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| Juan Carlos Pumilla |
La memoria es un tatuaje del alma. Se lleva en la conciencia y obedece a sus dictados. Indeleble, eterno, nos dice quiénes fuimos y revela lo que somos. Testimonio para presentir destinos y decidir qué haremos
martes, 7 de agosto de 2018
sábado, 28 de julio de 2018
Mujer que dice no
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| Salvadora Medina Onrubia |
MUJER QUE
DICE NO
(a Raquel)
Salvadora
dice no, al general de la furia… además, insiste en su desprecio. No hay
redención posible para los que doblegan
sus almas cimentando placebos de libertad retaceada.
Mitigaciones de la conciencia. Menos mal, Salvadora. Comparece,
melena bermeja y corazón fogata, a
negarle su claudicación al general de la rabia. Alzando un poema,
esgrimiendo un puño, abriendo una
caricia con letra de matriz amanecida La
imagino, salvaguardada de las ofuscaciones de una moral beata, navegando en la
marea de los pañuelos verdes. Fuera de su tiempo. Venciendo sin
olvidos al general del odio.
Atravesando todo, quién sabe cuánto,
¿acaso más de un siglo? Para no sucumbir, solo mujer,
consintiendo rigores de ancestral
latido. El siglo forastero la consagra trajinando, plebeya entre bastones y chisteras,
hasta alcanzar a Simón para decirle ¡vamos! a un porvenir
incierto. Simón de los abrazos, Simón de los océanos, aquel de la Protesta. Muchacho Radowitzky, vengador
de memorias. Las nuestras, las
de siempre. Brisas a cielo
abierto. Y ella, luchadora, emergiendo de la bruma de un manto de desvelos.
Vendrá reaparecida, su cabellera al viento a sumar una honra al mural de
Siqueiros o alzar una proclama que cala bien
adentro. Letras que se tornan gritos para descargar tormentas al sujeto de los entorchados.
Al general crepúsculo del golpe inaugural cuya victoria celebra el reino
del silencio. Laurel de las amnesias. De
la cobarde apatía asociada a razones de envilecido
precio. Menos mal esta mujer a la que canto.
Ahí está, constructora, la niña de
la tribuna en llamas, la sospecho brazo en alto encumbrando un edificio, un trabajoso andamiaje de sudor
y combate desde cuyos tablados se alza la negativa. Esa admonición tan rotunda
como categórica. Aquella desaprobación redentora de techumbre y abrigo
en donde nos refugiamos
-¿de qué,
de quiénes?
-de los
generales invierno, generales noche, generales
tinieblas.
………
(de la
serie “Mujeres”)
En memoria
de Salvadora Medina Onrubia, poeta, anarquista, feminista, periodista que a los
15 años asumió la lucha por la libertad de Simón Radowitzky. Fue encarcelada y refutó un pedido de indulto
,promovido por intelectuales de la talla de Roberto Arlt o
Jorge Luis Borges, con una carta pública dirigida a Uriburu en la que le
expresa: “General Uriburu, guárdese sus magnanimidades junto a sus iras y
sienta como, desde este rincón de miseria, le cruzo la cara con todo mi
desprecio”
sábado, 9 de junio de 2018
Los hijos
LOS HIJOS
A
Nahuel, Lihué y Rayén
Suelen
jugar a la pelota por las tardes
arrebatándole
a la siesta sus silencios;
otros
andan por ahí, de guitarreada,
devolviéndole
a la noche nuevos sueños.
Es
en vano presentarlos
ignorarlos
constituye un despropósito.
Se
anuncian solos
su
presencia no pasa inadvertida
vienen
a sostener que no todo está perdido
y
lo dicen sin tapujos ni sonrojos.
Son
jóvenes, como alguna vez lo fuimos,
pero
a la vez distintos:
ellos
han sobrevivido a las afrentas,
bebieron
en la mesa de fantasmas
el
amargo licor de nuestros miedos;
y
ahora están aquí, tozudamente,
ensayando
un singular corte de mangas
a
la historia oficial y adulterada.
Son
protestotes
cuestionan
todo
beben
los vientos
pintan
consignas
andan
en grupo
nunca
más solos.
Están
en plazas
en
los potreros
en
las escuelas
con
los obreros.
Y
uno que parece estar de vuelta
arrastrando
la vida en las espaldas
comienza
a comprender un poco tarde
que
resulta requisito indispensable
volver
a las antiguas rebeldías
encaramarse
a la cima del coraje
e
inaugurar un ministerio de ternura
sin
pausa, porfiados, sin alardes.
Quizás
será posible entonces
tras
una noche de luchas y recuerdos
sentir
el leve roce en la ventana
de
una flor estallando en madrugada
anunciando
que han llegado nuevos sueños
de
la mano de esos cantos y guitarras.
Marzo 88
sábado, 26 de mayo de 2018
Himno
Estábamos, los tres aquel otoño, insuflados de bronca y coraje, en la primera marcha del silencio en mayo de 1969 para denunciar los crímenes de Bello y Cabral. Despojados de otras herramientas, el grito sagrado ofició de representación y salvaguarda.
Volvimos a cantar ,los tres entre muchos más. en los fragores del Cordobazo, por la caída de Allende, en Salineros, bogando por la nacionalización de la UNLPam y cada vez que la patria estuvo comprometida , que es como decir que hemos estado invocando vivir coronados de gloria cincuenta años ininterrumpidos de nuestras vidas.
Ayer volvimos a hacerlo. Los tres en una multitud, codo a codo, como aquellos admirados jacobinos de mayo. Cantamos más fuerte que nunca, al borde de nuestras posibilidades. Tercamente, estentóreos, como ese gallo de Rostand, que piensa que al hacerlo provoca la salida del sol.
Tornamos a la misma plaza desbordados de nostalgia y a la vez de esperanzas, celebrando cofradías y rencuentros. Ignoramos el porvenir de esa armonía común., Acaso , al cantar ,salga el sol. No lo sabemos. De lo que sí estamos seguros es que no nos vencerá la noche.
Volvimos a cantar ,los tres entre muchos más. en los fragores del Cordobazo, por la caída de Allende, en Salineros, bogando por la nacionalización de la UNLPam y cada vez que la patria estuvo comprometida , que es como decir que hemos estado invocando vivir coronados de gloria cincuenta años ininterrumpidos de nuestras vidas.
Ayer volvimos a hacerlo. Los tres en una multitud, codo a codo, como aquellos admirados jacobinos de mayo. Cantamos más fuerte que nunca, al borde de nuestras posibilidades. Tercamente, estentóreos, como ese gallo de Rostand, que piensa que al hacerlo provoca la salida del sol.
Tornamos a la misma plaza desbordados de nostalgia y a la vez de esperanzas, celebrando cofradías y rencuentros. Ignoramos el porvenir de esa armonía común., Acaso , al cantar ,salga el sol. No lo sabemos. De lo que sí estamos seguros es que no nos vencerá la noche.
fotos: Pablo De Pian y Dagna Faidutti
miércoles, 23 de mayo de 2018
El juramento
Están ahí, los conjurados, codo a
codo. Menos Saavedra, claro, porque con él la cosa es a los codazos. El rostro
crispado de Moreno acentuando las cuchilladas de la viruela. El bueno de Belgrano que lo seguirá
siendo pese al dictamen de los
insurrectos de las trenzas. Están, ellos. Se escrutan tornando ociosas las
palabras. No hacen falta: son innecesarias las verbalizaciones en esta hora en que el
futuro se pellizca con la punta de los dedos. Castelli, que nunca sabrá de las exaltaciones de
Huánuco, se vuelve hacia ambos y sus
ojos inauguran una melga en la siembra de
la a historia. Paso reembolsa la mirada y descansa su palma en el hombro del Sabiecito
del Sur, esa calificación que acaso, por vez primera, otorgue al hemisferio
austral una concepción ideológica. Sabiecito, del sur, el cariñoso apelativo
acuñado por French al camarada que es
Norte y cobijo. Domingo French, el
cartero de la revolución, cuyas
pulsiones libertarias no dejaron resquicios para vacilaciones en un amanecer brumoso de Cabeza de Tigre. Ahí están,
jacobinos de mayo, inmisericordes, ensimismados en su destino, a un instante de plasmar dos palabras que labrarán una leyenda. Codo a codo, fraguados en sus convicciones,
ignorantes de que en esas dos palabras que se hundirán en el corazón de la América,
están fundando un ideario y un legado.
Un manifiesto del Sur que acaso
el porvenir mancille porque su preservación depende de que haya nuevos hombres
para sustentarlo. Futuros e ineludibles moceríos ácratas de la talla de estos
muchachos del otoño porteño que no dan ni demandan tregua alguna. Vislumbres de
guerreros que creen, defienden y
publican que “si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le
debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas”. Ellos, que en un relámpago de tiempo, con una enjundia
exenta de jactancias, confirmarán, en un contrato inexpugnable, que es posible
la utopía.
( mayo de 2018)
viernes, 27 de abril de 2018
Un café en los tiempos de Macri
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| (RafaelGuardia.-Foto Dagna _Faidutti) |
días de juicio
.........................
os cuatro dejan enfriar un cortado en la esquina de San Martín y Urquiza atrapados por una trivialidad que se hundirá en el olvido antes del mediodía. Pasa una muchacha y deviene un comentario procaz que en el Manual del Macho se considera inevitable. A uno de ellos lo conozco. Me saluda sin efusión, en honor a una adolescencia que ha quedado sepultada en los setenta. Los otros tres, presiento, lo contemplan con curiosidad no exenta de suspicacias y sorpresa. El diálogo avanza rumbo a otros tópicos previsibles mientras la mañana de viernes se desangra a la espera de algún atisbo de luz desde el Este que apacigüe un fin de semana pegajoso. Veníamos de la última sesión de abril del juicio de la Subzona 1.4 con la ilusión de consagrar un exorcismo pagano que nos libere de tanta iniquidad impune. Uno de ellos inaugura otra postilla que tampoco hará historia pero la verbalización queda ahogada por el creciente rumor callejero que se dilata a lo largo de la avenida San Martín. Redoblantes y carteles con el reclamo del día. El orador, frustrado por el fragor de la marcha, alza la voz para hacer conocer a los demás parroquianos, acaso a nosotros, su odio visceral hacia a esos vagos que nunca laburaron y sólo piensan en protestas. Al frente de la manifestación va un hombre de mediana edad, prematuramente envejecido. Hace un mes, con la misma campera marrón de ahora, nos estremeció con su relato de ese territorio del horror que labró la dictadura en La Pampa. El hombre de la pancarta, depositario del desprecio del sujeto que deja languidecer su cortado, lleva en la espalda y sus manos las marcas del expolio en las hachadas de Rancul, en sus ojos, el desgarro de sus hijos. En la memoria, años de cárcel y torturas. Cuando la figura del último marchante se adelgaza avenida arriba el que vocifera sofoca una nueva ofuscación porque en el filo del ventanal acaba de perfilarse la figura de otra muchacha.
martes, 24 de abril de 2018
La Negra
Canta y se enciende la mañana.
Profunda
y grave, su voz penetra y se dilata en los confines para confirmar que existen
las jornadas.
Canta,
que es su manera de decir “aquí estoy y aquí me quedo”.
Y
es así nomás: construye su hogar en cada
corazón y desde allí procura la cofradía, descubre la emoción, despliega la
raíz para confirmar procedencias y preservar juglarías.
Lo
hizo ayer e insistirá mañana. Porque el
canto es más que vocación. Acaso es un destino, una imposición de la
naturaleza, una manera de hacer y de pensar que se confirma en cada verso, en
cada prosa, en cada .pentagrama.
De
ahí el amor que le profesan las guitarras.
Canta,
Hilda Alvarado canta.
Si alguna vez volara, sería
una calandria
domingo, 22 de abril de 2018
Una vuelta del perro
Una vuelta del perro
Promovidos por un conglomerado
de expectaciones los visitantes acuden a la muestra. Lo hacen
individualmente o en grupo y a medida que se internan en las calles taciturnas, prácticamente
despojadas, suman voces a un concierto que gratifica y estimula añoranzas
y fraternidades.
Concediendo a la propuesta,
o a la intuición, los vecinos ordenan un itinerario cronológico o geográfico,
según los gustos. De esta manera, serenamente, ingresan a la maravilla del
recuerdo. La aldea se abre ante los ojos y se puebla de sonidos. Risas, manifestaciones de asombro, sugerencias
y complementos que enriquecerán la crónica socorriendo al cronista de sus impericias y olvidos.
Suman, apenas,
cuatrocientos metros alrededor de la plaza de las tres denominaciones, poco o
mucho según la perspectiva. Paulatinamente los pasos se entrelazan, retornan o
avanzan sometidos a los desafueros del las emociones. La algarabía se filtra por doquier expandiendo
la cuadrícula.
Ajeno a todo, en el interior del edificio comunal, el comisionado consulta el
reloj y lo sepulta en el bolsillo
del chaleco. Repasa con agobio el
parlamento que habrá de desplegar en los fastos del cincuentenario. Debe ser sobrio
y convincente, porque allí estarán Duval, Champalbert, Garmendia y Corona para contarle las costillas.
Luego sale a la calle adoptando el
mismo rumbo que algunos años antes transitara
Tomás Mason enfrentando el boulevard sin nombre. Verifica, con alivio, que los aires marciales de la época ya han reparado
esa anomalía.
Los concurrentes desechan estas cavilaciones privilegiando las propias.
Ponen énfasis en subrayar que la garita
de la esquina del Banco de la
Nación era móvil y que
esa fachada que perpetúa la fotografía jamás podrá ser superada por edificio
alguno. El cronista toma nota de la sentencia
sospechando una eventual lista de adhesiones.
Las miradas se desplazan
sin premura, quebrantando rigores y mandatos establecidos porque todos los que
asisten están conscientes de que el tiempo
se relativiza cuando interviene la arbitrariedad del pensamiento.
La esquina se dilata hacia
el norte y alguien impone silencio porque en el edificio de La Cosechera han tronado dos disparos y uno de ellos se ha cobrado la vida del jefe comunal. Sergio López, pobrecito, muerto por obstinado,
acaso por socialista.
Una cadencia triste quiebra, implacable, sosiegos del
porvenir.
Un poblador perspicaz cree percibir la silueta de ese pibe, Daniel Elías. Sus pasos sin retorno superan la
iglesia catedral y lo transportan a un lugar sin tiempo. La melodía es,
definitivamente, un miserere acongojado
y fugaz ejecutado desde el atrio de la casa parroquial por la quimérica orquesta de cámara del maestro Enrique Mariani.
En el interior de la nave
el Cristo de Swinnen derrama una lágrima de metal.
Daniel se vuelve “El Turco”,
renuncia a los potreros y se anticipa hacia una nueva encrucijada. No advierte, al
sobrepasar el café de 9 de Julio que el águila de las alturas le
ha dado la espalda.
Pasan las décadas, vienen y van, estrepitosas, como cañonazos.
Vuelan los tordos y tal vez no regresen.
Pedro Médici se deja convencer por ofertas ineludibles en la
tienda de la otra esquina, abandona por
un momento sus hierbas y redomas y parte raudo a adquirir un bombín en Los Sorianos. Por la misma vereda
se acerca Gómez Palmés. No se saludan.
Al rebasar el punto
que congrega a las confiterías el
delegado del Poder Central descubre con desagrado, quizás consternación, que
por allí se aproxima el director de La Autonomía. El primero lo contempla con odio; Marcos Molas,
con desprecio.
Juan Humberto Palasciano,
recostado en el umbral de su farmacia, contempla la escena y vaticina un
porvenir funesto para esos dos. No se permite otras lucubraciones porque debe responder
con galantería el saludo de dos damas.
Enriqueta Schmidt, etérea, conduce
del brazo a Hilda París y susurra indicaciones
al oído que Hilda, escrupulosamente, va volcando en una libreta de tapas de
hule.
Ambas atraviesan la plaza, evocan
la pirámide y musitan un reconocimiento
a Joseph Duboieu. Avanzan, renuevan respetos al guerrero del corcel y se inmovilizan estremecidas ante las
fracturas del chico de la fuente, alguna de las cuales Pablo
De Pian cubrió con un manto piadoso.
Enriqueta formula otra observación en voz baja, acaso un inventario de
ausencias, pulsiones del agravio, lamentaciones. Porque sus reminiscencias no
armonizan con las actuales contemplaciones. A medida que avanza y desanda las décadas
verifica que han volado las águilas, no están las pégolas Ni siquiera el cartel de emulsión Scott pregonando
albricias desde el edificio de enfrente.
Repasa: tampoco el Cristo, las acacias, las glicinas o el surtidor de
agua con que muchos de los visitantes, entre ellos el cronista, saciaron su
sed.
Inventarios de ausencias, desgarros de la memoria.
En un alarde de resistencia
permanecen el ombú, el retoño del pino histórico y la pesada placa que homologa
el nombre del paseo.
Más allá, establecido junto al pequeño tablado,
el invariable chasirete cambia lámparas
de magnesio mientras presta atención a un atildado transeúnte peinado a la gomina y
portafolios marrón. Un tal Juan
Carlos Bustriazo Ortiz, que sostiene que su cámara
es muy parecida a la de Eliseo Tello. Desde el portal de su casa de
fotografía Juan Maqueira asiente y saluda
con el brazo en alto.
La plaza reniega de farolas y baldosas. Terete Domínguez inventa
una noticia y vocea un exorcismo plebeyo
para evitar otras mudanzas. En la esquina
del Hotel Pampa Cholito Álvarez articula lisonjas que sonrojan y gratifican a las jóvenes que marchan rumbo a la escuela número dos. Pedro Gamberini
- ¿o tal vez Bodratto?- retribuye con un guiño cómplice a través del
ventanal.
Atardece. Pedro Imaz lustra sus polainas con el revés de
su pantalón mientras desliza un comentario mordaz a un interlocutor ignoto. Sus pupilas titilan
ante la joven que corre pudorosa a refugiarse en la finca lindera. Es
casi una niña y a su paso despliega fragancias
inefables. Se apresura procurando poner
distancia a las exteriorizaciones jubilosas que prosperan en las adyacencias del BASE Club.
-Es la hija de los Iribas.
¿Quién?
la muchacha Iribas
che, la Novia
de los Forasteros
Uno de los visitantes
repara en el cronista y añade una apostilla adicional que alimentará la leyenda.
Fatalmente la vuelta llega
a su fin. Los comentarios de los que se retiran
se superponen a las expresiones de los
recién llegados. La sala es una fiesta, una avanzada contra el silencio y el olvido. Afuera, los
altavoces de la esquina de Mitre y San Martín Oeste expanden las entonaciones de Alfredo Dalmiro Otálora, “Piquito de Oro”, anunciando la inauguración
del colegio Nacional, créditos de fomento
del BHN y el estreno de Casablanca, una película que hará historia.
Retornando al punto de
partida un nuevo edificio comunal se
impone sobre el anterior. Su fachada
resplandece. Adolfo Corona
Martínez, que en la celebración de la
ciudad descubrirá una
placa en la flamante usina, madura una oración,
pletórica de enaltecimientos, para el vecindario
artífice de tanta iluminación.
Los aplausos reverberan en
el nuevo siglo. En el aire, la sirena del molino desangra otra jornada.
JCP
lunes, 19 de marzo de 2018
El desamparo
Días de juicio
………………………….
EL DESAMPARO
La mamá de Jorge Santajuliana había sido trasladada a General Acha porque su irreversible cuadro clínico no aceptaba internaciones en el hospital lucio Molas.
El calendario apenas avanzó unos casilleros.
Aquel día su padre le preparó el desayuno para que fuera a la escuela. Comenta Jorge que el padre era hombre de pocas palabras y afectos profundos.
Cuando regresó del colegio la vivienda estaba vacía, atacó lo poco que quedaba en la heladera porque la reciente cesantía a causa del cambio de administración hacía notar sus fauces.
Se hace larga la espera cuando lo que llega es silencio.
Jorge durmió solo y mal ese día. No había explicaciones para la ausencia y sus diez años no alcanzaban a concernir la invasión de la noche más oscura con la interrupción de su infancia.
Solo y angustiado Jorge dejó entrar a sus tres perros a la vivienda y durmió con ellos hasta que el ritual de la obediencia lo impulsó a retornar a la escuela con la esperanza de que su regreso fuera coronado con la presencia del progenitor.
No ocurrió.
Así pasó otro día, sin nadie a quien acudir.
Solo, cruzado por el hambre y ese filamento de miedo en las entrañas.
Menos mal los cachorros y su abrigo. Dicen que el desasosiego obedece a las leyes de la perspectiva: se agiganta al acercarse.
Cuando alumbró una nueva jornada el niño fue socorrido por un familiar que llegó para trasladarlo a la casa de la abuela.
Esta vez faltó a la escuela, pero aquel día se internó en los aprendizajes sobre la soledad y sus alianzas.
La soledad…
… dicen por ahí que a veces coquetea con el espanto y oscurece el porvenir.
Y no hay juicios ni condenas que sirvan de contraveneno.
………………………….
EL DESAMPARO
La mamá de Jorge Santajuliana había sido trasladada a General Acha porque su irreversible cuadro clínico no aceptaba internaciones en el hospital lucio Molas.
El calendario apenas avanzó unos casilleros.
Aquel día su padre le preparó el desayuno para que fuera a la escuela. Comenta Jorge que el padre era hombre de pocas palabras y afectos profundos.
Cuando regresó del colegio la vivienda estaba vacía, atacó lo poco que quedaba en la heladera porque la reciente cesantía a causa del cambio de administración hacía notar sus fauces.
Se hace larga la espera cuando lo que llega es silencio.
Jorge durmió solo y mal ese día. No había explicaciones para la ausencia y sus diez años no alcanzaban a concernir la invasión de la noche más oscura con la interrupción de su infancia.
Solo y angustiado Jorge dejó entrar a sus tres perros a la vivienda y durmió con ellos hasta que el ritual de la obediencia lo impulsó a retornar a la escuela con la esperanza de que su regreso fuera coronado con la presencia del progenitor.
No ocurrió.
Así pasó otro día, sin nadie a quien acudir.
Solo, cruzado por el hambre y ese filamento de miedo en las entrañas.
Menos mal los cachorros y su abrigo. Dicen que el desasosiego obedece a las leyes de la perspectiva: se agiganta al acercarse.
Cuando alumbró una nueva jornada el niño fue socorrido por un familiar que llegó para trasladarlo a la casa de la abuela.
Esta vez faltó a la escuela, pero aquel día se internó en los aprendizajes sobre la soledad y sus alianzas.
La soledad…
… dicen por ahí que a veces coquetea con el espanto y oscurece el porvenir.
Y no hay juicios ni condenas que sirvan de contraveneno.
viernes, 23 de febrero de 2018
MEMORIA DEL VIENTO
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| Jorge Irazusta |
Días de juicio
---------------------------
MEMORIA DEL VIENTO
“A saudade é dor pungente, morena
A saudade mata a gente, morena”
(María Betanhia)
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MEMORIA DEL VIENTO
“A saudade é dor pungente, morena
A saudade mata a gente, morena”
(María Betanhia)
Este solar de desvelos conoce de destierros, voluntarios o forzados. Buena parte de nuestros orígenes están fundados en el exilio y esa diáspora, de ida y vuelta, tuvo corolarios germinales o funestos.
María Isabel Unepeo, arreada de las rastrilladas del medanal lo supo. También Edgar Morisoli, que concibió Rapsodia de los Olvidos para que nadie pueda argüir inadvertencias. Lo soportó Perón y Pincén, también.
Nervi, Alfaro, Quartucci, César, Chumbita, Gosso, Furlán, Bragulat, Montepaone, Nansen, Gaute, Razzini, Otálora, Gispert, Bosch, Torras, Sombra… la lista es inagotable.
Y qué hablar de las soledades interiores.
Desgarros de la llanura.
En la Argentina de la edad de plomo, la expatriación adquirió el mismo efecto y significación que el ostracismo revestía para los excretados de la Edad Media: la segunda condena después de la pena de muerte.
Siglos después la convención de los DDHH reparó en la enorme gravedad de la expulsión y dictó su insobornable artículo noveno que con tanta meticulosidad y esmero trasgredieron los artífices del genocidio.
Destierro es castigo y condena. La consideración cobró vigor el jueves por la mañana cuando la voz pausada de Jorge Irasusta se impuso como un grito en la sala de audiencias. “Hasta el sentido del viento era distinto” evocó. Y en la articulación sumó otro capítulo expresivo al catálogo de la iniquidades de laSubzona 1.4
Jorge vino desde Canadá para que no haya olvidos. Cuando tuvo que emigrar perdió todo, hasta el funeral de su hermana asesinada. Ahora, en la mañana del jueves, volvió para sancionar la derrota del silencio y ofrecer –con un detalle tan ínfimo como formidable- una lección acerca de cómo se construye ese magisterio de la tenacidad: a nuestros hijos, desgranó, les enseñábamos a perpetuar la memoria del lenguaje y del país…
Didácticas del extrañamiento.
No dijo más, no hacía falta.
María Isabel Unepeo, arreada de las rastrilladas del medanal lo supo. También Edgar Morisoli, que concibió Rapsodia de los Olvidos para que nadie pueda argüir inadvertencias. Lo soportó Perón y Pincén, también.
Nervi, Alfaro, Quartucci, César, Chumbita, Gosso, Furlán, Bragulat, Montepaone, Nansen, Gaute, Razzini, Otálora, Gispert, Bosch, Torras, Sombra… la lista es inagotable.
Y qué hablar de las soledades interiores.
Desgarros de la llanura.
En la Argentina de la edad de plomo, la expatriación adquirió el mismo efecto y significación que el ostracismo revestía para los excretados de la Edad Media: la segunda condena después de la pena de muerte.
Siglos después la convención de los DDHH reparó en la enorme gravedad de la expulsión y dictó su insobornable artículo noveno que con tanta meticulosidad y esmero trasgredieron los artífices del genocidio.
Destierro es castigo y condena. La consideración cobró vigor el jueves por la mañana cuando la voz pausada de Jorge Irasusta se impuso como un grito en la sala de audiencias. “Hasta el sentido del viento era distinto” evocó. Y en la articulación sumó otro capítulo expresivo al catálogo de la iniquidades de laSubzona 1.4
Jorge vino desde Canadá para que no haya olvidos. Cuando tuvo que emigrar perdió todo, hasta el funeral de su hermana asesinada. Ahora, en la mañana del jueves, volvió para sancionar la derrota del silencio y ofrecer –con un detalle tan ínfimo como formidable- una lección acerca de cómo se construye ese magisterio de la tenacidad: a nuestros hijos, desgranó, les enseñábamos a perpetuar la memoria del lenguaje y del país…
Didácticas del extrañamiento.
No dijo más, no hacía falta.
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