La memoria es un tatuaje del alma. Se lleva en la conciencia y obedece a sus dictados. Indeleble, eterno, nos dice quiénes fuimos y revela lo que somos. Testimonio para presentir destinos y decidir qué haremos
sábado, 10 de junio de 2017
Por si acaso el olvido
Algo personal
………………………
POR SI ACASO
EL OLVIDO
Cuatro horas antes del llamado de Silvina desde
Neuquén nos despedimos en la vereda de la callecita Florida. Guillermo (Guiye,
de ahora en adelante) apeló a un viejo dicho heredado de su abuelo ”cuídense, que
buenos quedamos pocos”. Era la cita obligada antes de cada emigración y todos
la adoptamos pese a su incorrección. Porque los buenos son mayoría y los malos,
aunque poderosos, menos. Y ya están casi
todos desenmascarados.
Mirta
completó la sentencia a su manera. Nos arropó las solapas, una caricia en la
mejilla y el infaltable “abrigate que hace frío”.
Aliviando
el momento, porque cada despedida augura ausencia, encomendaron un saludo “a
todos los que nos conocen”. A cuatro días
de distancia queda en evidencia la futilidad de la solicitud. Porque los que
los conocen son centenares, miles, que en estas horas no cesan en sus
invocaciones en los medios, en las calles, en las redes sociales.
Allá,
la ruta 1 cimentando una celada.
Por
la mañana habíamos compartido dos pavas de mate repasando ilusiones, fraguando propósitos
y concibiendo una vuelta en julio. Raquel los sorprendía con su último
bordado y Mirta preguntaba si le habría gustado el dulce de higo a Marielita. Charlas
de familia fundadas a lo largo de casi cuatro décadas y un itinerario
común que se proyecta en los hijos.
Porque Silvina tiene la edad de Rayito, Pablito de Lihué y Eduardo apenas es un
poco mayor que Nahuel.
De
eso conversábamos con el Tuqui y la
Calandria cuando el día después marchamos a Guatraché a inaugurar un
abrazo con Tuchy (cada vez más parecido a Don Guillermo) en una efusión
tan prolongada como silenciosa. A veces, ya se sabe, abruman las palabras.
Teresa ya estaba allí con Mati, Maris Nora,
Hilda y los demás. A esa altura algo
intangible nos mordía los talones del corazón.
Tuchy
salió al rescate con una apostilla acerca de que le gustaría retornar al Perú, en especial al Valle Sagrado. Fue la
ocasión para subrayar que el Guiye había
expuesto una propuesta similar el día anterior .Regresar a los sitios donde la
felicidad nos había tocado el hombro.
El
comentario indujo a la reminiscencia:
hace dos años fuimos hasta Tihuanaco compelidos
por entregar un ejemplar de El Mito en Armas.
En aquella ocasión los cuatro votamos para decidir quién habría de ser el
guenpín del grupo. La opción de Guiye
perdió por mayoría de manera que instantes después, un puñado de turistas intrigados y lugareños advertidos se congregó
en la puerta del sol para escuchar a un
hombre que, hablando de Castelli, fue Castelli. Encendió un actualizado pregón jacobino.
Ferviente y sustentado soliloquio en armonía con una producción intelectual extraordinaria
que desborda con creces el hogar de la avenida Zeballos donde fue concebido. Ese refugio que con tanta ternura y precisión describiera
hace unas horas Mara Ferrari.
Comenzó
a llover. Las gotas caían como lágrimas sobre el pavimento del paseo central. Prontamente
llegaron los chicos, Pablito, tras su
combate contra las impiedades de la burocracia, Silvina y Luciano, desde
Neuquén, Eduardo, Carmina y sus amigos, venidos de Buenos Aires.
Y la memoria fue un abrazo.
Con
ellos nos fuimos a la casa a repasar momentos tratando de hacerle un corte de
manga a la nostalgia. El comedor se entibiaba a medida que crepitaban los
leños. Raquel descubrió con sorpresa que el grabado sobre Hebe y sus luchas ya estuviera enmarcado.
Se lo llevaron apenas hace dos semanas. Ha sido ubicado junto a la música,
frente al hogar, en la misma pared que cuelga, inamovible, el lazo de don Justo
Tapia que el Bardino dejara en custodia una noche de vino negro y milongas con
la sexta en Re.
“No
puede ser/no debe ser…”
En
la habitación interior Silvina acariciaba un teclado trajinado intentando un
texto de contingencia mientras que más acá la Negrita se volvía a encontrar con
su rostro en el cuadro que, junto a Raquel y Mirta, pende de la pared de los
registros familiares.
La
tarde se derrumbaba cuando nos regresamos. La recomendación del abuelo todavía
pendía en el umbral. Luego cumplimos con una especie de exorcismo pagano en el espacio que
hemos elegido como final de camino. Resulta cerca, en el medanal que se dilata
rumbo a los dominios de Nahuel Payún. Es un predio que hospeda cincuenta y pico
de caldenes y renuevos. Acordamos imponerle un nombre a cada uno de ellos y
Mirta y Guiye poseen el suyo. Lo eligieron en una localización en la cual las calandrias acuden a curiosear
cada vez que arremetemos contra las
rosetas .La vara se va engrosando y ya tiene copa... Seguirá así como una prórroga de vida. Estas líneas tiene ese objetivo.
Informar a los chicos que hay un legado que les pertenece y algún día se
proyectará en Joaquín y Luisina, en _Sofía y Cami, en los otros dos nietos del
corazón. Al principio Mirta se resistió objetando que acaso no hubiera caldenes
suficientes. Serenamos su inquietud de inmediato. Porque si no bastaren allí están los pájaros
y sus germinaciones. Y también nosotros, para hundir semillas que algún día se extenderán en
frondas en una marcha raudal e
invencible abriendo paso por la ancha y
venturosa avenida de la dignidad y la coherencia.
El
jueves no estuvimos. Pero estuvimos. Forzamos el oximoron solo para poder mentar
la semblanza del Basko o al Pedrito Cabal
en tono de milonga, Fueguito inflamando quetrales y Teresa correspondiendo al poema de Pablo con otro que brota como
eterno surgente de una obra en construcción. La voz ronca de Negrita se alzó en
una honra a los habitantes de la rubia espesura. Sapito y Cachín, dos pulsos,
dos temples, que más…
Y
al punto, los chicos. Empeñados en ser fieles a un mandato implícito.
Valientes, comprometidos. Hijos de tigre.
Y
de leona.
-¿Qué
sale de un tigre y una leona?
-Ellos.
Ese tipo de hijos.
La
casa del bicentenario henchida por
las emociones. Vecinos, amigos,
familiares. Músicos, escritores, estudiantes. Todos, la levadura de una obra
portentosa, una ofrenda espiritual que
nos compromete una y otra vez.
Y otra.
Cada vez que suenen los acordes
de una cantata , se alce una proclama o cierre
un puño por los expulsados de la Mapu. Cada vez, decimos que un cauce se sepulte,
con su
secuela de hambre y sed, comparecerá el Guiye, su obra en ristre, como un Cid redivivo, inquiriendo
qué somos, para indagar qué
hacemos por el patronato de un destino común que siente sus reales, eterno e inexpugnable, en
el inexorable Ministerio de los Buenos.
sábado, 3 de junio de 2017
Acaso una metáfora
La Mujer Maravilla comenzó a girar y una estela de reflejos salpicó las paredes. Desde un rincón, el Hombre Invisible la contempló con envidia.
(de la serie de microrelatos)
(de la serie de microrelatos)
martes, 30 de mayo de 2017
Carmen Antenau
En el país de los que se miran el ombligo la realidad es una pelusa. Es
buena, es una buena reflexión, pensó y abrió el cartapacio que ocupaba la mayor
parte del escritorio. Hundió la lapicera en el tintero ovalado y cuidadosamente
despojó el sobrante acariciando la
cucharita por sobre el borde. Anotó el pensamiento junto con un recordatorio
que en prolija caligrafía le indicaba un compromiso para las fiestas
patronales, la compra de brillantina y
la inminencia de una sentencia que venía
demorada. Luego se recostó en el sillón
y registró el recorrido del haz de luz que la banderola de la alta puerta de la
habitación, cuyos vidrios de todos colores le daban la ilusión de trabajar
junto al arco iris. Pedro Pico se
permitió su segundo descanso en la agitada mañana del lunes y acarició con la
mirada sus objetos más queridos. El
Martín Fierro encuadernado en cuero por un estibador del sur, una boleadora
perfecta que oficiaba de pisapapeles, el retrato familiar y la flamante
Wnderwood que descansaba reluciente en la mesita caoba. Un pensamiento pícaro
se transmitió a su semblante. ¡Una máquina así hasta sería la envidia del Burro
Molas! Estaba feliz. Satisfecho de la
vida y de sus decisiones. Santa Rosa era un poblado tempranero que se
desperezaba hacia la laguna. Trajín de cacerolas denunciaban tareas caseras el tomillo y la
albahaca aromaban el aire. Sí, fue cosa
buena venirse para estos pagos. La
pequeña aldaba de la puerta de entrada produjo un sonido seco que reverberó por
el largo pasillo sacándolo de sus
abstracciones. En el rellano ,Carmen
Antenau abría y cerraba con dedos nerviosos el nudo de su mantilla
mientras aguardaba. Morena y espigada,
su rostro constelado de infinitas y delgadas arrugas no alcanzaba a proclamar
su edad.
-¡Carmen, no te esperábamos hasta mañana.
Todavía no recogimos la ropa para planchar.
-No.., no es eso. Vengo por otra
cosa.
-Bueno, pasá, contame. Los ojos de Carmen eran negros. De obsidiana,
pensó Pico, pero de obsidiana refulgente. Son ojos con sol, concluyó, y
reprimió un ademán para abrir el cartapacio. Carmen interrumpió el examen.
-Vea doctor ando con un..Con un problema.
-Te escucho.
-Bueno, resulta que a la beba de la
casa donde trabajo...
-¿La señora de Carrozo?
-Si, esa. A la niña le desapareció una
pulserita de oro y la señora me acusa a mi.
-¡Pero, cómo te va a acusar si todos
te conocemos. Vamos Carmen, habrás entendido mal!
-Don Pedro, yo no se leer pero se escuchar.
No, no entendí mal.
-¿Y que querés que yo haga?. Si te
parece la veo y le digo que vos sos incapaz de robar nada.
-Es inútil. Ya le dije todo eso pero
ella no quiere escuchar razones. Yo pensaba que usted, bueno...que
usted...
-Vamos, decí. -Yo pensaba que usted podía venir conmigo a
la casa a investigar ahora que la señora no está.
-¡Qué. Estás loca!. Yo no soy el doctor
Watson, soy Pico.
-¿Quién?
-Nada, olvidalo. Carmen ¿ te das
cuenta de lo que me estás pidiendo? Eso
es invasión de domicilio. -
.¿Y lo de ella qué es?. Ella se
metió conmigo, me invadió, me humilló. Se aprovechó de que es rica y yo pobre.
Amenazó con echarme, me...
-Bueno Carmen, una mujer como vos siempre va a
encontrar trabajo.
-Que inocente que es usted. Dígame, cuántos
habitantes tiene Santa Rosa. –
Y..Unos diez, quince mil habitantes.
-Eso representa un puñado de familias. ¿Cuántas cree que están en
condiciones de tomar sirvientas?
-Cuarenta, quizás cincuenta.
-¿Se da cuenta?. Si a esta
señora se le ocurre acusarme esas cuarenta se enteran en un santiamén y yo qué
hago.
-Es razonable, es muy
atinado lo que me decís.
-¿Desde cuándo los
analfabetos tienen que ser tontos?
El abogado quedó
pensativo mientras la luz de la banderola lo iluminaba. En el país de los de
arriba uno se asoma a la ventana y mira pero en cambio en el país de abajo otro
mira hacia arriba y ve. Carmen la fregona, la comemierda, la limpiaculos, la
que siempre debe inclinar la cabeza no tiene chance ante una pulserita de oro
desaparecida.
-Te entiendo. ¿Y si vas a la policía?.
-Ya fui, por eso vine
a verlo. En la policía me preguntaron
donde la había guardado. La vieja historia, desde hace siglos: los ricos nos sacan el oro pero siempre los
ladrones somos nosotros ¡Ja! a la Carmen Antenau le ha desaparecido la risa que
tiene la señora de Carrozo, pero nadie
se hace cargo de esta denuncia. Por eso vengo aquí, porque usted es un hombre
bueno y sabe como son esas cosas.
Los que se van no miran hacia atrás. Dejan el
lugar en donde el sol se pone tras la ilusión del agua y de la gleba. Delgadas
columnas de humo se elevan hacia el cielo y el viento de otoño las hace ondular como si fueran abrazos, o
quizás referencias para los arrepentidos, señales para volver al lugar donde
alguna vez la felicidad se conjugó en plural. Pero no habrá regresos, los pasos
se entremezclan con otros pasos, la caravana se adelgaza en el horizonte y uno
en uno, lentamente, atraviesan el siglo. La diáspora ha empezado. Los que se
van no tienen retorno y tan solo los acompañan los recuerdos, memoria viva de
cantos desangrados . Atrás, en el rescoldo de los sueños, queda la historia que
otros les escriben. Hay risas, son los niños que avanzan a la luz. Allí el
pequeño Carriqueo, más acá Pichileufú y aquí la niña que va leyendo el mensaje
de los pájaros con una flor de cardo entre sus manos, Carmen Antenau. Llegan, el humo de fogones pronuncia un nuevo
abrazo. El salitral espera y se apresta a recibir a los primeros. El que los ve
murmura: bienvenidos, ustedes han llegado a ninguna parte.
-Doctor, doctor, no
me está escuchando.
-Perdoná, me
distraje.
-Bueno, qué piensa de
todo este asunto.
-Es que esto es tan...
cómo decirlo.
-Dígalo con todas las
letras doctor: Esto es una chanchada. Si estuviera acá su amigo, ese González
Pacheco sabría qué hacer. Ese sí que parece tener agallas.¡Ayudemé, estoy
desesperada. Yo me conozco y...!
-Bueno Carmen, no te pongas así. Quizás si
habláramos con la señora entre en razones.
–- Doctor, no se engañe. A
ella lo único que le interesa es la pulsera, el oro, todo lo que reluce. ¿Sabe
como me llama cuando está con sus amigas?. Antenó, me dice Antenó, porque suena
a francés. Se da cuenta todo lo que ella me roba todos los días, me roba este
apellido que vine de lejos, que viene desde tan lejos y que tiene más historia
que los Carrozo, los Menéndez y toda esa alcurnia de morondanga. Esto no es
justo don Pedro, debe acabar, algún día debe acabar.
El arco iris se posó en el corazón de
Carmen. Pedro Pico se levantó
lentamente, tomó el saco del respaldar del sillón y musitó -Vamos Carmen, vamos a encontrar esa maldita
pulsera.
Las vidrieras de Casa Arteta los reflejaron
caminando a paso vivo, sin intercambiar palabras. Don Pedro no contestó el
saludo que le hizo el agente de la garita de la plaza y Carmen ignoró las miradas intrigadas de las
mujeres que salían de la catedral. Casi en el umbral de los Carrozo la dueña de
casa los sorprendió cuando acababa de
bajar las escalinatas.
-¡Don Pedro! ¿Qué lo
trae por aquí?. Dichosos los ojos que lo
ven.-y dirigiéndose a Carmen con voz grave-. ¿Sabés una cosa Carmencita? Acabo
de encontrar la pulserita de la nena. Estaba enganchada en el voladito de la
cuna. Andá, andá para adentro que tenemos tanto que hacer. El rostro de Pico se congestionó.
-Señora, sabe...sabe
lo que pienso de usted. Que usted es una hi...
Carmen impidió el resto e la
frase tocando el brazo de Don Pedro que aún así insistió:
-Usted...usted, usted
es de las que viven en el país de los que se miran el ombligo y solo ven
pelusas. Los ojos asombrados de la
señora de Carrozo persiguieron la espalda del airado Pedro Pico hasta que éste
se perdió a la vuelta de la esquina. Luego, lentamente, giraron hacia Carmen..
El sol los acompaña en sus espaldas desde el
principio de su larga singladura de vientos, sal, miserias y desprecio. El sol
marca el camino. Allá, en el corazón de la llanura, leuda
la esperanza entre olores a pan recién horneado y el brote germinal de un nuevo desafío. Los
que vienen ponen sus ojos al poniente y los pasos se apresuran ansiosos de
destino. Llegan y la niña de ojos oscuros
corre a abrazarse con quienes los esperan.
Don Pedro hundió su
índice en la cazuela de la pipa y suspiró sin importarle las hebras de tabaco
que salpicaban su chaleco .La promisoria jornada que auguraba la mañana había
trocado en una inquietud indescifrable. La penumbra de la habitación se
asociaba a su estado de ánimo y musitó
una maldición a modo de exorcismo.
Cuando la aldaba de la puerta de
entrada resonó con insistencia un
estremecimiento recorrió su cuerpo.
![]() |
| Pedro Pico |
jueves, 25 de mayo de 2017
El adiós
Guadalupe y Mariano
El capitán extiende el brazo. El utensilio inicia su recorrido terminal hacia el enfermo que imagina las mejillas de María Guadalupe Cuenca, luminosas de marzo. La niña de Chuquisaca se sobrepone, como una transparencia, con la tez curtida de este marino de apellido imposible que baja los párpados, incómodo. El barco prosigue su derrota y la penumbra deja vislumbrar una advertencia funesta en esa mano que se aproxima. El portador de los entorchados se estremece por una súbita revelación que vuelve todo inútil: en ese cuerpo desvalido germina, implacable, la promesa ominosa de la palingenesia. Lupe quita una mota de pelo de sus ojos para ver a través del mar. En el lecho, un relámpago fugaz alumbra memorias que inquieren. Una a una , por todas las rugosidades de América. Recorre los socavones de Potosí y las quebradas de Tilcara; la crispada soledad de las galeras y las cicatrices de las rastrilladas que el llano desplaza proa al oeste. Rastrea entre los gritos paceños que el viento reverbera y en las endechas del miserere de Cabeza de Tigre. Busca. En tanto el recipiente, acarreando razones inconfesables, prosigue su migración rumbo los agrietados labios del hombre postrado que, mirando más allá de su vida, busca. Hasta encontrarla.
(de la serie “Cartas de Amor a Moreno”)
sábado, 20 de mayo de 2017
La sociedad y los poetas muertos
![]() |
fotos de JimiR odríguez,revista Orsai y documental sobre Sena
Otoño, junto
con las hojas caen las revelaciones. Malos presagios. Voces de la palabra
escrita, amigos, lectores, vienen alertando acerca de una constante de esta
etapa: la pavorosa –y eficaz- agresión
contra los bienes simbólicos. Además de los concretos, claro.
Tanto
en General Pico como en Santa Rosa y
otros puntos del territorio la proclama se alza
por las incertidumbres sobre los
restos de Juan José Sena y el desamparo
del sepulcro de Juan Carlos Bustriazo Ortiz.
No
suenan extrañas estas situaciones en un país donde desde el mismísimo corazón del poder se
niega, desprecia o banaliza la monumental llaga de los treintamil.
Pareciera
un designio de la historia, Acaso lo fuere: habitamos esta parcela del tiempo que aun desconoce dónde se
encuentran los despojos de Narciso de Laprida ¿Acaso el mismo destino
asignado a los de Juana Azurduy?
Ni
que hablar de Moreno, el primer desaparecido. O Martín Thompson, el segundo.
Ambos devorados por él atlántico y la ferocidad de una época sin tregua.
Por ahí deambulan, lóbregas, las endechas de
María Remedios del Valle, la ignorada Madre de la Patria.
Los
desaparecidos no desaparecen, los desaparecen.
A esta altura
nadie desconoce que no hay muralla contra la muerte. Pero obra en nuestro
poder el antídoto contra el aciago
espectro de la exclusión
En
los inaugurales años setenta muere otro poeta, Jacobo Fijman, condenado al abandono desde mucho antes (“fui un desaparecido,
el más ausente…”) Habrá de ser otro escritor, el querido y respetado
Vicente Zito Lema, quien rescate sus restos condenados a la fosa común.
Vicente
elaboró una operación clandestina y nocturna para evitar que su “poeta en el
hospicio” muriera de olvido.
Ahí
está la razón de esta exigua elegía:
subrayar un plan de acción, en las coordenadas de lo subrepticio o moral, orientado
a impedir que nuestra propia memoria quede sin aliento o nos juegue una mala pasada.
Al soslayo o
al amparo de discursos y edictos de ocasión.
Hacer las
cosas, como sea, hasta extremar el colmo de nuestra imaginación o capacidad, tal vez porque
la injusticia es
grande y la vida, corta.
Ciertamente,
intimaría el propio Fijman porque, el
arte tiene que volver a ser una forma de sinceridad.
martes, 16 de mayo de 2017
Del adiós
La mujer, que se deslizó
de una relación crepuscular,
sin jactancias ni rencores,
pinta sus labios y el sucio
vidrio del vagón le devuelve
un rostro cansado y ese rictus
de fastidio por la espera.
Porque el convoy no avanza
por un hombre que divide
su corazón entre los rieles
dilatando su retorno
a la esperanza.
sábado, 29 de abril de 2017
Poema del regreso
A Raquel
El gris echó a rodar un lunes sin más
señas.
Una esquina cualquiera doblé como al
descuido
y me encontré muy solo buscando una
respuesta,
un mínimo gesto, una razón para la
ausencia.
Vuelvo.
Recuerdo una retama trepando por la
siesta
y un perfume a lavanda aromando la almohada.
Todo está en la paciencia, sostienen
nuestros viejos,
se hace lento el camino para los que
regresan.
Esas risas alegres como si fueran
pájaros
¿son esas voces niñas que alegraron el
alma?
¿Y ese grito feroz y el miedo en las
entrañas?
¡y un poema , una flor, en una
barricada?
Atesoro memorias de leños encendidos
y sones de guitarra enamorando el alba
Vuelvo.
Aspiro los olores como un ciego en la
calle
y me guían tus óleos como lo haría un faro.
Mira lo que encontré desandando mis pasos:
una piedrita azul esta moneda rara,
una escalera larga para tocar el cielo
y unas ganas enormes de besar tus
pestañas.
Ahora, si en un cruce de esquinas otro
lunes se asoma
despliego tus colores y empuño las
palabras:
escribo que te quiero
y me crecen las alas
jueves, 23 de marzo de 2017
Las cosas que no olvido
a Raquel, Rubén, Jorge y Gringo,
burladores de los Guy Montag)
de siempre
Al segundo envoltorio lo inhumé un atardecer de noviembre
bajo del duraznero .sordos ruidos, repicaban, a lo lejos. El anterior resultó un fracaso: quedó alojado en el corazón de un
caldén seco en el baldío del olivar junto al barrio renacido y al cabo de la primera verificación ya no estaba. Nunca nadie, vecino, alguno dejó
indicios de su hallazgo y menos, de su destino. Para reír, o llorar.
En esas ocasiones,
nos consentíamos un recreo para la distensión.
Lo reiteramos cuando Marta y Roberto confesaron que ubicaron el suyo en el
lugar donde luego se emplazó una cabina
de gas y más tarde, la casa. Cuatro décadas, aun no se resignan.
Otra caja asumió Pablo De Pian, sin preámbulos, un crepúsculo plagado de silencios. Se la llevó a Mar del
Plata y permaneció allí, hasta su reintegro. Hubo además la bolsa que
aceptó JR, La simplificación del nombre quedó de herencia del malo de la serie
Dallas. Pero él es un bueno: JR, Jorge Oscar Rojas., que la paseó por tres
mudanzas, su matrimonio y el primer hijo, sin decir nunca ni mu.
Raquel defendió todo lo demás, ya se sabe. Veló por tres tesoros, tres secretos, un concepto.
Rubén Outerelo se hizo cargo del resto,
paciente, hasta mi regreso. Rubén, el niño que salió del Rayo Rojo y tanto fue Hopalong Cassidy como Gerónimo, siempre
justiciero.
(El
único resguardo
Que
Raulito me confió
con
tanto esmero
fue a
caer a manos
de un
conjetural aliado
traicionero)
Están de vuelta. Vienen del destierro, ajados, corroídos, fragmentos salpicados por
la sal del tiempo y tantos entierros. Allí, en el anaquel de los incunables la
argumentación que alguna vez persuadió a
Sartre haciendo compañía al que nos aleccionó sobre los infantilismos.
En otro, las tesis de un mes de otoño y la colosal refutación a Kautzky
sostenido por una piedra pintada ,nueva,
y un Quijote de bronce, viejo. Más acá, junto a la cerámica del Eternauta . los
poemas del anciano maestro Ho traducidos por Emilio Jáuregui. Cerrando la
última fila el anuncio de la presencia del pie del verdugo en el umbral. Todos están, todos. No hace falta decirlos, ni siquiera sus títulos, los
lectores lo saben y sabrán elegirlos.
Hay otros, docenas de ellos, alineados por tema o por premuras, por
hedonismo o estudio .Líneas de bancarrota o de poesía, exorcismos lanzados al
futuro tras un no pasarán que requiere de algo más que su formulación... Textos
precursores de extremada sabiduría,
líneas portentosas, almacenes de ideas, nunca subyugadas. Como un milagro de la
palingenesia, cada tanto emerge uno, desde el interior de una revista doblada o
un hule desvaído. Asoman para decirnos aquí estoy, nunca me olvides…
Cada tanto los
miramos sin verlos. Sabemos que están allí, estoicos, desobedientes, aguardando
una atención piadosa que los justifique nuevamente., De
vez en cuanto, cada vez en espacios de tiempo más dilatados, los dedos
recorren, en un prolijo inventario de supervivencia, la costra de los lomos,
sus nervaduras…así las manos, en un ejercicio de clarividencia, los adivinan en
tanto articulan una elegía en el pensamiento,
una ponderación de la época, bendiciendo contenidos que comparecen desde tan lejos Tan
viejos, tan actuales.
Acaso alguna vez, si un brote de inspiración fuera
posible, geminará una lisonja para todos
y cada uno de ellos y para todos y cada uno de las fraternidades que se impusieron, gallardos, al ominoso
espectro de un estante vacío.
Tal vez sea en otro
equinoccio de memoria amanecida. Una consideración
cabal y justiciera, para aquellos amigos
que, al igual que los libros, prorrogan nuestra vida.
Marzo 2017
martes, 7 de febrero de 2017
Jinetes del crepúsuculo
martes, 17 de enero de 2017
La muerte obscena
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