viernes, 10 de mayo de 2013

Postal-b-





       Queda ensimismada y esta circunstancia, mínima y fugaz, contribuye a despertar interés. Ana Lassalle es fuente inagotable de historias y heredera de antiguos conocimientos que siempre hacen gustosa su presencia. El silencio preludia una referencia, quizás un acontecido, en todo caso un tema de conversación que, si los aires son propicios, se expandirá  en laberintos de insospechadas consecuencias. Entrecierra los párpados como si con ello pudiera facilitar alguna búsqueda interior más eficaz.
Alguien pasa y se detiene para manifestar su fidelidad al protocolo ciudadano que incluye un lugar común sobre el otoño y sus bellezas. El comentario se desliza sin apuros en el interior del café que los fines de semana, por las  mañanas, congrega vanidades, rutinas y  terapias varias.
       El sol es tibio y benigno con los parroquianos al punto que disimula sus crispaciones  y  realza los contrastes de los ajuares sabatinos tan afectos a los colores pardos en esta temporada.
       El gitanito que finge extiende su palma. Derrite con su mirada el comentario receloso, la disculpa o la indiferencia del cronista  que baja los hombros, rebusca, avergonzado y afanosamente,  una moneda   que no encuentra. El gitanito marcha hacia otros combates y le dedica una mueca de desprecio. Los otros gitanitos que aguardan en la esquina de la plaza multiplicarán ese juicio mientras distribuyen lo que deberán entregar al clan y lo que podrán gastar en golosinas.
       La llegada del mozo ahuyenta un nuevo comentario ocioso. El mozo se anticipa al pedido y deposita  tres pocillos humeantes  sobre la mesa que algún día será referenciada por haber cobijado el whisky pensativo de Julio Colombato.
              Afortunadamente ya han pasado las campañas electorales y una precaria  paz inunda la cafetería que perderá esa condición ni bien se renueve la clientela. Al mediodía llegan los funcionarios a mostrar sus dentaduras  en tanto  los propietarios  de los negocios céntricos se refugiarán en  sus aguas minerales y  en cada sorbo intentarán  diluir, amortiguar o exorcizar la inevitable cantinela, esa queja amarga y sorda que precede a los lunes de vencimientos.
   Las ocho campanas de la catedral doblan con puntualidad prusiana provocando la espantada de tordos de los fresnos. Los sones  astillan  la mañana y la  hieren de muerte. Como otras veces, el pensamiento colectivo imagina recolecciones de firmas u otro tipo de ademanes extremos. Una ocurrencia juguetona, acerca de badajos, titila  en la mente de  Raquel mientras hurga en su bolso buscando el paquete de cigarrillos  que ha decidido abandonar.
       Desde la carpa donde pernoctaron las angustias,  levantada en el cantero de la plaza central que enfrenta a la cafetería, alguien alza la mano y saluda a Raquel que devuelve el gesto.
       La puerta se abre y el rumor de la calle aumenta el volumen.
       Una muchacha  que viene caminando en cámara lenta asoma su lunar  y pasea una mirada celeste por el interior confirmando presencias. Se marcha encogiendo los hombros. En uno de ellos reposa  una mariposa que alimenta la imaginación lujuriosa del grupo de viajantes que gastan en aperitivos lo que debiera ser su almuerzo. Los viajantes intercambian miradas y se detienen en alguna procacidad que más tarde será reemplazada por mentiras sobre ventas y conquistas. Está dura la calle.
       La joven deja tras su paso una estela de colonia que huele con fruición el vendedor de loterías y provoca un recuerdo melancólico en el hombre eterno y taciturno del rincón que bebe con cierta avidez la quinta cuota de su inmolación mañanera.
El Eternauta patea un tarrito. El tarrito tenía una leyenda. La leyenda pregonaba indulgencias y albricias que acaso leyeron los dueños de esos tarritos huérfanos en las veredas que pisa El Eternauta.
Dos potentes altavoces preanuncian el paso de una camioneta con abigarradas y coloridas  alusiones al fin de siglo. El semáforo parpadea y enciende  la luz roja.
Empleados demorados cierran con premura las cortinas metálicas de los locales  y se distribuyen rumbo al centro del día para investigar heladeras. Acuestan las chaquetas en las espaldas y avanzan quitando los lazos de sus corbatas con desesperación. Parecen, los empleados, ahorcados ambulantes.
Los gitanitos deciden abandonar el sitio y lo hacen cantando y gritando, como pájaros.
Por la vereda opuesta pasa el espectro de Moliere llevando de la mano a Pedro. Agitando los brazos Pedro lanza imprecaciones contra sicofantas y tartufos. Cada tanto se detiene para  recoger adhesiones que anota cuidadosamente en una libreta de hule marrón.
El hombre que, bebe se envara. Convocado por vaya a saber qué maravilla, alza los ojos y los deja prendidos  en  el descenso de una hoja que amarillea. La hoja se deja llevar por alguna caprichosa  térmica que la eleva para suspenderla en el aire en clara refutación a Newton. La brisa la transporta estremecida y la hace girar  realzando sus nervaduras. Un hilván de luz se cuela entre la fronda y la ilumina  proyectando su perfil sobre el pavimento; ambas hojas danzan obedeciendo a una coreografía singular. Finalmente un leve soplo la  deposita suavemente sobre las baldosas, como una caricia. El hombre que bebe deja la copa espoleado por una repentina  inquietud y controla, angustiado, ambos lados de la vereda.
Algunos  tordos regresan, desconfiados, a sus fresnos .Dos jubilados deciden abandonar el banco donde cotidianamente  dilatan sus sabidurías. Están algo encorvados y sus viseras no dejan ver los ojos. Pliegan sus diarios golpeando con ellos los brazos del otro mientras ratifican que, efectivamente, es lindo el otoño.
Ana inclina el cuerpo hacia atrás como si despertara de un sueño profundo. Quizás ha viajado a una región tan lejana, tan distante, que vuelve lentos los retornos. Abre los ojos y los clava en las expectaciones del cronista.
       - A medida que  describías  tus emociones, de cuando asististe al estreno de esa película portentosa en aquel cine de  tu infancia pueblerina, fui recordando   que alguna vez Julito comentó que un marinero del Potemkin  vivió en La Pampa…

(El Hombre del Potemkin-capítulo 39)
         

martes, 30 de abril de 2013

La vida en los tiempos de la gripe A




El silencio de
los inocentes


         En la mesa del diálogo se nutren los saciados. Los comensales eligen la carta y siempre escogen  soja.
         Están todos, asegura  el Indec. Hasta sus epígonos, que provee Tinelli de su generoso arcón. Pero no hay diálogo, sólo es un monólogo gregoriano entre pares. Pan con pan, comida para los sonsos: exportadores y productores ricos, inversionistas, funcionarios ricos.  hablan, eso sí, el mismo idioma . Pero ese no es el diálogo; si es que alguien habrá de buscar  la manera de procurar la  verdad a través de la palabra .Es un simulacro para el que mira por tevé.   Hablan, hablan, para que los medios no registren la verdad;  que en esa mesa se consagra un coral de las ausencias.
         No hay manteles en los puentes ocupados. Por allí pasó otra ronda: Niños malabares haciendo girar las luces de los semáforos, espectros grises de una familia con un carrito a cuestas, en la hilera funeral de la esperanza, argentinos, la gloria nacional, levantando sus platos de aluminio, Así se expresa este País donde los diarios se evangelizan en frazadas y los braseros juegan   a la ruleta rusa con sus muertos de frío.
La verdad es que en la mesa del diálogo no está el hambre.  Vino solamente el ministro de traje negro para vender su vademécum para gambetear el  hambre con una dosis de tamiflú
         Educación sexual…para qué. Si no va a quedar nadie.
         ¿ En el escudo nacional pondrán  una tranquera?
.  ¿Pero qué bueno, vieron, cómo se  parece u barbijo a una mordaza?. 
         Mientras tanto nieva y Tejada insiste, algo  afónico, que hay un niño en la calle.


5.8.2011


sábado, 27 de abril de 2013

La casa



A Silvina Herzel


             El movimiento  es de una levedad extrema y sin embargo la sombra que lo  proyecta sobre la pared amplía  y confirma el cambio. Luego, todo sigue igual. El atardecer ejecuta su primer bostezo y las puertas del poblado van cerrando para que julio no penetre en los interiores. Solo el persistente balbuceo del viento sobre las ramas desnudas de las acacias se atreve a quebrar la quietud del crepúsculo.
             ¡Algo se mueve, ahí hay algo que se mueve! Los últimos rayos de sol que se filtran por la pequeña ventana de la habitación se desplazan extrañamente por los muros  descascarados y allí, en la caprichosa grieta que apenas se vislumbra, un contorno adicional dibuja, un...no se qué, indescifrable, que parece trasladarse  lentamente.
             En los hogares las cacerolas inician su sinfonía mayor. Un incitante aroma a pan tostado se expande por las chimeneas pregonando la sumisión de la comunidad a sus ritos cotidianos. Más tarde, la nada.
             En las afueras un perro gimotea y, como todas las noches ocurre invariablemente, en una suerte de exorcismo colectivo, alguien se atreve a mencionarla. La casa de la que hablan entre susurros y sobreentendidos es una edificación común. Tendrá treinta, cuarenta... cincuenta años y nadie recuerda cuando fue desocupada ni quién vivió en ella por última vez. Un anciano insiste sobre una familia venida desde la colonia y otros refutan trayendo a la memoria al linyera de figura enjuta flagelado por el  frío y el hambre en la escuela abandonada de Avestruz.
             Pero no es el detalle de sus moradores ¿o quizás si? el que genera la inquietud y hasta el desasosiego. No, es la casa. En algún momento uno sintió los primeros ruidos ambiguos y otro los certificó. Luego hubo aquel comentario extraño deslizado no sin  insidia  en la rueda formada por los clientes  que se encontraban ese día en la cooperativa. La imaginería hizo el resto.
             El viento del norte se hace más fuerte y los gemidos del perro encuentran su coro en las orillas. La silueta se inclina hacia el costado pero ya no hay luz para registrarla.
             La casa, que antaño  se señalaba con un brazo extendido ahora, como fruto de los loteos y cierta euforia inmobiliaria, ha quedado dentro del radio urbano. Los jóvenes, cuando viajan de noche rumbo a los bailes de Darregueira, la mencionan a sus novias  pero solo pasan por allí en marcha lenta, sin atrever a detenerse. La edificación  denota las consecuencias del tiempo en sus paredes y  trozos de mampostería revelan prolijas hileras de ladrillos asentados en barro. Cuentan, pero nadie fue testigo, que una pareja quiso un día inaugurar su amor en aquel cobijo y nunca más se supo de ella. Los pobladores no desmienten ni confirman el episodio pero un espeso manto de silencios y evasivas cubre irremediablemente al que procura mayores precisiones.
             Durante el trajín de las jornadas la casa pasa desapercibida y el despliegue de rodados y niños por el acceso a Guatraché desmiente las tribulaciones nocturnas. La inquietud sobreviene por las tardes y se acrecienta hacia la medianoche. ¡ Si hasta los agentes del rondín cruzan la calle cuando enfrentan su vereda!
             Los  narradores de historias también aseguran que por ahí no vuelan pájaros ni se escucha su canto.
             Allí está ella, desafiando los tiempos, atrapada en sus misterios, quizás incitando al desafío. La casa que no se doblega, que resiste el asedio, solo claudica su corteza, tal vez la razón de los quejidos. Pasan los años y el lugar repele a los osados, a los usurpadores de sitios ajenos, a los escépticos de sueños inseguros. Con el tiempo la aldea se hace grande, como ese temor umbroso que la rodea. Su magia ejecuta los pases más inverosímiles ante el estupor de los que no creen, ante el rubor de los que no entienden.
             Como un antiguo bastión el sitio ha quedado envuelto  de baldíos que no han tentado a ningún comprador desprevenido. Los que han construido en los alrededores guardan desde hace mucho un cerrado hermetismo sobre las historias de ruidos y quejidos que abundan en los corrillos de los negocios de la misma calle principal pero hacia el centro. Además, no hay quién reclame su posesión y se sabe que en la municipalidad la hoja catastral, correspondiente a esa manzana,  fue arrancada.
             Los viajantes fueron los responsables de esta malquerida notoriedad. Por alguna extraña razón los vecinos de Guatraché nunca hicieron gala en forma pública del centro de sus preocupaciones. Incluso se sabe de quienes interrumpieron una amistad en ciernes cuando un forastero intentó asociar la casa con los duendes que habitan la laguna. Se dice más, especulan   que tal vez el lugar prolongue las incógnitas de la extinta Remecó, pero ya no está con nosotros  Gonzalito, el hombre que veía con las manos, para robustecer o desalentar la especie.
             ¿Hay algo que se mueve tras los eucaliptos?
             Los espectros de la oscuridad inician su danza pueblerina y el cansancio termina por desalentar a los últimos contadores de misterios. Una vez más la tentación de una excursión nocturna ha sido desbaratada y las conversaciones se desangran lentamente entre promesas que nunca jamás serán cumplidas. El que lee, el que se atreve a leer las pocas líneas que de la casa se han escrito siente un delgado escalofrío en el centro de la espalda.  Inquieto, acaricia celosamente el atado de papeles mientras la sombra, por una rara rotación de la luna de invierno, se eleva inexorable como esa nube lóbrega   que el viento  hace progresar hasta envolvernos. Los perros, callan.


                                                                                                   . mayo 29.l994 


viernes, 19 de abril de 2013

Cuentitos de 33 palabras



Cotidiano

         Repite que la quiere.  Una y otra vez, como una plegaria, en voz muy baja.  Ella asiente con los ojos cerrados y la cabeza baja.  Se afana  por abrirlos para verificar si miente.

Patito feo

         El último patito de la fila cayó abatido y el hombre del rifle agitó triunfal un osito pardo.  Los altavoces del parque asfixiaron sus exteriorizaciones pero no impidieron la consumación de la metáfora.


Misterio

         La muchacha de piel de arena y cabellos enmarañados desapareció una noche de luna llena. Desde entonces nadie sabe de ella. Algunos acusan a un escultor. Otros dicen haberla visto en otras playas.


Ausencias
         Desapareció una noche aciaga. Hombres desconsolados distribuyeron carteles de búsqueda y prometieron recompensas por la televisión. “Dónde está Alegría”. Abundaron los sospechosos pero ninguno resultó culpable. Hasta el ministro salió a desmentir rumores.



Edad  del plomo
         Hubo una muerte impune y una víctima inocente. Luego se registró una nueva. Y otras. Asesinatos seriales, rememorarían con laconismo algunas crónicas de un siglo a otro.  La policía sospechaba de los historiadores.

viernes, 5 de abril de 2013

Postal -I-


Ella es, coinciden todos en Guatraché, la joven más bella. En las tardes remolonas de verano sus manos se deslizan por el piano arrancando viejos sones, melodías de amor y vida que se filtran a la calle y ganan las casas vecinas. En el interior de una, Pantaleón Miranda espera con ansiedad la hora en que el sol se aleja y pulsa quedamente su guitarra con dedos rugosos  para acompañar los acordes de la niña. Es su manera  de estar con ella, la manifestación de un sentimiento imposible y profundo. Callado, porque es cosa sabida que también el amor, como la música, se compone de silencios. Así durante semanas, meses y años. La muchacha  nunca sabrá que ese hombre, cuyo cortejo fúnebre pasa por la ventana apagando su piano,  acompañó en un temple especial las tardecitas del poblado que nunca volverán a sonar de la misma manera.
 (del libro "Viejos,tras un retazo del olvido")

martes, 26 de marzo de 2013

Cotidiano


          El hombre penetró en el cuarto de baño. El espejo le devolvió la imagen de un rostro duro, de ojeras pronunciadas, la boca contraída denunciando ese extraño rictus que refleja en forma singular el cansancio asociado a una de las formas del placer. No hay manera exacta de definirlo: es la fisonomía que revela el arquitecto cuando culmina con la trabajosa descripción de la sala de los sueños, o el albañil, cuando ejecuta la última hilada de la morada que servirá de cobijo a su familia; o el carpintero, cuando examina a un metro de distancia la cuna de su hijo.
          No se trata  del semblante  que emerge como consecuencia del deber cumplido, perfil que está más asociado con la obligación y para el cual existen líneas faciales reconocibles. No, es una expresión  de la que emana cierto aire de bienestar, de gozo por lo realizado más allá de su proyección.
          Algunos estudios de la condición humana sostienen  que esta forma particular es apreciable   con mayor nitidez  a través de los ojos.  Pero los ojos de este hombre no explican nada. Explora  escrupulosamente cada pliegue de la cara y siguen con atención el escrutinio que de la incipiente barba realizan sus yemas.

           Quitó su camisa, la examinó a trasluz y refregó con severidad  un diminuto lunar ocre que desarmonizaba la impecable trama de la pechera.
Un hombre prolijo.
          Con esa economía de movimientos de que suelen hacer gala los atletas, colgó la prenda en la percha asida a la cortina de la bañadera. Luego,   tomó la máquina de afeitar eléctrica y comenzó a rasurarse cuidadosamente.
          El murmullo del artefacto y la mirada depositada en el espejo no le impidieron advertir a la mujer que silenciosamente se había aproximado al umbral, desde donde lo escrutaba con atención.
          El silencio de la mujer no se prolongó demasiado.
          -¿Hoy también? Yo no aguanto más ¿sabés? –dijo con voz que se reveló  cansada.
          El hombre no contestó. Examinó críticamente la línea de sus bigotes y continuó con la tarea.
          La mujer insistió.
          -Estoy esperando una respuesta. Ya sé que me escuchaste.
          Un destello  de  irritación brotó en la mirada  tras la demanda.
-        No me preguntaste nada. Andá a acostarte que todavía es temprano y yo estoy cansado,
-        La precisión de la réplica no amilanó a la mujer.
-        ¡Claro que te pregunté! Te estoy diciendo si vas a seguir así ¿Te parece justo? Una. Dos veces, vaya y pase… pero esto ya es demasiado. Tenés que darme una explicación.
El hombre frunció las cejas contrariado, apagó la máquina y se enfrentó a la mujer.
-        Ya te expliqué, tontita, tengo mucho trabajo y son cosas que vos no entendés. Cortala che –dijo con el mismo tono de voz que al comienzo.
-        No me trates como a una nena, no intentés endulzarme. Ya estoy cansada de todos estos plantones, sin saber nada de vos, de tantos misterios ¿Me entendés?
-        Te trato como a una nena porque sos una nena. Y a  las nenas no hay que darles muchas explicaciones. Andá a dormir.
La mujer no vaciló.
-   Vos estás cambiando ¿sabés? Y lo peor es que no te das cuenta. Sos otro y no me gusta nada. Además, tengo derecho a que me des una explicación. ¡Te exijo que me digas en qué andás!
El hombre meneó la cabeza y su tono de voz se hizo aún más grave.
-   Ya te expliqué. Tengo mucho trabajo y estoy cansado, así que cortala. No te lo voy a andar repitiendo- murmuró entre dientes.
-   ¡Y te parece que yo me voy a conformar con eso! Pues estás muy equivocado. Vos hoy no te vas de acá sin una explicación. Ya bastante con lo que me hiciste la otra noche, que me lo trague y no dije nada.
-   Ya te aclaré que lo de la otra noche fue una locura. Perdoname, debe haber sido el vino que tomamos; no se, ya…
-   ¡Perdón un carajo, esa también me las vas a pagar! Pero ahora es otra cosa. Vos a mi no me jodes más… me decís ahora mismo en qué andás…
El hombre desistió de una nueva repasada  a la frontera de sus patillas. Su voz sonó seca y dura.
-        No me cansés, haceme la gauchada. Andá a la cama y dejame en paz.
-        Vos en la cama no me vas a ver nunca más. Ahora te estoy exigiendo una respuesta –replicó indignada…
El hombre la contempló apreciativo. Sus ojos bajaron por la bata entreabierta hasta el ombligo. Se detuvieron un instante en el contorno de sus caderas que la tela cubría precariamente, siguieron luego por las pantorrillas hasta los pies descalzos. Una sonrisa incierta  se abrió  paso en su rostro.
-   Yo en la cama te voy a tener todas las veces que quiera, no me hagas enojar y hacé lo que te digo.
La mujer estalló.
-   ¡Basta! Me entendés, ¡basta! Vos te crees que a mi me vas a tomar el pelo. Enterate: andá decidiendo ya mismo si me vas a dar una explicación o tendrás que arrepentirte.
Hubo una crispación, acaso  una irradiación de alerta violentando  el ambiente.
-        ¿Qué me querés decir con eso?
-   Lo que escuchaste; ya mismo me vas diciendo. Yo no me trago todas esas cosas del trabajo extra y que estás recargado y que…
El hombre la tomó de los hombros, la miró fijamente a los ojos y le dijo suavemente:
-        ¡No te pasés de vueltas, nena, no juegues conmigo!
Ella intentó desasirse pero no lo logró.
-   El que jugás sos vos, que andás en algo y no me decis. Qué ¿me estás poniendo los cuernos?
-   No seas boluda,  si te pusiera los cuernos ya te hubiera rajado.
-   Y entonces… - irrumpió en sollozos- por qué tantas vueltas.
-   Ya te dije, estamos recargados. Eso es todo.
La mujer alzó la cabeza con cierto aire triunfal.
-   ¡Ves que me mentis!  Sos un jodido. Anoche hablé con la guardia y me dijeron que ya habías terminado con tu turno.
El hombre la soltó y sus pupilas se agrietaron.
-   ¡Eso hiciste! Te dije que ese teléfono sólo lo usaras para una urgencia.
La mujer no contestó y lo enfrentó  desafiante. Desoyó esa imperceptible campanilla de alarma que preanunciaba el peligro. Una tenue luz comenzó a introducirse por la claraboya anticipando el amanecer.
El hombre permaneció  ensimismado. Las lágrimas y la firmeza de ella desplegaban  una cuota de sensualidad que lo excitaba. Luego, lentitud, tomó nuevamente la afeitadora. Le quitó la cubierta  protectora y puso al descubierto su interior. En un rápido movimiento terminó de abrir la bata de la mujer que solo atinó a retroceder un paso.
-Así que querés conocer en qué cosas ando. Bueno. Ahora te vas a enterar.

(De Crónicas cortas de un tiempo largo)



sábado, 16 de marzo de 2013

mujeres - Felisa



A Paulino, Soa y José



Felisa es una niña para  los ojos curiosos del que visita las orillas de esas extensiones en las que Tomás Masón fundará su aldea. Etérea, bordea una ceja del monte, indiferente a las expectaciones  del  petimetre que escolta al patrón  por su dominio. Pies desnudos en el medanal, silbos aspirados  y un chamal que ondula cada vez que se inclina a recoger florcitas de verbena para engalanar  el aduar que comparte con Mariano Rosas.
            Ella se siente mujer y nunca tuvo dudas. No ignora  los secretos  que se deben conocer  a su edad. Y sabe aún más: que es diciembre porque ha salido la última luna.  Descifra  sin esfuerzo las recónditas propiedades  de las hierbas salvajes; cuál es el color de las plantas tintóreas.  Ha asimilado que la vida es como el fuego, se vuelve cenizas si uno lo apura. Además, le  han enseñado que según las hojas del árbol es el rumor del viento y que la libertad es un pájaro en vuelo.
Magisterios de la diáspora, aprendizajes del desamparo.
Luego vendrán los vientos empujando al siglo y Paulino Ortellado imaginará  para ella una elegía con la sexta  en Re que acaso evoque al ocaso pampeano.
Ñamtruy, revoltosa, de qué lugar recóndito vendrá su nombre, cuáles las  honras.
Anciana, arquea su figura por una esquina de Villa Tomás Mason y un niño asombrado, Osmar Sombra, se pregunta cómo sobrevive el raído sacón oscuro que le conoce desde que tiene memoria.
Felisa ríe y su risa chispea  en el sol. En el cielo, un águila le ofrece su pecho altivo cada vez que sobrevuela y ella verifica una vez más  que los dioses la acompañan. A lo lejos, los hombres loncotean y festejan vaya a saber qué cosa que el visitante no alcanza a comprender.
La vieja se inclina trabajosamente en la silla y cada tanto levanta con dedos rugosos los párpados que le pesan. Comprueba que los niños están allí corriendo en las anchuras  arenosas del baldío y retorna a su ceremonia interior de silencios y recuerdos. En sus tiempos, cavila, a los niños no había que controlarlos, bastaba con enseñarles a conquistar la vida.
La tarde abraza el campamento y Felisa ayuda con el hogar  para no privarse de la maravilla cotidiana de las brasas crepitando. El fuego también está contento, certifica, y se queda pensando en esa rara sensación que la inunda y que sólo muchos años más tarde conocerá bajo el nombre con que algunos la denominan: felicidad.
El niño de los ojos de asombro ve partir a su abuela acompañando a la anciana y se pregunta dónde irán, de tanto en tanto, hacia el centro de la pequeña ciudadela que hace pocas décadas ha cumplido sus primeros cincuenta años de vida ¿Para qué ir al centro si aquí en la villa tenemos todo lo que uno puede necesitar, hay luz eléctrica, agua buena en el aljibe, pasa el lechero y si uno quiere y se acostumbra, don Luís le trae unos pejerreyes de La Dulce?
Ñamtruy entona  una canción que viene desde lejos y la letanía penetra en el corazón del monte, se eleva con languidez  en la esperanza y se prolonga en el son de las calandrias.
La vieja de los párpados pesados decide que ya ha visto demasiado y los levanta solamente para despedir al águila cuya cruz  alcanza a percibir tras la ventana del humilde ranchito de Río Negro y Jujuy. La casa de los Uhalde, que décadas más tarde integrarán el inventario más atroz de la ferocidad.
Aquel  niño, conquistador de baldíos  y  amaneceres  holgazanes en otoño, ahora es un hombre que pinta con la paleta terrosa  de estas dilataciones. En algún momento de su vida se detendrá en un retrato, una hechura bermeja  para la vieja del imperturbable saco de lana gruesa. Para la niña del salitral, la Felisa, hija de Francisco  Paillagner y Juana Meligner,. heredera de los zorros.
 Ñamtruy, ¡qué lindo suena!. El eco reverbera en los costados de una ciudad dormida.   Acaso algún día, en el ciclo que se inicia, germine en  los potreros de la villa una  reminiscencia  por  la anfitriona del festival de las verbenas.

(del libro  El Ciudadano)






















viernes, 8 de marzo de 2013

Las huellas de la dictadura


CICLO DE CHARLAS Y DEBATE SOBRE HISTORIA REGIONAL

HISTORIAS de LA PAMPA DESCONOCIDA


AS VENAS ABIERTAS
Viernes 16 de setiembre de 2002.

Última exposición a cargo de :Juan Carlos Pumilla             
   Tema: "Las huellas de la dictadura"

María S. Di Liscia:   Bueno, vamos a dar lugar al tercer panelista de la noche, que es Juan Carlos Pumilla. Periodista y Escritor,  miembro de la APE, fundador del Movimiento Pampeano de Derechos Humanos, autor del Proyecto presentado ante la Justicia Federal para establecer las causas de las desapariciones de Pampeanos durante la Dictadura. Y coherentemente, en este ciclo, Las Venas Abiertas, Juan Carlos nos va a referir: “Las Huellas de la Dictadura”.

Juan C. Pumilla:   Soy miembro co-fundador, no fundador del Movimiento de Derechos Humanos.
      Quiero agradecer a Norberto Asquini, quien le puso el título a esta intervención y la llamó “Las huellas de La Dictadura”. Me parece que es un título correcto o feliz, afortunado. Porque las huellas son marcas, son caminos, son huellas de ida y vuelta.  Voy a hacer un esfuerzo para no superponerme con lo que ellos han dicho, porque si les cambiamos los años y los nombres, esta es la base del informe que yo podría dar sobre la etapa que me toca comentar. De manera que para hacer más liviana, más breve mi charlita,  voy a proponer a la reflexión posterior y al debate, (que ojalá se genere), algunos puntos de vista. Consideraciones, conclusiones didácticas, con la esperanza de poder desarrollarlas con mayor amplitud  y por mi parte, además, poder defenderlas, les parece?
       La primera cuestión es que, los treinta mil desaparecidos, entre los que se encuentran desaparecidos pampeanos, no son, no fueron el objetivo. Fueron el requisito. El presupuesto que requería la implementación del plan de postración de la soberanía nacional.
 La segunda cosa, ya que estamos con historiadores, es que  me parece que aquí se perpetró -en esta etapa que me toca describir-  un doble agravio: a la historia y a la historiografía. Porque se adulteró la verdad, se elaboró un discurso falaz al mismo tiempo que se quemaron pruebas de la práctica sistemática del horror.
   La  tercera cuestión, se refiere a la “isla de paz”. Hay quienes sostienen que La Pampa estuvo ausente del mapa represivo, en razón a la no confrontada versión  de que la mayoría de nuestros desaparecidos, fueron desaparecidos en otros lugares. Esa tesis se esteriliza con la verificación fehaciente de la coordinación represiva.
      La última consideración de esta introducción: nadie sabe hoy, cuántos son nuestros desaparecidos, cuál es el número de nuestros muertos, y en qué circunstancia fueron desaparecidos y muertos.   Esta es nuestra asignatura pendiente y hasta que no la saldemos prevalecerá la injusticia y consecuentemente el  discurso mentiroso de los victimarios.
      No desaparecieron, como arguyó  Videla, “no están, no existen” en ese célebre discurso, Nos los desaparecieron. Como sostiene  nuestro amigo, Daniel Bilbao en el Ensayo sobre las sociedades del silencio, el olvido y la memoria, nos desaparecieron a nosotros.  Nos faltan a nosotros. Tienen nuestras edades. Podrían formar parte de este público. Pero no están. Sólo tenemos sus ausencias. Y ni siquiera podemos contabilizarlas. 
      Bueno, estos son los puntos que estoy proponiendo para el debate posterior. Vamos a la charla.
      Cuando estaba pensando qué decir en esta intervención, fui socorrido por una cita inserta en  esa revista, interesantísima, que se llama  Quinto Sol. La cita... en realidad tropecé con ella, al leer un trabajo buenísimo, que recomiendo, de Jorge Saab y Laura Sánchez..., y la cita, digo,  es de Heller. Presumo  que se refiere a Agnes Heller, cuyos ensayos sobre las necesidades del hombre con tanta devoción leíamos a fines de los setenta. Estas necesidades, que son, básicamente, la libertad y la felicidad.  Quizás después, podamos extendernos sobre cómo se produce esta contradicción entre las necesidades de libertad y felicidad y quienes se oponen. Esto es lo que ha sido el hilo conductor de las dos exposiciones anteriores.  Pero en lo que concierne a este panel la reflexión de Heller es que una historia se convierte en pasado cuando se narra a partir de su conclusión, y esta conclusión puede ser absoluta o relativa, pero es relativa por que se narra aquí, y ahora.
       El narrador, la dice en el presente y reímos o nos emocionamos o lloramos en el presente. Revivimos y convertimos las cosas del pasado al decirlas en el presente.
Y vieran qué acertado, cuánta veracidad encierra este pensamiento; cuando este pasado, que ilusoriamente pensamos que dejamos atrás, irrumpe de pronto en una pared de Santa Rosa. El espectro de la iniquidad asoma cuando  alguien escribe, ¿Zurdos?, con total impunidad, en el frente de una calle de Villa del Busto, aquí, en  Santa Rosa.
      Bueno, a partir de esta consideración les cuento entonces, una breve historia, sobre marcas, huellas de la dictadura en La Pampa.
       Hace siete años, en ocasión de un nuevo aniversario del golpe de Estado de 1976,  entrevisté a María Tartaglia.
Les presento a María Tartaglia:
Es hermosa y  buena, vive en la calle Estrada y está sola y espera. Tiene una hija desaparecida, Lucía,  que en cautiverio dio a luz y ese niño también detenido desaparecido nunca fue recuperado.
Recapitulemos entonces: esta provincia que, levanta, reclama, impone, defiende las banderas  de la identidad, quizás debiera tratar de devolverle la identidad a este niño, que también podría estar formando parte de este público y no puede hacerlo porque está formando parte de esa nueva  legión de esclavos modernos que están en esa condición porque no pueden resolver sobre su destino. No pueden decidir, no tienen identidad y son prisioneros de un falso amor.
         Lo cierto es que cuando charlaba con María, me comentaba que, cada vez que sentía el sonido de un tren o la bocina de algún coche o de algún taxi en la calle de su casa, se estremecía.
 Esta conmoción provenía del pensamiento de que esas resonancias  eran portadores de un dato , algún indicio  procedente de este  pasado que dejamos . Esta María que les digo que en cada bocina experimenta una angustia indescriptible es portadora de una marca imborrable. Cicatrices de la ignominia.
Ella revive cotidianamente, desde hace más de dos décadas, el tormento de una época que forma parte de la historia pero que, como vemos, nos toca el timbre todos los días.
 Podemos buscar muchas más evidencias  de cómo nos  ha flagelado  la dictadura pero a través de ese tormento permanente que padece  María se convierten en  ociosos otros  ejemplos.
          Se hace poco o nada, por evitarle esa pesadilla cotidiana. La moral farisea de legisladores y sectores dirigenciales le deben... nos deben una respuesta.
Nos enfrentamos, entonces al dilema de  qué hacer. Cómo asumir, cómo comportarnos, cómo debatir estas cuestiones.
       Hace cincuenta años, alguien intentó una respuesta. Me refiero a Teodor Adorno, el gran pensador alemán que alguna vez sostuvo  que después de Auschwitz, no se puede escribir poesía. Él es autor de un ensayo, portentoso, “Auschwitz y la Educación”.
        Digamos, Mercedes (ese campo de concentración que recién ha descrito José Carlos) y la Educación, digamos la ESMA y la Educación, digamos “Masacre de Arauz y la Educación”.
La columna vertebral del pensamiento de Adorno es la memoria. Ella es la gran educadora, mediante ella (en el hogar, en el barrio, en los trabajos) se puede y debe  escudriñar cada detalle de lo que provocó Auschwitz.
Precisemos: no el tormento, no el relato descarnado, cruel, sino los intersticios de Auschwitz, lo que condujo a Auschwitz y evitar la reiteración  a través de la educación, en la educación del soberano, en la educación de todos nosotros.
         Esto,... qué significaría para nosotros, aquí y ahora.  Bueno, José Carlos nos habla del exilio, Nosotros  tenemos nuestros destierros y resulta imperativo  comprender el fenómeno del exilio. También relata acerca de los desgarramientos familiares, y habla de la pérdida de la identidad. Nosotros debiéramos entender y comprender estos fenómenos a partir de observar y  estudiar  por ejemplo cómo resolvimos uno de los primeros asesinatos culturales como lo fue la destrucción del Instituto de Estudios Regionales,  que afortunadamente, ahora, desde hace muy poco vuelve a cobrar vida.
       Y José, también habla de  la disgregación, la pérdida del arraigo, de los afectos, de las familias, y aquí se estigmatizó, se condenó y se proscribió al magisterio que enseñaba la teoría de los conjuntos.
       Entonces, a la hora de rastrear las huellas de la dictadura entiendo que nos encontramos ante una invitación a repasar cada uno de estos elementos. No solamente  establecer  quién golpeaba en una celda de la Seccional Primera, sino también saber la identidad  del que  había dado la orden.  Por imperio de qué logística, de qué idea política, de qué ideología, esa víctima recibió los golpes. Y además, como sostuvo  Jorge, Etchenique en su capítulo de delaciones, quién aportó  el nombre de esa víctima, en la Sub zona 14.
Urge conocer, no por venganza sino por imperio de la vedad, para que esa verdad nos ilumine nuevas sendas, la identidad de esos siniestros  personajes que viajaban de noche hasta el Destacamento 101 a engordar  las  listas con los nombres de nuestros compañeros. Inventarios que el general Camps, sus secuaces y quienes les sucedieron, recibían con deleite.
Y qué decir de los médicos que verificaban los tiempos correctos del tormento o los diseñadores de asaltos al Servicio Provincial de Salud o los que juraron por las actas del Proceso o quienes contribuyeron para que se inaugurara, aquí en La Pampa, este nuevo “ministerio del miedo” que sigue, al parecer con el sueño muy ligero.
Concluyo pensando  que cada estremecimiento de María Tartaglia es, en la actualidad, una convocatoria a nuestros compromisos y responsabilidades. Ahora es el turno de Los deberes de la inteligencia, para  decirlo a la manera de nuestros maestros.
Las huellas de la dictadura quedaron impresas en el cuerpo social. Cada  uno de nosotros es portador, de una u otra manera, de estas cicatrices. Y ellas, como tales, solo podrán cerrarse si se las expone a la luz.
       Cincuenta años después de Adorno, Juan Gelman, al recibir el premio Juan Rulfo, de esto hace muy poquito, se inscribió en esta línea de pensamiento.
 Sostuvo  que quizás, Adorno, había querido decir que después de Auschwitz, no se puede escribir poesía “como antes”.
Gelman, ciertamente, es una prueba de que es así: estaba recibiendo el premio Rulfo, pero venía de investigar el paradero de su nieta y de recuperar a su nieta.
        Sus lectores  tenemos evidencias de cómo aplicó Gelman este concepto, sus transformaciones. Y ellas son las que hoy tomamos como enseñanza porque nada nos es ajeno y no somos neutrales. Al aceptar el Rulfo el gran poeta sostuvo que “una poesía sin ojos, no cruza la calle”.
Y estas palabras  vienen bien como corolario, a manera de  homenaje a los desaparecidos, a la recuperación de la memoria, y a este ejercicio de la memoria, porque nosotros mismos no llegaremos ni hasta la esquina si no nos atrevemos a descorrer los velos, de nuestra historia. Muchas gracias.


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Preguntas del público y respuestas

María S. Di Liscia. : Muchas gracias, a los tres. Realmente de esta manera  podemos observar como la sensibilidad y también la investigación son capaces de brindar una nueva visión acerca de nuestro pasado. Y ahora es un punto muy importante la participación, no solamente de las tres personas que están aquí enfrente, de hace una hora que nos están hablando, sino del público. Para que todos logremos , digamos, participar de esta memoria. Que no solamente la miremos, o la escuchemos. Hay, distribuídos una serie de papeles, donde pueden escribir una pregunta para uno o para los tres conferencistas. Si les parece bien, esta es la forma que se va a utilizar y voy a leer las preguntas que me lleguen. ...¿Existe esa posibilidad, alguno quiere...o ya tiene su pregunta escrita y la quiere ir alcanzando?

.........Es una pregunta para José Carlos: En Victorica se rinde homenaje a los Héroes de Cochico, ¿quiénes ...son o fueron esos héroes. Los Yancamil o los Conquistadores? Creemos que los Yancamil. 

J.C.Depetris: En realidad los héroesde Cochicó,  que están enterrados en la Plaza de Victorica, perdieron la batalla como Yancamil, porque Santerbó, que era quien  representaba a las cúpulas militares que habían ideado aquello se guardó muy bien de estar en el combate. Lo miró de lejos. Los ocho muertos que están enterrados en Victorica, eran ocho pobres milicos, medios aindiados, que tuvieron que luchar con los otros paisanos y compañeros.
      Por eso yo creo que la visión, que debemos tener de , por ahí es sobrevolar un poco todas estas cuestiones y pensar que en aquel momento se enfrentó, como también nos estamos enfrentando hoy no? Entre pobres y entre excluidos.
      Evidentemente, yo considero que los ocho muertos que están enterrados en Victorica, pertenecen, o podían haber estado en el bando de Yancamil.

M:SD:D:L: ¿Alguien quiere decir su pregunta? O se animan a ...le pasamos el micrófono.

               
   NO SE OYE LA PREGUNTA: ........
  

J:C:D:  Exactamente, el mismo criterio que se adoptó después para la época de los años de plomo, no?


NO SE HOYE EL COMENTARIO O PREGUNTA.......
J.C.D.: Si, peo en realidad, el grupo que se enfrentó con Yancamil eran, prácticamente del  mismo pueblo , muchos de ellos mestizos integrantes de la tribu que habían sido militarizados casi por la fuerza.  Y en ese encontronazo, acá habría que hacer un poco, y empezar a  trabajar con las distintas teorías y versiones que hay sobre la Batalla de Cochicó, no?. Pero en realidad eran tan presos de un sistema muy fuerte que los imponía, a veces, a luchar contra su propia voluntad.

 NO SE HOYE EL COMENTARIO O PREGUNTA:

J.C.D.: Si. Si. El sistema militar. Estaban militarizados.

NO SE HOYE EL COMENTARIO O PREGUNTA:

Juan arlos Pumilla: Si. Entendí, qué pasó con un proyecto que presenté en la Cámara de Diputados en 1996. Perdón que le dé una respuesta un poquito más larga.
       Parto de la consideración que las leyes de Obediencia Debida, Punto Final e Indulto, consagran una diferencia, y consecuentemente, imponen una injusticia. Porque por un lado resuelven la cuestión de los represores, de una u otra manera, pero por el lado de  las víctimas, a los familiares se le impiden el acceso a la verdad histórica.  Esas leyes consagran esa injusticia.
        Esta es la base de las solicitudes de los múltiples pedidos de juicios de la verdad. Que entre otras bondades, tiene que... si no hay justicia, queda la condena social, que sabemos de sus aplicaciones, de sus resultados. Pero lo cierto que en el plano pampeano, donde se especula con el número de muertos  y desaparecidos, pero no se saben a ciencia cierta cuántos son. Nosotros en el año ´84, presentamos treinta y tres denuncias de violaciones a los Derechos Humanos, veintiséis de los cuales, se referían a detenidos desaparecidos, pero con el paso de los años y a partir de una gran movilización popular que se generó en los últimos años, alrededor del tema, estas cifras se han multiplicado. 
      De manera que, en el `96 a los veinte años del Golpe Militar, esa fue la base del proyecto: reclamarle a los Poderes Públicos que ya que el campo popular había dado, todo lo que había podido dar, había conseguido los nombres, había localizado sitios, ya no daba más.
       Que los Poderes Públicos, en la Democracia, se avocaran primero a recuperarle la identidad  y a devolvernos al hijo de Lucía Tartaglia, “Causa Provincial”; y luego establecer las causas de las muertes y la desapariciones. Porque sino, lo que prevalece, es el discurso del represor, que murieron en el enfrentamiento, que eran subversivos, con lo que consagramos en Democracia, otra injusticia.
       Bueno, al año siguiente, fue reiterado ese proyecto ampliado, y eso mismo sucedió al año posterior y al otro año, y al otro año respaldado por docenas de instituciones pampeanas, con resultado negativo.
 El año pasado, entonces ese proyecto cobijado y amparado por expresiones múltiples de solidaridad comunitaria, fue presentado con los auspicios de la compañerita Lucía Colombato, nuevamente en la Justicia Federal donde había sido presentado en 1984.
       No sabemos el porvenir de estas acciones, pero yo creo que la pelota está de nuevo en nuestro campo.


M.S. Di Liscia. : Alguna otra pregunta...?  Vamos a dar nuevamente un aplauso a los tres panelistas. Y nos encontramos dentro de una semana en este mismo lugar: “Luces y sombras de nuestros Hombres” el próximo panel.

ABRAZO, AHÍ

Hoy Pablo Grillo cumple años, y su nombre se vuelve más que un recuerdo: es presencia viva. Su mirada —esa que alerta y sostiene— atraviesa ...