Por algún prodigio
antojadizo, cuyo hermetismo nos supera, Juan Carlos Bustriazo Ortiz emerge
diáfano y diferente de cada uno de los hombres que ha sido.
Por Puelches, lo
vieron. Por el arroyo Los Berros, por
Guatraché, acarreando ¡ay! su linterna de ¿cuatro... cinco? elementos, en sus transiciones de
linyera nictálope, de flamenco a milodón, de búho insomne a trovador
¡Si hasta dicen que fue
piedra!
“He visto un pájaro de anochecido vuelo” (*)
Ponderaciones del
peregrino, inventarios azarosos.
Siempre
está viniendo, lo que quiere decir que alguna vez se fue.
Partió, el hombre que
supo descubrir la belleza de un rostro Polifemo, que olvidó un cisne en la casa
de Rayén Leoncilla y confirmó en un
tango a compinches y tocayos. Volvió, el
que germinó una rosa entre la niebla y echó a dormir su siesta por la arena.
Cada vez que alzó vuelo,
dejó un poema. Un presente mínimo; acaso
una chaquira en el collar del tiempo, un papiro amarillo o una piedrita
azul... En fin, una manera de decir “no
me olviden”
“El viento está del sur, dijo una ninfA” (**)
Nos dejó, cada vez,
ensimismados en nuestros misereres y desde entonces fue una fiesta la hora del
retorno.
Durante sus ausencias
aplicamos la terapéutica que promueve la parábola de Bradbury.
Guy Montag somete al
fuego los libros que perturban, que cuestionan, que interrumpen los sosiegos
del hombre sometido.
Guy Montag, el quemador. Por estas dilataciones de la soledad lo
conocemos bajo otras apariencias, pero con similares corolarios. De manera que cada uno fue Juan Carlos a la
hora de procesar redenciones, socorrer atrevimientos e imaginerías.
Catequesis del
caldenar: contra el fuego, fuego.
En ese aprendizaje nos
transformamos en elegías y poemas puelches.
Voces de contramuerte, en noches de Temple y vino negro. Coplas
del crepúsculo vagando por el monte o callecitas floridas. Confirmaciones de que la vida es vida si
vence la memoria y sus deberes.
Ahora, Juan Carlos
Bustriazo Ortiz re-luce al cabo de una nueva travesía, con sus incógnitas y sus
silencios. Quizás tan solo musite ¡Brujalabra!, en la cúspide de un exorcismo lírico.
Será bastante.
Afuera, cantan albricias las calandrias y el
gozo se amplifica en clave de cuatro.
¡Cuatro!, buen número para reanudar el compromiso.
Porque para eso están
hechos sus poemas.
Para que se nos encarnen.
Juan Carlos Pumilla
Marzo 2006
(*
Ricardo Vaquer,”¿Duermen todos los pájaros de noche?”,1979
(**) JCBO, Inalén Cuyén, 1988
………
Texto ñpara
una edición frustrada de cuatro de sus
libros en marzo de 2006 impulsada por la Cámara de Diputados de La Pampa. Los
demás prólogos fueron concebidos por Edgar Morisoli, Oscar Santamarina y Walter
Cazenave.

No hay comentarios:
Publicar un comentario