La memoria es un tatuaje del alma. Se lleva en la conciencia y obedece a sus dictados. Indeleble, eterno, nos dice quiénes fuimos y revela lo que somos. Testimonio para presentir destinos y decidir qué haremos
domingo, 19 de abril de 2015
miércoles, 15 de abril de 2015
Vals en La Gloria
martes, 10 de febrero de 2015
viernes, 26 de diciembre de 2014
Los Serenito y el humo
La violencia es la partera de la historia. Este
es un dato de la vida desde que la vida es vida. Como fruto de la reflexión
científica la aseveración apenas alcanza el siglo. Este fin de semana, al
anochecer, se formuló una indagación sobre esta cuestión en su vinculación con
un aspecto esencial de la historia de la
violencia: la libertad.
Los hombres escapan a sus
prisiones apoyándose uno en el otro. Una
vez en el suelo vuelven a ser atrapados por los conflictos terrestres y sólo pueden evadirse de ellos precisando objetivos y empuñando sus espadas hacia los
enemigos comunes, que suelen tener contornos más precisos que las cárceles del
pensamiento. Esto es lo que vimos, o creímos ver, tras el humo y los gritos, en
la propuesta que el sábado, en los sombríos laterales de la vieja usina,
formularon los integrantes de Serenito Deyovani.
Comenzaba a despuntar la luna, a
la misma hora en que otros jóvenes y no pocos adultos penetraban lentamente en
el territorio de las sombras, otros vahos, otros humos. No todos concretan sus
faenas al son de un rap frenético en las callecitas santarroseñas
iluminadas por antorchas.
"Perro ladrando en
vivo" es dura y cruel. Como la violencia... o la vida. Quizás ello
explique la presencia descarnada de Bukowski, la ironía de Luis Luchi, la
acidez de Norberto Righi o la impiadosa crónica de los libertarios de
principios de siglo.
Los Serenito no hacen demagogia
y pagan caro sus osadías. Pero están allí, proponiendo a la ciudad que cubre
sus desnudeces y harapos con luces de colores que enfrente este debate porque
la libertad, al fin de cuentas, se gana o se pierde todos los días a la vuelta
de cualquier esquina. Ya lo advirtió el poeta. La libertad se canta... y se
pelea. Y se sigue peleando. Hasta
alcanzarla.
J.C.P.:
sábado, 20 de diciembre de 2014
El sudor del miedo
-Feromona, ¿sabe lo que es la feromona? - no espera respuesta, investiga por unos segundos a su escucha por sobre el borde de los anteojos de medio cristal y el silencio incierto que recibe como respuesta le arranca un imperceptible tic que a Salvo se le antoja de desprecio -. Feromona, reténgalo, que alguna vez le puede ser útil.
El hombre se inclina sobre el delgado estante en donde decenas de almácigos de diversas variedades de orquídeas aguardan su atención cotidiana. El interior del invernadero mantiene una humedad pegajosa y el cronista reprime por segunda vez la intención de aflojar el nudo de la corbata. Se siente incómodo y en desventaja ante el individuo que habla sin desviar apenas la atención de sus flores, como si todo lo demás, incluso la charla fuese secundaria.
-Nunca sentí ese término.
-Es el sudor del miedo.
-¿Cómo?.
El hombre toma un rociador de una repisa superior y la agita ante los ojos del visitante.
-Aquí ¿ve?. Lo utilizamos contra las hormigas.
-No entiendo.
-Es bien simple: colocamos en un frasco un puñado de hormigas vivas y a continuación, muy Despaciosamente, inundamos el recipiente con agua caliente hasta llenarlo. Las hormigas se desesperan y van segregando lo que constituye su reacción natural ante la inminencia de la muerte. Esta es la feromona, con ella rociamos todos los senderos y ¿sabe una cosa?.
-No.
-En donde diseminamos ese líquido no aparecen las hormigas. Es una especie de cartel de advertencia, de mensaje al futuro ¡cuidado, que aquí se esparció la muerte!. Interesante ¿no?.
-Gobernador... ¿me está queriendo decir algo?.
-No, solamente le estoy dando una lección que puede servirle en el futuro.
-No cultivo plantas.
-Pero puede tener miedo.
fragmento del capítulo 24de "Ay Masallé")
sábado, 6 de diciembre de 2014
Postal de sábado
Alguien pasa y se detiene para manifestar su fidelidad al protocolo ciudadano que incluye un lugar común sobre el otoño y sus bellezas. El comentario se desliza sin apuros en el interior del café que los fines de semana, por las mañanas, congrega vanidades, rutinas y terapias varias.
El sol es tibio y benigno con los parroquianos al punto que disimula sus crispaciones y realza los contrastes de los ajuares sabatinos tan afectos a los colores pardos en esta temporada.
El gitanito que finge extiende su palma. Derrite con su mirada el comentario receloso, la disculpa o la indiferencia del cronista que baja los hombros, rebusca, avergonzado y afanosamente, una moneda que no encuentra. El gitanito marcha hacia otros combates y le dedica una mueca de desprecio. Los otros gitanitos que aguardan en la esquina de la plaza multiplicarán ese juicio mientras distribuyen lo que deberán entregar al clan y lo que podrán gastar en golosinas.
La llegada del mozo ahuyenta un nuevo comentario ocioso. El mozo se anticipa al pedido y deposita tres pocillos humeantes sobre la mesa que algún día será referenciada por haber cobijado el whisky pensativo de Julio Colombato.
Afortunadamente ya han pasado las campañas electorales y una precaria paz inunda la cafetería que perderá esa condición ni bien se renueve la clientela. Al mediodía llegan los funcionarios a mostrar sus dentaduras en tanto los propietarios de los negocios céntricos se refugiarán en sus aguas minerales y en cada sorbo intentarán diluir, amortiguar o exorcizar la inevitable cantinela, esa queja amarga y sorda que precede a los lunes de vencimientos.
Las ocho campanas de la catedral doblan con puntualidad prusiana provocando la espantada de tordos de los fresnos. Los sones astillan la mañana y la hieren de muerte. Como otras veces, el pensamiento colectivo imagina recolecciones de firmas u otro tipo de ademanes extremos. Una ocurrencia juguetona, acerca de badajos, titila en la mente de Raquel mientras hurga en su bolso buscando el paquete de cigarrillos que ha decidido abandonar.
Desde la carpa donde pernoctaron las angustias, levantada en el cantero de la plaza central que enfrenta a la cafetería, alguien alza la mano y saluda a Raquel que devuelve el gesto.
La puerta se abre y el rumor de la calle aumenta el volumen.
Una muchacha que viene caminando en cámara lenta asoma su lunar y pasea una mirada celeste por el interior confirmando presencias. Se marcha encogiendo los hombros. En uno de ellos reposa una mariposa que alimenta la imaginación lujuriosa del grupo de viajantes que gastan en aperitivos lo que debiera ser su almuerzo. Los viajantes intercambian miradas y se detienen en alguna procacidad que más tarde será reemplazada por mentiras sobre ventas y conquistas. Está dura la calle.
La joven deja tras su paso una estela de colonia que huele con fruición el vendedor de loterías y provoca un recuerdo melancólico en el hombre eterno y taciturno del rincón que bebe con cierta avidez la quinta cuota de su inmolación mañanera.
El Eternauta patea un tarrito. El tarrito tenía una leyenda. La leyenda pregonaba indulgencias y albricias que acaso leyeron los dueños de esos tarritos huérfanos en las veredas que pisa El Eternauta.
Dos potentes altavoces preanuncian el paso de una camioneta con abigarradas y coloridas alusiones al fin de siglo. El semáforo parpadea y enciende la luz roja.
Empleados demorados cierran con premura las cortinas metálicas de los locales y se distribuyen rumbo al centro del día para investigar heladeras. Acuestan las chaquetas en las espaldas y avanzan quitando los lazos de sus corbatas con desesperación. Parecen, los empleados, ahorcados ambulantes.
Los gitanitos deciden abandonar el sitio y lo hacen cantando y gritando, como pájaros.
Por la vereda opuesta pasa el espectro de Moliere llevando de la mano a Pedro. Agitando los brazos Pedro lanza imprecaciones contra sicofantas y tartufos. Cada tanto se detiene para recoger adhesiones que anota cuidadosamente en una libreta de hule marrón.
El hombre que, bebe se envara. Convocado por vaya a saber qué maravilla, alza los ojos y los deja prendidos en el descenso de una hoja que amarillea. La hoja se deja llevar por alguna caprichosa térmica que la eleva para suspenderla en el aire en clara refutación a Newton. La brisa la transporta estremecida y la hace girar realzando sus nervaduras. Un hilván de luz se cuela entre la fronda y la ilumina proyectando su perfil sobre el pavimento; ambas hojas danzan obedeciendo a una coreografía singular. Finalmente un leve soplo la deposita suavemente sobre las baldosas, como una caricia. El hombre que bebe deja la copa espoleado por una repentina inquietud y controla, angustiado, ambos lados de la vereda.
Algunos tordos regresan, desconfiados, a sus fresnos .Dos jubilados deciden abandonar el banco donde cotidianamente dilatan sus sabidurías. Están algo encorvados y sus viseras no dejan ver los ojos. Pliegan sus diarios golpeando con ellos los brazos del otro mientras ratifican que, efectivamente, es lindo el otoño.
(fragmento del capítulo 39 de El Hombre del Potemkin)
El sol es tibio y benigno con los parroquianos al punto que disimula sus crispaciones y realza los contrastes de los ajuares sabatinos tan afectos a los colores pardos en esta temporada.
El gitanito que finge extiende su palma. Derrite con su mirada el comentario receloso, la disculpa o la indiferencia del cronista que baja los hombros, rebusca, avergonzado y afanosamente, una moneda que no encuentra. El gitanito marcha hacia otros combates y le dedica una mueca de desprecio. Los otros gitanitos que aguardan en la esquina de la plaza multiplicarán ese juicio mientras distribuyen lo que deberán entregar al clan y lo que podrán gastar en golosinas.
La llegada del mozo ahuyenta un nuevo comentario ocioso. El mozo se anticipa al pedido y deposita tres pocillos humeantes sobre la mesa que algún día será referenciada por haber cobijado el whisky pensativo de Julio Colombato.
Afortunadamente ya han pasado las campañas electorales y una precaria paz inunda la cafetería que perderá esa condición ni bien se renueve la clientela. Al mediodía llegan los funcionarios a mostrar sus dentaduras en tanto los propietarios de los negocios céntricos se refugiarán en sus aguas minerales y en cada sorbo intentarán diluir, amortiguar o exorcizar la inevitable cantinela, esa queja amarga y sorda que precede a los lunes de vencimientos.
Las ocho campanas de la catedral doblan con puntualidad prusiana provocando la espantada de tordos de los fresnos. Los sones astillan la mañana y la hieren de muerte. Como otras veces, el pensamiento colectivo imagina recolecciones de firmas u otro tipo de ademanes extremos. Una ocurrencia juguetona, acerca de badajos, titila en la mente de Raquel mientras hurga en su bolso buscando el paquete de cigarrillos que ha decidido abandonar.
Desde la carpa donde pernoctaron las angustias, levantada en el cantero de la plaza central que enfrenta a la cafetería, alguien alza la mano y saluda a Raquel que devuelve el gesto.
La puerta se abre y el rumor de la calle aumenta el volumen.
Una muchacha que viene caminando en cámara lenta asoma su lunar y pasea una mirada celeste por el interior confirmando presencias. Se marcha encogiendo los hombros. En uno de ellos reposa una mariposa que alimenta la imaginación lujuriosa del grupo de viajantes que gastan en aperitivos lo que debiera ser su almuerzo. Los viajantes intercambian miradas y se detienen en alguna procacidad que más tarde será reemplazada por mentiras sobre ventas y conquistas. Está dura la calle.
La joven deja tras su paso una estela de colonia que huele con fruición el vendedor de loterías y provoca un recuerdo melancólico en el hombre eterno y taciturno del rincón que bebe con cierta avidez la quinta cuota de su inmolación mañanera.
El Eternauta patea un tarrito. El tarrito tenía una leyenda. La leyenda pregonaba indulgencias y albricias que acaso leyeron los dueños de esos tarritos huérfanos en las veredas que pisa El Eternauta.
Dos potentes altavoces preanuncian el paso de una camioneta con abigarradas y coloridas alusiones al fin de siglo. El semáforo parpadea y enciende la luz roja.
Empleados demorados cierran con premura las cortinas metálicas de los locales y se distribuyen rumbo al centro del día para investigar heladeras. Acuestan las chaquetas en las espaldas y avanzan quitando los lazos de sus corbatas con desesperación. Parecen, los empleados, ahorcados ambulantes.
Los gitanitos deciden abandonar el sitio y lo hacen cantando y gritando, como pájaros.
Por la vereda opuesta pasa el espectro de Moliere llevando de la mano a Pedro. Agitando los brazos Pedro lanza imprecaciones contra sicofantas y tartufos. Cada tanto se detiene para recoger adhesiones que anota cuidadosamente en una libreta de hule marrón.
El hombre que, bebe se envara. Convocado por vaya a saber qué maravilla, alza los ojos y los deja prendidos en el descenso de una hoja que amarillea. La hoja se deja llevar por alguna caprichosa térmica que la eleva para suspenderla en el aire en clara refutación a Newton. La brisa la transporta estremecida y la hace girar realzando sus nervaduras. Un hilván de luz se cuela entre la fronda y la ilumina proyectando su perfil sobre el pavimento; ambas hojas danzan obedeciendo a una coreografía singular. Finalmente un leve soplo la deposita suavemente sobre las baldosas, como una caricia. El hombre que bebe deja la copa espoleado por una repentina inquietud y controla, angustiado, ambos lados de la vereda.
Algunos tordos regresan, desconfiados, a sus fresnos .Dos jubilados deciden abandonar el banco donde cotidianamente dilatan sus sabidurías. Están algo encorvados y sus viseras no dejan ver los ojos. Pliegan sus diarios golpeando con ellos los brazos del otro mientras ratifican que, efectivamente, es lindo el otoño.
(fragmento del capítulo 39 de El Hombre del Potemkin)
viernes, 28 de noviembre de 2014
Postal de viaje
(para Mirta, Chony, Julia, Raquel,
Alberto, Horacio ,Guillermo)…
Los viajeros se arrebujan en sus asientos
tratando de exorcizar el desasosiego que
genera el temporal que amenaza con desbaratar un final de camino placentero. Pablo, uno de los conductores,
desciende al piso inferior para verificar
las inevitables consecuencias de una piedra artera sobre el vidrio.
Están dejando atrás infinidad de imágenes y
experiencias por las honduras de América
y ahora pugnan por vencer las hostilidades del exterior para ensimismarse en sus cavilaciones.
Prevalecen mil interrogantes ante otros tantos
misterios. Tan sólo una certeza cobra cuerpo: la conciencia de que nadie saldrá
indemne de esta introducción a los intersticios
del Tahuantinsuyo que, como se ha
verificado, también integramos.
Los miembros del pasaje proceden de historias, geografías, disciplinas
e ideologías diferentes y los ocho mil kilómetros que han compartido forjaron simpatías, adhesiones y rechazos.
Algo, tal vez una observación de Alberto, o
acaso una pregunta de Chony, desata en Pablo
una confidencia que marca y estremece.
Cuenta, con voz quebrada, ya vencidas sus
inhibiciones, una historia de vida. Un relato más propio del país al que se
accede que la patria que queda atrás.
A medida que las palabras se hilvanan la lluvia arrecia pero ya nadie parece
percibirla. No habrá quien se atreva a interrumpir el monólogo que, en tanto crece despliega una lombriz de sal en
las mejillas o una articulación, sigilosa, de asombro.
El chofer dice lo último que faltaba decir y
queda callado. Le responde un coro de silencio. Cobra aliento y agradece
con los ojos húmedos un gesto de comprensión o de sustento.
La historia no está cerrada, quizás aliente otras indagaciones. Ha tenido la
virtud de discernir fraternidades y
fomentar introspecciones.
Los habitantes del piso inferior del bus hacen
conciente que algo se ha fraguado en ese parlamento. Una circunstancia inefable
e inasible que, si no bastare con los influjos
del viaje, los torna distintos.
Fue un momento mínimo. Luego, abrazos, una despedida morosa y pasos resignados
en una localización que es
al mismo tiempo geográfica y doctrinaria. Una
fragua de fraternidad para ese reducido grupo que ha compartido la
narración sin saber que con ella, o desde
ella, han confirmado su pertenencia al grupo de los de abajo.
viernes, 21 de noviembre de 2014
Los Serenito
...
Los
Serenitos son dos muchachos que parecen haber dejado la adolescencia el jueves
anterior. Por sobre sus gorras flamean al viento largos cabellos, rubios. Sus
ropas holgadas parecen contener en los bolsillos un arsenal de recursos inagotables.
Asoma
por allí un libro con la vida del príncipe Kropopkin y decenas de panfletos con
que los Serenitos aspiran, desde que se lanzaron a andar, incendiar la pradera.
Vienen
cada tanto, sin apuros, a polemizar con el hombre que vino del frío o el que
cuadre. Y se marchan luego, sin rencores, acaso con alguna satisfacción en las
alforjas, amenazando con nuevos temas de debate.
Los
Serenitos arrastran en sus andares por la llanura, trabajosamente, una lechera
Charoláis que es su motivo de orgullo. Esa es la razón central por la que todos
aguardarán, con recatada ansiedad, la concreción de una rutina constelada de
gozos.
Cada
tanto sucede y es una fiesta. Uno de ellos se adelanta hasta que su presencia se
hace conspicua para todos los peregrinos. Concibe un pase circense que culmina
con una pantomima galana con la gorra. Tras ello ejecuta dos saltos inverosímiles
y se aproxima a la lechera para hablarle al oído.
En
tanto el otro Serenito ejecuta una cabriola y abriendo todos los dedos de sus
manos los muestra en lo alto. Sin transición comienza a cerrarlos, uno a uno,
hasta que construye dos puños.
A
continuación se aproxima a su compañero. Ambos mantienen un diálogo de callada elocuencia
con la lechera que sólo es interrumpido cuando ésta mueve su cabeza graciosamente
consiguiendo el insistente tañido del cencerro.
Así vuelve
a suceder esta vez.
De
repente se desata, como un relámpago, un jubileo que gratifica los corazones y
regodea a las comadres: decenas de niños, portando sus jarros de lata, corren
al pie del animal para beber leche fresca y espumosa cuyo sabor es proverbial
en la zona.
Chocan,
los jarros y las risas, en una alegría coral y contagiosa que pocos conocen
fuera de la Espiga de Oro.
De
estas pequeñas rutinas se alimenta el ideario humilde de la felicidad...
(fragmento del capítulo final deEl Hombre del Potemkin)
Amelia
viernes, 10 de octubre de 2014
Memoria de radio
(Retazos de una charla-reportaje mantenida
con Nelson Nicoletti, en abril de 2014, con
destino a la carrera de Comunicación)
MEMORIA DE RADIO
... la devoción por la radio nace en Puelches. Para los que no conocen
digamos que estamos hablando de La
Pampa profunda, donde la densidad poblacional era del 0,01
habitante por kilómetro cuadrado. Mi madre había sido designada directora de la escuelita y mi padre que
trabajaba en Santa Rosa viajaba los fines de semana desde la capital. La Pampa aún era territorio nacional. Desandar esas distancias constituía una
ventura, una travesía que los viajeros
coronaban felices por llegar a ese oasis que todavía se nutría con las
prometedoras aguas del Curacó.
Aquel día fue una fiesta. El camión de Ruiz
Pérez, que cada quincena transportaba las provisiones al poblado desde General Acha,
depositó en la escuela una voluminosa caja que fue abierta con ceremonia y
expectación por parte de la media docena
de vecinos del lugar. En su interior yacía, reluciente, una Phillips de onda
corta y larga. René Tentham, el encargado de la estación meteorológica corrió a
buscar una batería de las que cargaba con su molinillo y al poco tiempo todos
quedamos extasiados con los primeros balbuceos de la Phillips que, sin antena, apenas reproducía los ruidos
afónicos de una estática que aun así -
para todos nosotros- era la representación misma de la modernidad.
La década del cincuenta apenas
debutaba y la radio nos introducía en ese
universo portentoso y mágico de la comunicación. Ahora que ya estoy con
varios almanaques encima y he dejado
atrás al niño de Puelches milito en el campo de la conversación (más que la
comunicación) pero no dejo de valorar la
fabulosa trascendencia que para toda mi generación ha tenido esa Phillips de
gabinete de madera lustrada a través de la cual accedimos a un mundo
maravilloso.
De esa época provienen mis
primeras palabras en ese inglés Tarzán que nunca he llegado a perfeccionar.
Pero por muchos años la radio fue la broadcasting, los locutores speakers , la el reportaje intefview y los cantantes crooners.
Todo venía a través del éter. Todo, desde las recetas de Gandulfo hasta esa palabra tan ominosa y funesta que Delfor, en su revista Dislocada, deslizó
un día para iniciar y identificar una
práctica y una ideología. El formidable conductor dijo “gorilas” “deben ser los
gorilas, deben ser” y la definición impregnó todas las décadas posteriores.
Hasta hoy, como se puede apreciar.
El nefasto proceso que se autodenominó Revolución
Libertadora tuvo su costado benéfico en
el plano familiar. Mi padre fue asignado al frente de la Agronomía de Bernasconi y mi madre destinada a la escuela número 15. Hasta allí nos
acompañó la fiel Phillips con apenas algunas rapaduras por el paso de los años.
Los hados y las ondas eran propicios en Bernasconi. La
Phillps tenía mayor alcance que en Puelches, de manera que
nuestra vida cotidiana fue ordenada en
función de los horarios del Glostora
Tango Club, el radioteatro Los
amores de Josefina y, por supuesto la Revista Dislocada
que era el programa que concitaba la adhesión general.
Con el paso del
tiempo Delfor se mudó de Radio Argentina
a Splendid y el bendito éter no beneficiaba su
buena recepción. Afortunadamente de
pronto surgió en Radio Belgrano una opción tan desconocida como
maravillosa para toda la familia: Los Cinco Grandes del Buen Humor. Zelmar Gueñol, Juan
Carlos Cambón,Guillermo Rico, Rafael Carret y Jorge Luz
Era tanta la atracción que
generaban esos genios que un día se quemó una de las válvulas de la querida
radio y peligraba la emisión del
domingo. De manera que mi padre comenzó una afiebrada pesquisa que lo
llevó de apuro a San Martín, un pueblo
distante veinticinco kilómetros desde donde regresó con la ansiada
pieza. Ese día fue también una fiesta: por la cara de satisfacción de mi padre,
por el programa y por un dato que ahora se me hace muy visible: la radio
establecía un código común,
fortalecía y discernía gustos.
Pero, fundamentalmente, nos unía.
_Quizás tuviera alguna
percepción elemental de esa
circunstancia o acaso sea por pura
casualidad. Lo cierto es que entre mis tesoros personales más preciados que he
podido conservar y defender a lo largo
de estas mudanzas figura una pequeña
válvula que ya mismo te paso a mostrar. No es aquella que nos devolvió a Jorge
Luz , Los Pérez García y a Odol
Pregunta. Pertenece a otro receptor entrañable pero, qué duda cabe, en cierto sentido es la misma.
Mi padre compró
luego una supertaylor que armaba un técnico muy ingenioso de Santa Rosa, el
señor Antonio Outerelo. _De puro precavido la encargó con una caja de válvulas
de repuesto.
Para ese tiempo ya había ingresado a mi hogar un
flamante tocadiscos Winco y con él el
sortilegio de Nat King Cole
primero y Enrique Guzmán luego. Estoy consciente que el Winco forma parte de
las añoranzas y leyendas de toda mi generación. Diré entonces, solamente, que
cuando decidí a unir mi vida a la de mi compañera Raquel ella sumó a la pareja
otro Winco. Jóvenes, con mil necesidades, sorprendíamos a los visitantes con
esos preciados bienes que una jornada aciaga
el imperdonable Celestino Rodrigo nos
obligó a malvender.
Ya había tenido una experiencia anterior con un reproductor de discos.
Era ajeno pero, en cierto sentido, también propio. Se trataba de una ajetreado
aparato RCA Víctor (creo qué de ahí proviene “victrola”) que pertenecía al Club
Unión Deportiva Bernasconi. En algún momento me confiaron el manejo del RCA y
yo me sentí el adolescente más importante de la comarca. Daba manija, cada
tanto cambiaba las púas, repasaba cada disco de pasta con una almohadilla de
terciopelo rojo. Fui, sin saberlo, un discjockey pionero. Todavía tengo gratas
reminiscencias de cuando mis padres salían a bailar y me prodigaban un guiño
cómplice para que les pusiera su tango favorito, La cunparsita. Eso si, con las
variaciones de Enrique Rodríguez. Raquel, buscadora de tesoros y heredera de
estas reminiscencias, adquirió hace unos
años un reproductor Decca con las mismas características de aquel RCA. Desde ese momento, aun luego de mil andares,
siento que todavía sigo en Bernasconi.
En los inicios de los sesenta la familia fue un mes de vacaciones a
Buenos Aires, a la casa de una tía que
había entronizado un monumental televisor en la sala de estar. ¡La
imagen, qué maravilla! Todavía no lo sabíamos pero esa caja de madrera y vidrio inauguraba una
tendencia que tan detalladamente describiría Sartori medio siglo más tarde. El
tío Humberto estaba muy orgulloso con esa adquisición que le había comprometido
los salarios de todo el año. El Zenith (si la memoria no traiciona) tenía un vidrio combado y por delante el tío,
con mucho deleite ante nuestro asombro,
colocaba una placa transparente tricolor ideal para ver los paisajes de
Bonanza. El efecto resultaba algo incongruente en los planos cortos pero no
dejaba de impactar en los añorados sábados del Club del Clan.
No conservo recuerdos de la marca de mi primer televisor. Tengo memoria
del primero en la familia, un pequeño Noblex que esporádicamente dejaba presentir el fantasma
de una imagen emitida desde el canal de Bahía Blanca. Hemos pasado horas y
horas frente a esa pantalla en blanco y negro tratando de adivinar alguna
escena que nunca se produjo. Pero ahora que lo pienso no cuenta tanto la marca ni el aparato sino sus circunstancias.
Por sí mismos, no son nada. Es como el teléfono de Bell. Su formidable importancia no radica en el primero, sino en el segundo.
Pero si bien la televisión fue valiosa
no tuvo en nuestras vidas la trascendencia y significación de la radio.
Probablemente porque la radio era ingrediente esencial de la imaginación o tal
vez por su carácter iniciático en alguna parcela de nuestra existencia. Cómo no
advertir su decisiva importancia en
aquellas estremecedoras jornadas del
país tan negadas en el plano interno a la que solo accederíamos a
través de las trabajosas emisiones de Radio Colonia. En aquel tiempo comencé a respetar y admirar a una figura señera que creó un
magisterio en el arte de la comunicación: Ariel Delgado. Cada vez que las
estridencias de la marcha de Souza emergía de los parlantes señales de alerta
se desplegaban en la audiencia familiar.
Esos ecos aun resuenan cuando los sones de Barras y Estrellas emergen en los
informativos de Crónica. Creo que García
tuvo la astucia de percibir para su provecho la garrafal significación de la cortina identificatoria de aquella
radiodifusora y la manera en que sus singularidades impactaban en el
imaginario nacional.
Digo todo esto para subrayar una especie de moraleja. Estuvo bien,
realmente muy bien, que hubiera en Uruguay una alternativa a la afonía de las
frecuencias argentinas. Pero está mal, realmente muy mal, si tomamos esto como
un dogma y dejamos que nuestra realidad sea contada con ojos ajenos.
Los albores de otro golpe
me encontraron viviendo en Santa Rosa y fue altamente gratificante reencontrar a un costado feliz de mi
niñez en las añoradas emisiones de
radioteatro que con tanta puntualidad y
persistencia Radio Nacional nos regalaba. Las dos carátulas, teatro de la
humanidad. Un ciclo irrepetible y lamentablemente poco emulado.
Esa época produjo un curioso fenómeno. Uno escuchaba Nacional en su
intimidad pero al salir a la a calle una voz familiar, muy a tono con los
contenidos de LRA 3, seguía nuestros pasos en el exterior. Era la propaladora
Argentina de Alfredo Dalmiro Otálora que
durante lustros se encargó de acercar noticias de último momento, indicar
turnos de farmacia e imponernos de los aconteceres nacionales y del mundo. A
través de Otálora, “Piquito de Oro” supimos de la muerte de Kennedy o los pormenores
de la última película de Tyrone Power. Luego vinieron otras propaladoras,
claro, pero no tuvieron la misma importancia ciudadana. La de Antonio Goncalvez
o la de Guillermo Fernández , que finalmente sucumbieron tras la aparición en
el firmamento radiofónico de la emisora comercial LU33.
Contemporáneamente se
habilitó el canal estatal de televisión,
LU89 Canal 3 y su puesta en marcha operó
como precursora de una década en la que explotan en el firmamento de los medios
locales y regionales infinidad e pequeños emprendimientos den frecuencia
modulada y señales de televisión que aun hoy se conservan. Viven y sobreviven ,
del brazo y a los codazos ,disputando grillas, , actuando como repetidoras,
repitiendo fórmulas, invadiendo frecuencias,, inaugurando conceptos… un abanico
inmenso de alternativas que al tiempo que democratizó el procedimiento fragmentó
la audiencia y fraccionó fervores.
Así, los que por años clavábamos el dial en Splendid, El Mundo,
Belgrano, Excelsior…nos encontramos ahora haciendo zapeo radial buscando febrilmente las mejores opciones en una oferta francamente
abrumadora cuyos contenidos –y
objetivos- quizás se relativicen por tamaño volumen.
Por cierto eso no sucedía cuando los dos, vos y yo, emprendimos aquel
ciclo radial por LU37 de General Pico. Esos días enriquecieron mi vida y le
dieron sentido. .Fue en los albores de la democracia y el Curacó era una herida
reseca e insolente atravesando el Puelches de ayer. Hicimos “La Pampa , sus ríos y su gente”
con un fervor y energía que ahora añoro . Denunciamos la sed de los abajeños, y apelamos a la dignidad de
un país para que se ofenda ante el
despojo. Me siento honrado de haber compartido contigo esa cruzada y, a la
distancia , cualquiera fuere lo que
acontezca con nosotros, estoy más que seguro que ese programa, hecho con dos
pesos con cincuenta, una cassette pregrabada
mil veces y una frazada improvisando una sala de grabación, nos
absuelve en el juicio de la historia.
Por un lado la radio. Por otro, el cine. Nunca mensuré cabalmente la gravitación
que este medio tendría en mi vida. Un día luminoso, en todo el sentido de la
palabra, don Samuel Nandory puso en
marcha en Bernasconi el Cine Bar Duchac.
La inauguración tuvo impacto zonal y
todavía reverberan en las memorias de los pobladores del lugar los
pormenores de aquel acontecimiento. Nandory sólo tenía un proyector, de manera que las películas se
emitían por actos. Entre rollo y rollo Samuel
servía sándwiches de jamón con manteca amarilla
a los parroquianos de las mesitas
del salón que aprovechaban las pausas
para beber litros de cerveza y comentar
los pormenores del film. El operador a menudo equivocaba el orden de los rollos
circunstancia que provocaba el estupor del público a la par que suscitaba funciones surrealistas. Lo cierto es que en
esa sala fui conmovido por películas señeras, entre ellas Pasaron las Grullas o
El acorazado Potemkin, que signarían buena parte de mi destino.
Todo comenzó con un
proyector Cinegraff que coronó uno de mis cumpleaños más sentidos y siguió con otro de 16 milímetros marca
Hollywood que se hundió en los vericuetos de un malhadado préstamo del cual
sigo arrepentido. Ahí se definió uno de mis oficios, el de guionista que me
condujo, por esas cuestiones del
destino, a participar de la Primera Semana
del Cine Nacional, que desde hace más de dos décadas se despliega en todas las salas de
la Provincia. El
azar quiso que coincidiere en una mesa con Jorge Luz. A poco de iniciar el
diálogo puso énfasis en destacar que se sentía muy contento de visitar estos pagos por primera vez. Con algún pudor, no
exento de emoción, asumí mi calidad de anfitrión para comentarle algunas
peculiaridades lugareñas. El aceptó la información con amabilidad y quedó callado. También hice lo mismo para no turbar sus pensamientos y ahora –con el paso de los años- me siento
arrepentido por ese silencio. Debí decirle, con el corazón pletórico de
agradecimiento que se equivocó al decir que era su primera vez en estas inmensidades
, Ya estaba con nosotros –como uno más en la mesa- desde aquellas inolvidables
jornadas de Puelches yBernasconi…
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