viernes, 25 de octubre de 2013

Matar al tirano






Aunque pasen siglos te venceré. Peón cuatro alfil rey; peón tres alfil rey; peón cuatro rey; peón cuatro caballo rey; dama cinco torre rey. ..Muere, te lo advertí.





sábado, 12 de octubre de 2013

Juancito del monte


No he vuelto a Telén. No sé si lo haré alguna vez. Debe ser por cobardía, que se yo; quizás por rabia. O porque asumo que soy un sobreviviente y no tengo ni las ganas ni la fuerza para comportarme como tal.
          Si hasta he pedido a la Compañía que me cambie el recorrido. Pensar que antes me gustaba andar por esos caminos solitarios plagados de silencios. Podía pensar, me gustaba hacerlo. Ya no.
          De todos modos tengo algo que agradecerle a mis muchas heridas cotidianas. Van cicatrizando todas juntas y la costra no permite la individualización de una u otra.
          Pero todavía me acuerdo de aquel viaje a Telén. Mañana fresca, la calle principal completamente vacía, tan solo algunos grupitos charlando bajo en la frondosa arboleda que suplantó el segundo refugio de Capdeville.
          Entré contento al boliche, aunque algo extrañado. Y fue Don José, arrastrando las palabras con esa parsimonia de paisano acostumbrado a mirar correr la vida sin premura, el que me contó la historia.
          Siempre prefiero los mates a la ginebra, pero confieso que no me costó demasiado acompañar al viejo en su trago mañanero.
          ¿Se acuerda de Juancito? Me dijo. Y como no me iba a acordar. Juancito, el arisco y dulce, el pedigüeño de revistas de la capital y el lector ensimismado de muchas horas bajo la sombra de aquel caldén que, me han contado, todavía existe.
          Juancito. Que lindo tipo.
          Don José no me lo dijo todo el golpe. Así que, acostumbrado a sus preámbulos, me dediqué a evocar a Juancito, el muchachón del monte, el mediano de los Carripilún que un día no hace muchos años (tendría ocho o nueve), se perdió en la espesura y lo encontraron a la semana medio muerto de frío, las ropas deshilachadas aterrando la honda con que había salido a cazar las liebres que esa noche cocinaría su madre.
          No escarmentó. Volvió al monte una y otra vez. Ya grande cuando cambió el hacha por la cuchara de albañil y la enramada por la piecita de atrás de los Anchorena convirtió al caldén de El Alto como refugio para sus penas o lecturas. Esas que de tanto en tanto, pasaban de las manos de mis hijos a las suyas.
          Me estaba acordando de cuando me dijo que se quería ir para Bahía, que si no lo llevaba. Y yo entusiasmado como el que le ofrecí mi casa y todos los manuales que necesitara para terminar la secundaria.
          Fue en ese momento del recuerdo en que algo me advirtió que el tono de don José se había vuelto grave, más vacilante.
          Así que cuando preste atención justo el viejo me estaba anunciando que Juancito, el mediano de los Carripilún, se había muerto.

          Lo enterraron ayer. No se imagina el dolor de la madre. Acá todos los queríamos, sabe. Viera que funeral. Si hasta vino el intendente de Victorica. Cómo sería que el ministro mismo dijo que iba a estar presente; pero, claro, tenía  tantas cosas que hacer. Nadie lo pudo ver, el cajón ya vino cerrado. Pensar que cuando se fue estaba loco de alegría. Nos prometió a todos que iba a terminar la secundaria y seguirla estudiando, para hacerse hombre de provecho. Alcanzó a escribir dos cartas pero nunca las envió. Parece que las tenía entre sus ropas cuando lo encontraron. Tan solo a la madre se las dejaron ver. Le gustaba tanto el monte y tener que venir a morirse de frío en uno. ¿Cómo, no se lo dije? Si, fue lejos. En el Monte Kent, dijeron.

1982

domingo, 29 de septiembre de 2013

Misterio


La muchacha de piel de arena y cabellos enmarañados desapareció una noche de luna llena. Desde entonces nadie sabe de ella. Algunos acusan a un escultor. Otros dicen haberla visto en otras playas.

(micro-relatos de 33 palabras)

sábado, 21 de septiembre de 2013

Desaparecidos


Un grupo de amanuenses ha puesto de manifiesto su vocación de actuarios revitalizando una prédica que inauguraron los exegetas de la teoría de los dos demonios y emulara luego Graciela Fernández Meijide. Precisamente las formulaciones de la otrora funcionaria motivaron este texto en el que acaso seda oportuno reincidir.


Desaparecidos


         Como si faltara poco…Graciela Fernández Meijide acaba de inaugurar un nuevo elemento para el debate acerca de las consecuencias del terrorismo de Estado en nuestro país. Se ignoran sus razones aunque no sus consecuencias: más pasto para el festín de las fieras.
         Cumpliendo con los mecanismos de una vieja práctica, la que fuera presidente de la Asamblea Permanente por los DDHH, ha mezclado verdades irrefutables con sospechas y subjetividades.
         Nadie sabe porqué lo ha hecho ni sus razones, aunque algunos las malician al repasar su actividad como funcionaria.
         Fernández Mejide ha sostenido que los juicios contra los militares no avanzan, aseveración que habrá confirmado las presunciones de muchos y el fastidio de otros. Pero ha dicho algo más, se ha internado en precisiones sobre el número de desaparecidos durante el ejercicio del terror en cuya contabilidad, por cierto, no figura la mayoría de los pampeanos.
         Sus declaraciones revivieron un momento imperecedero de la era del miedo: cuando el  general Videla, abanicando sus brazos, dijo lo que  dijo acerca de los desaparecidos.
         No hacía falta esta formulación, que rejuvenece una concepción y un discurso al que son proclives los miserables de siempre. Sobre todo, a partir de la intangibilidad de una certeza: que basta tan solo una, nada más que una violación a la condición humana para acreditar una práctica genocida.
         Pero no le ha bastado. Hizo algo que la desvela, en el sentido de que queda al descubierto. Ha puesto de manifiesto una forma de pensar, una articulación de su filosofía de vida para inspeccionar la envergadura del terror. Con una asepsia que sorprende, con una tranquilidad de espíritu que hubiera mitigado pesares en sus horas de horrendo desasosiego, como si la muerte fuera una cuestión para los tenedores de libros, Graciela –en el paroxismo de la abyección se ha puesto a contar los desaparecidos…

Juan Carlos Pumilla
                                                                                                                                                                        6 agosto 2009



viernes, 20 de septiembre de 2013

Dictadura y desmemoria

(publicado en marzo de 2004)

Nunca más penas ni olvidos



         Uno de los ejemplos más altos de dignidad nacional, el que encarnan Abuelas de Plaza de Mayo, enriqueció las conciencias ciudadanas con su presencia. Fue en el marco de la semana de la memoria organizada por el Honorable Concejo Deliberante de Santa Rosa.
. Hace exactamente veinte años la ciudad albergaba –también en la sala de Concejo Deliberante- a otro ejemplo de abnegación y coraje: las Madres de Plaza de Mayo .Su titular, Hebe Bonafini, generaba odios y amores con su estilo frontal y destemplado. Resultaba urticante para ciertos sectores de la comunidad, aceptar sus propias falencias e hipocresías.
Entre estas dos visitadas, dos mundos, dos realidades históricas en un mismo país pero tan diferentes y distantes en su esencia han pasado en el devenir de los argentinos. En los ’80 el fuego de quienes comenzaron a pedir justicia por los crímenes de la última dictadura militar se fue consumiendo y aplacando con los miedos, las hipocresías y las complicidades con ese régimen de terror que azotó los años ’70. Recorrimos los crudos ’90 bajo la apatía y el manto de falsa piedad que más que contribución a la unión de los argentinos fue una deslealtad con la memoria y la justicia y un desprecio por las víctimas. Y llegamos con los nuevos aires de este 24 de marzo de 2004 en el que observamos un gobierno que reclama por la piedra angular de la reparación histórica de un país sano y comprometido.

LA DESMEMORIA
Como desnudaría Daniel Bilbao en su ensayo sobre los años de plomo la multiplicidad de comportamientos de las sociedades del olvido, del silencio y de la desmemoria, ese manto de brumas sobre el pasado también recorrió La Pampa. Aquí también se había padecido –contrariando el vehemente discurso de la “isla de paz”- toda una  serie de iniquidades que podían resumirse en un dramático inventario: más de doscientas detenciones, empleo sistemático de la tortura, existencia de lugares clandestinos de detención, secuestros extorsivos, asesinatos, hallazgos de cadáveres no identificados y cerca de cuarenta pampeanos detenidos desaparecidos.
Bajo el fuego de justicia que recorre el país tras la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, nuevamente el pasado oscuro de la provincia comenzó a ser revisitado con la apertura de la Megacausa 450 que investiga los crímenes de lesa humanidad cometidos en la Subzona 14. Trece represores –nueve ex oficiales de la policía y cuatro ex militares- están procesados por la justicia federal por algunos de los delitos ocurridos en La Pampa entre 1976 y 1983.
En cada caso investigado y presentado a la justicia y a la opinión pública a través de los medios también se advierte la saludable experiencia de la redención de viejos ideales y la saludable puesta en acción de la memoria. La vergüenza deja paso a la reivindicación, la desesperanza a la posibilidad de justicia, la apatía al descubrimiento de la verdad.

EL FUEGO INICIAL
¿Qué pasó en estos 21 años desde que se comenzó la lucha por la verdad en el ‘83? La primera lucha la dieron las mujeres que sufrieron en sus familias la desaparición de sus jóvenes: podemos mencionar a Matilde Alonso -tía de Juan Carlos Andreotti-, Olga Molteni -madre de Liliana-, Celia Korsunsky –madre de Sergio Eduardo- o María Tartaglia -madre de Lucía-, siendo injustos en la recordación de sólo algunos nombres.
Las primeras denuncias del ’83 promovidas por el originario Movimiento por los Derechos Humanos –Santa Rosa- y la Asamblea Permanente por los DDHH –de General Pico- fueron  luego amplificadas por algunos medios periodísticos y expuestas formalmente ante el Juzgado Federal de La Pampa para su dilucidación. También concretaron una presentación ante la flamante Comisión de DDHH de la Cámara de Diputados que auspició la edición de un dossier que fue distribuido a los organismos nacionales de derechos humanos y a la Comisión de Desaparición de Personas (Conadep). Este gesto se correspondía con la época: desde el Poder Ejecutivo se promovía un sumario al personal policial comprometido con privaciones de libertad y torturas  procediendo a su exoneración.
Pasaron los años y el contenido de ese documento fue revivido cada 24 de marzo sin que las sociedades de la memoria pudieran vencer el infranqueable muro levantado por las sociedades del olvido y del silencio. No hubo, como se esperaba, nuevos gestos desde los poderes públicos que persistieran en aquellas actitudes que constituyeron, por su oportunidad y naturaleza, ejemplo nacional.

MARCHAS Y
CONTRAMARCHAS
En 1995 el dossier, ampliado con los elementos recogidos hasta ese año, se convirtió en una nueva denuncia ante la Comisión de DDHH en la Cámara de Diputados. Los fundamentos de la presentación eran obvios: pese al tiempo transcurrido nada se había avanzado en la materia y los muertos y desaparecidos pampeanos seguían como tales con un ingrediente más terrible: la ausencia de la verdad hacía que prevaleciera sobre ella el discurso de los asesinos. Esto es, que los desaparecidos no eran tales y que los muertos lo fueron en enfrentamientos. Los legisladores, en forma sistemática, durante estos nueve años se resistieron a considerar esta denuncia, lo que significó su negativa a realizar movimiento alguno por la verdad histórica y por la recuperación del nieto de María Tartaglia. Ese niño es ahora un joven que sigue negado de su  identidad. Al nieto de María no desapareció: nos lo desaparecieron, con  lo cual se consagra una ausencia cuya persistencia subleva la dignidad humana y ofende las conciencias.
Hay otro elemento que los cómplices de la desmemoria se niegan a aceptar. Es el que emana de la demostración fehaciente de la coordinación represiva, con la cual se esteriliza la tesis de la ajenidad que tanto se ha esgrimido para evadir responsabilidades.
En 2004, a diecinueve años de la primera presentación ante la Justicia Federal, el actual magistrado y ante la puesta en marcha que realizamos de ampliaciones y nuevas denuncias, resolvió declararse incompetente y giró todos los antecedentes al juzgado que desde hace algunos meses investiga los crímenes perpetrados en la órbita del Primer Cuerpo de Ejercito, área a la que perteneció la Subzona 14.

HORA DE REDENCION
Por los crímenes cometidos en La Pampa ya hay trece represores detenidos y un prófugo. Y también hay otros cuatro encarcelados que lo están por su participación en el secuestro de Lucía Tartaglia y la desaparición de su hijo. Si uno, tan sólo uno de ellos, decidiera romper con el mutismo de tantos años, buena parte de lo que nos ha sido vedado se revelaría. Su silencio descoloca a los exegetas de la redención. Es un silencio que se construye y afianza probablemente al amparo de invocaciones más altas y más profundas.
Estos son los elementos centrales acumulados en dos décadas. Si algún avance se ha logrado, es el de que conocer ahora, medianamente, quién es quién. Por un lado, los dueños de las preguntas. Por el otro, los poseedores de las respuestas.
Cuando la sociedad y sus representantes sostengan con compromiso y vehemencia el fuego sagrado por resolver las deudas de la desmemoria, allí estarán las Abuelas de Plaza de Mayo y  los ejemplos de  María, María Tartaglia, Olga  Molteni, Matilde Alonso , Celia Korsunsky, …en la cumbre  de  su formidable  fortaleza ética, oficiando de testigos.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Utopía

Y una mañana luminosa Juan, María y los demás tocaron el cielo con las manos. Esa noche descansaron. Fue un sueño reparador. Al alba de la jornada siguiente comenzaron a mirar hacia arriba.

(Microrelatos de 33 palabras)

sábado, 31 de agosto de 2013

¿Qué ves cuando no ves?

          Fines del siglo XIX.  Arista suroeste de Irigoyen y Rivadavia. “.El Parque”, almacén y tienda de García Hermanos.
Endechas de memoria adjudicaron la propiedad y ubicación a Felipe Yarza en 25 de Mayo e Irigoyen pero los vientos justicieros de los fastos del siglo vinieron a reparar el equívoco. Los trabajos de Ana Lassalle, Andrea Lluch y Mónica Luchesse más la registración de la fototeca Bernardo Graff, son demasiado solventes como para persistir en el error.
          El registro es tan incitante como bello. Pertenece  al estudio de la familia  Marostica , de La Plata,            está debidamente preservado en la Graff, a cuyos archivos se puede acceder en la web.
          La edificación de ladrillos se realza en a encrucijada.. En el frente, quizás por indicación del probable autor,  huís Marostica, o mera casualidad, se halla estacionado un carro corto y alto, sin su carga, mientras que dos, tres…. ¿cuatro? Caballos descansan mirando con delectación el breve espejo de agua que se forma gracias a la depresión del terreno en el centro mismo de la calle.
          ¿Es otoño?
          Cualquiera coincidiría en que es  una buena foto. Con letras prolijas, un letrista pionero ha pincelado  en negro la denominación del comercio y, en los laterales, los rubros diversos con que opera. Al elevar la mirada , el observador encuentra que la rígida línea del techo se interrumpe justo en el frente de la esquina en una media luna flanqueada por dos pequeñas murallas que constituyen la base de dos lanzas largas, seguramente utilizadas para el doble propósito de contener las banderas y oficiar de pararrayos.
          La edificación es amplia. Sobre el costado izquierdo de la representación se advierten dos enormes ventanales. Pero debe haber otros más, a estar por lo que revela el examen del lateral derecho: dos, cuatro, seis, ocho, diez… ¡once! Aberturas con una guarda pintada de blanco y una arcada de ladrillos de canto custodiando su iniciación.
          Más allá la vista se extiende en dos edificaciones menores, pero esta apreciación quizás sea un engaño de la perspectiva. Ambas están separadas y seguramente con ellas se completa la cuadra. En la mitad del paseo, sobre una vereda apenas insinuada, el contorno de un toldo de lata a otro carruaje. La arteria  es ondulada y por ella se cruza a la vereda de enfrente donde se perfilan otras tantas edificaciones y la invitación a un patio trasero que inicia su dominio. Por doquier hay postes de un metro de altura pero no se advierten las argollas para sujetar a los caballos, los postes cumplen un doble oficio: delimitan también la frontera de los predios del sector.
          La vista se desliza hacia el fondo, donde alcanza a divisarse la línea del horizonte, apenas superior al nivel de los techos. Más allá, las dilataciones del arenal tan significantes para  Safontás o  Mariano Rosas, los primeros vecinos.  Una mirada más atenta permitirá visualizar la copa de menos de media docena de árboles ¿eucaliptos, tal vez? Que marcan el inicio de los arrabales de este poblado tempranero.
          La foto es, decididamente, reveladora. Pero…¿y la gente? ¿Dónde están los vecinos, el herrero, el conductor de carros, el albañil, el arquitecto que diseñó con esmero esa fachada? ¿Dónde?. Alguien taló esos postes y le quitó la corteza; otros descargaron ese carro. En ese charco jugaron niños y no vuelan pájaros.
          …Así es la historia, mezquina en lo que deja hacia delante. Así es la historia, un eterno desafío para encontrar al hombre detrás de las fachadas.
          Acaso haya que  volver a buscar. Lo que se dice, volver a ver, que es una buena  manera de apoderarse de nuevos corolarios.


sábado, 24 de agosto de 2013

Otoño en el monte

Fotografía Pablo De Pian


            Qué puede hacer un hombre en otoño y en el  monte?
            Caminar, por ejemplo, internarse en su selva de rocío y ensimismarse en la figura desmañada de un caldén o con el aroma que el amanecer despierta  entre sus claros.
             Un hombre en el monte y en otoño, puede inundar sus ojos de colores. verdes, pardos y esmeraldas danzando coreografías  de luces encendidas que ni siquiera el invierno se atreve a oscurecer.
             Un hombre puede detenerse a escuchar la más inmensa  sinfonía; mágicas y estridentes melodías que despliegan  los coros del monte en el otoño.
             En la espesura una calandria llama y su frecuencia reverbera  mientras una ronda  de loros charlatanes dilata  sus proclamas en los confines.
            Dicen por ahí, que aquí es donde habita la poesía y no estará de más mirar al cielo para encelestarse el alma o asombrase con ese resplandor que modela el horizonte cuando la noche se despide  hasta mañana.
           Aquí ,la vida es vida. Y,  a veces, en otoño la vida se encuentra enamorada.
           Un reclamo de amor desesperado se puede escuchar en madrugada.
          Son urgencias, lamentos,  los síntomas de una pasión que estalla.
          Y sucede en abril, para que la naturaleza confirme sus demandas.
          Así, pues, un hombre en el monte y en otoño tiene el    privilegio de ser espectador de   sinfonías, asistente a una muestra plástica de avanzada, anfitrión del sol, peatón de los senderos sembrados de  cortezas que yacen  perezosas y abrazadas.
          Un hombre puede contemplar el portento de la vida.
 y también, si se le antoja, detenerla.





Juan Carlos Pumilla


Otoño 1989

sábado, 17 de agosto de 2013

La noche de la memoria

Quién sigue tus pasos, general. Te escoltan tus guerreros, espectros que vagan por las noches en busca de la luz. Allí están tus glorias general, trocadas en el bronce al que el viento de agosto va cubriendo de herrumbre. ¿Te escoltan los recuerdos general, pero no son memorias las que quedaron sobre el mar para albricias de los nietos? ¿Y tus cuitas, tus lunas, los misterios, tus dolores, soledades y miserias? Todos están allí, integrando el cortejo. Pero… ¿quién sigue tus pasos, general? La respuesta está en la lava y en el trueno, en el fulgor azul que eleva una torcaza, en el fragor de mayo y en el reloj del pueblo que avanza, lentamente, paso a paso.

sábado, 3 de agosto de 2013

Evocaciones


Marcas


Y también porque uno es lo que recuerda resulta imperioso armarse en sus memorias.
 Amparos para el porvenir, armazón de protecciones que, acaso, sirvan como antídoto para el olvido.
        La primea vez que la palabra “Alpachiri” se hizo presente en nuestras conciencias fue cuando Andrés Arcuri (venía con un temple en la guitarra y un óleo en el salar) la deslizó en una noche rumorosa en Bernasconi. Al filo de la conversación anticipó que, antes de regresar a sus pagos en el Valle Argentino, pasaría a visitar amigos por Alpachiri “para que no me olviden”.
        Fue una formulación circunstancial, preámbulo de una despedida, pero “Alpachiri”, tan eufónica como extraña, perseveró a manera de registro de aquella   jornada en que amanecían los años cincuenta.
        De manera que desde ese episodio doméstico hasta hoy ha transcurrido más de medio siglo, mucho más de la mitad de lo que hoy convoca.
        Alpachiri. Andaba por allí (tal vez en Remecó) con su mirada clara y barba de tres días, don Eliseo Tello midiendo las distancias y alentando misterios.
Tello, confirmando topónimos y extrañas migraciones.
        Con el paso de los años Alpachiri dejó de ser una palabra curiosa. Al punto que se impuso sin traumas a la frecuentada referencia de “kilómetro 49” tan apelada por quienes tomaban el tren en Alta Vista o Darregueira.
        El ferrocarril, por supuesto, fue factor de esta victoria. Durante años y años sus andenes fueron ambulados por abrazos y evidencias de un progreso que no percibía aún las ominosas reincidencias del Plan Larkin redivivas a partir de los ochenta.  Claudicaciones que convertirían al trazado del riel en una dilatada llaga a cielo abierto.
        El poblado creció a la par que sus trenes.  Cada campanada en sus andenes reflejó un flujo que enriquecería la mixtura fortaleciendo sus apetencias de futuro.
Esta expansión tuvo su expresión en las mesas familiares. Sabores y aromas germinales.  De la carbonada a los vareniques, de los tallarines al puchero.
La brisa era una fiesta.
        En ocasionales tardecitas de otoño alguien llevaba apelstrudel.
        Luego, con un poco de suerte, sonaría una mazurca en la Colonia Urdaniz.
        Época de caudillos y también de derrotas. El aire se fue poblando de voces y las melgas fueron extendiendo sus dominios hasta donde antes había bosque y alguna rastrillada.
        Bisectrices en esta comarca que eligieron los antiguos para sentar sus reales.  Desde Chilihué hasta Médano Massallé, pasando por Salinas.  Un itinerario de ida y vuelta inaugurado a lanza y sangre.

            “…Arcaica letanía colorada/ o canto de muerte/ borogano./ Médano rojo,/ ¡Ay Masayé!/ Quebrada tribu,/ !Ay Yalmaché¡/ YA, ya, ya, aaaah.../ Curú Agué,/ Nahuel Quintún, /Calvú Turem, /Curú Locó,/ Carú Agué,/ Millá Pulquí,/ Melín, Alún,/ Calvú Quirqué/ Todos murieron/ ¡Ay arenal , lanzas y gritos!/ Tembladeral./ La muerte vino, / Malú Mapú,/ a los borogas/ como una luz./ Los adivinos del carrizal./ Rondeau,/ cacique del medanal,/ capitanejos sin perdonar,/ gargantas rojas/ del degollar/ y los ancianos/ de nuestro lar/ desechas carnes/ sin palpitar,/ todos rodaron/ bajo el fulgor/ de piedras locas/ del invasor./ Guerrero toro,/ Calfucurá ,/ que nos trajiste/ tu tempestad./ ¡Ay peregrinos/ de destrucción !/ ¡Ay comerciantes/ de maldición!/¡Ay Cara negra! ¡Flecha de Oro!/ ¡Ay Cara Verde, / Cabeza Negra!/ ¡Canas azules!/ ¡Médanos rojos!/ ¡Ay Masayé! / Ya, Ya, Ya,... ya... aaaah! . ..”(1)

        ¿Se sintieron aquí los ayes   voroganos?
        Cómo saberlo. Fuera cual fuere la especulación lo cierto es  que esas reverberaciones horadaron el siglo y cien años más tarde replicarían en la escena nacional  flagelando también, porque de eso se trataba, cada lugar donde se alzara una conciencia.
        Ya están en este volumen, habitando el necesario inventario de Norberto Asquini, los nombres de Analía y Mario Urquizo, Daniel Rocche…Y, como si no bastare, Miguel Ángel Nicolau, el curita pampeano, atrapado por la misma furia en el mismo lugar, al que le fueran insuficientes sus invocaciones.
Historias que arden en la tierra fría.
        Demasiada tragedia para el poblado que se refugió en el silencio para exorcizar sus laceraciones.
        Opciones, complicadas en la geografía del ultraje.
        ¿Cómo juzgar?  ¿Desde dónde juzgar?
        El dilema justifica y alienta este texto mínimo: buscarle la vuelta, hincarle el diente a los silencios hasta derrotar al ministerio del olvido.
        Porque la historia –según se mire- no hace justicia. Ni siquiera repara,   pero a menudo alivia.
        En la gran nevada de 2009 que hubo sobre Alpachiri alguien incorporó la silueta del Eternauta a una instantánea callejera. Fue una buena idea que devino en un resultado mágico.
        Quizá venga bien este ejercicio para estimular procederes. Incluir una ficción a la realidad. Imaginar, hasta tocarle el rabo a nuestros propios límites, las mil maneras de enfrentar a las ausencias.
        Si se pudiere, no estaría mal intentar superponer las entrañables figuras de Analía, Daniel, Mario, Miguel Ángel a cualquier postal pueblerina y dejar que lo demás fluya.
Hacerlos visibles, porque las heridas no cierran hasta que no son expuestas a la luz.  Luego, el tiempo hará lo suyo y de ellas quedará una cicatriz delgada, blanca, como un pañuelo.
        Resulta incierto presumir el porvenir de una idea peregrina.  Pero insistimos en ella, aunque más no sea para plasmar ahora, en esta fecha que marca un mojón, las expectativas verbalizadas en clave de esperanza por aquel viajero que, hace más de medio siglo en un crepúsculo de Bernasconi, partía con rumbo a Alpachiri.



J:C:P
Julio 2011
       (Para el libro del centenario de Alpachiri)
       


       
       
(1)    fragmento de un poema de Juan CarlosBustriazo Ortíz
(2) Composición de DCB.



ABRAZO, AHÍ

Hoy Pablo Grillo cumple años, y su nombre se vuelve más que un recuerdo: es presencia viva. Su mirada —esa que alerta y sostiene— atraviesa ...