domingo, 30 de noviembre de 2025

ABRAZO, AHÍ

Hoy Pablo Grillo cumple años, y su nombre se vuelve más que un recuerdo: es presencia viva. Su mirada —esa que alerta y sostiene— atraviesa el humo y la metralla, recordándonos que aún en la herida persiste la esperanza. Como el canario en la mina, sus ojos prvienen el peligro y nos invita a respirar juntos, a no rendirnos. Su cámara y su voz prolongan la luz de las plazas, donde la memoria se hace justicia. Celebrarlo hoy es reconocer que su enfoque nos guía, que su obturador nos salva, y que en cada imagen que captura late la dignidad de quienes no callan.

martes, 25 de noviembre de 2025

P Presupuesto y cultura


  Los desvelos, pampeanos y nacionales, en torno al interrogante de por qué no hay presupuesto para cultura admiten varias respuestas pero, para simplificar el área de observación conviene inicialmente definir que –para este caso- resignamos el carácter antropológico del concepto de cultura limitándolo a la región de actividades artísticas.

            Convenido este código debemos subrayar que no es cierto que no se destinen dineros para el área. De hecho se orientan (en abultadas cantidades) a realizaciones que, disfrazadas en industrias culturales, son funcionales al esquema ideológico económico dominante.

            En la lógica capitalista de socavar los rasgos identitarios para favorecer la mediocridad y el adocenamiento, desarticular los vínculos sociales para pescar en río revuelto, condenar el acto creativo por su alto contenido de indocilidad, los administradores de los fondos públicos adscritos al mercantilismo solo irán en socorro de aquellas realizaciones que no cuestionen o se opongan a estos lineamientos.

            Por cierto la obediencia de los diversos gobiernos al liberalismo, donde lo que se privilegia es el predominio del capital como elemento de producción y creador de riqueza, no puede menos que conducir a que los fondos que se consignen a todas las actividades sociales estén determinados por este concepto. Dentro del capitalismo, todo, fuera del capitalismo, nada. O muy poco, porque gobiernos timoratos, populistas, hipócritas, demagógicos, conservan la habilidad de resguardar las apariencias y proteger sus imágenes respaldando con migajas construcciones sociales genuinas.

            Por cierto abunda la crónica que desnuda una práctica lateral que consiste en auspiciar con recursos irrisorios emprendimientos de los creadores. De esta manera un mero viático se encarama a los escalafones más empinados del proselitismo cultural.

            Otras veces, excepcionalmente, la demanda sectorial coincide con la frecuencia de un funcionario o de un área de aplicación desobediente o más vergonzante y la regla se rompe, pero los resultados son coyunturales y obviamente no crecen ni perduran en el tiempo.

            De la lectura exhaustiva del vademécum presupuesto –cultura se desprende que Las políticas generales son las que prevalecen conformando un entramado complejo que puede desentrañarse apelando a una didáctica callejera insuperable: pan y circo.     

 

                 

              

JUNIO DE 2008

lunes, 17 de noviembre de 2025

¿QUIEN SE LLEVO EL CARTEL DE EMULSIÓN SCOTT?


                                  
Durante años, particularmente en las tardecitas morosas del verano o en las mañanas templadas del otoño santarroseño, un grupo de amigos ejerció un extraño ritual:  solían sentarse alrededor de una mesa de la confitería  La Capital con el solo objeto de constatar la presencia, en una de las paredes laterales del edificio de Irigoyen, de una litografía lapislázuli que algún publicista señero ubicó en lo alto para promover las bondades de la emulsión Scott.

No sabía aquel ignoto colocador de carteles que su acción despertaría, treinta... cuarenta años más tarde, la excitación de un grupo de vecinos que, ante la visión del cartel, darían rienda suelta a la imaginación.

Por épocas, cuando la negra infusión insinuaba alguna amenaza hepática o su precio conmovía los bolsillos, los participantes del encuentro se trasladaban hasta uno de los bancos de la plaza para proseguir con sus cavilaciones. No eran pocas:  el prometedor anuncio incitaba a introducirse en las costumbres de una ciudad tempranera, de calles arenosas y publicidades menos agresivas, cuasi inocentes.

El cartel de emulsión Scott desafiaba al pensamiento. ¿Cuántos santarroseños habrían apelado a los beneficios del compuesto? ¿Qué adhesión concitaba aquella vieja farmacopea a la luz de las posteriores trapisondas de las multinacionales?; pero, fundamentalmente, ¿qué había sido de aquella generación (la de nuestros padres, de los abuelos) frecuentadora del BASE Club, la Cirulaxia, o la brillantina. Devotos  del Glostora Tango Club y  la Revista Dislocada, de Caras y Caretas y, de la vuelta del perro los domingos por la tarde mientras “Piquito de Oro” propalaba la nueva cinta de Lana Turner, el deceso de Tyrone Power, las secuelas de la guerra o los actos pueblerinos...

La ciudad, enseña ítalo Calvino, no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, surcado a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones,..

Quizá, también, pueda leerse a través de estos indicios colocados en lo alto de un edificio de la calle Irigoyen. No seria extraño que la sorprendente logia de los Adoradores del Cartel de Emulsión Scott fueran concientes, o tan sólo sospecharan, que sus descabelladas lucubraciones se inscribían en una mágica cruzada. Recobrar, por ejemplo, un segmento del pasado donde, probablemente, la felicidad fuera un suceso cotidiano.

Muchas veces, en un alarde de logística, delinearon aventuras nocturnas tras la solapada intención de apropiarse del cartel.  Tantas veces como lo pensaron desdeñaron la idea; en algunas ocasiones por falta de coraje; en otras, porque el egoísmo no se impuso a la suave comprensión de que el cartel -en su lugar de origen- constituía un estandarte de permanente apelación a la memoria e imaginación colectivas.

Momentos de zozobra fueron vividos a lo largo de estos años. Preocupados, los amigos corrieron presurosos al café cuando el diario anunció que el edificio contiguo sería demolido. La tranquilidad retornó cuando la piqueta se detuvo en el segundo piso, quitando al futuro la contemplación de un estilo arquitectónico singular.

El grupo también transpiró gruesas gotas de sudor cuando desapareció el majestuoso águila que coronaba enfrente de la confitería del mismo nombre. La depredación llenó de congoja a los contertulios, quienes renovaron sus encuentros para controlar la perdurabilidad espacial del cartel de emulsión Scott.

Hace unos cuantos días algunos miembros del grupo derramaron ante nosotros lágrimas de tristeza. Alguien, que nunca figurará en las crónicas policiales por hurto calificado, se había llevado el cartel. Los amigos, aseguraron, seguirían reuniéndose- esta vez definitivamente en el banco de la plaza- par diseñar planes de recuperación y laboriosas pesquisas.

A medida que pasan los días crecen los signos de una memoria ofendida. Obstinados, los amigos piensan en ofrecer una jugosa recompensa a quienes aporten datos sobre el paradero del cartel de Emulsión Scott.

El esfuerzo, se nos ocurre, vale la pena. Tan sólo un aspecto de esta pasión –el ejercicio de soñar- justifica el intento.

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     1990-Tex to paara el ciclo de tv"Un pco de cultura"


 

lunes, 10 de noviembre de 2025

¿Cuánto cobrás, Feiinman?

Ante la posibilidad de responder o guardar silencio, el interpelado reaccionó con furia:
—¡¿Y a usted qué carajo le importa cuánto cobro?!
Importa, Feinman. Concierne porque tanto el médico del Hospital Garraghan como usted, periodista, se presentan como actores del espacio público. Y en esa parcela, la transparencia no es un capricho: es una exigencia ética.
Su negativa revela una contradicción profunda. Exige transparencia a los demás, pero se ampara en la privacidad cuando se trata de sí mismo. Invoca el derecho a lo privado mientras se arroga el rol de defensor del interés público. Esa doble vara erosiona la legitimidad de sus demandas y abre la puerta a críticas fundadas sobre su coherencia moral.
Pero hay más. ¿Con qué autoridad y decoro increpa a un hospitalario que reclama un ingreso digno, mientras lo hace cómodamente sentado en un sillón cuyo valor duplica la suma el de una jubilación mínima?
Ese médico, al que se le exige transparencia y se le cuestionan sus necesidades, salva vidas.
¿Cuántas vidas ha salvado usted, Feinman?
¿Alguna vez sintió la punzada del hambre en el estómago?
Y si nos apuramos, podríamos inquirir cuántas veces sus diatribas han empujado a un ciudadano a la desesperanza, a la depresión, acaso a la muerte.
Buena pregunta para usted, señora ADEPA.
Desde el punto de vista normativo, lo público está obligado a rendir cuentas. Lo privado, en cambio, goza de protección por razones de privacidad. Pero si aceptamos esa distinción, también debemos reconocer que los medios en los que usted se desempeña reciben pauta oficial. Y buena parte de sus ingresos proviene de publicidad —a menudo encubierta— de empresas y organismos estatales.
Entonces, ¿qué parte de su sueldo está realmente protegida por la privacidad? ¿Incluso si proviniera de un sobre, del narcotráfico, de la trata o de la especulación financiera?
Feinman —y todos los voceros del régimen— están obligados a transparentar sus ingresos, al menos en lo que respecta a fondos públicos. En esa lógica, la interpelación del médico no solo es legítima: es necesaria.
Porque mientras usted se escuda en desplantes y humillaciones, ese galeno seguirá salvando vidas.
¿Dirá alguna vez cuánto gana, Feinman?
Se ha disculpado ante su audiencia por el exabrupto. Pero aún no lo ha hecho a quienes fueron blanco de su enojo.

 

ABRAZO, AHÍ

Hoy Pablo Grillo cumple años, y su nombre se vuelve más que un recuerdo: es presencia viva. Su mirada —esa que alerta y sostiene— atraviesa ...