La memoria es un tatuaje del alma. Se lleva en la conciencia y obedece a sus dictados. Indeleble, eterno, nos dice quiénes fuimos y revela lo que somos. Testimonio para presentir destinos y decidir qué haremos
viernes, 8 de septiembre de 2017
Santiago Maldonado
Quieren ubicar a Santiago en todos lados. No saben que al hacerlo están construyendo un Dios. Un Cristo pagano de los buenos y de la lucha.
En la calle está el altar.
Si en verdad quieren encontrarlo no busquen más: está en el corazón del pueblo y en manos del gobierno.
sábado, 15 de julio de 2017
Momentos
![]() |
| Mirta Raimondi,,Guillermo Herzel,Raquel Pumilla, JuanC.Pumilla.29 .01.97 |
como tampoco la vida.
solo los matorrales
y aquella vía perdida.
El único vestigio
de los tallos florecidos
fue ese cartel que ahora
luce en nuestro camino.
Lo alzamos una noche negra
los cuatro y sin permiso,
memorias que en este invierno
nos hablan de lo que fuimos
...
Asoma el futuro
andando
pero ya nada
es lo mismo
domingo, 9 de julio de 2017
JULIO
![]() |
| Julio Colombato |
Son paseriformes, los tordos. Es decir que pertenecen al orden de las aves que pueden posarse. Lo hacen en la temporada invernal en los pinos de la plaza central y en el desvencijado ombú que resiste, estoico, las depredaciones y el paso del tiempo.
Se apoyan en las ramas, con sus tres dedos orientados hacia delante y el restante formando una pinza por detrás. De esta manera resisten la sudestada y el ingreso de sus congéneres que, por miles, se arremolinan cuando cae la tarde pugnando por la obtención de un lugar protegido en la fronda.
Hasta que se posan, ejecutan una coreografía maravillosa conformando una nube oscura y ruidosa que alegra el crepúsculo y los corazones.
La formación, que sobrevuela la plaza y las manzanas aledañas, suele crisparse cuando las ocho campanas de la catedral desarmonizan el ritual y los espanta.
Deben ser tenaces, porque regresan y se acomodan pese a que los badajos volverán a repicar luego, una y otra vez, sin poder vencerlos.
Julio Colombato solía contemplarlos con mirada extasiada mientras su café se enfriaba en la mesa de la confitería cuyos ventanales ofrecen una visión privilegiada de la ceremonia de los pájaros.
Hubo una vez que un aprendiz de Bartebly ordenó colocar petardos para ahuyentarlos. Pese a meticulosas pesquisas, producto de proclamas sin destino, ni Julio ni sus amigos lograron develar el nombre del represor.
Pasaron los meses. No se pudo establecer si fue la puesta en práctica de algún exorcismo pagano, las sordas imprecaciones de los que se deleitaban con su presencia o simple resignación punitiva, lo cierto es que las agresiones cesaron y tras un prudente alejamiento, los tordos regresaron a los pinos y al ombú.
Esta victoria fue celebrada en julio cuando la temporada indicó nuevamente sus presencias. Siempre fue una fiesta contemplarlos, estridentes, festivos, relucientes, en la ruidosa elección de sus aposentos.
Acaso algunos otros funcionarios arcaicos , de los que detectan el espectro de Gramsci cada vez que alguna ocurrencia renovadora asoma en el horizonte citadino, habrán sido felices al conocer que hay quienes repudian a los tordos por razones ideológicas: son los que vociferan que estas aves tienen el hábito imperialista de empollar en nido ajeno.
Esta observación ideologista de la fauna hubiera despertado una carcajada divertida en Julio. Julio, ay, que cada tanto ofrecía algún comentario sobre los infantilismos en tanto recomendaba una pausa hedónica (apreciar, por ejemplo, las últimas reverberaciones del sol sobre las alas oscuras, des-plegadas) para predisponer al espíritu en la perspectiva de los grandes combates.
En aquellas tardes aprendimos de él que una chispa puede incendiar la pradera, que hay una diferencia entre ver y mirar, que las ideas son esclavas de sus consecuencias.
Ofrecía sus lecciones revolviendo estérilmente su pocillo mientras las ramas de la plaza se iban poblando de murmullos.
El maestro, que echó a volar una tarde como ésta.
Quizás habite una metáfora en la persistencia de los tordos. Cómo saberlo. Lo cierto es que cada vez que asoma el invierno, que este mes despliega sus gélidos ropajes, no podemos evitar la evocación del hombre que se hizo mutis para esta época del año dejándonos solos.
Solos con nuestros pensamientos.
Solos, sin saber cómo diablos expresar tanta congoja.
Se apoyan en las ramas, con sus tres dedos orientados hacia delante y el restante formando una pinza por detrás. De esta manera resisten la sudestada y el ingreso de sus congéneres que, por miles, se arremolinan cuando cae la tarde pugnando por la obtención de un lugar protegido en la fronda.
Hasta que se posan, ejecutan una coreografía maravillosa conformando una nube oscura y ruidosa que alegra el crepúsculo y los corazones.
La formación, que sobrevuela la plaza y las manzanas aledañas, suele crisparse cuando las ocho campanas de la catedral desarmonizan el ritual y los espanta.
Deben ser tenaces, porque regresan y se acomodan pese a que los badajos volverán a repicar luego, una y otra vez, sin poder vencerlos.
Julio Colombato solía contemplarlos con mirada extasiada mientras su café se enfriaba en la mesa de la confitería cuyos ventanales ofrecen una visión privilegiada de la ceremonia de los pájaros.
Hubo una vez que un aprendiz de Bartebly ordenó colocar petardos para ahuyentarlos. Pese a meticulosas pesquisas, producto de proclamas sin destino, ni Julio ni sus amigos lograron develar el nombre del represor.
Pasaron los meses. No se pudo establecer si fue la puesta en práctica de algún exorcismo pagano, las sordas imprecaciones de los que se deleitaban con su presencia o simple resignación punitiva, lo cierto es que las agresiones cesaron y tras un prudente alejamiento, los tordos regresaron a los pinos y al ombú.
Esta victoria fue celebrada en julio cuando la temporada indicó nuevamente sus presencias. Siempre fue una fiesta contemplarlos, estridentes, festivos, relucientes, en la ruidosa elección de sus aposentos.
Acaso algunos otros funcionarios arcaicos , de los que detectan el espectro de Gramsci cada vez que alguna ocurrencia renovadora asoma en el horizonte citadino, habrán sido felices al conocer que hay quienes repudian a los tordos por razones ideológicas: son los que vociferan que estas aves tienen el hábito imperialista de empollar en nido ajeno.
Esta observación ideologista de la fauna hubiera despertado una carcajada divertida en Julio. Julio, ay, que cada tanto ofrecía algún comentario sobre los infantilismos en tanto recomendaba una pausa hedónica (apreciar, por ejemplo, las últimas reverberaciones del sol sobre las alas oscuras, des-plegadas) para predisponer al espíritu en la perspectiva de los grandes combates.
En aquellas tardes aprendimos de él que una chispa puede incendiar la pradera, que hay una diferencia entre ver y mirar, que las ideas son esclavas de sus consecuencias.
Ofrecía sus lecciones revolviendo estérilmente su pocillo mientras las ramas de la plaza se iban poblando de murmullos.
El maestro, que echó a volar una tarde como ésta.
Quizás habite una metáfora en la persistencia de los tordos. Cómo saberlo. Lo cierto es que cada vez que asoma el invierno, que este mes despliega sus gélidos ropajes, no podemos evitar la evocación del hombre que se hizo mutis para esta época del año dejándonos solos.
Solos con nuestros pensamientos.
Solos, sin saber cómo diablos expresar tanta congoja.
julio de 2002
jueves, 6 de julio de 2017
La noche de la memoria
Quién sigue
tus pasos, general. Te escoltan tus guerreros, espectro que vagan por las
noches en busca de la luz. Allí están tus glorias, general, trocadas en el
bronce al que el viento de agosto va cubriendo de herrumbre. ¿Te escoltan los
recuerdos, general, pero no son los recuerdos los que quedaron sobre el mar
para albricias de los nietos?. ¿Y tus cuitas, tus lunas, los misterios, tus
dolores, soledades y miserias? Todos están allí, integrando el cortejo.
Pero…¿quién sigue tus pasos, general?.. La respuesta está en la lava y en el
trueno, en el fulgor azul que eleva una torcaza, en el fragor de mayo y en el
reloj del pueblo que avanza, lentamente, paso a paso.
¿Suena una bocina?
Rosa
Campuzano abre los ojos y la mañana limeña pronuncia un respingo hacia el
mediodía. Una constelación de pájaros vuela en torno a las torres del
campanario y las angostas callecitas se llenan de olores mientras los niños
regresan de la escuela. Más tarde él vendrá y ella calmará su sed y alisará sus
incipientes arrugas mientras las manos urgentes del general desciendan por sus
valles en procura de la paz que nunca obtiene.
En la
penumbra de su despacho el hombre de la espada despierta a Segismundo, porque
la vida sólo es sueño y los sueños, sueños son. Lenta y pensativamente cierra
el libro y lo deposita en el baúl donde aguardan sus queridos, sus compañeros,
sus indispensables textos que, ahora, dejará a la Biblioteca Nacional..
Y los sueños, sueños son, repite, mientras se detiene en el adiós que Rosa aún
no conoce.
¿Acaso
suena una bocina?
Su mente
vaga por los cielos de América y se posa en aquel agobiante verano se hace
siete años cuando su amigo, el otro general, marcó su destino de Norte, gloria
y soledad. ¡Ay, como te extraño general! ¿Sabrá curar Dolores tus heridas
abiertas? ¿Será capaz Dolores Helguero devolverte a tus libros después de tanta
guerra?
Rosa
inaugura la ronda de alegría y su risa contagia las flores del patio. ¡El Perú
está de fiesta. Aquí está el futuro, desde aquí comenzaremos a trepar hacia el
cielo, acariciarlo con las manos, más alto, cada vez más alto, hasta tocar los
siglos venideros!.
El
Vehículo se mueve pesado y tosco por la avenida principal y sus faros se hunden
en la niebla que circunda la plaza. Uno de sus ocupantes desciende y va al
encuentro del general que trabajosamente se apea de su fría y eterna
cabalgadura para introducirse en el camión de los recolectores que lo aguarda.
Al volante un niño de rizos dorados y ojos tan grandes como las baobabs de su
asteroide le ofrece una silenciosa bienvenida. Parten.
El rodado
avanza rugiente como una carga de caballería y sus tripulantes se convierten en
fantasmas naranjas que recogen los vestigios de una realidad atormentada.
Siguen por Moreno y al llegar a Uruguay
doblan con rumbo al colegio en cuya puerta los espera Belgrano recostado contra
su bronce con una amplia sonrisa en el rostro y un mate en la mano. Frente a
frente, el hombre que sacó a la revolución de la literatura y el hombre que fue
a la revolución desde la literatura, se abrazan. Desde el interior del camión
los despiden y se alejan penetrando en la noche de los barrios.
Eligen el aula más pequeña y lentamente, como la
verdad, se sumergen en los recuerdos. Fragmentos, retazos, ilusiones para completar
el largo itinerario desde los arrabales de la memoria hasta donde habita la
aurora de los tiempos.
En lo
alto, el retrato aburrido de Rivadavia los contempla sin entender. Uno hace
gestos con las manos y otro ría a carcajadas. Cada tanto, la perplejidad asoma
ante el mapa de América y una lágrima se escurre ante tantos misterios. ¡Ah, mi
general, como duele la patria que amamos!. Afuera, la noche se apodera de todos
los resquicios.
El papel y
el acero. ¿Pero cuál corresponde a cada cuál? Una espada se introduce en el
centro del corazón y esto es nada más que una metáfora del pensamiento. El
mismo, el viejo tema, como en aquella morosa siesta de Metán hace ya… tanto
tiempo.
Hay un
grito en la calle, estridente como un clarín, potente como un buey. Suena
imperativo y hasta amenazante, como suelen sonar los gritos de la guerra. Los
amigos se miran a los ojos y en silencio. Luego, uno se calza apresuradamente
las botas de montar mientras el otro descorre la cortina para observar lo que
sucede tras la ventana.
Invadiendo
la madrugada sordos ruidos rasgan su silencio. Extraños carruajes con hirientes
luces y ominosos atavíos rodean la manzana. De sus entrañas aparecen tropas,
hombres sin rostros ingresan al edificio a paso redoblado. La horda irrumpe en
la humilde sala y es asaltada por la vacilación ante la decidida e inquietante
presencia de las dos figuras a las que no alcanza a comprender. Otra voz, tan
seca y dominante como la primera, ahuyentaba la duda y decide la andanada que
habrá de hacer blanco en el centro exacto de los corazones, sórdida descarga
que insolenta la noche y la cubre de sangre.
Lenta y
perezosamente los espectro de la oscuridad dejan entrar la luz y nace el nuevo
día. Cuando la ciudad amanece para los niños que van a sus escuelas, uno de
ellos descubre una espuela semioculta entre el verdor de la gramilla. Su
imaginación infructuosamente busca respuestas al hallazgo mientras desde la
calle el camión de los recolectores toca insistentemente la bocina sin que
nadie acuda.
Un delgado
filamento tornasol penetra subrepticio en la habitación y el general advierte
que ha llegado la hora del adiós. Más allá, en el borde de la ciudad, una mujer
espera.
sábado, 10 de junio de 2017
Por si acaso el olvido
Algo personal
………………………
POR SI ACASO
EL OLVIDO
Cuatro horas antes del llamado de Silvina desde
Neuquén nos despedimos en la vereda de la callecita Florida. Guillermo (Guiye,
de ahora en adelante) apeló a un viejo dicho heredado de su abuelo ”cuídense, que
buenos quedamos pocos”. Era la cita obligada antes de cada emigración y todos
la adoptamos pese a su incorrección. Porque los buenos son mayoría y los malos,
aunque poderosos, menos. Y ya están casi
todos desenmascarados.
Mirta
completó la sentencia a su manera. Nos arropó las solapas, una caricia en la
mejilla y el infaltable “abrigate que hace frío”.
Aliviando
el momento, porque cada despedida augura ausencia, encomendaron un saludo “a
todos los que nos conocen”. A cuatro días
de distancia queda en evidencia la futilidad de la solicitud. Porque los que
los conocen son centenares, miles, que en estas horas no cesan en sus
invocaciones en los medios, en las calles, en las redes sociales.
Allá,
la ruta 1 cimentando una celada.
Por
la mañana habíamos compartido dos pavas de mate repasando ilusiones, fraguando propósitos
y concibiendo una vuelta en julio. Raquel los sorprendía con su último
bordado y Mirta preguntaba si le habría gustado el dulce de higo a Marielita. Charlas
de familia fundadas a lo largo de casi cuatro décadas y un itinerario
común que se proyecta en los hijos.
Porque Silvina tiene la edad de Rayito, Pablito de Lihué y Eduardo apenas es un
poco mayor que Nahuel.
De
eso conversábamos con el Tuqui y la
Calandria cuando el día después marchamos a Guatraché a inaugurar un
abrazo con Tuchy (cada vez más parecido a Don Guillermo) en una efusión
tan prolongada como silenciosa. A veces, ya se sabe, abruman las palabras.
Teresa ya estaba allí con Mati, Maris Nora,
Hilda y los demás. A esa altura algo
intangible nos mordía los talones del corazón.
Tuchy
salió al rescate con una apostilla acerca de que le gustaría retornar al Perú, en especial al Valle Sagrado. Fue la
ocasión para subrayar que el Guiye había
expuesto una propuesta similar el día anterior .Regresar a los sitios donde la
felicidad nos había tocado el hombro.
El
comentario indujo a la reminiscencia:
hace dos años fuimos hasta Tihuanaco compelidos
por entregar un ejemplar de El Mito en Armas.
En aquella ocasión los cuatro votamos para decidir quién habría de ser el
guenpín del grupo. La opción de Guiye
perdió por mayoría de manera que instantes después, un puñado de turistas intrigados y lugareños advertidos se congregó
en la puerta del sol para escuchar a un
hombre que, hablando de Castelli, fue Castelli. Encendió un actualizado pregón jacobino.
Ferviente y sustentado soliloquio en armonía con una producción intelectual extraordinaria
que desborda con creces el hogar de la avenida Zeballos donde fue concebido. Ese refugio que con tanta ternura y precisión describiera
hace unas horas Mara Ferrari.
Comenzó
a llover. Las gotas caían como lágrimas sobre el pavimento del paseo central. Prontamente
llegaron los chicos, Pablito, tras su
combate contra las impiedades de la burocracia, Silvina y Luciano, desde
Neuquén, Eduardo, Carmina y sus amigos, venidos de Buenos Aires.
Y la memoria fue un abrazo.
Con
ellos nos fuimos a la casa a repasar momentos tratando de hacerle un corte de
manga a la nostalgia. El comedor se entibiaba a medida que crepitaban los
leños. Raquel descubrió con sorpresa que el grabado sobre Hebe y sus luchas ya estuviera enmarcado.
Se lo llevaron apenas hace dos semanas. Ha sido ubicado junto a la música,
frente al hogar, en la misma pared que cuelga, inamovible, el lazo de don Justo
Tapia que el Bardino dejara en custodia una noche de vino negro y milongas con
la sexta en Re.
“No
puede ser/no debe ser…”
En
la habitación interior Silvina acariciaba un teclado trajinado intentando un
texto de contingencia mientras que más acá la Negrita se volvía a encontrar con
su rostro en el cuadro que, junto a Raquel y Mirta, pende de la pared de los
registros familiares.
La
tarde se derrumbaba cuando nos regresamos. La recomendación del abuelo todavía
pendía en el umbral. Luego cumplimos con una especie de exorcismo pagano en el espacio que
hemos elegido como final de camino. Resulta cerca, en el medanal que se dilata
rumbo a los dominios de Nahuel Payún. Es un predio que hospeda cincuenta y pico
de caldenes y renuevos. Acordamos imponerle un nombre a cada uno de ellos y
Mirta y Guiye poseen el suyo. Lo eligieron en una localización en la cual las calandrias acuden a curiosear
cada vez que arremetemos contra las
rosetas .La vara se va engrosando y ya tiene copa... Seguirá así como una prórroga de vida. Estas líneas tiene ese objetivo.
Informar a los chicos que hay un legado que les pertenece y algún día se
proyectará en Joaquín y Luisina, en _Sofía y Cami, en los otros dos nietos del
corazón. Al principio Mirta se resistió objetando que acaso no hubiera caldenes
suficientes. Serenamos su inquietud de inmediato. Porque si no bastaren allí están los pájaros
y sus germinaciones. Y también nosotros, para hundir semillas que algún día se extenderán en
frondas en una marcha raudal e
invencible abriendo paso por la ancha y
venturosa avenida de la dignidad y la coherencia.
El
jueves no estuvimos. Pero estuvimos. Forzamos el oximoron solo para poder mentar
la semblanza del Basko o al Pedrito Cabal
en tono de milonga, Fueguito inflamando quetrales y Teresa correspondiendo al poema de Pablo con otro que brota como
eterno surgente de una obra en construcción. La voz ronca de Negrita se alzó en
una honra a los habitantes de la rubia espesura. Sapito y Cachín, dos pulsos,
dos temples, que más…
Y
al punto, los chicos. Empeñados en ser fieles a un mandato implícito.
Valientes, comprometidos. Hijos de tigre.
Y
de leona.
-¿Qué
sale de un tigre y una leona?
-Ellos.
Ese tipo de hijos.
La
casa del bicentenario henchida por
las emociones. Vecinos, amigos,
familiares. Músicos, escritores, estudiantes. Todos, la levadura de una obra
portentosa, una ofrenda espiritual que
nos compromete una y otra vez.
Y otra.
Cada vez que suenen los acordes
de una cantata , se alce una proclama o cierre
un puño por los expulsados de la Mapu. Cada vez, decimos que un cauce se sepulte,
con su
secuela de hambre y sed, comparecerá el Guiye, su obra en ristre, como un Cid redivivo, inquiriendo
qué somos, para indagar qué
hacemos por el patronato de un destino común que siente sus reales, eterno e inexpugnable, en
el inexorable Ministerio de los Buenos.
sábado, 3 de junio de 2017
Acaso una metáfora
La Mujer Maravilla comenzó a girar y una estela de reflejos salpicó las paredes. Desde un rincón, el Hombre Invisible la contempló con envidia.
(de la serie de microrelatos)
(de la serie de microrelatos)
martes, 30 de mayo de 2017
Carmen Antenau
En el país de los que se miran el ombligo la realidad es una pelusa. Es
buena, es una buena reflexión, pensó y abrió el cartapacio que ocupaba la mayor
parte del escritorio. Hundió la lapicera en el tintero ovalado y cuidadosamente
despojó el sobrante acariciando la
cucharita por sobre el borde. Anotó el pensamiento junto con un recordatorio
que en prolija caligrafía le indicaba un compromiso para las fiestas
patronales, la compra de brillantina y
la inminencia de una sentencia que venía
demorada. Luego se recostó en el sillón
y registró el recorrido del haz de luz que la banderola de la alta puerta de la
habitación, cuyos vidrios de todos colores le daban la ilusión de trabajar
junto al arco iris. Pedro Pico se
permitió su segundo descanso en la agitada mañana del lunes y acarició con la
mirada sus objetos más queridos. El
Martín Fierro encuadernado en cuero por un estibador del sur, una boleadora
perfecta que oficiaba de pisapapeles, el retrato familiar y la flamante
Wnderwood que descansaba reluciente en la mesita caoba. Un pensamiento pícaro
se transmitió a su semblante. ¡Una máquina así hasta sería la envidia del Burro
Molas! Estaba feliz. Satisfecho de la
vida y de sus decisiones. Santa Rosa era un poblado tempranero que se
desperezaba hacia la laguna. Trajín de cacerolas denunciaban tareas caseras el tomillo y la
albahaca aromaban el aire. Sí, fue cosa
buena venirse para estos pagos. La
pequeña aldaba de la puerta de entrada produjo un sonido seco que reverberó por
el largo pasillo sacándolo de sus
abstracciones. En el rellano ,Carmen
Antenau abría y cerraba con dedos nerviosos el nudo de su mantilla
mientras aguardaba. Morena y espigada,
su rostro constelado de infinitas y delgadas arrugas no alcanzaba a proclamar
su edad.
-¡Carmen, no te esperábamos hasta mañana.
Todavía no recogimos la ropa para planchar.
-No.., no es eso. Vengo por otra
cosa.
-Bueno, pasá, contame. Los ojos de Carmen eran negros. De obsidiana,
pensó Pico, pero de obsidiana refulgente. Son ojos con sol, concluyó, y
reprimió un ademán para abrir el cartapacio. Carmen interrumpió el examen.
-Vea doctor ando con un..Con un problema.
-Te escucho.
-Bueno, resulta que a la beba de la
casa donde trabajo...
-¿La señora de Carrozo?
-Si, esa. A la niña le desapareció una
pulserita de oro y la señora me acusa a mi.
-¡Pero, cómo te va a acusar si todos
te conocemos. Vamos Carmen, habrás entendido mal!
-Don Pedro, yo no se leer pero se escuchar.
No, no entendí mal.
-¿Y que querés que yo haga?. Si te
parece la veo y le digo que vos sos incapaz de robar nada.
-Es inútil. Ya le dije todo eso pero
ella no quiere escuchar razones. Yo pensaba que usted, bueno...que
usted...
-Vamos, decí. -Yo pensaba que usted podía venir conmigo a
la casa a investigar ahora que la señora no está.
-¡Qué. Estás loca!. Yo no soy el doctor
Watson, soy Pico.
-¿Quién?
-Nada, olvidalo. Carmen ¿ te das
cuenta de lo que me estás pidiendo? Eso
es invasión de domicilio. -
.¿Y lo de ella qué es?. Ella se
metió conmigo, me invadió, me humilló. Se aprovechó de que es rica y yo pobre.
Amenazó con echarme, me...
-Bueno Carmen, una mujer como vos siempre va a
encontrar trabajo.
-Que inocente que es usted. Dígame, cuántos
habitantes tiene Santa Rosa. –
Y..Unos diez, quince mil habitantes.
-Eso representa un puñado de familias. ¿Cuántas cree que están en
condiciones de tomar sirvientas?
-Cuarenta, quizás cincuenta.
-¿Se da cuenta?. Si a esta
señora se le ocurre acusarme esas cuarenta se enteran en un santiamén y yo qué
hago.
-Es razonable, es muy
atinado lo que me decís.
-¿Desde cuándo los
analfabetos tienen que ser tontos?
El abogado quedó
pensativo mientras la luz de la banderola lo iluminaba. En el país de los de
arriba uno se asoma a la ventana y mira pero en cambio en el país de abajo otro
mira hacia arriba y ve. Carmen la fregona, la comemierda, la limpiaculos, la
que siempre debe inclinar la cabeza no tiene chance ante una pulserita de oro
desaparecida.
-Te entiendo. ¿Y si vas a la policía?.
-Ya fui, por eso vine
a verlo. En la policía me preguntaron
donde la había guardado. La vieja historia, desde hace siglos: los ricos nos sacan el oro pero siempre los
ladrones somos nosotros ¡Ja! a la Carmen Antenau le ha desaparecido la risa que
tiene la señora de Carrozo, pero nadie
se hace cargo de esta denuncia. Por eso vengo aquí, porque usted es un hombre
bueno y sabe como son esas cosas.
Los que se van no miran hacia atrás. Dejan el
lugar en donde el sol se pone tras la ilusión del agua y de la gleba. Delgadas
columnas de humo se elevan hacia el cielo y el viento de otoño las hace ondular como si fueran abrazos, o
quizás referencias para los arrepentidos, señales para volver al lugar donde
alguna vez la felicidad se conjugó en plural. Pero no habrá regresos, los pasos
se entremezclan con otros pasos, la caravana se adelgaza en el horizonte y uno
en uno, lentamente, atraviesan el siglo. La diáspora ha empezado. Los que se
van no tienen retorno y tan solo los acompañan los recuerdos, memoria viva de
cantos desangrados . Atrás, en el rescoldo de los sueños, queda la historia que
otros les escriben. Hay risas, son los niños que avanzan a la luz. Allí el
pequeño Carriqueo, más acá Pichileufú y aquí la niña que va leyendo el mensaje
de los pájaros con una flor de cardo entre sus manos, Carmen Antenau. Llegan, el humo de fogones pronuncia un nuevo
abrazo. El salitral espera y se apresta a recibir a los primeros. El que los ve
murmura: bienvenidos, ustedes han llegado a ninguna parte.
-Doctor, doctor, no
me está escuchando.
-Perdoná, me
distraje.
-Bueno, qué piensa de
todo este asunto.
-Es que esto es tan...
cómo decirlo.
-Dígalo con todas las
letras doctor: Esto es una chanchada. Si estuviera acá su amigo, ese González
Pacheco sabría qué hacer. Ese sí que parece tener agallas.¡Ayudemé, estoy
desesperada. Yo me conozco y...!
-Bueno Carmen, no te pongas así. Quizás si
habláramos con la señora entre en razones.
–- Doctor, no se engañe. A
ella lo único que le interesa es la pulsera, el oro, todo lo que reluce. ¿Sabe
como me llama cuando está con sus amigas?. Antenó, me dice Antenó, porque suena
a francés. Se da cuenta todo lo que ella me roba todos los días, me roba este
apellido que vine de lejos, que viene desde tan lejos y que tiene más historia
que los Carrozo, los Menéndez y toda esa alcurnia de morondanga. Esto no es
justo don Pedro, debe acabar, algún día debe acabar.
El arco iris se posó en el corazón de
Carmen. Pedro Pico se levantó
lentamente, tomó el saco del respaldar del sillón y musitó -Vamos Carmen, vamos a encontrar esa maldita
pulsera.
Las vidrieras de Casa Arteta los reflejaron
caminando a paso vivo, sin intercambiar palabras. Don Pedro no contestó el
saludo que le hizo el agente de la garita de la plaza y Carmen ignoró las miradas intrigadas de las
mujeres que salían de la catedral. Casi en el umbral de los Carrozo la dueña de
casa los sorprendió cuando acababa de
bajar las escalinatas.
-¡Don Pedro! ¿Qué lo
trae por aquí?. Dichosos los ojos que lo
ven.-y dirigiéndose a Carmen con voz grave-. ¿Sabés una cosa Carmencita? Acabo
de encontrar la pulserita de la nena. Estaba enganchada en el voladito de la
cuna. Andá, andá para adentro que tenemos tanto que hacer. El rostro de Pico se congestionó.
-Señora, sabe...sabe
lo que pienso de usted. Que usted es una hi...
Carmen impidió el resto e la
frase tocando el brazo de Don Pedro que aún así insistió:
-Usted...usted, usted
es de las que viven en el país de los que se miran el ombligo y solo ven
pelusas. Los ojos asombrados de la
señora de Carrozo persiguieron la espalda del airado Pedro Pico hasta que éste
se perdió a la vuelta de la esquina. Luego, lentamente, giraron hacia Carmen..
El sol los acompaña en sus espaldas desde el
principio de su larga singladura de vientos, sal, miserias y desprecio. El sol
marca el camino. Allá, en el corazón de la llanura, leuda
la esperanza entre olores a pan recién horneado y el brote germinal de un nuevo desafío. Los
que vienen ponen sus ojos al poniente y los pasos se apresuran ansiosos de
destino. Llegan y la niña de ojos oscuros
corre a abrazarse con quienes los esperan.
Don Pedro hundió su
índice en la cazuela de la pipa y suspiró sin importarle las hebras de tabaco
que salpicaban su chaleco .La promisoria jornada que auguraba la mañana había
trocado en una inquietud indescifrable. La penumbra de la habitación se
asociaba a su estado de ánimo y musitó
una maldición a modo de exorcismo.
Cuando la aldaba de la puerta de
entrada resonó con insistencia un
estremecimiento recorrió su cuerpo.
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| Pedro Pico |
jueves, 25 de mayo de 2017
El adiós
Guadalupe y Mariano
El capitán extiende el brazo. El utensilio inicia su recorrido terminal hacia el enfermo que imagina las mejillas de María Guadalupe Cuenca, luminosas de marzo. La niña de Chuquisaca se sobrepone, como una transparencia, con la tez curtida de este marino de apellido imposible que baja los párpados, incómodo. El barco prosigue su derrota y la penumbra deja vislumbrar una advertencia funesta en esa mano que se aproxima. El portador de los entorchados se estremece por una súbita revelación que vuelve todo inútil: en ese cuerpo desvalido germina, implacable, la promesa ominosa de la palingenesia. Lupe quita una mota de pelo de sus ojos para ver a través del mar. En el lecho, un relámpago fugaz alumbra memorias que inquieren. Una a una , por todas las rugosidades de América. Recorre los socavones de Potosí y las quebradas de Tilcara; la crispada soledad de las galeras y las cicatrices de las rastrilladas que el llano desplaza proa al oeste. Rastrea entre los gritos paceños que el viento reverbera y en las endechas del miserere de Cabeza de Tigre. Busca. En tanto el recipiente, acarreando razones inconfesables, prosigue su migración rumbo los agrietados labios del hombre postrado que, mirando más allá de su vida, busca. Hasta encontrarla.
(de la serie “Cartas de Amor a Moreno”)
sábado, 20 de mayo de 2017
La sociedad y los poetas muertos
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fotos de JimiR odríguez,revista Orsai y documental sobre Sena
Otoño, junto
con las hojas caen las revelaciones. Malos presagios. Voces de la palabra
escrita, amigos, lectores, vienen alertando acerca de una constante de esta
etapa: la pavorosa –y eficaz- agresión
contra los bienes simbólicos. Además de los concretos, claro.
Tanto
en General Pico como en Santa Rosa y
otros puntos del territorio la proclama se alza
por las incertidumbres sobre los
restos de Juan José Sena y el desamparo
del sepulcro de Juan Carlos Bustriazo Ortiz.
No
suenan extrañas estas situaciones en un país donde desde el mismísimo corazón del poder se
niega, desprecia o banaliza la monumental llaga de los treintamil.
Pareciera
un designio de la historia, Acaso lo fuere: habitamos esta parcela del tiempo que aun desconoce dónde se
encuentran los despojos de Narciso de Laprida ¿Acaso el mismo destino
asignado a los de Juana Azurduy?
Ni
que hablar de Moreno, el primer desaparecido. O Martín Thompson, el segundo.
Ambos devorados por él atlántico y la ferocidad de una época sin tregua.
Por ahí deambulan, lóbregas, las endechas de
María Remedios del Valle, la ignorada Madre de la Patria.
Los
desaparecidos no desaparecen, los desaparecen.
A esta altura
nadie desconoce que no hay muralla contra la muerte. Pero obra en nuestro
poder el antídoto contra el aciago
espectro de la exclusión
En
los inaugurales años setenta muere otro poeta, Jacobo Fijman, condenado al abandono desde mucho antes (“fui un desaparecido,
el más ausente…”) Habrá de ser otro escritor, el querido y respetado
Vicente Zito Lema, quien rescate sus restos condenados a la fosa común.
Vicente
elaboró una operación clandestina y nocturna para evitar que su “poeta en el
hospicio” muriera de olvido.
Ahí
está la razón de esta exigua elegía:
subrayar un plan de acción, en las coordenadas de lo subrepticio o moral, orientado
a impedir que nuestra propia memoria quede sin aliento o nos juegue una mala pasada.
Al soslayo o
al amparo de discursos y edictos de ocasión.
Hacer las
cosas, como sea, hasta extremar el colmo de nuestra imaginación o capacidad, tal vez porque
la injusticia es
grande y la vida, corta.
Ciertamente,
intimaría el propio Fijman porque, el
arte tiene que volver a ser una forma de sinceridad.
martes, 16 de mayo de 2017
Del adiós
La mujer, que se deslizó
de una relación crepuscular,
sin jactancias ni rencores,
pinta sus labios y el sucio
vidrio del vagón le devuelve
un rostro cansado y ese rictus
de fastidio por la espera.
Porque el convoy no avanza
por un hombre que divide
su corazón entre los rieles
dilatando su retorno
a la esperanza.
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