martes, 24 de abril de 2018

La Negra

Canta y se enciende la mañana.
        Profunda y grave, su voz penetra y se dilata en los confines para confirmar que existen las jornadas.
        Canta, que es su manera de decir “aquí estoy y aquí me quedo”.
        Y es así nomás:  construye su hogar en cada corazón y desde allí procura la cofradía, descubre la emoción, despliega la raíz para confirmar procedencias y preservar juglarías.
        Lo hizo ayer e insistirá mañana.  Porque el canto es más que vocación. Acaso es un destino, una imposición de la naturaleza, una manera de hacer y de pensar que se confirma en cada verso, en cada prosa, en cada .pentagrama.
        De ahí el amor que le profesan las guitarras.
        Canta, Hilda Alvarado canta.
        Si alguna vez volara, sería una calandria

domingo, 22 de abril de 2018

Una vuelta del perro













Una vuelta del perro

Promovidos por un conglomerado  de expectaciones  los visitantes acuden a la muestra. Lo hacen individualmente o en grupo y a medida que se internan  en las calles taciturnas, prácticamente despojadas, suman voces a un concierto que gratifica y estimula  añoranzas  y fraternidades.
Concediendo a la propuesta, o a la intuición, los vecinos ordenan un itinerario cronológico o geográfico, según los gustos. De esta manera, serenamente, ingresan a la maravilla del recuerdo. La aldea se abre ante los ojos y se puebla de  sonidos. Risas, manifestaciones de asombro, sugerencias  y complementos  que enriquecerán la crónica socorriendo  al cronista de sus impericias y olvidos.
Suman, apenas, cuatrocientos metros alrededor de la plaza de las tres denominaciones, poco o mucho según la perspectiva. Paulatinamente los pasos se entrelazan, retornan o avanzan sometidos a los desafueros del las emociones.  La algarabía se filtra por doquier expandiendo la cuadrícula.
Ajeno a todo, en  el interior del  edificio comunal, el comisionado   consulta el  reloj y lo sepulta  en el bolsillo del chaleco. Repasa con agobio  el parlamento que habrá de desplegar en los fastos del cincuentenario. Debe ser sobrio y convincente, porque allí estarán Duval, Champalbert,  Garmendia y Corona para contarle las costillas.
Luego sale  a la calle adoptando   el mismo rumbo que algunos años antes transitara  Tomás Mason enfrentando el boulevard sin nombre. Verifica, con alivio,  que los aires marciales de la época ya han reparado esa anomalía.
Los concurrentes  desechan  estas cavilaciones privilegiando las propias. Ponen énfasis en subrayar  que la garita de la esquina del Banco de la Nación  era móvil y que esa fachada que perpetúa la fotografía jamás podrá ser superada por edificio alguno. El  cronista toma nota de la sentencia  sospechando una eventual lista de adhesiones.
Las miradas se desplazan sin premura, quebrantando rigores y mandatos establecidos porque todos los que asisten están conscientes de que el tiempo  se relativiza cuando interviene la arbitrariedad del  pensamiento.
La esquina se dilata hacia el norte y alguien impone silencio porque en el edificio de La Cosechera han tronado  dos disparos y uno de ellos se ha  cobrado la vida del jefe comunal.  Sergio López, pobrecito, muerto por obstinado, acaso por socialista.
           Una cadencia triste quiebra, implacable, sosiegos del porvenir.
La Cosechera, mentidero político y refugio de desheredados y provincialistas. Casi no hubo interregno entre el cierre de sus puertas y la puesta en marcha de la pequeña mercería de la familia Elías.
Un poblador  perspicaz cree  percibir la silueta de ese pibe, Daniel  Elías. Sus pasos sin retorno superan la iglesia catedral y lo transportan a un lugar sin tiempo. La melodía es, definitivamente, un miserere acongojado  y fugaz ejecutado desde el atrio de la casa parroquial por  la quimérica  orquesta de cámara del maestro Enrique Mariani.
En el interior de la nave el Cristo de Swinnen derrama una lágrima de metal.
Daniel se vuelve “El Turco”, renuncia a los potreros y  se anticipa  hacia una  nueva encrucijada. No advierte, al sobrepasar  el  café    de 9 de Julio que el águila de las alturas le ha dado la espalda.
           Pasan las décadas, vienen y van, estrepitosas, como cañonazos.
           Vuelan los tordos y tal vez no regresen.
Pedro Médici  se deja convencer por ofertas ineludibles  en  la tienda de la   otra esquina,  abandona por  un momento sus hierbas y  redomas  y parte raudo a adquirir  un bombín en Los Sorianos. Por la misma vereda se acerca  Gómez Palmés. No se saludan.
Al rebasar el  punto  que congrega a  las confiterías el delegado del Poder Central descubre con desagrado, quizás consternación, que por allí se aproxima  el  director de La Autonomía. El  primero lo contempla con odio; Marcos Molas, con desprecio.
Juan Humberto Palasciano, recostado en el umbral de su farmacia, contempla la escena y vaticina un porvenir funesto para esos dos. No se permite otras lucubraciones porque debe responder con galantería  el saludo de dos damas.
Enriqueta Schmidt, etérea, conduce  del brazo a Hilda París y susurra indicaciones al oído que Hilda, escrupulosamente, va volcando en una libreta de tapas de hule.
Ambas atraviesan la plaza, evocan  la pirámide y musitan un reconocimiento a Joseph Duboieu. Avanzan, renuevan  respetos  al guerrero del  corcel y se inmovilizan estremecidas   ante las  fracturas   del chico de la fuente, alguna de las cuales Pablo De Pian cubrió con un manto piadoso.  Enriqueta formula otra observación en voz baja, acaso un inventario de ausencias, pulsiones del agravio, lamentaciones. Porque sus reminiscencias no armonizan con las  actuales  contemplaciones. A  medida que avanza y desanda  las décadas   verifica que han volado las  águilas, no están   las  pégolas  Ni siquiera el cartel de emulsión Scott pregonando albricias  desde el edificio de enfrente.
Repasa: tampoco  el Cristo,  las acacias, las glicinas o el surtidor de agua con que muchos de los visitantes, entre ellos el cronista, saciaron su sed.
Inventarios  de ausencias, desgarros de la memoria.
En un alarde de resistencia permanecen el ombú, el retoño del pino histórico y la pesada placa que homologa  el nombre del paseo.
 Más allá, establecido junto al pequeño tablado, el invariable chasirete  cambia lámparas de magnesio mientras presta atención a  un atildado transeúnte peinado a la gomina y portafolios marrón. Un  tal Juan Carlos  Bustriazo Ortiz, que sostiene  que su cámara  es muy parecida a la de Eliseo Tello. Desde el portal de su casa de fotografía Juan Maqueira  asiente y saluda con  el brazo en alto.
La plaza reniega de  farolas y baldosas. Terete Domínguez inventa una noticia y vocea  un exorcismo plebeyo para evitar otras  mudanzas. En la esquina del Hotel Pampa Cholito Álvarez articula lisonjas que sonrojan y gratifican a las  jóvenes que marchan  rumbo a la escuela número dos.  Pedro  Gamberini - ¿o tal vez  Bodratto?-  retribuye con un guiño cómplice a través del ventanal.
           Atardece. Pedro Imaz lustra sus polainas con el revés de su pantalón mientras desliza un comentario mordaz  a un interlocutor ignoto. Sus pupilas titilan ante la joven que corre   pudorosa a refugiarse en la finca lindera. Es casi una niña y a su paso  despliega fragancias inefables. Se apresura  procurando poner distancia a las exteriorizaciones jubilosas que prosperan  en las adyacencias del BASE Club.
-Es la hija  de los Iribas.
¿Quién?
la muchacha  Iribas che, la Novia de los Forasteros
Uno de los visitantes repara en el cronista y añade una apostilla adicional que alimentará la leyenda.
Fatalmente la vuelta llega a su fin. Los comentarios  de los que se retiran   se superponen a las expresiones de los recién llegados. La sala es una fiesta, una avanzada  contra el silencio y el olvido. Afuera, los altavoces de la esquina de Mitre y San Martín Oeste  expanden  las entonaciones de Alfredo Dalmiro Otálora,  “Piquito de Oro”, anunciando la inauguración del colegio  Nacional, créditos de fomento del BHN y el estreno de Casablanca, una película que hará historia.
Retornando al punto de partida  un nuevo edificio comunal se impone sobre el anterior. Su fachada  resplandece.  Adolfo Corona Martínez, que en la celebración  de la ciudad  descubrirá   una placa en la flamante  usina, madura   una oración, pletórica de enaltecimientos, para el  vecindario  artífice de tanta iluminación.
Los aplausos reverberan en el nuevo siglo. En el aire, la sirena del molino desangra otra jornada.
          
                                                                                                   JCP



lunes, 19 de marzo de 2018

El desamparo

Días de juicio
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EL DESAMPARO
La mamá de Jorge Santajuliana había sido trasladada a General Acha porque su irreversible cuadro clínico no aceptaba internaciones en el hospital lucio Molas.
El calendario apenas avanzó unos casilleros.
Aquel día su padre le preparó el desayuno para que fuera a la escuela. Comenta Jorge que el padre era hombre de pocas palabras y afectos profundos.
Cuando regresó del colegio la vivienda estaba vacía, atacó lo poco que quedaba en la heladera porque la reciente cesantía a causa del cambio de administración hacía notar sus fauces.
Se hace larga la espera cuando lo que llega es silencio.
Jorge durmió solo y mal ese día. No había explicaciones para la ausencia y sus diez años no alcanzaban a concernir la invasión de la noche más oscura con la interrupción de su infancia.
Solo y angustiado Jorge dejó entrar a sus tres perros a la vivienda y durmió con ellos hasta que el ritual de la obediencia lo impulsó a retornar a la escuela con la esperanza de que su regreso fuera coronado con la presencia del progenitor.
No ocurrió.
Así pasó otro día, sin nadie a quien acudir.
Solo, cruzado por el hambre y ese filamento de miedo en las entrañas.
Menos mal los cachorros y su abrigo. Dicen que el desasosiego obedece a las leyes de la perspectiva: se agiganta al acercarse.
Cuando alumbró una nueva jornada el niño fue socorrido por un familiar que llegó para trasladarlo a la casa de la abuela.
Esta vez faltó a la escuela, pero aquel día se internó en los aprendizajes sobre la soledad y sus alianzas.
La soledad…
… dicen por ahí que a veces coquetea con el espanto y oscurece el porvenir.
Y no hay juicios ni condenas que sirvan de contraveneno.

viernes, 23 de febrero de 2018

MEMORIA DEL VIENTO

Jorge Irazusta

Días de juicio
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MEMORIA DEL VIENTO
“A saudade é dor pungente, morena
A saudade mata a gente, morena”
(María Betanhia)
Este solar de desvelos conoce de destierros, voluntarios o forzados. Buena parte de nuestros orígenes están fundados en el exilio y esa diáspora, de ida y vuelta, tuvo corolarios germinales o funestos.
María Isabel Unepeo, arreada de las rastrilladas del medanal lo supo. También Edgar Morisoli, que concibió Rapsodia de los Olvidos para que nadie pueda argüir inadvertencias. Lo soportó Perón y Pincén, también.
Nervi, Alfaro, Quartucci, César, Chumbita, Gosso, Furlán, Bragulat, Montepaone, Nansen, Gaute, Razzini, Otálora, Gispert, Bosch, Torras, Sombra… la lista es inagotable.
Y qué hablar de las soledades interiores.
Desgarros de la llanura.
En la Argentina de la edad de plomo, la expatriación adquirió el mismo efecto y significación que el ostracismo revestía para los excretados de la Edad Media: la segunda condena después de la pena de muerte.
Siglos después la convención de los DDHH reparó en la enorme gravedad de la expulsión y dictó su insobornable artículo noveno que con tanta meticulosidad y esmero trasgredieron los artífices del genocidio.
Destierro es castigo y condena. La consideración cobró vigor el jueves por la mañana cuando la voz pausada de Jorge Irasusta se impuso como un grito en la sala de audiencias. “Hasta el sentido del viento era distinto” evocó. Y en la articulación sumó otro capítulo expresivo al catálogo de la iniquidades de laSubzona 1.4
Jorge vino desde Canadá para que no haya olvidos. Cuando tuvo que emigrar perdió todo, hasta el funeral de su hermana asesinada. Ahora, en la mañana del jueves, volvió para sancionar la derrota del silencio y ofrecer –con un detalle tan ínfimo como formidable- una lección acerca de cómo se construye ese magisterio de la tenacidad: a nuestros hijos, desgranó, les enseñábamos a perpetuar la memoria del lenguaje y del país…
Didácticas del extrañamiento.
No dijo más, no hacía falta.


viernes, 22 de diciembre de 2017

Por qué cantamos

Días de juicio
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POR QUÉ CANTAMOS

Mordiendo   las palabras, con una matriz de sal en sus pupilas, Cristina Ércoli pormenorizó que en sus días de cautiverio  en las antesalas del tormento en la Seccional Primera de Santa Rosa, las detenidas cantaban. Lo hacían para homologar que estaban vivas, para reconocerse. La que se ausentaba del coro que armonizaba “una que sabían todas” –Zamba de mi Esperanza- presagiaba funestas novedades, ausencias, traslados. Por  imperio de las  leyes de la simetría, si la  vocalización  acrecentaba sus cuerdas, la desazón era la misma.
Inventarios del canto.
Recuentos en clave de Sol.
Cristina deslizó la anécdota hace apenas tres semanas, en la bisagra de un relato tan emotivo como estremecedor.
Hoy por la mañana, la significación de ese recuerdo se prorrogó   en la sala de audiencias de  la última sesión del año  del juicio Subzona 1.4.
Le tocó a Mario Lóriga detallar las consecuencias de las germinaciones del  terrorismo de Estado en estas latitudes apenas iniciado 1975.
Mario, periodista, poeta, que para ese momento ya había convivido  con el espectro de la muerte y las  persecuciones, pormenorizó que uno a uno fueron ingresando en las inconclusas instalaciones de la flamante Seccional. Él, su compañera y una treintena de militantes a quienes su compromiso social los había introducido tempranamente en los pormenores de la incertidumbre y el desasosiego.
Didáctica del terror en la edad de plomo.
Teníamos miedo, confesó sin rubores y sin transición describió su  antídoto:
Cantamos, dijo, e inauguró una pausa profunda que se hundió en el corazón de la audiencia.
Cantaron para vencer al miedo.
Para confirmarse.
Para proclamar dónde estaban y atestiguar sobrevivencias.
Eso, nada más. Un episodio mínimo en el universo del espanto.
Y un denominador común: el canto para expresarse, defenderse, proteger  la vida.
Luego, Mario se ensimismó  en una indagación de sus  recuerdos para evadir  las celadas  del olvido  y ratificó su oficio de juglar con un breve texto, tan significativo como elocuente.
Aquí va, no tiene título. No hace falta más para consolar una despedida hasta que alumbre el nuevo año:
entonces
la vida se asombra de uno mismo
se dice
no sabía que esa roca estuviera allí
y que esa roca fuera
fuerza y debilidad
se asombra la vida
de que hayamos trepado esos muros
de que hayamos salido de esos pozos
y al revés
de que nos hayamos empantanado
en charquitos
de que hayamos llorado por inutilidades
se asombra la vida y se abre al sol
y el sol
amablemente
entibia los rincones helados
e ilumina los agujeros oscuros
en los que se atranca la alegría
la vida se asombra
y se reconforta
de que hayamos llegado
a pesar de todo
hasta estas
orillas . . .

MARIO LORIGA

13 de diciembre de 2016 a las 23:07 •

viernes, 17 de noviembre de 2017

El silencio

foto: Dagna Faidutti
Días de juicio
EL SILENCIO

"¿Dónde estaba Dios en esos días?", preguntó el Papa Benedicto XVI mientras visitaba Auschwitz.
Su respuesta se dilata en los confines. Acaso libere  conciencias y las alivie . Es que,más  allá de la fe o de las apostasías –en el extendido trayecto de la creencia o el discernimiento- , importa una ilustración de    por qué permaneció en silencio? ¿Cómo pudo permitir esta masacre, ese triunfo del mal?
Elie Wiesel, sobreviviente del campo  de exterminio de Birkenau, sumó en un texto  que estremece una voz de alivio para los feligreses: tal vez Dios pendiera de los cadalsos.
Nuestro Atahualpa fue más expeditivo. Y explícito, ahí están sus Coplas del Payador Perseguido
patentizando ausencias.
Jeff Iaccoby insiste en la interpretación de la línea benedictina: No fue Dios quien falló durante el holocausto, o en los Gulags, o en el 11/9, o en Bosnia. No es Dios quien falla cuando los seres humanos hacen cosas atroces. Auschwitz no es lo que pasa cuando el Dios que dice “No matarás” y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” está en silencio. Es lo que pasa cuando los hombres y las mujeres se rehúsan a escuchar.
Disquisiciones de estas horas, en días de juicio.
Emergen, las preguntas,  impetuosas, incontrolables,  acuciantes porque  aquí - como pueden, como les sale, como recuerdan- manifiestan   las víctimas.
Voceros calificados, interpeladores de conciencias, que semana a semana nos conducen al territorio donde la abyección sentó sus reales y se resiste a abandonarlos.
Relatos, detalles. Y a través de ellos la evidencia de  una sociedad que no escucha, otra que calla. Un regalo para los que quieran encontrar claves en la historia.
Para los que pretendan desentrañar la matriz del mutismo.
Testimonios para recortar y armar, como en la escuela, desde la escuela, como producto de un magisterio que hoy, más que nadie, ejercen los que no callan.
El silencio, entonces,  se hace más conspicuo, sobrevuela la sala, se espesa, eleva hasta subvertirse en grito.
Ayes ahogados por la radio de la Brigada.
Se vuelve atronador en la evidencia  sonora del pacto que persevera desde hace más de cuatro décadas.
¿Qué es lo que los une que sea superior a lo que ya se sabe y está probado?
Y está también el silencio de los que hoy claman por una redención. Los que pretenden ser exonerados de consideración en tanto  se abstienen de explicitar qué hacían, qué no hacían, cuando a su lado -en General Pico, en el Puesto de Aráuz, en  las ascensiones de la Seccional Primera, cohabitaba el espanto.
¿Qué decían? ¿Qué excluyeron de sus imperativos éticos?
De cómo el método socrático adquiere tanta o más importancia que un querellante o un magistrado.
Y así pasan los días, asoma el nuevo año y vamos hacia él del brazo y a los codazos. Como el hombre en su relación con la naturaleza.
Cada día que pasa una molécula de verdad y memoria cobra forma de palanca. Acaso con ella podamos levantar algún día  esa pesada lápida de la historia que con tanta meticulosidad han construido la mentira, el silencio, el olvido.



sábado, 4 de noviembre de 2017

María

Juan C.Pumilla - María López de Tartaglia
cartas de Lucía Tartaglia
Verano de 1983. Hizo su aparición por el pasillo angosto del CUP, que albergaba al recientemente constituido MPDH. Llevaba en sus manos un atadito de papeles. Eran las cartas que su hija, Lucía Tartaglia, había logrado filtrar de a vigilancia del Olimpo. En ellas había una manifestación de amor filial, extrañeza, el anuncio de un hijo para el verano de 1979 y la esperanza de un reencuentro. Nunca sucedió, Pasaron cuarenta años y el hijo de las cartas ahora ,se sabe, es una niña de 38 años que el mundo celebra y conoce a través de una denominación que vence al tiempo y las fronteras: “Nieta 125”. Un número para graficar la estadística del despojo, una cantidad para mensurar cuántos –aún- faltan. María López de Tartaglia murió hace unos años sin poder abrazar a su nieta. Murió, pero todos saben que no es cierto.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Celebrando la recuperación de la Nieta 125

Graciela TArtaglia Raquel Pumilla Juan C. Pumilla

Juan C.Pumilla  - Aldo Tartaglia

Juan C.Pumilla Lucía -  D Andrea Tartaglia

JuanC.Pumilla -María Tartaglia

viernes, 8 de septiembre de 2017

Santiago Maldonado


Quieren ubicar a Santiago en todos lados. No saben que al hacerlo están construyendo un Dios. Un Cristo pagano de los buenos y de la lucha.
 En la calle está el altar.
Si en verdad quieren encontrarlo no busquen más: está en el corazón del pueblo y en manos del gobierno.

ABRAZO, AHÍ

Hoy Pablo Grillo cumple años, y su nombre se vuelve más que un recuerdo: es presencia viva. Su mirada —esa que alerta y sostiene— atraviesa ...