazo, le avecina sus pechos. El la sigue e intenta atraparla. Así durante varios minutos. Luego ella enfila sus caderas rutilantes hacia Moncloa y el arlequín congela un abrazo en el aire. En sus lagrimales brota una lámina de sal.
¿Llora? Tal vez lo haga por la moza o también porque un altavoz ha difundido la crónica funesta: ¡Ha muerto Fidel! ay. Los noticieros no abandonan la nueva durante toda la jornada. La TVE, que no escatima esfuerzos para demostrar su neutralidad, repite una y otra vez la imagen de festejos en Miami, amparados en que la diferencia horaria no ha permitido exteriorizaciones en La Habana. Los locutores de diversas cadenas repasan fragmentos de vida y cada tanto entre la presunta asepsia deslizan la palabra “régimen”. No tienen empacho en reiterarla, ellos, que durante cuarenta años han convivido con el Generalísimo. Es que el fantasma de Franco, omnipresente en su atalaya en el Valle de los caídos sigue vigente y controlando todo a través de sus mil ojos de miedo. Todo, desde las rutinas cotidianas hasta los muñecos que los conductores colocan a su lado para simular una utilización racional de sus vehículos.
Aesta altura del texto cobra dimensión su precariedad.
Menos mal que por doquier resuena en la memoria o vibra en el aire la palabra de Miguel Hernández, Góngora, Blas de Otero, Antonio Machado, Rafael Alberti o Dámaso Alonso. Y si algo faltare, ya lo completará Sabina. Allá, donde se cruzan los caminos…
Madrid, inmensa, se convierte en una cuadricula minúscula y luminosa a medida que el avión cobra altura. En la vuelta habrá elementos para extrañar: la limpieza, las flores, el arte, la gente…
Otras no. A poco de llegar, tras cruzar la plaza San Martín con rumbo al antiguo Hotel Pampa un chico alto, delgado, moreno, nos ofrece una sonrisa de marfil y un reloj dorado.
viernes, 21 de octubre de 2016
lunes, 26 de septiembre de 2016
Celia
![]() |
| Celia Jinkis de Jorsunsky - Juan Carlos Pumilla |
Me ví en sus
ojos claros antes del abrazo. Le reclamé un plato de kefilte fish que quedó
pendiente una noche de otoño en la calle
Sarmiento. También las llamadas largas, domingos por la tarde, y otras chucherías que
no vienen a cuento.
Ella ya era ejemplo.
Luego de la primera marcha.
Sufragué mi
deuda de ausencia condensando su hombro y rubriqué
una promesa para quebrar el silencio. La luz nos daba a pleno y en su pañuelo blanco posó una mariposa que se
quedó a mimarla.
Ella ya es leyenda.
antes de la última marcha.
Iba con
galanura por la placita añorada seguida
por un cortejo de risas y algún llanto. Parecíamos pájaros en un campo
sembrado.
No hizo
falta más, en sus pupilas diáfanas brillaba un astro, cuando la despedida
desplegó su sol alto.
Celia se alejó despacio
y yo
comencé a extrañarla.
Fue hoy por
la mañana, primavera y canto. Detrás de las ventanas, germina el árbol.
He visto
esa mirada
nen las
rondas de marzo
viernes, 19 de agosto de 2016
Días de radio
UVQ/TECNICATURA DE GESTION DE MEDIOS COMUNITARIOS
HISTORIA DE LOS MEDIOS DE
COMUNICACIÓN
Prof. Daniel Badenes
TRABAJO PRACTICO N° 2 (Entrevista)
Entrevista a Juan Carlos Pumilla:
LA APARICIÓN DE LOS MEDIOS, EN EL DESIERTO
DE LA PAMPA PROFUNDA. EXPERIENCIA
PERSONAL
“La propuesta es aproximarnos a
la historicidad de las tecnologías mediáticas a través de narraciones
subjetivas, a partir de trayectorias sociales de la vida” (…)”Estamos
contribuyendo a una historia localizada, reflexiva…” (Prof. D. Badenes –Clase
6-HMC-)

Empiezo por el final: fue un placer escuchar la voz
pausada, la palabra justa, el recuerdo exacto y la nostalgia que afloraba
en esa
esforzada búsqueda en los vericuetos de la memoria por los detalles que
se escapaban…como revolviendo un viejo baúl y sacando del fondo retazos de momentos precisos, inolvidables,
perlas preciosas que, hicieron del relato un viaje emotivo y conmovedor.
Mi entrevistado: Juan Carlos Pumilla, ( le decimos
Pinky, Puma, a la izquierda en la foto)), un viejo amigo, colega y admirado
luchador por todos los derechos. Trabajador de la palabra, de la idea, de la
cultura, de la historia, del pasado y del futuro. Periodista y escritor.
Inclaudicable testigo de su tiempo: hombre de palabra y de acción. Reclamador
insobornable de Justicia. Es innegable
su aporte personal a la construcción de memoria, verdad y justicia en La Pampa.
(Allí están presos, en la unidad penitenciaria de Santa Rosa, los represores
condenados por la violación a los derechos humanos durante la dictadura del
76., y también están en el Monumento a la Memoria, las placas con sus nombres,
de los pampeanos desaparecidos,).
Le
propuse, entonces, que me contara como habían sido la sucesivas apariciones de
los “artefactos modernos” que nos traían voces , música e imágenes, en su vida.
Y nada más escuché. Esto es lo que me contó:
“... la devoción por la radio nace en Puelches. Para los que no conocen
digamos que estamos hablando de La Pampa profunda, donde la densidad poblacional
era del 0,01 habitante por kilómetro cuadrado.”
(“Fue en un lugar llamado
Puelches,/en La Pampa ancha y salada./Había salido a buscar las cabras, perdió
el rumbo y no supo volver./ Se le insoló la flor de su dulzura. Murió de sed./
Tenía seis años y se llamaba Miguel Oscar Ferreyra Casayaupi./ “Salió buscando
las cabras”, canción- Poema N 6 del libro “Agua enjuta, guitarra”, del poeta
pampeano Juan Carlos Bustriazo Ortíz)
“ Mi madre había sido designada directora de la escuelita de Puelches y mi
padre que trabajaba en Santa Rosa viajaba los fines de semana desde la Capital.
La Pampa aún era territorio
nacional. Desandar esas distancias
constituía una ventura, una travesía que
los viajeros coronaban felices por
llegar a ese oasis que todavía se nutría
con las prometedoras aguas del Curacó.
Aquel día fue una fiesta. El camión de Ruiz
Pérez, que cada quincena transportaba las provisiones al poblado desde General Acha,
depositó en la escuela una voluminosa caja que fue abierta con ceremonia y
expectación por parte de la media docena
de vecinos del lugar. En su interior yacía, reluciente, una Phillips de onda
corta y larga. René Tentham, el encargado de la estación meteorológica corrió a
buscar una batería de las que cargaba con su molinillo y al poco tiempo todos
quedamos extasiados con los primeros balbuceos de la Phillips que, sin antena, apenas reproducía los ruidos
afónicos de una estática que aun así -
para todos nosotros- era la representación misma de la modernidad.
La década del cincuenta apenas
debutaba y la radio nos introducía en ese
universo portentoso y mágico de la comunicación. Ahora que ya estoy con
varios almanaques encima y he dejado
atrás al niño de Puelches milito en el campo de la conversación (más que
la comunicación) pero no dejo de valorar
la fabulosa trascendencia que para toda mi generación ha tenido esa Phillips de
gabinete de madera lustrada a través de la cual accedimos a un mundo
maravilloso.
De esa época
provienen mis primeras palabras en ese inglés Tarzán que nunca he llegado a
perfeccionar. Pero por muchos años la radio fue
la broadcasting, los locutores
speakers , la el reportaje intefview y los cantantes crooners.
Todo venía a través del éter. Todo, desde las recetas de Gandulfo hasta esa palabra tan ominosa y funesta que Delfor, en su revista Dislocada, deslizó
un día para iniciar y identificar una
práctica y una ideología. El formidable conductor dijo “gorilas” “deben ser los gorilas, deben ser” y la definición
impregnó todas las décadas posteriores. Hasta hoy, como se puede apreciar.
El nefasto proceso que se autodenominó Revolución
Libertadora tuvo su costado benéfico en
el plano familiar. Mi padre fue asignado al frente de la Agronomía de Bernasconi y mi madre destinada a la escuela número 15. Hasta allí nos
acompañó la fiel Phillips con apenas algunas rapaduras por el paso de los años.
Los hados y las ondas eran propicios en Bernasconi. La Phillps tenía mayor alcance que en
Puelches, de manera que nuestra vida cotidiana fue ordenada en función de los horarios del Glostora Tango Club,
el radioteatro Los amores de Josefina
y, por supuesto la Revista Dislocada que era el programa que concitaba
la adhesión general.
Con el paso del
tiempo Delfor se mudó de Radio Argentina
a Splendid y el bendito éter no beneficiaba su
buena recepción. Afortunadamente de
pronto surgió en Radio Belgrano una opción tan desconocida como maravillosa
para toda la familia: Los Cinco Grandes
del Buen Humor. Zelmar Gueñol,Juan Carloscambón, Guillermo Rico,Rafael Carret,Jorge luz
Era tanta la atracción que
generaban esos genios que un día se quemó una de las válvulas de la querida
radio y peligraba la emisión del
domingo. De manera que mi padre comenzó una afiebrada pesquisa que lo
llevó de apuro a San Martín, un pueblo
distante veinticinco kilómetros desde donde regresó con la ansiada
pieza. Ese día fue también una fiesta: por la cara de satisfacción de mi padre,
por el programa y por un dato que ahora se me hace muy visible: la radio
establecía un código común,
fortalecía y discernía gustos. Pero, fundamentalmente, nos unía.
Las válvulas de las viejas radios, que rememora Pinky,
conservadas como trofeo de aquellos días…
_Quizás tuviera alguna percepción
elemental de esa circunstancia o
acaso sea por pura casualidad. Lo cierto es que entre mis tesoros personales
más preciados que he podido conservar y defender a lo largo de estas mudanzas figura una pequeña válvula que ya
mismo te paso a mostrar.(foto) No es aquella que nos devolvió a Jorge Luz , Los
Pérez García y a Odol Pregunta.
Pertenece a otro receptor entrañable pero, qué
duda cabe, en cierto sentido es la misma.
La Phillips se quemó por culpa de una vela que olvidé sobre la cubierta
una noche que no quiero recordar. Ya teníamos electricidad en Bernasconi
pero el fluido se interrumpía a
la medianoche de manera que la radio seguía siendo el contacto nocturno con el
mundo. Coloqué el candelero para poder sintonizar y eso es todo lo que diré.
Mi
padre compró luego una supertaylor que armaba un técnico muy ingenioso de Santa
Rosa, el señor Antonio Outerelo. _De puro precavido la encargó con una caja de
válvulas de repuesto.
Para ese tiempo ya había ingresado a mi hogar un
flamante tocadiscos Winco y con él el
sortilegio de Nat King Cole
primero y Enrique Guzmán luego. Estoy consciente que el Winco forma parte de
las añoranzas y leyendas de toda mi generación. Diré entonces, solamente, que
cuando decidí a unir mi vida a la de mi compañera Raquel ella sumó a la pareja
otro Winco. Jóvenes, con mil necesidades, sorprendíamos a los visitantes con
esos preciados bienes que una jornada
aciaga el imperdonable Celestino Rodrigo
nos obligó a malvender.
Ya había tenido una experiencia anterior con un reproductor de discos.
Era ajeno pero, en cierto sentido, también propio. Se trataba de una ajetreado
aparato RCA Víctor (creo qué de ahí proviene “victrola”) que pertenecía al Club
Unión Deportiva Bernasconi. En algún momento me confiaron el manejo del RCA y
yo me sentí el adolescente más importante de la comarca. Daba manija, cada
tanto cambiaba las púas, repasaba cada disco de pasta con una almohadilla de
terciopelo rojo. Fui, sin saberlo, un discjockey pionero. Todavía tengo gratas
evocaciones de cuando mis padres salían a bailar y me prodigaban un guiño
cómplice para que les pusiera su tango favorito, La cumparsita. Eso si, con las
variaciones de Enrique Rodríguez. Raquel, buscadora de tesoros y heredera de
estas reminiscencias, adquirió hace unos
años un reproductor Decca con las mismas características de aquel RCA. Desde ese momento, aun luego de mil andares,
siento que todavía sigo en Bernasconi.
En los inicios de los sesenta la familia fue un mes de vacaciones a
Buenos Aires, a la casa de una tía que había
entronizado un monumental televisor en la sala de estar. ¡La imagen, qué
maravilla! Todavía no lo sabíamos pero
esa caja de madera y vidrio inauguraba una tendencia que tan
detalladamente describiría Sartori medio siglo más tarde. El tío Humberto
estaba muy orgulloso con esa adquisición que le había comprometido los salarios
de todo el año. El Zenith (si la memoria no traiciona) tenía un vidrio combado y por delante el tío,
con mucho deleite ante nuestro asombro,
colocaba una placa transparente tricolor ideal para ver los paisajes de
Bonanza. El efecto resultaba algo incongruente en los planos cortos pero no
dejaba de impactar en los añorados sábados del Club del Clan.
No conservo recuerdos de la marca de mi primer televisor. Tengo memoria
del primero en la familia, un pequeño Noblex que esporádicamente dejaba presentir el fantasma
de una imagen emitida desde el canal de Bahía Blanca. Hemos pasado horas y
horas frente a esa pantalla en blanco y negro tratando de adivinar alguna escena
que nunca se produjo. Pero ahora que lo pienso no cuenta tanto la marca ni el aparato sino sus
circunstancias. Por sí mismos, no son nada. Es como el teléfono de Bell. Su
formidable importancia no radica en el primero, sino en el segundo.
Pero si bien la televisión fue valiosa
no tuvo en nuestras vidas la trascendencia y significación de la radio.
Probablemente porque la radio era ingrediente esencial de la imaginación o tal
vez por su carácter iniciático en alguna parcela de nuestra existencia. Cómo no
advertir su decisiva importancia en
aquellas estremecedoras jornadas del
país tan negadas en el plano interno a la que solo accederíamos a través de las trabajosas emisiones de
Radio Colonia. En aquel tiempo comencé a
respetar y admirar a una figura señera
que creó un magisterio en el arte de la comunicación: Ariel Delgado. Cada vez que las estridencias de la marcha de Souza
emergía de los parlantes señales de alerta se desplegaban en la audiencia familiar. Esos ecos aun resuenan
cuando los sones de Barras y Estrellas emergen en los informativos de
Crónica. Creo que García tuvo la
astucia de percibir para su provecho la garrafal significación de la cortina identificatoria de aquella
radiodifusora y la manera en
que sus singularidades impactaban en el
imaginario nacional.
Digo todo esto para subrayar una especie de moraleja. Estuvo bien,
realmente muy bien, que hubiera en Uruguay una alternativa a la afonía de las
frecuencias argentinas. Pero está mal, realmente muy mal, si tomamos esto como
un dogma y dejamos que nuestra realidad sea contada con ojos ajenos.
Los albores de otro
golpe me encontraron viviendo en Santa Rosa y fue altamente gratificante reencontrar a un costado feliz de mi
niñez en las añoradas emisiones de
radioteatro que con tanta puntualidad y
persistencia Radio Nacional nos
regalaba. Las dos carátulas, teatro de la humanidad. Un ciclo irrepetible y
lamentablemente poco emulado.
Esa época produjo un curioso fenómeno. Uno escuchaba Nacional en su
intimidad pero al salir a la a calle una
voz familiar, muy a tono con los contenidos de LRA 3, seguía nuestros pasos en el exterior. Era la propaladora Argentina de Alfredo Dalmiro Otálora que durante lustros se encargó de acercar
noticias de último momento, indicar turnos de farmacia e imponernos de los
aconteceres nacionales y del mundo. A través de Otálora, “Piquito de Oro”
supimos de la muerte de Kennedy o los pormenores de la última película de
Tyrone Power. Luego vinieron otras propaladoras, claro, pero no tuvieron la misma
importancia ciudadana. La de Antonio Goncalvez o la de Guillermo Fernández ,
que finalmente sucumbieron tras la aparición en el firmamento radiofónico de la
emisora comercial LU33.”
(Quizás sea ilustrativo, acerca
del rol de la propaladora, señalar
que en los episodios de la Revolución del 9 de junio de 1956, con fuerte
protagonismo en La Pampa,” la propaladora recordada por Pinky, fue tomada por los revolucionarios”. Cuenta Norberto Asquini, en su libro: ( Días
de Odio- Ediciones CPE, 2011 – Página 117)…”Encabezados por Phillipeaux,(Jefe
de la unidad militar sublevada) después de tomar la Casa de Gobierno y antes de
marchar a Radio del Estado, pasaron por
el local de la Propaladora Argentina, ubicada en el bulevar Roca, a una cuadra
de la plaza central. Porque su propietario Alfredo Dalmiro Otálora, no
quiso acudir al llamado, tiraron abajo la puerta y lo detuvieron. Este
declararía
luego ante la justicia que
fue golpeado en la cara con la culata de un arma. Bajo amenazas, lo obligaron a poner en funcionamiento el
altavoz y a leer una proclama que convocaba a la revolución. Luego se
marcharon y dejaron afuera, de consigna, un agente de la Federal”.)
“Contemporáneamente
se habilitó el canal estatal de
televisión, LU89 Canal 3 y su puesta en
marcha operó como precursora de una década en la que explotan en el firmamento
de los medios locales y regionales infinidad en pequeños emprendimientos de frecuencia
modulada y señales de televisión que aun hoy se conservan. Viven y sobreviven ,
del brazo y a los codazos ,disputando grillas, , actuando como repetidoras,
repitiendo fórmulas, invadiendo frecuencias,, inaugurando conceptos… un
abanico inmenso de alternativas que al tiempo que democratizó el procedimiento
fragmentó la audiencia y fraccionó
fervores.
Así, los que por años clavábamos el dial en Splendid, El Mundo,
Belgrano, Excelsior…nos encontramos ahora haciendo zapeo radial buscando febrilmente las mejores opciones en una oferta francamente
abrumadora cuyos contenidos –y
objetivos- quizás se relativicen por tamaño volumen.”
Y aquí, Pinky, trae un
recuerdo que compartimos:
“Por cierto eso no sucedía cuando los dos, vos y yo, emprendimos aquel
ciclo radial por LU37 de General Pico. Esos días enriquecieron mi vida y le
dieron sentido. .Fue en los albores de la democracia y el Curacó era una herida
reseca e insolente atravesando el Puelches de ayer. Hicimos “La Pampa, sus ríos y su gente” con un fervor y energía
que ahora añoro . Denunciamos la sed de los abajeños, y apelamos a la dignidad
de un país para que se ofenda ante el
despojo. Me siento honrado de haber compartido contigo esa cruzada y, a la
distancia , cualquiera fuere lo que
acontezca con nosotros, estoy más que seguro que ese programa, hecho con dos
pesos con cincuenta, una cassette pregrabada
mil veces y una frazada improvisando una sala de grabación, nos
absuelve en el juicio de la historia.”
(Es oportuno aclarar que La Pampa sostiene un reclamo, frente a Mendoza,
por apropiación de los caudales del rio Atuel , que definitivamente dejó de
escurrir por nuestro territorio. Este reclamo es causa popular y siempre constituyó
parte de nuestra lucha; el programa mencionado por Pinky, entre otras
iniciativas. Incluso por estos días está en marcha un nuevo Juicio contra la
provincia hermana).
“Por un lado la radio. Por otro, el cine. Nunca mensuré cabalmente la
gravitación que este medio tendría en mi vida. Un día luminoso, en todo el
sentido de la palabra, don Samuel Nandory
puso en marcha en Bernasconi el Cine Bar Duchac. La inauguración tuvo impacto zonal y todavía reverberan en las memorias de los
pobladores del lugar los pormenores de aquel acontecimiento. Nandory sólo
tenía un proyector, de manera que las
películas se emitían por actos. Entre
rollo y rollo Samuel servía sándwiches de jamón con manteca amarilla a los parroquianos de las mesitas del salón que aprovechaban las pausas para beber litros
de cerveza y comentar los pormenores del
film. El operador a menudo equivocaba el orden de los rollos circunstancia
que provocaba el estupor del público a la par que suscitaba funciones surrealistas.
Lo cierto es que en esa sala fui conmovido por películas señeras, entre ellas
Pasaron las Grullas o El Acorazado Potemkin, que signarían buena parte de mi
destino.”
(J.C.Pumilla es autor del libro “El Hombre del Potemkin”-Fondo Editorial
Pampeano-2003, en la contratapa se lee:”Un adolescente asiste a la proyección
de la película “El Acorazado Potemkin” en un cine pueblerino. Cuarenta
años más tarde descubrirá que un marinero de esa nave vivió en su provincia
y pudo ser espectador de la misma función” Se trata de Pablo Bilozuk, ucraniano
,nacido en 1880, marinero del Potemkin que de alguna forma recaló en La Pampa ,vivió
en Winifreda y falleció en el Asilo de Ancianos de Santa Rosa el 28 de mayo de
1967)
“Todo comenzó con un
proyector Cinegraff que coronó
uno de mis cumpleaños más sentidos
y siguió con otro de 16 milímetros marca Hollywood que se hundió en
los vericuetos de un malhadado préstamo del cual sigo arrepentido. Ahí se definió
uno de mis oficios, el de guionista que me condujo, por esas cuestiones del destino, a participar de la Primera
Semana del Cine Nacional, que desde hace más de dos décadas se despliega en todas las salas
de la Provincia. El azar quiso que coincidiere en una mesa con Jorge Luz. A poco de iniciar el
diálogo puso énfasis en destacar que se sentía muy contento de visitar
estos pagos por primera vez. Con algún
pudor, no exento de emoción, asumí mi
calidad de anfitrión para comentarle algunas peculiaridades lugareñas. El
aceptó la información con amabilidad y
quedó callado. También hice lo mismo
para no turbar sus pensamientos y
ahora –con el paso de los años- me siento arrepentido por ese silencio. Debí
decirle, con el corazón pletórico de agradecimiento que se equivocó al decir que era su primera vez en estas
inmensidades , Ya estaba con nosotros –como uno más en la mesa- desde aquellas inolvidables jornadas
radiales de Puelches y Bernasconi…”
Hasta aquí el relato (“La
conversación, que sin embargo, no puede ser comparada a otras formas de
indagación”.- D. Schwarztein)
Eduardo Nelson Nicoletti
martes, 9 de agosto de 2016
La desopbediente
Con sorpresa, no exenta de un miligramo de tristeza, leemos que una pampeana, hermana de un asesinado por la Triple A, reprueba la actitud de Hebe de Bonafini por resistir una orden del el juez federal Marcelo Martínez Giorgi.
En realidad la condena se sustancia en un dato irrelevante que se puede sintetizar así: “ella lo hizo, yo no lo hubiera hecho”
No lo hubiera hecho, confiesa, por su apego a la democracia y a la justicia.
En síntesis, por la adscripción acrítica a un sistema que promueve la desigualdad, que consagra la injusticia social, que hambrea, despliega políticas de miedo y odio y promueve leyes que lesionan la soberanía nacional y desprotegen a los más desprotegidos.
Una justicia manierista, sesgada, con el velo descorrido, que no sólo impide o retrasa que ese asesinato de la Triple A encuentre a los culpables y los condene, sino que se abstrae en sobreactuaciones tan visibles como groseras: justicia de las retroexcavadoras que se activan o no según los bienes sean de Báez o de Calcaterra.
Justicia moralista, por Morales, claro, que persigue a dirigentes sociales, los encarcela y luego busca encuadres legales y alguna prueba.
¿Alguien pedirá perdón por haber promovido el ocultamiento del mural de Milagro Sala, la cooperativista que lleva doscientos días prisionera. ¡Doscientos! : uno como pena por su rebeldía, ciento noventa y nueve como escarmiento y disciplinamiento social.
¡Ni que hablar del corazón offshore de toda la planta gubernativa!
Henry D. Thoreau. En 1848, precisamente un año clave en la historia, el mismo año en que Federico Engels advirtió a lo dueños del
poder que había un verdugo aguardando en la puerta, publicó su obra Civil Desobediency. En este opúsculo defendía que toda reforma social debe partir de la conciencia moral del individuo, que se rebela contra un orden que le parece injusto. Explicaba Thoreau que La desobediencia civil es una forma de protesta social que consiste en la resistencia pacífica hacia el poder, sus leyes, órdenes y exigencias. Es un desafío público –enfatizaba- a la autoridad y cuyos protagonistas aceptan la sanción que supone dicha desobediencia. La desobediencia tiene como objetivo protestar, presionar al poder para cambiar una ley, un orden y hasta para transformar los valores del mismo.
No debe confundirse la desobediencia civil con la acción de delinquir, ya que ésta no conlleva una protesta y sí un beneficio egoísta y, además, aquella es abierta, a la luz pública, sin el componente clandestino del delito. La desobediencia civil puede confundirse con la objeción de conciencia porque tienen un origen común, pero la objeción suele estar regulada o permitida, al menos, en los países democráticos, frente a la desobediencia que no tiene ninguna cobertura legal en los ordenamientos constitucionales y jurídicos.
Así, desobedientes fueron los que quemaron sus órdenes de enrolamiento para combatir en Vietnam, los protagonistas del mayo francés, los revolucionarios del Parque, los cabecitas negras que hundieron sus patas en las fuentes, los que partieron desde el Barrio Clínicas para confluir con las columnas de Tosco en el cordobazo.
Desobedientes, los precursores de mayo de la patria. Los queridos, heroicos, aguerridos jacobinos cuyas imágines prevalecerán en la memoria de los justos aun cuando a alguien se le ocurra silenciarlos o bajar sus cuadros.
Hebe fue desobediente. Y al hacerlo prodigó una lección de ética y de comportamiento militante. Porque Hebe no es Hebe: es la representación de un colectivo social que la trasciende y dilata por toda América y el mundo
Así las cosas la presidente de Madres de Plaza de Mayo desobedeció aun cuando algún recóndito pliegue de su fuero íntimo le hubiese aconsejado que acatara la citación judicial.
No podía aceptar y no lo hizo, porque la convocatoria obedecía a razones maniqueas, antojadizas de un juez ansioso de clarinetes que en el último instante percibió que esos diez minutos de tensión en la entrada de la sede de Madres ponían en marcha un peligroso mecanismo de respuesta social que él, ni nadie, estaba en condiciones de afrontar.
De manera que bienvenida la desobediencia, gracias a ella la historia se pone en marcha y rubrica sus victorias.
En realidad la condena se sustancia en un dato irrelevante que se puede sintetizar así: “ella lo hizo, yo no lo hubiera hecho”
No lo hubiera hecho, confiesa, por su apego a la democracia y a la justicia.
En síntesis, por la adscripción acrítica a un sistema que promueve la desigualdad, que consagra la injusticia social, que hambrea, despliega políticas de miedo y odio y promueve leyes que lesionan la soberanía nacional y desprotegen a los más desprotegidos.
Una justicia manierista, sesgada, con el velo descorrido, que no sólo impide o retrasa que ese asesinato de la Triple A encuentre a los culpables y los condene, sino que se abstrae en sobreactuaciones tan visibles como groseras: justicia de las retroexcavadoras que se activan o no según los bienes sean de Báez o de Calcaterra.
Justicia moralista, por Morales, claro, que persigue a dirigentes sociales, los encarcela y luego busca encuadres legales y alguna prueba.
¿Alguien pedirá perdón por haber promovido el ocultamiento del mural de Milagro Sala, la cooperativista que lleva doscientos días prisionera. ¡Doscientos! : uno como pena por su rebeldía, ciento noventa y nueve como escarmiento y disciplinamiento social.
¡Ni que hablar del corazón offshore de toda la planta gubernativa!
Henry D. Thoreau. En 1848, precisamente un año clave en la historia, el mismo año en que Federico Engels advirtió a lo dueños del
poder que había un verdugo aguardando en la puerta, publicó su obra Civil Desobediency. En este opúsculo defendía que toda reforma social debe partir de la conciencia moral del individuo, que se rebela contra un orden que le parece injusto. Explicaba Thoreau que La desobediencia civil es una forma de protesta social que consiste en la resistencia pacífica hacia el poder, sus leyes, órdenes y exigencias. Es un desafío público –enfatizaba- a la autoridad y cuyos protagonistas aceptan la sanción que supone dicha desobediencia. La desobediencia tiene como objetivo protestar, presionar al poder para cambiar una ley, un orden y hasta para transformar los valores del mismo.
No debe confundirse la desobediencia civil con la acción de delinquir, ya que ésta no conlleva una protesta y sí un beneficio egoísta y, además, aquella es abierta, a la luz pública, sin el componente clandestino del delito. La desobediencia civil puede confundirse con la objeción de conciencia porque tienen un origen común, pero la objeción suele estar regulada o permitida, al menos, en los países democráticos, frente a la desobediencia que no tiene ninguna cobertura legal en los ordenamientos constitucionales y jurídicos.
Así, desobedientes fueron los que quemaron sus órdenes de enrolamiento para combatir en Vietnam, los protagonistas del mayo francés, los revolucionarios del Parque, los cabecitas negras que hundieron sus patas en las fuentes, los que partieron desde el Barrio Clínicas para confluir con las columnas de Tosco en el cordobazo.
Desobedientes, los precursores de mayo de la patria. Los queridos, heroicos, aguerridos jacobinos cuyas imágines prevalecerán en la memoria de los justos aun cuando a alguien se le ocurra silenciarlos o bajar sus cuadros.
Hebe fue desobediente. Y al hacerlo prodigó una lección de ética y de comportamiento militante. Porque Hebe no es Hebe: es la representación de un colectivo social que la trasciende y dilata por toda América y el mundo
Así las cosas la presidente de Madres de Plaza de Mayo desobedeció aun cuando algún recóndito pliegue de su fuero íntimo le hubiese aconsejado que acatara la citación judicial.
No podía aceptar y no lo hizo, porque la convocatoria obedecía a razones maniqueas, antojadizas de un juez ansioso de clarinetes que en el último instante percibió que esos diez minutos de tensión en la entrada de la sede de Madres ponían en marcha un peligroso mecanismo de respuesta social que él, ni nadie, estaba en condiciones de afrontar.
De manera que bienvenida la desobediencia, gracias a ella la historia se pone en marcha y rubrica sus victorias.
sábado, 30 de julio de 2016
"Un médico ahí.."
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| Emannuel Blain |
Llegó a casa avanzada la madrugada. El doctor Jean Francois Emannuel Blain se sorprendió al recibir la orden amarilla a domicilio. Sobreviene de otras batallas. Están ausentes en las farmacias y probablemente el organismo regulador ya no las imprima seguramente debido a que la comunidad asistencial, que desprecia las poblaciones pequeñas, sostiene un gran rigor por los horarios de oficina y las guardias desde el quincho, ya ha dejado de leer las Memorias de un médico rural.
-Doctor, está esperando Hipócrates, malherido.
-Dale un turno para el mes que viene.
-Y a San Pantaleón?
-Decile que tuve una urgencia.
-Doctor, está esperando Hipócrates, malherido.
-Dale un turno para el mes que viene.
-Y a San Pantaleón?
-Decile que tuve una urgencia.
Blain, en cambio, ha leído La Ciudadela. Estudia constantemente, habla con sus enfermos, les explica. Los toca.
Lo conocemos desde recién llegado del primer país emancipado del hemisferio. Recaló con su título, a una de las casitas del flamante Barrio Fénix. El tiempo, y el aumento de su familia, lo llevaron a adquirir otra. A cuatro cuadras de distancia, como para no abandonar el pago.
Llegó a la Argentina con la misma obstinación, capacidad de trabajo y dedicación al arte de curar que exhibió la otra noche. Migró, acaso hastiado de tanta recurrencia duvalierista, buscando sosiegos y una formación de excelencia que le era negada o restringida en su país de origen. No vino a “hacerse” la América. Vino a fortalecerla.
Cuando la tiniebla de los setenta comenzó a extenderse la corporación diseñó un correctivo ejemplar para el que no aceptaba cobrar adicionarles – el plus, bah- a sus pacientes.
De manera que el SEMPRE emprendió medidas que incluyeron edictos admonitorios a sus enrolados. El resultado fue sorprendente, ejemplificador y estimulante: los vecinos, convocados o no, asistieron en masa para ratificar que esas prescripciones, rubricadas en días y horarios insólitos, eran legítimas.
Así se fue consumando parte de la leyenda. A principios de los noventa un sinnúmero de entidades sociales, ente ellas la CPE, patrocinaron una campaña pública en búsqueda de personas ejemplares. Allí, nuevamente, el voto ratificó una ponderación transversal a las décadas.
Inicia sus jornadas al clarear y las agota en el crepúsculo. Las comadres se preguntan “pero ese muchacho cuándo descansa”. Los hombres tienen otros cuestionarios.
La noche de la orden amarilla anticipó su inminente jubilación y su voluntad de seguir asistiendo. Tal vez obtenga un plus de tiempo que le permita tocar el piano y jugar con sus nietos.
Para ese momento tendrá edad suficiente para aspirar al Premio Testimonio que la Provincia otorga cada dos años a ciudadanos destacados.
Tal vez a alguna institución se le ocurra proponerlo. Si fuera así ahí van estas líneas empujadas por los residuos de una fiebre feroz. Estamos seguros que habrá centenares, miles, de lectores que sabrán dilatarla, enriquecerla, auscultarle el pulso exacto que permita expresar el nivel del afecto asociado a la memoria colectiva.
Lo conocemos desde recién llegado del primer país emancipado del hemisferio. Recaló con su título, a una de las casitas del flamante Barrio Fénix. El tiempo, y el aumento de su familia, lo llevaron a adquirir otra. A cuatro cuadras de distancia, como para no abandonar el pago.
Llegó a la Argentina con la misma obstinación, capacidad de trabajo y dedicación al arte de curar que exhibió la otra noche. Migró, acaso hastiado de tanta recurrencia duvalierista, buscando sosiegos y una formación de excelencia que le era negada o restringida en su país de origen. No vino a “hacerse” la América. Vino a fortalecerla.
Cuando la tiniebla de los setenta comenzó a extenderse la corporación diseñó un correctivo ejemplar para el que no aceptaba cobrar adicionarles – el plus, bah- a sus pacientes.
De manera que el SEMPRE emprendió medidas que incluyeron edictos admonitorios a sus enrolados. El resultado fue sorprendente, ejemplificador y estimulante: los vecinos, convocados o no, asistieron en masa para ratificar que esas prescripciones, rubricadas en días y horarios insólitos, eran legítimas.
Así se fue consumando parte de la leyenda. A principios de los noventa un sinnúmero de entidades sociales, ente ellas la CPE, patrocinaron una campaña pública en búsqueda de personas ejemplares. Allí, nuevamente, el voto ratificó una ponderación transversal a las décadas.
Inicia sus jornadas al clarear y las agota en el crepúsculo. Las comadres se preguntan “pero ese muchacho cuándo descansa”. Los hombres tienen otros cuestionarios.
La noche de la orden amarilla anticipó su inminente jubilación y su voluntad de seguir asistiendo. Tal vez obtenga un plus de tiempo que le permita tocar el piano y jugar con sus nietos.
Para ese momento tendrá edad suficiente para aspirar al Premio Testimonio que la Provincia otorga cada dos años a ciudadanos destacados.
Tal vez a alguna institución se le ocurra proponerlo. Si fuera así ahí van estas líneas empujadas por los residuos de una fiebre feroz. Estamos seguros que habrá centenares, miles, de lectores que sabrán dilatarla, enriquecerla, auscultarle el pulso exacto que permita expresar el nivel del afecto asociado a la memoria colectiva.
viernes, 8 de julio de 2016
Niña del corazón
…Y
no estará demás, auspiciados por el calendario, fundar un manifiesto. Una copla de amor. Una resuelta articulación
de la palabra para ofrendar a la que nos congrega en este itinerario de honras
en el tiempo.
Una
formulación categórica para la que nos desvela y enamora, en estas albricias
del otoño que provoca la junta.
Refugio
en la soledad y ante el olvido, viene desde tan lejos y siempre está presente propiciando
esta fraternidad de los abrazos. ¿Qué otra cosa decir para la que nos contuvo
en horas de incertidumbres y desasosiegos? Que limpió las heridas, profundas,
del tormento. Un mínimo texto, insistimos, que se pronuncie despacio y sin apuro.
Sin ruidos ni estridencias; que crezca desde abajo hasta tocar el cielo.
No
faltarán cantores en alguna madrugada, que empuñen diapasones para avivar los
fuegos, celestes, del recuerdo.
Un
himno de amor, una plegaria. Acaso una canción que colme los espacios ganados
al silencio.
Para
ella, que persevera y alienta. La que acaricia, contiene e inaugura caminos en
este horizonte de extendida llanura. En esta capitanía de basalto y caldén
donde el sur se expresa y alza vuelo.
En
fin, una tangible proclamación de sentimientos para la indestructible dueña de nuestro
corazón y destino.
Para
esta mujer que digo, flor y matriz, valga esta elegía nacida
desde el alma.
Ella:
La
niña, la madre, la patria… América.
Juan Carlos Pumilla
Marzo 2010
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