domingo, 18 de mayo de 2014

El adiós


El capitán extiende el brazo. El utensilio inicia su recorrido terminal hacia el enfermo que imagina las mejillas de Lupe luminosas de marzo. La niña de Chuquisaca se sobrepone como una trasparencia con la tez curtida de este capitán de apellido imposible que baja los párpados incómodo. El barco prosigue su derrota y la penumbra deja vislumbrar una advertencia ominosa en ese brazo que se acerca. El marino de los entorchados se estremece de pronto  por una revelación que vuelve todo inútil: en ese cuerpo desvalido germina, implacable, la promesa ominosa de la palingenesia. Lupe quita el pelo de sus ojos para ver a través del mar.  Un relámpago fugaz   ilumina los recuerdos, buscándola. Uno a uno a, por todas las rugosidades de América. Recorre los socavones de Potosí y las quebradas de Tilcara; la crispada soledad de las galeradas y las cicatrices de las rastrilladas que el llano desplaza hacia el oeste. Rastrea entre los gritos paceños que el viento reverbera y en las endechas del miserere de Cabeza de Tigre. Busca. En tanto el recipiente portando antiguas razones prosigue su viaje hacia los cuarteados labios del hombre postrado que, mirando más allá de su vida, busca. Hasta encontrarla.


miércoles, 30 de abril de 2014

El tamaño de la soledad



Ha muerto  el dueño de la desmesura. Nos deja  y recordamos a Faulkner: “me niego a admitir el fin del hombre”. La frase la repitió el propio García Márquez   en Estocolmo en el corazón  de un discurso monumental donde subrayó la dignidad de Latinoamérica como legado y paradigma  para la humanidad.
Venían bien  a los argentinos esas honduras del pensamiento tras una más de sus derrotas, acaso la más cruenta.
García Márquez ya estaba en nuestros estantes desde hacía tiempo. Por haberle  mojado la oreja a Vargas, por sus coberturas del desgarro americano y la voracidad de los insaciables, por consagrar una filosofía de vida y compromiso junto al que hasta ese momento dominaba nuestras admiraciones, Julio Cortázar.
Aquel diciembre de 1982 se instaló definitivamente en nuestros corazones. Tal vez cuando describió la densidad del desamparo o al inaugurar ese repaso de los portentos  de estas latitudes  en una apelación  a los lectores  a  formular sus propias revisiones autóctonas.
¿Cómo no percibir  enseñanzas en aquellas descripciones? Provocaciones.  Incitaciones  a la indagación, a  la imaginación  de los moradores de   esta  comarca de los exorcismos de sal, de Hualicho Mapu, de Tinguiriricas. Portadores de   una  cicatriz sedienta cruzando la piel más prometedora de este solar  de incongruencias.
Luego  vinieron, claro, los deleites por esas cinco líneas donde se consuma  lo que habría de ser una muerte anunciada, el contundente cierre del general que espera inútilmente  o este inventario de la aldea; “…  20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo". Macondo, aguas menos, podría ser Comala. Pero, ciertamente, era Puelches.
A través de esta pedagogía de la desmesura abordamos las próximas lecturas, los primeros balbuceos  en la palabra escrita, la percepción del magisterio de García Márquez en su introducción a la utopía.
Muere, pero nos alivia saber que  no  desaparece  el que se recuerda.  En Doce Cuentos Peregrinos el hombre que renacerá en cada lectura, describe un funeral en las entrañas  de América. Avanzan los dolientes rumbo al cementerio entre músicas, estridencias  y lamentaciones. Integrando el cortejo va el muerto, tan expansivo y pródigo como los demás. Momentos más tarde el cuerpo es depositado en tierra y los asistentes comienzan a retirarse. Menos el muerto, que en ese momento hace conciente su destino, la medida de la soledad.  
  García Márquez pronosticó en esos trazos con prodigiosa exactitud, los sentimientos que hoy experimentamos tras su ausencia…



Juan Carlos Pumilla
Abril 18 de 2014

jueves, 24 de abril de 2014

Lennon y Bustriazo

Lennon y Bustriazo

Los cinco disparos de Mark David Chapman, desarmonizando una jornada de fin de año de 1980, fueron por demás certeros. Con el primero hizo lo que hizo. Con los restantes acertó en el corazón de todos nosotros.
“mefisto carcajea carcajea en su hórrida tienda de verano de verano”
Por aquellos días Juan Carlos Bustriazo Ortíz reiniciaba las visitas de los viernes a la Casa de las Pinturas. Había interrumpido sus querencias para sumergirse en las honduras de un ciclo lila y ahora se preparaba para iniciar su travesía  de linyera.
Por alguna razón, quizás una celebración extendida del cumpleaños, un ida y vuelta demorado desde el estaño del Tincho, ese lunes aciago todavía permanecía en la casa jugando a ser pájaros con los niños.
La funesta noticia sacudió a la callecita Florida en su conjunto. Hubo un silencio de altavoces y contenidas murmuraciones entristecidas. Juan Carlos dijo algo, una congoja, quizá un miserere plebeyo, una lamentación taciturna de la que no quedan registros.
En estos años los que compartieron esa noche tratan   de recordar infructuosamente qué es lo que  había dicho el vate luego de que al-guien proclamara, con  voz quebrada, “mataron a Lennon”.
“No necesitas una espada para cortar las flores...”
El tema, como tal, quedó sepultado por la vorágine de una década tormentosa  y atormentada: la caza del hombre, Malvinas, vislumbres de la luz en  estos umbrales del viento…
Luego hubo un énfasis del debate identitario que desalojó a Gins-berg, al sargento Pimienta y a Ravi Shankar  de la agenda de los vier-nes. No del todo, claro, porque Lennon volvió de tanto en tanto cada vez que alguien traía a la mesa  algún pasaje del Guardián del Centeno o daba  cuenta  de los desafíos  poéticos  y existenciales de   Mailer o John Sinclair.
Había una coincidencia en que esa manera beatle de contar la al-dea nos hermanaba. Ahí están, para confirmarlo la calle Penny Lane, el orfanato Strawberry Field , el cura, el cartero del bario o la descripción de la patética soledad de Eleanor Rigby… Aunque quedaba claro que la señora  que arroja arroz en las bodas ajenas es más bien una creación de Paul a la que John contribuyó con la línea melódica.
Pero prevalecían  coincidencias inexpugnables. Honras a esa maravillosa canción, que se fundara a partir  del prístino dibujo de Lucy Vodden O'Donnell,  y otras para “Imagina”  o “Madre”, tal vez la creación más desgarradora de su repertorio.
“Me tenías pero nunca te tenía…”
Pertenecemos al Club de los que sostienen que el Penca era el más rockero  de los poetas de la trova pampeana. Que lo digan si  no Juanito De Pian, los chicos de  Rojo Estambul o los Herejes Bebedores de la Noche.
Flamenco Bustriz, ay,  no le pasó desapercibido Spinetta ni tam-poco Sui Generis. Andan por ahí retazos de recuerdos de una rutina  que compartía con Néstor Massolo. El ruso entonaba:
“…Te encontraré una mañana
 dentro de mi habitación
 y prepararás la cama..”
En ese momento callaba dejando  que  Bustriazo  consumara
“para dos...”
Luego, inclinaba  la cabeza  y tapaba una sonrisa con la mano.
No es extraño que diciembre ingresara al  inventario  de las rimas  del cosmos. Porque  el 3 era su cumpleaños, y el 8 el día en que los demonios de  Chapman resolvieron  jodernos la vida. Es, asimismo,  el mes elegido por Salinger para poner en movimiento a Holden Caulfield.  Diciembre de los ochenta,  tiempos en que   cobraba vuelo Inalén Cu-yén, la última luna, con alas que con frecuencia  lisonjean  nuestros sue-ños.
Ahora se suma un dato más. Hace unas semanas, antes que ven-ciera el año, Teresa Pérez nos convidó con una copia de otro libro inédi-to de Juan Carlos cuyo contenido  desconocíamos, tal vez de ignorancia o más bien por alguna traición  de la memoria.
Teresa comenzó a repasar las hojas y se detuvo en una sin formu-lar comentarios. Tras ella, “Fueguito” Acosta comenzó a imaginar un blues con las cuerdas flojas.
La página catequizaba “Yoko Ono llora”. Luego, un inventario del sollozo inaugurado en  las menoscabadas veredas del Dakota. Fue una revelación, el alumbramiento de un momento mínimo que viene del pa-sado.  “Yoko Ono llora”, acaso la consumación de aquella  queja musi-tada  que nos llega  como un pregón de albricias para las reminiscen-cias.
Para qué. Alguien se preguntará  para qué sirven estas cosas. Se nos ocurre justificar que por el simple placer  de alimentar recuerdos, ejercer una articulación contra el olvido. Seguramente como ofrenda a otros  lectores  de un texto incitante. De la misma manera, para nutrir  con un nuevo ingrediente una  recatada consideración acerca de  momentos intensos e irrepetibles de nuestras vidas.
“Porque el cielo es azul”


diciembre-febrero2014
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yoko ono llora



oscuras máquinas  susurran ruedan ruedan vahos vahos vapores
negros hostiles hostiles
la voz de una muchacha desde una caja metálica transmite transmite suspira acongojada acongojada
lejos lejos lejos lejos yoko ono llora
es absurdo y odioso el invisible aire bermejo demente demente invasor de un gran mundo salvaje que nos husmea nos husmea
este poeta occidental y cristiano no suspira este poeta no sabe si escribe si balbucea este texto religioso canónico baleado un rico surtidor del pecho roto roto roto roto roto
lejos lejos lejos lejos yoko ono llora
el horror reyezuelo inclemente reina reina ensangrentado ensaangrentado florido de la sangre
 no hay profetas airados tronantes vestidos con ropajes de cuero de dulces cabras blancas suaves suaves suaves
lejos lejos lejos lejos yoko ono llora
mefisto carcajea carcajea en su hórrida tienda de verano de verano
las cohortes del infierno ríen ríen ríen serrallos de la muerte perfumados perfumados
prodigiosa ramera la luna tan sin velos me envuelve envuelve envuelve
mandrake con su gran capa sonora hierve heridas hojas de mandrágora de mandrágora
lejos lejos lejos lejos yoko ono llora
me ata de pies y manos de pies y manos pies pies pies manos
malabar de las sombras no hay blanco de alcanfores de alcanfores de alcanfores
no hay cárcuma de los besos de los besos de los cuerpos de los cuerpos
contuso de mi boca sobrevivo supérstite jurante jurante
vi en los cielos el gran rollo volante de zacarías que fulguraba fulguraba conociendo majestuoso inteligente inteligente la maldad del humano del humano
lejos lejos lejos lejos yoko ono llora
no hay portentos no hay portentos no hay portentos no hay portentos
pelafustanes pelafustanes pelafustanes pelafustanes pelafustanes
enredadores de homicidios  coronados coronados jardineros de homicidios cultivadores de homicidios de homicidios  viñadores  de eso de eso de eso de eso
no hay leche y miel no hay leche y miel no hay leche y miel
no hay edad de oro de oro oro oro
no hay tierra prometida prometida prometida
yoko ono
llora
yoko ono
llora
yoko ono
llora
yoko ono
llora
yoko ono
llora



(s, melquíades,p.,
 s.dámaso,p.)
a maria victoria scheuber.


JCBO






















miércoles, 16 de abril de 2014

Oblivión

Hay que andar con cuidado y con el corazón alerta porque es cruel el olvido y no repara en lágrimas.  Lo advirtió Ferrer en una alegación sin tiempo :  olvido es Oblivión, testificó, el que ordena el degüello de las luces de la felicidad. Piazzolla lo hizo tango para que la memoria se pertreche  y perdure. Ahora y estamos aquí para obedecer este mandato. Porque el olvido es un rufián  de mala muerte y -si vence- se clausura la esperanza.

lunes, 31 de marzo de 2014

Juancito del monte



No he vuelto a Telén. No sé si lo haré alguna vez. Debe ser por cobardía, que se yo; quizás por rabia. O porque asumo que soy un sobreviviente y no tengo ni las ganas ni la fuerza para comportarme como tal.
Si hasta he pedido a la Compañía que me cambie el recorrido. Pensar que antes me gustaba andar por esos caminos solitarios plagados de silencios. Podía pensar, me gustaba hacerlo. Ya no.
De todos modos tengo algo que agradecerle a mis muchas heridas cotidianas. Van cicatrizando todas juntas y la costra no permite la individualización de una u otra.
Pero todavía me acuerdo de aquel viaje a Telén. Mañana fresca, la calle principal completamente vacía, tan solo algunos grupitos charlando bajo en la frondosa arboleda que suplantó el segundo refugio de Capdeville.
Entré contento al boliche, aunque algo extrañado. Y fue Don José, arrastrando las palabras con esa parsimonia de paisano acostumbrado a mirar correr la vida sin premura, el que me contó la historia.
Siempre prefiero los mates a la ginebra, pero confieso que no me costó demasiado acompañar al viejo en su trago mañanero.
¿Se acuerda de Juancito? Me dijo. Y como no me iba a acordar. Juancito, el arisco y dulce, el pedigüeño de revistas de la capital y el lector ensimismado de muchas horas bajo la sombra de aquel caldén que, me han contado, todavía existe.
Juancito. Que lindo tipo.
Don José no me lo dijo todo el golpe. Así que, acostumbrado a sus preámbulos, me dediqué a evocar a Juancito, el muchachón del monte, el mediano de los Carripilún que un día no hace muchos años (tendría ocho o nueve), se perdió en la espesura y lo encontraron a la semana medio muerto de frío, las ropas deshilachadas aterrando la honda con que había salido a cazar las liebres que esa noche cocinaría su madre.
No escarmentó. Volvió al monte una y otra vez. Ya grande cuando cambió el hacha por la cuchara de albañil y la enramada por la piecita de atrás de los Anchorena convirtió al caldén de El Alto como refugio para sus penas o lecturas. Esas que de tanto en tanto, pasaban de las manos de mis hijos a las suyas.
Me estaba acordando de cuando me dijo que se quería ir para Bahía, que si no lo llevaba. Y yo entusiasmado como el que le ofrecí mi casa y todos los manuales que necesitara para terminar la secundaria.
Fue en ese momento del recuerdo en que algo me advirtió que el tono de don José se había vuelto grave, más vacilante.
Así que cuando preste atención justo el viejo me estaba anunciando que Juancito, el mediano de los Carripilún, se había muerto.
Lo enterraron ayer. No se imagina el dolor de la madre. Acá todos los queríamos, sabe. Viera que funeral. Si hasta vino el intendente de Victorica. Cómo sería que el ministro mismo dijo que iba a estar presente; pero, claro, tenía  tantas cosas que hacer. Nadie lo pudo ver, el cajón ya vino cerrado. Pensar que cuando se fue estaba loco de alegría. Nos prometió a todos que iba a terminar la secundaria y seguiría estudiando, para hacerse hombre de provecho. Alcanzó a escribir dos cartas pero nunca las envió. Parece que las tenía entre sus ropas cuando lo encontraron. Tan solo a la madre se las dejaron ver. Le gustaba tanto el monte y tener que venir a morirse de frío en uno.  ¿Cómo, no se lo conté Si, fue lejos. En el Monte Kent, dijeron.

(de Crónicas cortas de un tiempo largo)


miércoles, 19 de marzo de 2014

Tizas




Los procesos de aprendizaje son arduos y sacrificados. A menudo desencadenan en lágrimas. En este país de los agravios el llanto es un río caudaloso que a veces se dispersa en infinidad de bañados y otras se desborda hacia el océano de la bronca.

Los cuerpos sumergidos en fluido experimentan una pérdida de peso igual al peso del volumen del fluido que desalojan.



Parece una ecuación de Brecht. Primero se escamotearon nuestra propia historia. Después los medios para recuperarla. Luego las personas para hacer la tarea. Por último las energías para insistir. Pero al final, como siempre sucede por esas cosas de la vida, todo vuelve a comenzar.

Nada se pierde, todo se transforma



Los gendarmes lanzan gases en el acceso a la ruta 22 mientras la policía dispara hacia las alamedas. Tras los piquetes los gendarmes disparan desde las alamedas en tanto la policía se lanza hacia Cutral Co. En una y otra punta alguien fiscaliza los operativos. Como antes, como siempre.

El orden de los factores no altera el producto.

La ministro culpa la intolerancia de los que cortan rutas y no alcanza a entender por qué tanta beligerancia si todos los ministros provinciales del área han mostrado su satisfacción por el modelo. El gobernador acusa a los revoltosos y no se explica tanta resistencia en una provincia de futuro tan promisorio-.

Las paralelas no se tocan. Dos son pocos, cien no alcanzan, mil resultan insuficientes. Hasta que un murmullo de pueblo en alza transforma el clamor en grito para que se sienta en todo el país.

Para que haya equilibrio los componentes horizontales de las fuerzas que actúan sobre un objeto deben cancelarse mutuamente y lo mismo debe ocurrir con los componentes verticales.

Desocupación, cierre de fuentes de trabajo, reducción de salarios, hambre, miseria... Es a estos flagelos a los que se les corta el tránsito.

Si no está comprometida ninguna fuerza un objeto en movimiento seguirá desplazándose a velocidad constante.

Represión, secuelas de una mala lección:

La letra con sangre entra.

Pobreza, bronca, gases, balas... muerte. Piedras, pueblo, paro. Vida.

*Cuando un objeto ejerce una fuerza sobre otro este otro ejerce también una fuerza sobre el primero

De pronto una catedral de pancartas se despliega en la geografía nacional. Es una fiesta de la palabra, son miles y miles de letras que danzan, se entrelazan y crecen.

-Las palabras agudas, terminadas en "n" se acentúan.



Movilización, por ejemplo.
Neuquén, Santa Fe, Córdoba, San Juan, Jujuy, , La Pampa...

El orden de los sumandos no altera la suma.

En estos días los maestros nos han dictado una clase magistral a todos los argentinos.


Juan Carlos Pumilla.
13.4.97

viernes, 7 de marzo de 2014

Rimas


Rimas

Rimas



Juan José Alvarez recorrió con unción las salas de la casa de Neruda en Isla Negra y se abismó en la contemplación del mascarón de proa que desde un rincón contaba su historia en el filamento de sus grietas y en las vetas de la noble madera lacerada por vientos  impiadosos. Cuando Juan se alejó, en el crepúsculo de una jornada  fugaz, quedó en sus retinas la imagen del mascarón  de proa, solitario y triste. Juan jura que imaginó una lágrima en las  mejillas descascaradas y, atrapado por una excitación inefable, elaboró una proclama cuya fragilidad advirtió de inmediato. Una semana más tarde, por esos azares de la vida, la fortuna lo llevó a Italia donde el mascarón lo aguardaba, con las emociones con que se espera a los amigos, en el hall de la soleada exposición romana recién inaugurada en honor al poeta  que alguna vez escribió sobre las revanchas.

     El padre de Rayén  contribuyó con  un poema al festival de la memoria que  formó parte de las actividades organizadas en Santa Rosa  ante  un nuevo aniversario de La Noche de los Lápices. El poema fue impreso y ese 16 de setiembre anduvo de mano en mano y de boca en boca. Algunos lo leyeron, otros lo hicieron un bollito y  los restantes quedaron en el pavimento, desempleados de emociones.  A seiscientos kilómetros de allí, en Buenos Aires,    media mañana del día siguiente Rayén fue a fotocopiar algunos apuntes y un papel pegado en una pizarra de la librería llamó su atención. ¡Era el poema! Rayen se pregunta, aún hoy, qué extraños y acelerados itinerarios recorrieron esos versos. Se pregunta más: cómo su padre, que a menudo desata sus furias, fue capaz de cautivar al desconocido  portador de ese papel náufrago que tan lejos de su destino encontró, al fin, un puerto.


Mauricio  cursa los últimos grados de la escuela numero 37 y corre por el patio flanqueado por celosos compañeros que lo cuidan y lo alientan. En las paredes  del establecimiento todavía resuena, grata,  y chispeante la voz de Marcelino Catrón desgranando historias de  brújulas y destinos. Mauri es ciego pero ya pocos advierten sus dificultades cuando lo contemplan, desgreñado y feliz,  conquistando su meta. No nació ciego, sólo seismesino. Un descuido hizo que permaneciera más de lo debido en la incubadora hasta que su luz apagó. En los recreos se comenta que el responsable de la impericia acaba de tener un niño, ciego.


El día en que Hamlet Lima Quintana dijo lo que dijo, Raquel Pumilla pensó que hay datos insondables, simetrías,  rimas del universo, que intervienen y acaso ordenan, quizás con un toque de poesía, nuestras vidas. Hamlet tomó en sus manos el grabado que Raquel le  había regalado, feliz de conocer al poeta. Se trataba de un tiraje de autor de tan sólo dos copias impresas en tintas pardas sobre papel elaborado a mano con fibras de  pasto puna. Hamlet  se demoró una eternidad en lo finos trazos  y alzó la vista para detenerse en los expectantes ojos oscuros de Raquel. La luz del atardecer se recostaba  sobre  aquella mesa de bar de Guatraché que visitaba por vez primera. Luego le contó, con su voz grave y enternecida, lo que había experimentado, una semanas atrás, en Cuba, cuando contempló la copia restante de ese grabado en una pared de La Habana vieja.


Santiago Covella  es un hombre grande, de cuerpo y alma. Esos dos atributos lo convirtieron en el blanco de la saña de quienes lo martirizaron  durante meses en aquellas noches interminables en que la patria descendió a los  infiernos. Santiago no guarda odios ni rencores y por eso, se sabe,  tan sólo experimentó conmiseración cuando, en una dependencia de la casa de gobierno, se topó con uno, quizás el más cruel, de sus torturadores. El sujeto lo reconoció de inmediato y vaciló, receloso. Con la incomodidad en el semblante,  sólo atinó a enjugar el sudor de la frente con  el revés del único brazo que le queda.


Los dos hombres cenan frugalmente e inauguran una charla circunstancial. Uno es el gomero de La Adela y el otro un camionero que durante cinco años ha pasado por el lugar sin detenerse hasta que un percance lo obliga a  hacer noche. Viene desde el sur, Caleta Olivia, y  falta mucho trayecto hasta llegar a Jujuy. De manera que resulta providencial  la hospitalidad. A medida que se internan  en la noche  la conversación toma otros carriles, más profundos, acaso intrincados.  Cuenta Angel Aimetta que su amigo gomero es hombre laborioso y sufrido. De muy niño perdió su familia y nunca supo del destino de su hermano, de manera que resulta  una bendición la compañía de alguien atento y bien dispuesto a compartir cuitas y la vigilia en estas soledades Los ojos le brillan a Angel cuando cuenta la historia. Al camionero también lo separaron de su hermano y en esta madrugada de La Pampa descubre que lo tiene frente a él.

A la desgracia por la muerte del abuelo de Muruma Lucero sobrevino el robo de sus tesoros: todos los aperos  que durante años atesoró con amor, producto de su  pasión por los caballos. Su familia, en medio del dolor, juró recuperarlos. Muruma sostiene, mientras sorbe un café que se enfría en una mesa de La Recova, que uno de sus tíos nunca pudo explicar qué extraña motivación lo convocó, treinta años después, a penetrar en un viejo corralón de González Chávez donde los avíos colgaban, relucientes, en un gancho de la pared del fondo.



Juan Manuel avanza y al hacerlo recuerda. Su padre ha muerto en 2000, un 28 de febrero, día del cumpleaños de su otra hija. Sucedió unos minutos después de que Juan llegara del trabajo. Apenas hubo tiempo para un beso y sobraron las lágrimas.  Tiempo después, en los días previos a la boda de la hermana, buscan con afán él y su madre, la pieza de Borelly Serenata para dos Amores. Otro trompetista, Alejandro Mecca, la interpretará a modo de ofrenda y alegoría. La partitura  finalmente aparece  dos días antes gracias al aporte generoso de  Manuel Neveu, reconocido músico del medio. Repasando las páginas, amarillas y quebradizas, la mamá de Juan -pianista ella- descubre en la margen inferior de la segunda una firma y un sello: “Carlos Hugo Schulz, gerente de Banca Individual del Banco Pampa”. Carlos Hugo Schulz es su padre y aún hoy toda la familia se interroga acerca del maravilloso itinerario de esas hojas. Mágicos legados fecundando vibraciones que colman el templo, guían y redoblan la intensidad del abrazo de la contrayente con quien -en el nombre del padre- la conduce hasta el altar.



Esterina Bértoli fue, lo que se dice, una dama fatal. Nacida en Suiza y radicada en Bulnes, edificó una familia que se preserva  y aumenta aquí en La Pampa. Su primera muerte, en consecuencia, fue motivo de la congoja general. Cuenta su biznieto Daniel Bilbao que la “Nona” Esterina era vital y jocunda, seguidora hasta el fanatismo de Boca Juniors. Cuando frustró la tarea del sepulturero su nombre se hizo leyenda en el sur de Córdoba. Y esa leyenda se acrecentó a límites increíbles cuando murió  y revivió por segunda vez para delicia y extrañeza de galenos y comadres. La nona perseveró en sus rutinas con el mismo empeño y alegría  que siempre  y esa circunstancia redobló el pesar cuando murió por tercera vez, a los 96 años de edad. No fue de muerte natural, fue de accidente: fregaba los pisos cuando tropezó y cayó infortunadamente. Comenta  Daniel que cada vez que Riquelme ejecuta alguna maravilla no puede reprimir el gesto de mirar por sobre su hombro.


Los gemelos Piatti fueron, con igual intensidad, desvelo y encanto de maestros y conocidos. Siempre fue azaroso identificarlos y ellos  padecieron o se solazaron  con esa circunstancia. De tan gemelos emprendían acciones al unísono: a menudo  comenzaban, por ejemplo,  a silbar la misma melodía sin previo acuerdo. Uno de ellos, Eduardo, que vino a La Pampa hace décadas y quedó atrapado en ella, evoca que alguna vez recibió dos veces el mismo coscorrón por parte de su madre. Sus tíos, por temor al equívoco, rehusaban  llamarlos por sus nombres  y conforma un capítulo aparte la feliz adolescencia. Algunas veces Eduardo es invadido por la nostalgia. Entonces, silba.


Un ejemplar de Ginkgobiloba, la especie milenaria que sobrevivió al horror de Hiroshima, ganando con justicia la denominación de “árbol de la vida”, crece lentamente en el jardín de Camilo y Claudia. Su dueño lo plantó hace algunos años para honrar una memoria que tiene su vértice en mayo. Los viajeros, que en este otoño se deslumbraron ante los portentos del algarrobo que naciera diez siglos antes de que a su alrededor jugaran los niños comechigones del macizo serrano de Merlo, no vacilaron en asociar al algarrobo con el ginkgo, una relación que no hubiera disgustado a Antonio Esteban Agüero. La “catedral de pájaros, musa del poeta, y el árbol de Japón fueron el tema de conversación en el viaje de regreso en la que abundaron menciones a Camilo a quien no ven desde hace años. Hasta ayer, en que al llegar de su ronda serrana, se encontraron con el rostro bueno y emocionado de Camilo que les traía de regalo, porque sí, o acaso mayo, o por una fraternidad que los mantiene vivos y vence al tiempo, un pequeño retoño de Ginkgobiloba
.




Termina de contarle a Daniel  la historia del Ginkgobiloba y éste  contesta para coincidir en que hay algo, un no sé qué dice, ,hilos invisibles, vibraciones, ondas que se conectan y establecen un circuito, dendritas de la poesía_  Homologa su dicho apelando a  una historia que no se cansa de reiterar y que es necesario reproducir  en su propia cuerda: “Me lo contó Haag "Ajito", el ruso que me atendía el Polara hace muchos años. Le hice una nota sobre su historia familiar que se publicó en el boletín de la CPE. Él se vino con parte de la familia para Argentina desde Rusia o Alemania, no me acuerdo. Llegaron a Santa Rosa y se quedaron. Pasaron muchos años y jamás se escribieron con la familia. Un hermano de su padre, sin saber en qué lugar del mundo se habían radicado sus parientes, también emigró hacia Argentina. Terminó en una estación de ferrocarril sin saber adónde ir. Se paró delante de la boletería, miró y dijo "a tal lado". Llegó así a Santa Rosa de Toay.  Ese día, el padre de Ajito fue a la estación a ver llegar el tren. Poco a poco se iban deteniendo los vagones. El que venía en el tren acomodó con tiempo sus bártulos en la puerta para descender, mientras veía desfilar las caras de la gente que estaban en la estación. Cuando el tren se clavó y no se movió más, el tipo estaba en la escalerilla y enfrente suyo, mirándolo para ver quién bajaba, estaba su hermano”



¿Logrará el joven Guillermo Herzel a reprimir el impulso de huir o permanecerá para que los dioses decidan su destino? Ha llegado hasta la casa de una amiga del alma de Mirta, la muchacha que quiere conquistar, portando dos, tres, quizás cuatro discos de 45 rpm con los hits del momento. Se los ha llevado de un “asalto” a modo de resarcimiento por lo que consideró una arbitrariedad de los organizadores; de esto ha pasado mucho, mucho tiempo y es un episodio olvidado. Mirta lo recibe sonrojada en la puerta sin saber que este muchacho rubio, alto, algo cohibido, se convertirá un día en el padre de sus tres hijos. Guillermo luce un tanto incómodo en el papel de visitante pero confiado en que sus tesoros (¿Paul Anka, Salvatore Adamo,… acaso Los Estudiantes Holandeses?) serán generadores de la admiración y embeleso de la chica de sus sueños. Lo cierto es que la sonrisa se le congela cuando escucha el nombre de la amiga: Cecilia, el mismo que figura en las etiquetas de los discos que en estos momentos marchaban rumbo a la plataforma del Winco en manos de las dos entusiasmadas anfitrionas.

            Delfor Sombra hunde su diapasón en las inmensidades   de Chiapas e instala una milonga baya a modo de presentación. Hace un tiempo que sobrevive  en México huyendo de los chaffes que lo acosan en el país del monte. En una pequeña escuelita que prologa los misterios de LaCandona Delfor desgrana historias del medanal y el desarraigo. Dice y canta quien es con la sexta en Re .Cuando concluye escucha azorado que el director y los alumnos le comentan que ellos aman a un pedagogo pampeano cuyos libros enriquecen y honran su biblioteca. Delfor no sabe cómo explicarles que ese pedagogo, Ricardo Nervi, impulsado por las mismas razones de su exilio vive precisamente en el piso superior del edificio donde ambos se alojan .



Rimas del alma. Edgar Morisoli atraviesa una situación tensa. Es una circunstancia ingrata que lo  conmueve  y exige. No es la primera ni será la última en su vida de hombre sensible y poeta comprometido. No puede evitar lo que pugna por salir y comprime su corazón. En ese momento, lejos de allí, su amigo Guillermo Mareque deja de acariciar la guitarra, queda pensativo y dice a su compañera en un susurro: Edgar... está llorando.


Teófilo Ivanowsky deserta de la milicia y se transforma en linyera. Allá, en Montevideo, renuncia  a una historia de inmigrantes junto a sus documentos .Se introduce luego  en  los caminos  del país vecino que tropieza  en las incertidumbres de su organización. Teófilo trajina, sin prisa y sin pausa, huellas y años hasta que recala en los andenes de una estación que lleva su nombre. Nunca imaginó (él, que hizo de la imaginación una religión) que aquellos documentos abandonados en Montevideo  convertirán a otro  don nadie en  un guerrero, un héroe del proceso nacional que a su muerte sería honrado con un decreto de denominación de un pueblito ignoto de la Pampa Central.  El nombre de Karl Reichert quedó extinguido en una leva de los pagos  de Azul, engrosando  las infinitas sepulturas de la historia. Edgar Morisoli hace justicia con ambos en un relato donde la poesía también honra estas bisectrices de la vida, estas coincidencias cósmicas, estas armonías de la existencia que uno-por insondables imperativos  de la síntesis -  titula, simplemente, “rimas”.

          Rosa Dietrich, pionera e hija de pioneros de Alpachiri, está por celebrar  sus noventa y cinco años de existencia y luce  feliz por recibir en su casa a hijos, nietos y biznietos que la acosan con preguntas. Carola Gigena no resiste la tentación y le inquiere  por qué razón no lleva su anillo de compromiso en el dedo anular sino en el otro ganado por la atrofia. Rosa acaricia el delgado filamento en que se ha convertido la alianza,  entorna los párpados y le explica  con voz pausada  que lo lleva en el dedo corvo para  no volver a perderlo. Hace mucho tiempo, en épocas de fuentones y tablas de lavar arrojó el agua jabonosa sin advertir el fuga del anillo.  Ese mismo día comenzó a buscarlo centímetro a centímetro.  La tarea resultó infructuosa pero Rosa no se dio por vencida y durante diez años –ni uno menos- sus familiares y vecinos la vieron encorvada hundiendo sus dedos en la hierba con una obstinación que acaso explique tenacidades de la descendencia   Rosa deja el relato en suspenso y abre paso a una sonrisa encantadora sabedora de que ha acuñado una metáfora vinculada a la perdurabilidad de las cosas intangibles. Carola se asocia al silencio mientras cavila sobre los fundamentos   de un axioma que resuena en su casa desde la cuna:  el que busca, encuentra.

Transcurre el juicio a los represores pampeanos. Es agosto y hace frío pero el cronista queda atrapado en la portería de la Cooperativa Popular de electricidad por el relato de Juan Gonzalía., visiblemente, indignado por la infinita galería de vilezas que desenmascaran las audiencias.  Con gracia y precisión rememora un puñado de acontecidos en los que intervinieran policías corruptos. Uno de ellos es heredado en su juventud de boca de su padre. Ocurrió en el sur, una patota de policías atracó a un hombre de campo, Sebastián Calfuán,  para despojarlo del dinero que llevaba. “Vamos a tener que matarte” le dijo uno de ellos a lo que el asaltado respondió:” miren que tengo testigos, señalando a los teros que sobrevolaban   la escena.  Hubo risas y un disparo. El crimen quedó impune por varios años hasta que uno de los asesinos –acaso inspirado por las libaciones y la presencia de una ocasional bandada de teros- articuló una frase desafortunada frente a un investigador perseverante y memorioso: “miren, allá van los testigos de Calfuán…”


Con anticipada añoranza por la región  que deja y enorme expectativa por la que habrá de conocer Zulema Izaguirre  desciende las escaleras del avión que la deposita en el aeropuerto José Martí. A lo largo de días alucinados la viajera se introduce en la magia del caribe y los laberintos de la revolución. Cuenta y escucha, aprende de la gente y les dice que su provincia tiene una cicatriz que solo la repara el agua. Al llegar a Trinidad  no puede sustraerse a la enorme cordialidad de un poeta ambulante que lleva sus libros en una carretilla. LuisMartínez es el rey de la sugestión  y se vuelve más querible cuando sorprende aZulema con un atadito de poemas cuyos versos  dicen Pampa, , Victorica, General Acha. Chadileuvú…Resulta que el poeta viaja a través de sus lecturas  y fija sus itinerarios  con una mezcla indescifrable de azar y amor por las  intrincadas rugosidades  de la Patria Grande.



Juan Carlos Pumilla
(Selección de textos)







Juan Carlos Pumilla
(Selección de textos)





martes, 31 de diciembre de 2013

Un año más, un sueño más

(estamos alcanzando las ocho mil lecturas, lo que colma nuestras expectativas desde  que, hace menos de un año, esta página cobró cuerpo y regularidad. Gracias, estos textos no tienen dueño.Pertenecen a quien los asumen, a quienes despiertan alguna emoción o consideración.En fin, tienen como patrón y destino las ocho mil miradas condescendientes, generosas, solidarias de estos tiempos que vamos construyendo)

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"...Ha llegado la hora de aprovechar la noche para pensar el nuevo día. Y soñar.

¿Soñar?

¡Sí!, Pero que los sueños sean sueños. Esto es, imaginar los sitios donde seremos felices y comenzar su construcción, ladrillo a ladrillo. Vale la pena el intento. Además, como se sabe, soñar no cuesta  nada.

Soñar, hacerlo fuerte y bien hasta conjugar la primera persona del plural.

Soñar, un sueño tan grande como será la nueva casa. Y que no quede nadie afuera: ni el abuelo de rostro crispado, ni el joven que borra el rastro del regreso, ni los niños que ayer tiraban piedras a la luna y hoy arrojan ladrillos a los trenes. Todos claro, menos los asesinos de los sueños porque para ellos no será el reino de los cielos.

Barajar y dar de nuevo, ganarle la partida a la guadaña. Serruchar de una vez al as de bastos, aprender de La Pampa  y sus sabios hacheros: el fuego no penetra donde ya estuvo el fuego.

En fin, un sueño con todas las de la ley. O mejor, con la ley para todos.

Hacia el amanecer un suave sonido penetrará por las ventanas. Vendrá de abajo y crecerá de a poco, como los trigales. Irá cubriendo todos los espacios, como un estilo en las guitarras e irrumpirá potente por la mañana... como los sones de la calandria.

Será el momento de levantarse. Allí está el sol. Elevemos la mirada para celebrar sus rayos y en un ademán, en un gesto común, emprendamos la tarea cotidiana...

Un poco más, un sueño más.
Un poco más, un poco más y ascenderá. Ascenderá...
Se elevará en la térmica del volcán de la esperanza y seguirá subiendo...hasta tocar el cielo con las manos..."
(fragmento de NUNCA MAS PENAS NI OLVIDOS)

Juan Carlos Pumilla

viernes, 27 de diciembre de 2013

Sara



El hueco que  han dejado las botellas de aceite es ocupado por una radio que vomita impiedades. Otras ausencias de las estanterías están disimuladas por almanaques o publicidades que no convencen a nadie. Sara Pelàez  repasa innecesariamente la superficie de fórmica  aguardando que su única clienta se decida entre el paquete de fideos o el de harina. La vieja demora la elección y su mirada acaricia por algunos instantes  el canasto de los panes y   el trozo de queso que languidece arqueado y lagrimeante bajo la campana de vidrio. De pronto, seducida por vaya a saber qué conmoción interna, la vieja se abraza a los paquetes y sale corriendo ante el estupor de Sara que  parte furiosa tras la  osada. Cruzan la esquina, disparan por la calle y siguen por la otra cuadra mientras las distancias se acortan porque Sara es algo más joven y la bronca es mucha. Cuando el barrio se transforma en villa las espaldas de la anciana se aplastan  y su paso se vuelve cada vez más pesado. Al borde del aliento aprisiona sus tesoros con un solo brazo y deja que la palma de la otra mano sostenga su cuerpo contra la pared, edificando  una arcada en medio de la vereda. Está vencida. Voltea la cabeza con ademán de deshacer el abrazo pero descubre que no hay nadie a sus espaldas. El desconcierto invade sus pupilas y al cabo de algunos segundos baja la vista. Mueve imperceptiblemente sus labios dibujando una palabra corta que no se escucha y reanuda su marcha hasta convertirse en una mancha marrón entre las acacias.  Sara la ve alejarse entre el invierno y retorna a su mostrador flagelada por un aluvión de sentimientos confusos. El locutor sigue disparando  las noticias con voz acre. Suenan como escopetazos... Sara aprisiona la perilla del  volumen hasta que sus nudillos blanquean. Gira   y un tambor obstinado retumba en sus costillas. Lo hace lentamente. Lentamente... hasta estrangular  definitivamente las palabras.


sábado, 7 de diciembre de 2013

Teófilo Ivanowsky




Teófilo Ivanowsky deserta de la milicia y se transforma en linyera. Allá, en Montevideo, renuncia  a una historia e inmigrantes junto a sus documentos .Se introduce luego  en  los caminos  del país vecino que tropieza  en las incertidumbres de su organización. Teófilo trajina, sin prisa y sin pausa, huellas y años hasta que recala en los andenes de una estación que lleva su nombre. Nunca imaginó (él, que hizo de la imaginación una religión) que aquellos documentos abandonados en Montevideo  convertirán a otro  don nadie en  un guerrero, un héroe del proceso nacional que a su muerte sería honrado con un decreto de denominación de un pueblito ignoto de la Pampa Central.  El nombre de Karl Reichert quedó extinguido en una leva de los pagos  de Azul, engrosando  las infinitas sepulturas de la historia. Edgar Morisoli hace justicia con ambos en un relato donde la poesía también honra estas bisectrices de la vida, estas coincidencias cósmicas, estas armonías de la existencia que uno-por insondables imperativos  de la síntesis -  titula, simplemente, “rimas”.

(de la serie Rimas)

ABRAZO, AHÍ

Hoy Pablo Grillo cumple años, y su nombre se vuelve más que un recuerdo: es presencia viva. Su mirada —esa que alerta y sostiene— atraviesa ...