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La memoria es un tatuaje del alma. Se lleva en la conciencia y obedece a sus dictados. Indeleble, eterno, nos dice quiénes fuimos y revela lo que somos. Testimonio para presentir destinos y decidir qué haremos
miércoles, 29 de abril de 2015
domingo, 19 de abril de 2015
miércoles, 15 de abril de 2015
Vals en La Gloria
martes, 10 de febrero de 2015
viernes, 26 de diciembre de 2014
Los Serenito y el humo
La violencia es la partera de la historia. Este
es un dato de la vida desde que la vida es vida. Como fruto de la reflexión
científica la aseveración apenas alcanza el siglo. Este fin de semana, al
anochecer, se formuló una indagación sobre esta cuestión en su vinculación con
un aspecto esencial de la historia de la
violencia: la libertad.
Los hombres escapan a sus
prisiones apoyándose uno en el otro. Una
vez en el suelo vuelven a ser atrapados por los conflictos terrestres y sólo pueden evadirse de ellos precisando objetivos y empuñando sus espadas hacia los
enemigos comunes, que suelen tener contornos más precisos que las cárceles del
pensamiento. Esto es lo que vimos, o creímos ver, tras el humo y los gritos, en
la propuesta que el sábado, en los sombríos laterales de la vieja usina,
formularon los integrantes de Serenito Deyovani.
Comenzaba a despuntar la luna, a
la misma hora en que otros jóvenes y no pocos adultos penetraban lentamente en
el territorio de las sombras, otros vahos, otros humos. No todos concretan sus
faenas al son de un rap frenético en las callecitas santarroseñas
iluminadas por antorchas.
"Perro ladrando en
vivo" es dura y cruel. Como la violencia... o la vida. Quizás ello
explique la presencia descarnada de Bukowski, la ironía de Luis Luchi, la
acidez de Norberto Righi o la impiadosa crónica de los libertarios de
principios de siglo.
Los Serenito no hacen demagogia
y pagan caro sus osadías. Pero están allí, proponiendo a la ciudad que cubre
sus desnudeces y harapos con luces de colores que enfrente este debate porque
la libertad, al fin de cuentas, se gana o se pierde todos los días a la vuelta
de cualquier esquina. Ya lo advirtió el poeta. La libertad se canta... y se
pelea. Y se sigue peleando. Hasta
alcanzarla.
J.C.P.:
sábado, 20 de diciembre de 2014
El sudor del miedo
-Feromona, ¿sabe lo que es la feromona? - no espera respuesta, investiga por unos segundos a su escucha por sobre el borde de los anteojos de medio cristal y el silencio incierto que recibe como respuesta le arranca un imperceptible tic que a Salvo se le antoja de desprecio -. Feromona, reténgalo, que alguna vez le puede ser útil.
El hombre se inclina sobre el delgado estante en donde decenas de almácigos de diversas variedades de orquídeas aguardan su atención cotidiana. El interior del invernadero mantiene una humedad pegajosa y el cronista reprime por segunda vez la intención de aflojar el nudo de la corbata. Se siente incómodo y en desventaja ante el individuo que habla sin desviar apenas la atención de sus flores, como si todo lo demás, incluso la charla fuese secundaria.
-Nunca sentí ese término.
-Es el sudor del miedo.
-¿Cómo?.
El hombre toma un rociador de una repisa superior y la agita ante los ojos del visitante.
-Aquí ¿ve?. Lo utilizamos contra las hormigas.
-No entiendo.
-Es bien simple: colocamos en un frasco un puñado de hormigas vivas y a continuación, muy Despaciosamente, inundamos el recipiente con agua caliente hasta llenarlo. Las hormigas se desesperan y van segregando lo que constituye su reacción natural ante la inminencia de la muerte. Esta es la feromona, con ella rociamos todos los senderos y ¿sabe una cosa?.
-No.
-En donde diseminamos ese líquido no aparecen las hormigas. Es una especie de cartel de advertencia, de mensaje al futuro ¡cuidado, que aquí se esparció la muerte!. Interesante ¿no?.
-Gobernador... ¿me está queriendo decir algo?.
-No, solamente le estoy dando una lección que puede servirle en el futuro.
-No cultivo plantas.
-Pero puede tener miedo.
fragmento del capítulo 24de "Ay Masallé")
sábado, 6 de diciembre de 2014
Postal de sábado
Alguien pasa y se detiene para manifestar su fidelidad al protocolo ciudadano que incluye un lugar común sobre el otoño y sus bellezas. El comentario se desliza sin apuros en el interior del café que los fines de semana, por las mañanas, congrega vanidades, rutinas y terapias varias.
El sol es tibio y benigno con los parroquianos al punto que disimula sus crispaciones y realza los contrastes de los ajuares sabatinos tan afectos a los colores pardos en esta temporada.
El gitanito que finge extiende su palma. Derrite con su mirada el comentario receloso, la disculpa o la indiferencia del cronista que baja los hombros, rebusca, avergonzado y afanosamente, una moneda que no encuentra. El gitanito marcha hacia otros combates y le dedica una mueca de desprecio. Los otros gitanitos que aguardan en la esquina de la plaza multiplicarán ese juicio mientras distribuyen lo que deberán entregar al clan y lo que podrán gastar en golosinas.
La llegada del mozo ahuyenta un nuevo comentario ocioso. El mozo se anticipa al pedido y deposita tres pocillos humeantes sobre la mesa que algún día será referenciada por haber cobijado el whisky pensativo de Julio Colombato.
Afortunadamente ya han pasado las campañas electorales y una precaria paz inunda la cafetería que perderá esa condición ni bien se renueve la clientela. Al mediodía llegan los funcionarios a mostrar sus dentaduras en tanto los propietarios de los negocios céntricos se refugiarán en sus aguas minerales y en cada sorbo intentarán diluir, amortiguar o exorcizar la inevitable cantinela, esa queja amarga y sorda que precede a los lunes de vencimientos.
Las ocho campanas de la catedral doblan con puntualidad prusiana provocando la espantada de tordos de los fresnos. Los sones astillan la mañana y la hieren de muerte. Como otras veces, el pensamiento colectivo imagina recolecciones de firmas u otro tipo de ademanes extremos. Una ocurrencia juguetona, acerca de badajos, titila en la mente de Raquel mientras hurga en su bolso buscando el paquete de cigarrillos que ha decidido abandonar.
Desde la carpa donde pernoctaron las angustias, levantada en el cantero de la plaza central que enfrenta a la cafetería, alguien alza la mano y saluda a Raquel que devuelve el gesto.
La puerta se abre y el rumor de la calle aumenta el volumen.
Una muchacha que viene caminando en cámara lenta asoma su lunar y pasea una mirada celeste por el interior confirmando presencias. Se marcha encogiendo los hombros. En uno de ellos reposa una mariposa que alimenta la imaginación lujuriosa del grupo de viajantes que gastan en aperitivos lo que debiera ser su almuerzo. Los viajantes intercambian miradas y se detienen en alguna procacidad que más tarde será reemplazada por mentiras sobre ventas y conquistas. Está dura la calle.
La joven deja tras su paso una estela de colonia que huele con fruición el vendedor de loterías y provoca un recuerdo melancólico en el hombre eterno y taciturno del rincón que bebe con cierta avidez la quinta cuota de su inmolación mañanera.
El Eternauta patea un tarrito. El tarrito tenía una leyenda. La leyenda pregonaba indulgencias y albricias que acaso leyeron los dueños de esos tarritos huérfanos en las veredas que pisa El Eternauta.
Dos potentes altavoces preanuncian el paso de una camioneta con abigarradas y coloridas alusiones al fin de siglo. El semáforo parpadea y enciende la luz roja.
Empleados demorados cierran con premura las cortinas metálicas de los locales y se distribuyen rumbo al centro del día para investigar heladeras. Acuestan las chaquetas en las espaldas y avanzan quitando los lazos de sus corbatas con desesperación. Parecen, los empleados, ahorcados ambulantes.
Los gitanitos deciden abandonar el sitio y lo hacen cantando y gritando, como pájaros.
Por la vereda opuesta pasa el espectro de Moliere llevando de la mano a Pedro. Agitando los brazos Pedro lanza imprecaciones contra sicofantas y tartufos. Cada tanto se detiene para recoger adhesiones que anota cuidadosamente en una libreta de hule marrón.
El hombre que, bebe se envara. Convocado por vaya a saber qué maravilla, alza los ojos y los deja prendidos en el descenso de una hoja que amarillea. La hoja se deja llevar por alguna caprichosa térmica que la eleva para suspenderla en el aire en clara refutación a Newton. La brisa la transporta estremecida y la hace girar realzando sus nervaduras. Un hilván de luz se cuela entre la fronda y la ilumina proyectando su perfil sobre el pavimento; ambas hojas danzan obedeciendo a una coreografía singular. Finalmente un leve soplo la deposita suavemente sobre las baldosas, como una caricia. El hombre que bebe deja la copa espoleado por una repentina inquietud y controla, angustiado, ambos lados de la vereda.
Algunos tordos regresan, desconfiados, a sus fresnos .Dos jubilados deciden abandonar el banco donde cotidianamente dilatan sus sabidurías. Están algo encorvados y sus viseras no dejan ver los ojos. Pliegan sus diarios golpeando con ellos los brazos del otro mientras ratifican que, efectivamente, es lindo el otoño.
(fragmento del capítulo 39 de El Hombre del Potemkin)
El sol es tibio y benigno con los parroquianos al punto que disimula sus crispaciones y realza los contrastes de los ajuares sabatinos tan afectos a los colores pardos en esta temporada.
El gitanito que finge extiende su palma. Derrite con su mirada el comentario receloso, la disculpa o la indiferencia del cronista que baja los hombros, rebusca, avergonzado y afanosamente, una moneda que no encuentra. El gitanito marcha hacia otros combates y le dedica una mueca de desprecio. Los otros gitanitos que aguardan en la esquina de la plaza multiplicarán ese juicio mientras distribuyen lo que deberán entregar al clan y lo que podrán gastar en golosinas.
La llegada del mozo ahuyenta un nuevo comentario ocioso. El mozo se anticipa al pedido y deposita tres pocillos humeantes sobre la mesa que algún día será referenciada por haber cobijado el whisky pensativo de Julio Colombato.
Afortunadamente ya han pasado las campañas electorales y una precaria paz inunda la cafetería que perderá esa condición ni bien se renueve la clientela. Al mediodía llegan los funcionarios a mostrar sus dentaduras en tanto los propietarios de los negocios céntricos se refugiarán en sus aguas minerales y en cada sorbo intentarán diluir, amortiguar o exorcizar la inevitable cantinela, esa queja amarga y sorda que precede a los lunes de vencimientos.
Las ocho campanas de la catedral doblan con puntualidad prusiana provocando la espantada de tordos de los fresnos. Los sones astillan la mañana y la hieren de muerte. Como otras veces, el pensamiento colectivo imagina recolecciones de firmas u otro tipo de ademanes extremos. Una ocurrencia juguetona, acerca de badajos, titila en la mente de Raquel mientras hurga en su bolso buscando el paquete de cigarrillos que ha decidido abandonar.
Desde la carpa donde pernoctaron las angustias, levantada en el cantero de la plaza central que enfrenta a la cafetería, alguien alza la mano y saluda a Raquel que devuelve el gesto.
La puerta se abre y el rumor de la calle aumenta el volumen.
Una muchacha que viene caminando en cámara lenta asoma su lunar y pasea una mirada celeste por el interior confirmando presencias. Se marcha encogiendo los hombros. En uno de ellos reposa una mariposa que alimenta la imaginación lujuriosa del grupo de viajantes que gastan en aperitivos lo que debiera ser su almuerzo. Los viajantes intercambian miradas y se detienen en alguna procacidad que más tarde será reemplazada por mentiras sobre ventas y conquistas. Está dura la calle.
La joven deja tras su paso una estela de colonia que huele con fruición el vendedor de loterías y provoca un recuerdo melancólico en el hombre eterno y taciturno del rincón que bebe con cierta avidez la quinta cuota de su inmolación mañanera.
El Eternauta patea un tarrito. El tarrito tenía una leyenda. La leyenda pregonaba indulgencias y albricias que acaso leyeron los dueños de esos tarritos huérfanos en las veredas que pisa El Eternauta.
Dos potentes altavoces preanuncian el paso de una camioneta con abigarradas y coloridas alusiones al fin de siglo. El semáforo parpadea y enciende la luz roja.
Empleados demorados cierran con premura las cortinas metálicas de los locales y se distribuyen rumbo al centro del día para investigar heladeras. Acuestan las chaquetas en las espaldas y avanzan quitando los lazos de sus corbatas con desesperación. Parecen, los empleados, ahorcados ambulantes.
Los gitanitos deciden abandonar el sitio y lo hacen cantando y gritando, como pájaros.
Por la vereda opuesta pasa el espectro de Moliere llevando de la mano a Pedro. Agitando los brazos Pedro lanza imprecaciones contra sicofantas y tartufos. Cada tanto se detiene para recoger adhesiones que anota cuidadosamente en una libreta de hule marrón.
El hombre que, bebe se envara. Convocado por vaya a saber qué maravilla, alza los ojos y los deja prendidos en el descenso de una hoja que amarillea. La hoja se deja llevar por alguna caprichosa térmica que la eleva para suspenderla en el aire en clara refutación a Newton. La brisa la transporta estremecida y la hace girar realzando sus nervaduras. Un hilván de luz se cuela entre la fronda y la ilumina proyectando su perfil sobre el pavimento; ambas hojas danzan obedeciendo a una coreografía singular. Finalmente un leve soplo la deposita suavemente sobre las baldosas, como una caricia. El hombre que bebe deja la copa espoleado por una repentina inquietud y controla, angustiado, ambos lados de la vereda.
Algunos tordos regresan, desconfiados, a sus fresnos .Dos jubilados deciden abandonar el banco donde cotidianamente dilatan sus sabidurías. Están algo encorvados y sus viseras no dejan ver los ojos. Pliegan sus diarios golpeando con ellos los brazos del otro mientras ratifican que, efectivamente, es lindo el otoño.
(fragmento del capítulo 39 de El Hombre del Potemkin)
viernes, 28 de noviembre de 2014
Postal de viaje
(para Mirta, Chony, Julia, Raquel,
Alberto, Horacio ,Guillermo)…
Los viajeros se arrebujan en sus asientos
tratando de exorcizar el desasosiego que
genera el temporal que amenaza con desbaratar un final de camino placentero. Pablo, uno de los conductores,
desciende al piso inferior para verificar
las inevitables consecuencias de una piedra artera sobre el vidrio.
Están dejando atrás infinidad de imágenes y
experiencias por las honduras de América
y ahora pugnan por vencer las hostilidades del exterior para ensimismarse en sus cavilaciones.
Prevalecen mil interrogantes ante otros tantos
misterios. Tan sólo una certeza cobra cuerpo: la conciencia de que nadie saldrá
indemne de esta introducción a los intersticios
del Tahuantinsuyo que, como se ha
verificado, también integramos.
Los miembros del pasaje proceden de historias, geografías, disciplinas
e ideologías diferentes y los ocho mil kilómetros que han compartido forjaron simpatías, adhesiones y rechazos.
Algo, tal vez una observación de Alberto, o
acaso una pregunta de Chony, desata en Pablo
una confidencia que marca y estremece.
Cuenta, con voz quebrada, ya vencidas sus
inhibiciones, una historia de vida. Un relato más propio del país al que se
accede que la patria que queda atrás.
A medida que las palabras se hilvanan la lluvia arrecia pero ya nadie parece
percibirla. No habrá quien se atreva a interrumpir el monólogo que, en tanto crece despliega una lombriz de sal en
las mejillas o una articulación, sigilosa, de asombro.
El chofer dice lo último que faltaba decir y
queda callado. Le responde un coro de silencio. Cobra aliento y agradece
con los ojos húmedos un gesto de comprensión o de sustento.
La historia no está cerrada, quizás aliente otras indagaciones. Ha tenido la
virtud de discernir fraternidades y
fomentar introspecciones.
Los habitantes del piso inferior del bus hacen
conciente que algo se ha fraguado en ese parlamento. Una circunstancia inefable
e inasible que, si no bastare con los influjos
del viaje, los torna distintos.
Fue un momento mínimo. Luego, abrazos, una despedida morosa y pasos resignados
en una localización que es
al mismo tiempo geográfica y doctrinaria. Una
fragua de fraternidad para ese reducido grupo que ha compartido la
narración sin saber que con ella, o desde
ella, han confirmado su pertenencia al grupo de los de abajo.
viernes, 21 de noviembre de 2014
Los Serenito
...
Los
Serenitos son dos muchachos que parecen haber dejado la adolescencia el jueves
anterior. Por sobre sus gorras flamean al viento largos cabellos, rubios. Sus
ropas holgadas parecen contener en los bolsillos un arsenal de recursos inagotables.
Asoma
por allí un libro con la vida del príncipe Kropopkin y decenas de panfletos con
que los Serenitos aspiran, desde que se lanzaron a andar, incendiar la pradera.
Vienen
cada tanto, sin apuros, a polemizar con el hombre que vino del frío o el que
cuadre. Y se marchan luego, sin rencores, acaso con alguna satisfacción en las
alforjas, amenazando con nuevos temas de debate.
Los
Serenitos arrastran en sus andares por la llanura, trabajosamente, una lechera
Charoláis que es su motivo de orgullo. Esa es la razón central por la que todos
aguardarán, con recatada ansiedad, la concreción de una rutina constelada de
gozos.
Cada
tanto sucede y es una fiesta. Uno de ellos se adelanta hasta que su presencia se
hace conspicua para todos los peregrinos. Concibe un pase circense que culmina
con una pantomima galana con la gorra. Tras ello ejecuta dos saltos inverosímiles
y se aproxima a la lechera para hablarle al oído.
En
tanto el otro Serenito ejecuta una cabriola y abriendo todos los dedos de sus
manos los muestra en lo alto. Sin transición comienza a cerrarlos, uno a uno,
hasta que construye dos puños.
A
continuación se aproxima a su compañero. Ambos mantienen un diálogo de callada elocuencia
con la lechera que sólo es interrumpido cuando ésta mueve su cabeza graciosamente
consiguiendo el insistente tañido del cencerro.
Así vuelve
a suceder esta vez.
De
repente se desata, como un relámpago, un jubileo que gratifica los corazones y
regodea a las comadres: decenas de niños, portando sus jarros de lata, corren
al pie del animal para beber leche fresca y espumosa cuyo sabor es proverbial
en la zona.
Chocan,
los jarros y las risas, en una alegría coral y contagiosa que pocos conocen
fuera de la Espiga de Oro.
De
estas pequeñas rutinas se alimenta el ideario humilde de la felicidad...
(fragmento del capítulo final deEl Hombre del Potemkin)
Amelia
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